Historia de amor


Zombie Love

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Quince días a dieta de whiskas pueden enloquecer a cualquiera. Más todavía si a eso se agrega que por la mirilla de la puerta puedo ver a mi novio, con media cara arrancada a mordiscos, sin un brazo y con la ropa llena de sangre seca. Y peor si añadimos el pequeño detalle de que, pese a que más de una de esas heridas es mortal, él camina más o menos como si nada, desde mi reja hasta la puerta de entrada al edificio, y de regreso, como si hiciera una guardia.
      Pero no he enloquecido, no todavía. De hecho, he tenido tiempo para meditar sobre el destino, mi destino. Por ejemplo, ¿por qué guardé tres enormes costales de whiskas durante un año después de la trágica muerte de Tario, mi gato? Después de que se aventó del balcón (¿suicidio?, ¿conspiración de las palomas vecinas?, ¿pura estupidez?), varias veces prometí que regalaría esos costales a alguna asociación protectora de animales, pero nunca lo hice. Otra: ¿por qué dejé que Leopoldo, mi novio, se quedara afuera en lo que yo terminaba de arreglarme? No era la primera vez que me salía con ese chantajito (“te espero en el pasillo”, decía, y salía dando un portazo) para apurarme. Pero si hubiera salido de inmediato, habría sido, igual que él, víctima de mis vecinos recién infectados.
      Así que por algo me salvé. Por algo me comí todo lo humano que había en casa (es decir, comida para humano; en estos momentos esa falta de precisión es aterradora) y tuve que llegar al extremo de comer whiskas. Pero es necesario que descubra de inmediato por qué pasó esto, qué me depara el destino, antes de que termine por enloquecer.

 
 
2

Salir es imposible: vivo en el departamento más alejado de la puerta que da al patio. Como es planta baja, mi puerta está reforzada por una rejita que ha resultado mi salvación: dos o tres días después del inicio de todo, vi como los infectados tumbaron la puerta de mi vecina de junto. La carnicería fue espantosa, pero el morbo me llevó a verla con toda la puerta abierta, feliz de tener mi reja. Sentí una alegría malsana al pensar que nunca más tendría que soportar el reguetón a todo volumen de las dos de la mañana, la tortura favorita de mi pobre vecina, que en paz descanse.
      No, en paz no: una media hora después del ataque, la vecina comenzó a parpadear. Luego se convulsionó y, de no haber sido porque le arrancaron las dos piernas, se habría levantado. Ahora sé con exactitud qué le pasó a mi novio… y al 70% de la población de esta ciudad, si hacemos caso a la última transmisión de tv que pude sintonizar, hace semana y media (aunque ahora, seguramente, es más alto el número total de –¿me atreveré a usar la palabra?– zombis).
      Según ese último programa, no había manera de saber la causa de la infección, pero sí era claro que no venía de fuera. Es decir, no se originó en un punto para luego dispersarse, sino que apareció al mismo tiempo en todo el mundo (o por lo menos, en todo el mundo civilizado). Las primeras víctimas, en todos lados, fueron niños pequeños, que comenzaron, todos a la vez, a llorar como si les estuvieran arrancando la piel. Los adultos que se acercaron a consolarlos fueron atacados por los niños y se contagiaron, probablemente por el contacto de fluidos (baba de niño infecto sobre herida o mucosa de adulto igual a infección). Y luego, el caos: no hubo tiempo de tomar medidas, de buscar armas, de acumular comida. Todo empezó en la mañana de un jueves (tiempo de México) y esa misma tarde mi pasillo estaba lleno de vecinos zombificados (con exnovio incluido. Y no es que sea insensible, pero supongo que esto es motivo suficiente para considerar que nuestra relación ha terminado).

 
 
