Horóscopos bibliománticos: quién con quién

Como regalo del 14 de febrero (sea que lo celebren o no) puse ayer vía twitter una edición especial de los horóscopos bibliománticos: una tabla de afinidades entre signos.
¿Cómo se lleva tal signo con tal otro? ¿Qué probabilidades de éxito hay en cada combinación?
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Horóscopos bibliománticos para la semana del 10 al 17 de enero


Esta semana elegí un libro muy importante para mí: Viento del pueblo, de Miguel Hernández. No sólo porque la obra en sí es excelente (trae, entre otros, el poema «Elegía», que no se deben perder -si un día me encuentran borracha, pídanme que se los recite, me sale muy bien), sino, además, porque este ejemplar del libro era una de las posesiones materiales favoritas de mi mamá. (Véase, por cierto, la firma materna en la siguiente imagen).

Y bueno, que es un libro preciado y con muy buena vibra, como se puede apreciar en los horóscopos que nos regaló:

Aries: Yo trato que de mí queden /una memoria de sol /y un sonido de valiente

Tauro: ¡Tanto fuiste y ya no eres!

Géminis: Entregad al trabajo, compañeros, las frentes.

Cáncer: Desaparece la tristeza

Leo: ¿De dónde saldrá el martillo /verdugo de esta cadena?

Virgo: Fuego la enciende, fuego la alimenta.

Libra: No se debe llorar, que no es la hora

Escorpión: Cansado acaso, pero no vencido.

Sagitario: ¿Se perderá? ¡mentira!

Capricornio: Sangre que no se desborda, /juventud que no se atreve, / ni es sangre, ni es juventud

Acuario: Quedarán en el tiempo vencedores

Piscis: Aquí estoy para vivir /mientras el alma me suene

Espero que les hayan gustado tanto como a mí. Y, sobre todo, que lean el libro, claro. ¡Feliz semana!

Celia y los Reyes Magos


Uno de los libros infantiles más hermosos que me he encontrado es Celia: lo que dice, de Elena Fortún. Imaginativo, inteligente y completamente actual, pese a haber sido escrito en 1928 (si quieren saber más del libro, click acá).
Hoy, por ser seis de enero, les compartiré uno de los cuentines, uno que justo trata acerca de los Reyes Magos. vean qué joya:

Los Reyes Magos


Me quedé asustada, y oí como si un gato estuviera arañando las maderas del balcón. ¡Los Reyes Magos!
Entraba la luna por las rendijas, y entraba el frío también.
De buena gana me hubiera levantado a ver lo que ocurría, pero ¡me daba un miedo!… Me tapé la cabeza y empezé a rezar:
Jesusito de mi vida Tú eres niño como yo…
De repente, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, un ruido terrible de cosas que caen sobre el balcón…, y me encuentro en camisa delante de un señor negro con corona, que está sentado en la barandilla.
—¡Dios te salve, Celia! –me dice.
—Que Dios te salve a ti, Rey Negro, porque si no, te caerás a la calle.
—Yo no puedo caer, porque no peso.
—¡Qué bien! Entonces podrás volar.
—¡Ya lo creo! Mira.
Y cogiendo las puntas de la capa blanca que llevaba, se marchó volando por la calle arriba.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Rey Negro! ¡No te vayas!
—Ya estoy aquí. ¿Qué quieres, Celia?
—Que no te marches sin dejarme los juguetes que te he pedido en mi carta.
—¿No los ves?
¡Qué tonta! Estaba el balcón lleno de cajas, y yo no había visto nada entonces.
—¿Me has traído la cocina?
—Sí, dos cocinas.
—¿Y el borrego?
—Un borrego y una cabra.
—¿Y el “Teddy Bear”?
—También…
—¿Y la vajilla?
—La vajilla, y un reloj, y cazolitas, y libros, y rompecabezas, y una raqueta…
—¡Huy, qué bueno eres! Y ahora que me fijo en ti…, ¡cuánto te pareces al lacayo de tiita Julia!
—¡Como que es mi hermano!
—Anda, si lo sé antes le doy a él la carta para que te la llevase, y así me hubieras traído más cosas aún…
—¿Te parecen pocas?
—No, no; no son pocas. Pero te hubiera dicho que no te olvidaras de Solita, la niña del portero.
—No me olvido nunca.
—Pues, hijo, el año pasado, no le trajiste nada.
—Sí le traje; pero te quedas tú con ellos…
—¡Jesús, qué mentiroso!
—¡Niña! ¿Cómo hablas así a un santo?
—¡Ay Rey Negro! Perdóname; pero no sé cómo decirte que no dices la verdad…
—Sí digo la verdad. ¿No crees que es demasiado para ti todo lo que te he traído por orden de Dios?
—No sé…
—Sólo dejo juguetes en los balcones de los niños ricos; pero es para que ellos los repartan con los niños pobres. Si tuviera que ir a casa de todos los niños, no acabaría en toda la noche…
—Sí, sí; ya comprendo. Entonces, ¿debo repartir con Solita lo que me has dejado?
—Eso es. Yo no puedo entretenerme más. Está amaneciendo y aún me queda mucho por hacer.
No sé por dónde se fue ni cuándo me metí en la cama, porque me quedé dormida y no me desperté hasta que entró la luz del día en mi cuarto.
Me volví a levantar (entonces sí que hace frío), me abrigué con la colcha y salí al balcón.
—¡Solita! ¡Solita! –grité, porque ya estaba Solita barriendo la puerta–. ¡Mira lo que nos han traído los Reyes!
Desaté todos los paquetes, y con las cuerdas hice una muy larga que llegaba a la calle.
—Espera, que te voy a echar una cabrita –y se la mandé bien atada en la punta de la cuerda–. Y ahora, unos libros… –y se cayeron; pero todos llegaron al suelo–. Y una caja con una cocina.
¡Cómo bailaba Solita!
Detrás de mí, dijo papá:
—Pero ¿qué estás haciendo, niña?
—Repartiendo los juguetes.
—¡Entra dentro, criatura, que hace un frío horroroso! ¡Milagro será que no hayas cogido una pulmonía! ¡A la cama!
—¡Qué voces daba!
—¡Pero, papá, si me ha mandado el Rey Negro que le dé a Solita juguetes, porque también son para ella!
—Veremos lo que dice tu madre de eso. ¡Abrígate bien!
—Mira, papá: el Rey Negro me lo ha explicado todo…
—¡No digas más tonterías! Todo eso lo has soñado o lo has leído en alguna parte.
—¡Que no, papá, que no! Mira, yo te diré…
—¡Nada, no me digas nada! ¿Qué es lo que le has dado a Solita?
—Una cabra…
—¡Válgame Dios! ¡Un juguete carísimo!… ¿Entras en calor?
—Sí, sí; ya no tengo frío… Verás, papá; yo te contaré…
—¿Te quieres callar? Las niñas no mienten ni creen que es verdad lo que sueñan…
De pronto apareció Juan haciendo aspavientos.
—Señor, aquí está Pedro, el portero, con unos juguetes que dice que…
—Bueno, bueno –interrumpió papá–; dígale usted que son para su hija, que se los dé…
—¡Ay papá qué bueno eres! ¡Ya lo sabía yo!
—Lo que no sabes es la que nos va a armar tu madre en cuanto aparezca.
¡Y ya se oían los pasos de mamá!

Horóscopos bibliománticos: primera semana del año

Descubre lo que te deparan los asssstrosssss
Desde hace algún rato tengo una diversión en twitter: cada lunes publico una tanda de horóscopos bibliománticos. Esto no quiere decir que sea yo Madame Zazú, no. Quiere decir que escojo un libro, lo abro doce veces al azar y lo que va saliendo se convierte en la recomendación semanal para el signo correspondiente.
 
Según yo, lo más, más importante es la recomendación literaria. Pero un consejito venido del azar y el subconsciente nunca está de más.
 
Y bueno, luego de mucho pensar en lo efímero del twitter, concluí que sería buena onda poner acá también los horóscopos de la semana. Por si alguien no los vio, o no le gusta tuiter… y para que el pobre blog se sacuda la modorra. En una de ésas, hasta me da por escribir más cosas, más.
 
Dicho lo cual, pasemos a los horóscopos bibliománticos de la primera semana de enero, cortesía de Un hombre sin cabeza, de Etgar Keret.
 
Horóscopos para la semana del 3 al 9 de enero
 
Aries: Déjalo, es un buen tipo.
 
Tauro: Como si ella no lo supiera.
 
Géminis: No te hagas el cabroncito.
 
Cáncer: ¡ya lo creo!
 
Leo: ¿No ves que estás en medio?
 
Virgo: vamos, anímate, anímate ya de una vez.
 
Libra: porque es mucho más simpático que seamos agradables.
 
Escorpión: vete a saber lo que le puede pasar a alguien por la cabeza
 
Sagitario: Es muchísimo menos guapa que usted.
 
Capricornio: Me da miedo que no nos vaya a dar tiempo de nada.
 
Acuario: No te creas.
 
