Autor: Raquel

  • Una gripita

    Esto es lo primero que escribo en unas dos semanas. Es decir, escribí varios mensajes de whatsapp en ese periodo, pero nada más para avisar a algunas personas que la gripe de Alberto se me había contagiado y que estaría un poco lenta un par de días; y otros más para avisar que sería más que un par de días y más que estar un poco lenta, porque el bicho resultó más bravo de lo que esperaba. Luego hubiera tenido que mandar mensajes a amistades, empleadores, estudiantes, familia y proveedores de servicios varios, pero ya no fue posible. Ni siquiera pude llenar mi quiniela para la jornada 2 del mundial.

    No sé en qué momento la «gripita» se convirtió en un malestar general que me hacía soñar cosas raras y emitir una variedad de ruidos de lo más extraño. Juntas, estas dos características de mi malrato me hicieron creer que había un gatito bebé debajo de mi cama (estaba segura), y tardé horas en descubrir que el maullido que escuchaba era producido por mis bronquios. El virus, además, resultó versátil: a Alberto le afectó sobre todo los bronquios, pero en mi caso decidió hacer un tour gastrointestinal, con tan maravilloso timing que le atinó a lo que mis tías llamaban «mis días del mes». No quiero entrar en detalles, pero si ustedes creen que tener tos y ganas de hacer pis es una combinación incómoda, van a alucinar si les toca el combo tos + diarrea + periodo + gatito-que-chilla-en-los-alveolos mientras dos gatos de verdad (es decir, no de alucine; es decir, Romy y Chachito) tratan de dormir en tu regazo.

    Y con todo lo aparatoso y molesto y caótico que resultó, nunca dejó de ser una «gripita»: en ningún momento hubo necesidad de ir a Urgencias o algo así. Sobre todo, aunque sabíamos que no hay nada que hacer con los virus, excepto tomar agua y guardar reposo, me quedaba claro que iba a llegar el día de hoy. No me refiero a la fecha exacta de hoy, jueves 24 de junio (¡chin, toca pagar tarjetas!) sino el día en que me sintiera lo suficientemente bien como para escribir unas líneas al respecto. No quiero parecer de esas optimistas tóxicas, pero creo que sí hay motivos para estar de buenas. Pienso en las personas que viven con discapacidades crónicas, en quienes no pueden faltar a un trabajo en lo que se debilita un virus, en quienes no tienen dónde o cómo guardar reposo. También en quienes, hace no tantísimo tiempo, morían por enfermedades que ahora nos parecen poca cosa, inconvenientes latosos pero no cuestiones de vida o muerte.

    (Ah, pero ahora pienso en que el hecho de que mi situación particular sea mejor que la de otras personas o épocas, no le quita legitimidad al hecho de que me sentía de la chingada, y que en vez de salir de una gripa a resolver pendientes yo quisiera empezar mi retorno a la cotidinanidad con un masajito y una larga siesta. Porque lo que duerme uno cuando está enfermo será reposo pero no es descanso).

    Como podrá deducir quien lea estas líneas, estoy mejor de las vías respiratorias y de la panza pero mi cabeza aún no acaba de pensar derecho. Así que no intentaré dedicarme hoy a mi pendiente más urgente (el coso que estoy escribiendo en estos días) sino a los pendientes chibi que se han acumulado alrededor. Y cada que me den ganas de mentar jijos y jajos, veré de acordarme de que tengo suerte de que nomás fue una gripita. Ommm…

  • Un chiste, una canción, un gato

    Por alguna razón que desconozco, soy muy buena para recordar chistes. Pero no sólo me acuerdo de la narración, sino que suelo registrar también quién me lo contó y más o menos cuándo o en qué circunstancias. Así, cuando empiezo a narrar uno, me cuesta no comenzar con «este chiste me lo contó tal persona en tal ocasión…» -y es que siento que dar el crédito correspondiente es un deber, aunque mi lado racional sabe que los chistes no funcionan así (no es que haya un copy right, sino que, por el contrario, los mejores chistes se vuelven parte de la colectividad y deja de ser importante quién los inventó o quién los hizo populares).

    Por otra parte, según yo soy malona para recordar letras de canciones, aunque de pronto me sorprendo a mí misma conociendo porciones bastante largas de rolas que ni siquiera fueron de mis favoritas. Eso sí,hubo una época en que era buenaza para reconocer las que sonaban en la radio casi que con el primer acorde (y a veces con menos).

    Ahora bien, en fechas recientes me ha ocurrido algo simpático: recordar de chistes que dependen de canciones. Todo empezó cuando era niña, cuando mi papá me contaba el chiste de Pepito y un fantasma que terminaba con el espectro diciendo/cantando «Pepito, mi corazón». Acá entre nos, yo no le encontraba la gracia. Pero hace un par de semanas escuché la canción por primera vez y ora sí que lo entendí todo. Y empecé a recordar otros del tipo:

    Si en un edificio de tres pisos Juanita se encargó del aseo de la planta alta y Rosita hizo el del piso de enmedio, ¿quién hizo el de la planta baja? (Pista)

    ¿A qué hora Eduardo chifló como vaca? (Pista)

    ¿Qué le dijo el sismo a la torre latino? (Pista)

    (Los dos primeros me los contó mi mamá y el último lo decían los niños en la escuela, en 1985).