3

Las whiskas se van a terminar. No hoy, ni mañana, pero ya quedan menos. Y el agua de la llave ahora sale turbia, supongo que se está acabando en la cisterna. Así que tengo que hacer algo, y pronto. Sin embargo, sigo con la certeza de que salir es imposible: hace unos cuatro o cinco días, el yupi del cuarto piso bajó las escaleras vestido como GI-Joe. Me dio tanto gusto verlo que le perdoné de inmediato que su poodle se cagara tantas veces enfrente de mi reja. Traía una pistola y le disparó a cuatro o cinco zombis. Llegó hasta la puerta. Incluso la abrió. Entonces entraron siete u ocho infectados más y adiós yupi. Eso sí, desde entonces, cada día los infectados entran y salen a su gusto: a veces hay un par, pero casi siempre son más de 20. Y yo no tengo pistola.
      Me aburro mucho, y a veces hasta me pongo a hablarle a Leopoldo, que ha de seguir, pese a lo zombi, apegado a mí, porque rara vez se aleja más de cuatro o cinco pasos de mi reja. Tan sólo ayer me caché pidiéndole perdón por haber terminado la relación justo ahora que él tiene tantos problemas. De inmediato me arrepentí y hasta me enojé: ¿qué problema puede tener un zombi? Caray, hasta muerto sigue siendo un manipulador chantajista y egocéntrico. Le grité de cosas, pero ni se inmutó. En cambio, se acercaron dos o tres zombis curiosos, así que me callé. Golpearon un rato la reja, pero luego se fueron a curiosear por otro lado. Y todo el tiempo, yo los estuve viendo con la puerta abierta, ya no uso la mirilla.
      El caso es que me aburro mucho y he aprovechado el ocio para estudiar a los exhumanos que me rodean. Me he dado cuenta de que hay unos como Leopoldo, que se encariñan (o algo parecido) con un lugar o, quiero yo pensar, con una persona. Aquí hay varios de ésos. Por ejemplo, me da ternurita el cuarentón del segundo piso, que seguía viviendo con su mamá hasta el día en que se la comió. Y que todavía ahora lleva a todos lados lo que queda de la señora: un brazo medio podrido, medio seco (como tasajo, yummy). ¡Mi vido! ¡Sigue de la mano de su mami!
      Hay otros que tienen como déficit de atención: nada les interesa tanto como para quedarse en un solo sitio, y ni siquiera son capaces de terminar una carnicería. Dos de esos participaron en el yupicidio: luego de un par de mordidas, se fueron a perseguir a una mariposa, aunque su víctima aún gritaba y se retorcía.
      Y luego hay otros, los autistas. Se quedan en un solo lugar, con la mirada perdida, como poetas del renacimiento. Hay uno que seguido se queda frente a mi reja; le puse Bobby, porque me recuerda a Robert Smith, pero en guapo. Le ayuda mucho su look darketo: la sangre no se nota en su ropa negra, y su aspecto pálido y ojeroso queda muy bien con su peinado a la… bueno, a la Robert Smith. Es bien chistoso porque, si uno no se fija, pareciera que no le pasó nada, y como realmente está muy galán, hasta puedo fantasear un poquito con que coqueteamos Pero cuando se llega a mover se nota la mordidota de su pierna, hasta se ve el hueso. Se me hace que fue uno de los que tienen TDA, porque es la única herida que tiene. Supongo que por eso está como triste: ni siquiera se lo comieron bien, fue un capricho en la vida zombi de alguien más.

 
 
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Soñé que Leopoldo y Bobby se peleaban por mí. Y que yo, toda magnánima, salía de mi reja y dejaba que entre los dos me comieran, uno el brazo, el otro la pierna. Fue un sueño muy raro porque sentía claramente el dolor de las mordidas, pero no lloraba, ni me espantaba, ni nada. Desperté con la pierna y el brazo derechos hormigueando por la falta de circulación. Pero no pude resistir la tentación y abrí la puerta. Los dos estaban ahí. Me sentí muy sola y me puse a llorar.
      Dejé de hacerlo porque escuché voces. Venían de arriba, creo que del tercer piso. Pregunté quién anda ahí y me respondieron: una familia completa sigue ahí, en su departamento, comiendo la dotación de productos Gerber que se ganaron en un programa de tele poco antes de que todo esto pasara. Los envidié mientras me comía un plato de whiskas y no sé si me cayeron bien o mal cuando me dijeron que si un día puedo subir me convidarán purecito de manzana y jugo de pera.
      Llevo el resto del día (y ya son casi las cuatro de la tarde) pensando cómo puedo hacer para subir al tercer piso sin acabar como el 70% de la población de esta ciudad (supongo que ahora debe ser más alto el porcentaje, creo que ya lo dije, pero en todo caso no tiene sentido entrar en detalles. Ni en la estadística, claro).

 
 
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Creo que ahora sí ya valí. Se acabaron las whiskas, no se me ha ocurrido un modo de subir al tercer piso y acabo de descubrir que Leopoldo me engaña con otra. De acuerdo, no me engaña, porque yo lo corté y porque es un zombi. Pero hoy lo vi muy pegadito a la reguetonera (se mueve apoyándose en las manos: yo siempre supe que era una arrastrada), compartiendo una rata que pescaron a saber dónde. Para qué lo niego, sentí feo, sobre todo porque Bobby no está por ningún lado. Y me siento tonta hablando sola.
      Bobby entró como dos o tres horas después, arrastrándose muy despacio, como sin prisa. Se paró frente a mi reja y gruñó un poquito. Yo lo interpreté como “hola, perdón por llegar tarde”. Le gruñí de vuelta (porque aunque pertenecemos a distintas sociedades, yo soy muy correcta) y entonces clarito vi que le brillaban los ojos un momento. Luego volvieron a quedar opacos. Y yo me muero de hambre.
      Tengo una idea desesperada. Creo que ya sé cómo hacer para ir al tercer piso. Puede parecer estúpido, pero voy a atraer la atención de Bobby, gruñendo. Y cuando se acerque…

 
 