Piscis: Echa un ojo a los libros
 
Ahí me cuentan cómo les fue con ellos ;)

El día que vivimos sin celebro


Todo comenzó cuando Agan me recomendó a un dentista capaz de hacer cualquier cosa por dinero. Mi intención inicial era pedirle que me cambiara los dientes por cuchillos ginsu, pero ya que estaba en su consultorio, al verlo tan tranquilo acerca de lo que me iba a hacer, decidí tantear un poco más allá:
 
-Oiga, ¿y si en vez de ginsus quisiera unos colmillos de elefante?
-Ah, pus sube un poco el precio, porque es más fácil conseguir cuchillos ginsu que colmillos de elefante, pero te los ponemos.
-Hmm… ¿y si mejor quiero cuernos de toro en vez de dientes?
-Ah, pues baja un poco el precio, porque son fáciles de conseguir. pero luego sube, porque implica una práctica más delicada.
-¿Y gatos vivos? ¿Me puede poner gatos vivos en vez de dientes?
-Claro, pero te cobraría más por las whiskas.
 
Así me di cuenta de dos cosas: uno, que, efectivamente, el dentista estaría dispuesto a hacer cualquier cosa; y dos, que le pidiera lo que le pidiera, el precio sube. Siempre sube.
 
Me sentía un poco dudosa: los gatos vivos en vez de dientes sonaba a la pura onda, pero me costaría un poco de trabajo comer; en cambio, los cuchillos ginsu eran algo sobrio, elegante y funcional. De tanto pensar me empezó a doler la cabeza, y entonces me retumbó en la mente el comentario de Agan: «si le pagas, te saca hasta el cerebro».
 
¡Excelente idea! ¿Qué tal sacarme un rato el celebro para poder descansar de mis indecisiones y dolores de cabeza? ¡Era como ir de vacaciones, pero sin pagar avión, hotel y alimentos!
 
Se lo propuse al dentista y ni parpadeó:
-Muy bien, pero te saldrá un poco más caro, sobre todo si quieres que adecuemos tu cerebro para que sea quitapón.
-Oiga, pero no tengo mucho dinero: puedo pagar tres pesos y seis whiskas (que le robé a Primo, mi gato).
-Bueno, por ser tú, acepto.
 
La operación fue relativamente fácil, aunque las inyecciones de anestesia (puestas con la misma jeringa con que pone la anestesia en las encías) fueron un poco molestas. Sin embargo, me veía bien con todos esos puntitos (las perforaciones de la aguja, como marcas de una corona de espinas).
 
Luego, con un serrucho me abrió el cráneo. Muy amable él, cortó justo en la línea del cuero cabelludo, pa disimular luego la cicatriz. Y sacó mi celebro. ¡Tan bonito! Azul y rosa con manchitas anaranjadas aquí y allá, era de un tamaño quizá ligeramente inferior al promedio. Olía muy bien, como a vel rosita. Claro, por la higiene mental que practico un mes sí y uno no (sí saben, ¿no? se mete el vel rosita por la oreja, se ponen corchos en todos los bújeros, se agita y luego se enjuaga…).
 
Lo puso en un frasco de gerber y me lo dio. Me costó un poco de trabajo cerrar el frasco, pero lo conseguí. Lo que no conseguí fue poner atención a las recomendaciones del dentista con respecto al cuidado de mi nueva mascota. Pero bueno, es comprensible, no?
 
(Nota: me puse el celebro tantito, nomás para escribir esta nota. Pero ya me lo voy a quitar para guardarlo en el refri, creo que el dentista me dijo que es el lugar indicado. Cuando no lo tengo puesto me siento super bien, como si flotara. yuju! Babeo mucho, pero, por suerte, los ginsu son inoxidables…)