    ¿Se saben la respuesta a éstos? (si no, chequen los enlaces en cada caso, a ver si logran resolver estos enigmas). ¿Conocen otros chistes del estilo?

    Ahora bien: para otras cosas, mi memoria no funciona tan bien. Por ejemplo, al empezar esta nota tenía muy claro el por qué del título, pero ahora mismo, ignoro de qué gato iba a hablarles. Eso sí, la situación me recordó aquel chiste de «¿En qué se parecen una tortilla, un poste de teléfono y una familia?» Yo se lo escuché a un payasito en un restaurante. La respuesta era: «La tortilla detiene al hambre, el poste detiene alambre». Y alguien debía responder, intrigado: «¿y la familia?», a lo que el payasito decía «bien, gracias». Y pues así el gato de nuestro título.

  • De premios y becas

    De premios y becas

    Les cuento que pedí la beca del Sistema Nacional de Creadores (que es una institución importante acá en México)… y no me la dieron. No lo vengo a contar como queja, ni para buscar consuelo. Mucho menos para criticar a quienes la recibieron o a quienes las otorgaron (es muy feo eso de etiquetar como ilegítimo a un recurso cuando no nos toca y considerarlo prístino y correcto cuando sí somos los beneficiarios). Se los vengo a contar porque creo que es útil visibilizar también los rechazos, los tropiezos, los momentos en que las cosas no salen bonito. Porque en las redes solemos poner sólo los logros, y quien tiene una mala racha o va empezando se siente peor al pensar que es un fracaso en medio de bandita exitosa (pero ojo, es sólo una percepción torcida, generada por el funcionamiento de las redes y de nuestras emociones).

    Supongo que habrá gente que sí mete jonrón cada que batea, y qué chido por esa gente. Pero en mi caso, sí son más los intentos que los logros (premios que no gano, becas que no me dan, libros a dictamen que no son aceptados, etcétera), pero creo que el chiste está en seguir intentando, corrigiendo borradores, mejorando solicitudes, puliendo proyectos… Y reconociendo los méritos de quienes obtienen cada vez el logro en cuestión. Por ejemplo, de las becas del sistema de este año, obviamente no conozco a todos los beneficiarios, pero de los que conozco (por solo haberlos leído o por tener contacto más cercano), no hay uno que pudiera yo pensar «se la hubieran negado para dármela a mí». De ninguna manera.

    Y qué bueno que existan estos estímulos a la creación y que sean tan reñidos.

    PD. Y claro, se siente gachito y una se decepciona y hay días en que no dan ganas de volver a intentarlo, pero eso también es parte del proceso. A mí me funciona darme un rato para tristear, luego hacer cosas que me suban el ánimo y ya más adelante… volver a intentar.

  • La gira del reencuentro

    La gira del reencuentro

    Ayer le celebramos el cumpleaños a Alberto y fuimos a desayunar rico y a pasear por el centro de la ciudad. Estuvimos en el Museo Franz Mayer y vimos una exposición muy interesante de Pierre et Gilles, una pareja y equipo de artistas franceses que tienen como ¡cincuenta años! de hacer retratos juntos. Retratos muy locos, además, todos recargados (intervenidos: Pierre los toma y Gilles pinta sobre ellos) y con marcos loquísimos, a veces dorados y a veces como de caramelo. Nos acompañaron nuestra querida amiga Atenea Cruz (¿ya leyeron sus cuentos?) y Alex, un amigo de toda la vida de Alberto.

    Y luego, saliendo, él nos tomó la foto que se ve arriba. La verdad es que en ese momento estábamos cansados y teníamos mucha hambre, pero ¿a poco no parecemos una banda de dark? A lo mejor para la gira del reencuentro.

    Aquí les dejo unas fotitos de los retratos de Pierre et Gilles. ¡Una escándala!

  • Día de limpieza

    Día de limpieza

    Ay, ay, hacía más de un año que no escribía nada en este sitio. Lo siento mucho, pero la verdad es que hemos tenido un año bastante malo en cuanto a salud y acontecimientos a nuestro alrededor. Ya más o menos nos estamos recuperando, y por eso estoy aquí, pero nos fue tantito mal, o más que tantito.

    La de arriba soy yo, claro, en compañía de mi papá y de su esposa. La foto la tomó Alberto, mi propio esposo. Con esto quiero decir que mi familia sigue aquí y eso me tiene aliviada y contenta.

    Con ayuda de Alberto, estoy revisando este sitio y tratando de darle una limpiadita. Ahí voy, y espero ir publicando más, aunque sea de tanto en tanto. También me pueden encontrar de vez en vez en las redes y, sobre todo, en el boletín de correo electrónico que Alberto y yo hacemos. Se pueden suscribir gratis y recibirlo en su correo electrónico en esta página, o aquí directo:

    El boletín se ha vuelto un complemento de nuestro canal de videos (que sigue como siempre) y la mejor parte es que no depende del algoritmo de una red social.

    Para acabar, esta es la gatita Romy, que ya está más grandecita que en la foto de la portada, pero sigue siendo toda una princesita…, excepto cuando le da por mordisquear el brazo de Alberto, como se puede ver, o la cabezota de su hermano Chacho. Pero sabemos que lo hace jugando.

    Y, bueno, aquí sigo, y me dará mucho gusto saber de ustedes, si se animan a venir hasta acá. ¡Muchas gracias por leer estas palabras!