Retraso dental

He visitado a quince dentistas desde mi última nota sobre dientes. Quince. Si fueran años, y no dentistas, habría yo tenido derecho a fiesta con vals y chambelanes. Pero no: me quedé sin baile, sin pastel y sin regalos… y ninguno de ellos quiso sacarme los dientes, cambiármelos por unos menos conflictivos.
¿Así cómo vamos a progresar? ¿dónde queda su hambre de conocimiento, su sed de descubrimiento, su afán de hacerse de una lanita extra?
Y, sobre todo, ¿dónde quedo yo, con mi proyecto? Si lo único que les pedí fue que me pusieran anestesia general, me sacaran todos los dientes y me pusieran, en vez de ellos, unos cuchillos ginsu…
Todos me miraron como si estuviera loca. Todos. ¡Cuánta incomprensión, cuánto prejuicio!
Yo sólo quería quitarme de encima algunos dientes problemáticos y, aprovechando, un trauma de la infancia: es que yo fui… [acorde dramático] retrasada dental.
Oh sí: mientras mis compañeritos tenían ya sus dientes de no-leche (dientes grandes, juertes) yo seguía con mis dientecitos de ñiñiñí: chiquitos, separados, blandengues.
Mi mamá me llevó con varios especialistas: primero, con el oftalmólogo; luego, con el carnicero y, por último, con la modista (era un día en el que teníamos muchos pendientes). Al final de nuestra gira, le confesé mi preocupación con respecto a mis dientitos, y entonces sí, me llevó con un especialista en dientes: mi tío Jacinto.
«Abre la boca, saca la lengua, mete la lengua, hazla a un lado, tu lengua me estorba, quítatela…». Luego de horas de estudio, mi tío nos dio la mala noticia:
«la niña tiene un ligero retraso dental. No es grave, pero nunca será como los otros. no la cambies de escuela, pero dile a sus maestras que sean comprensivas».
Y sí. Se me cayó el primer diente como a los siete, y las muelas del juicio me salieron hace tres minutos, todas a la vez.
Y mi dentadura «adulta» no es de dientes derechitos y firmes: en vez de eso, tengo esta bola de dientes pandilleros, que ningún dentista se atreve a enfrentar. Chale.

Yo, en el Guardagujas

La verdad es que escribo poco y me cuesta mucho trabajo. Y sufro. Me desgarro, me distraigo, me desaliento y a los quince segundos me río, me enderezo, me impulso. Soy bipolar para escribir. Y, como ya dije, lo hago más bien poco.

Por eso me emociona tanto que en el suplemento Guardagujas me tengan paciencia. Acaban de publicarme un cuentirritito, «Larga distancia», cosa que les agradezco de aquí al cielo dos veces de ida y vuelta.

Y, por supuesto, ese cuentirrín no sería nada si no lo leen ustedes que se soplan las historias de zombies y dientes que aparecen por acá. Así que les comparto el cuentito (con todo y el resto del suplemento que, como siempre, está excelente) con alegría, lalalalá.

Dentadura problemática

Siempre, desde que me acuerdo, he tenido problemas con los dientes. Con los míos, aclaro: los dientes de la demás gente no me causan ningún tipo de conflicto (excepto la vez aquella en que un remedo de vampiro me mordió la muñeca; pero esa historia tendrá que quedarse para otra ocasión).

Decía, pues, que tengo problemas con mis dientes desde siempre. Y no hablo de travesurillas sin consecuencias, de ésas que suelen jugar los dientes de todo mundo: hablo de broncas graves, fuertes, serísimas y muy estresantes.

Creo que parte del problema es que mis dientes acostumbran andar juntos a todos lados. Son una pandilla. Están los de enfrente, siempre haciendo comentarios incisivos; muy cerca de ellos hay unos que se aperran a la menor provocación, los muy caninos. Y están otros que, desde el confort y la seguridad de la retaguardia, no dejan de moler.
Todos juntos me torturan. Me maltratan. Me hacen sufrir.

Una vez busqué la ayuda de un especialista. Se burló de mí, dijo que los dientes son delicados pero que con la atención adecuada no deben causar problema alguno. La risa se le quitó cuando su mano derecha quedó fuertemente prensada entre mis delicados y bien atendidos pandilleros. No sé si siga ejerciendo ahora que lleva un garfio en vez de cinco dedos.

La verdad es que, independientemente de los dolores que me causan, mis dientes me hacen sentir culpable. ¿Será, realmente, que no los traté como era debido? No lo creo: como ya dije, desde el inicio fueron difíciles.

Y nada ha servido: ni el hilo dental ni el cepillo ni el astringosol. Cada día la situación es peor. ¿Será muy malo esperar a que estén dormidos y sacarlos, uno a uno, para enviarlos a una correccional?

La NASA descubrió… ¡zombis en el espacio!

Mi querido amigo Iván «Malo» Salinas me pasó un link del periódico El Universal en el que se habla de un terrible descubrimiento:
Una tormenta solar frió el cerebro de un astronauta, que ahora es… ¡un zombi!
Bueno, hay que precisar algunas cosas:
1. no fue la NASA, sino Intelsat.
2. el astronauta no es un humano, sino un satélite.
Pero igual…. brrr, miedo!!! Porque ahorita son los satélites pero, ¿y mañana? ¿cómo sabemos que no seremos nosotros los zombis? ¿o los gatos? o… (ni dios lo quiera) ¿los chícharos?

Va la nota, aquí pegada, y luego la liga, por si no me creen, lectores de poca fe:

Cuando Intelsat se enteró que a principios de abril se produciría una tormenta solar comenzó a hacer mil pronósticos sobre las afectaciones en sus satélites y el más sombrío se hizo realidad, a uno de ellos, cual película de terror, se le quemó el cerebro y se convirtió, literalmente, en un satélite zombi.

Según reporta la BBC en su portal, el satélite Galaxy 15 perdió toda noción y ya no responde a las llamadas de los operadores, aún cuando éstos lo bombardean con órdenes; incluso, este lunes, los especialistas de hicieron un último esfuerzo para recuperar el control mandando emisiones de alta potencia pero sin éxito.

El sátelite está totalmente fuera de control; sin embargo, como los instrumentos están encendidos, el zombisat ha empezado a desplazarse. Se encamina hacia la posición 131 grados oeste, actualmente ocupada por otro satélite, el AMC-11. Los expertos calculan que entrará en territorio vecino hacia el 23 de mayo y «robará» la señal de este satélite.

Según un comunicado publicado en el sitio web de Intelsat, la empresa planea pasar todo el tráfico de información a otro satélite, el Galaxy 12, para que sus clientes no se vean afectados.

Hasta el momento, menciona la BBC, los clientes del Galaxy 15 no han sufrido interferencias, pero este panorama podría cambiar en las próximas semanas cuando el aparato se cruce en el camino del AMC-11.

El G-15 provee de capacidad de transmisión satelital a programas de televisión por cable en América del Norte. También retransmite coordenadas de posicionamiento (GPS) a aviones durante el vuelo.

Y la liga, aquí

Mi hermana

mi hermana y yo
mi hermana y yo

Es la una de la mañana y no puedo dormir. Un secreto me tortura, tengo que compartirlo. Lo siento por ti, sufrido lector: tendrás que ser mi confidente en esta noche de luna llena y tortuosas confesiones.
He aquí mi secreto: tengo una hermana.
¿No te sorprende? ¿Te parece común que la gente tenga hermanas? Sigue leyendo, porque la confesión se complica:
Mi hermana… se llama… No, no puedo decirlo así, tan fácil.
Tengo que explicarlo.
Todo comenzó un día en que discutía con Alberto. Como siempre, la causa es que soy una envidiosa patológica (por favor, no citen aquí a Freud: es de pésimo gusto). Le decía yo a Alberto:
-¿Por qué tú tienes un hermano y una hermana y yo nomás tengo un hermano? ¿Dónde está mi hermana? ¡No es justo que, además de que me ganas siempre en el scrabble, me ganes además en el número de hermanosidades!
Alberto sólo suspiraba y decía «ay mi vida, mi vida», que es lo que dice siempre que me pongo a discutir sinsentidos. Yo, mientras tanto, me sentía profundamente infeliz.
Pero me di cuenta de que enojándome no iba a lograr nada: tenía que encontrar una solución.
Obligar a mi madre a concebir y parir una niña estaba descartado: hace más de quince años que mi mamá no está con nosotros (no, no se fue de viaje… ay, lector, ¿dónde está tu capacidad para leer subtexto?) y, aunque se me ocurrieron algunas opciones al respecto, todas resultaron o bien gore o francamente irrealizables. O ambas cosas.
Otra opción era hacer un poco de trampa: convencer a mi papá y a su esposa de la generosidad de la adopción. Pero hubo que descartarlo también: si me sentenciaron a vivir bajo un puente si llegaba con otro gato, ¿cómo iban a aceptar una niña? Hay gente que no tiene ese sentido del humor.
Así que tuve que pensar un poco más. Me puse a analizar lo que hace a la mayoría de los hermanos y encontré la respuesta que buscaba:
-Albertoooo… ¿yo soy hermana de mi hermano porque soy hija del mismo papá y de la misma mamá que él, no?
-Hmmm… sí…
-Entonces…. como soy hija del mismo papá y de la misma mamá que yo misma… ¿soy mi hermana?
-¡No!
-¡Sí! ¡Soy mi hermana! ¡Y soy mi gemela! ¡Porque nací el mismo día que yo!
Alberto es un aguafiestas y quiso buscar pretextos para no admitir mi razonamiento, pero ni modo: mi lógica es aplastante. Gané, tengo un hermano y una hermana. (Ok, empaté, pero como tengo un punto extra porque mi hermana es gemela, gané).
Lo malo es que ahora me siento culpable de haber tenido tantas cosas mientras mi gemela no tuvo nada. Y al mismo tiempo me siento celosa, de que tendré que compartir con mi hermana la casa, la ropa, los juguetes…
Bueno, ya te conté mi secreto. Y si te parece aburrido o poca cosa, te entiendo: ahora que lo releo, a mí me parece que es un soberano disparate. Pero mi hermana dice que está bien, así que aquí se queda.