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Lo hice y estoy sorprendida. Maravillada. Exultante. Y muy hambrienta. Atraje a Bobby con mis gruñidos y, cuando se acercó, saqué la mano por la reja. Como esperaba, Bobby me mordió. Lo empujé con fuerza, con lo que conseguí una fea desgarradura, pero que se tapa fácilmente con la manga (me puse una de mis camisas favoritas, de color oscuro, me queda muy bien) y me senté a esperar. Primero hubo dolor. Mucho. Más del que me esperaba. Era como si me metieran vidrio molido por la herida y la sangre lo empujara por todas las venas y arterias. Luego me dio fiebre y empecé a sudar. Entonces perdí el control sobre mi cuerpo, y comencé a tener espasmos. Entonces me morí.
      Cuando desperté, tuve miedo de estar vuelta una tarada como el 70% de la población de esta ciudad (ya sé, ya sé, de seguro ya es mayor el porcentaje) y se me hizo nudo el estómago sólo de imaginar que no fuera capaz de abrir la reja. Para mi sorpresa, y pese a la rigidez de mis músculos, no fue tan difícil. Abrí, salí y me senté junto a Bobby. Los demás zombis ni siquiera voltearon a verme, pero él me sonrió.
      —Yo puedo hablar—logré decir luego de gruñir lastimosamente un par de veces—. ¿Y tú?
      Se me quedó viendo. Pensé que no me había entendido, pero al poco rato su cara dibujó algo parecido a la sorpresa.
      —Caray… sí, yo también. No se me había ocurrido.
      —Claro, como todos gruñen, uno se imagina que es lo único que puede hacer, ¿no?—quise ser comprensiva.
      Él sonrió.
      Me acordé, poco a poco, de la siguiente parte de mi plan. Se lo conté a Bobby y le pareció muy buena idea. Entramos a mi casa por un pantalón limpio (había sido, por supuesto, de Leopoldo; pero eso había ocurrido una vida antes, o eso me parecía) y mientras él se lo ponía yo me di un peinazo y me bajé bien la manga de la camisa.
      Subimos sin problema al tercer piso. Sin problema convencimos a los vecinos de que habíamos logrado escapar de milagro. Sin problema saciamos el hambre con carne fresca. Tenía un ligero saborcillo a gerber de manzana.
      —Me llamo Roberto —me dijo Bobby.
      ¡Mi vido…! Supe que había llegado al cielo. Y salimos a buscar más sobrevivientes.



Rosas de la infancia


lucila

Una vez, en mi cumpleaños, me regalaron un zombi. Era la cosa más mona: gruñosito, apestosito, asesinito. Lindísimo. No podía esperar a regresar a clases para llevarlo a la escuela (todos los niños llevan sus juguetes luego de Reyes, luego de su cumpleaños, para presumirlo a sus amiguitos. Mis desgracias eran dos: la primera, que mi cumpleaños caía -y sigue cayendo- a mitad de las vacaciones de verano -aunque ahora no tengo vacaciones de verano- y la segunda, que yo no tenía amiguitos).

El primer día de clases lo llevé, escondido, por supuesto. Es muy difícil esconder a un zombi, porque no cabe en la mochila, y porque hay que tener cuidado de que no te muerda a ti, su dueño (a diferencia de los perros, los zombis sí muerden la mano que les da de comer). Pero me las ingenié y lo disfracé de compañerito nuevo. Un poco crecido, un poco oloroso, pero peores cosas se llegaban a ver en mi escuela.

Nadie se dio cuenta de que ese día se comió a Juanito, el niño que siempre me jalaba el cabello, porque senté a Zambi (así se llamaba, en honor, por supuesto, a cierto venadito de moda en ese entonces) en el lugar de junto a mí. La maestra vio todos los asientos ocupados y ni siquiera se fijó en el niño grandote y medio verdoso que devoraba un pedazo de pierna en la fila del fondo.

El segundo día de clases le tocó turno a Lucila, una niña que siempre me hacía gestos. Ella sacaba la lengua y hacía bizco y, de pronto, lo que sacó fue el ojo. O más bien, se lo sacó Zambi, de un mordisco.
Pero como estábamos jugando con plastilina, nadie puso atención. Así era mi escuela.

La maestra supuso que habían cambiado de grupo a Lucila. Eso pasaba mucho en los primeros días de clases. Y como las secretarias se llevaban las cosas con mucha calma, normalmente entregaban las listas de asistencia hasta entrado noviembre. Así que Zambi no tuvo ningún problema.

Luego faltaron el mismo día tres niños más. “Juraría que los vi en el patio en la mañana”, dijo Miss Tere, mi maestra (me gustaba su nombre: sonaba a “misterio”), pero nada más suspiró y siguió leyendo su novela condensada editada por Reader’s Digest. Mientras, Zambi se daba el atracón de su vida (o bueno, de su no-vida) en el tanque de arena del jardín.

Cuando sólo quedaban siete u ocho niños, la maestra se preocupó en serio: ¿habría una nueva epidemia de varicela? O peor todavía, ¿de sarampión? (Miss Tere nunca había tenido sarampión, y le daba mucho miedo). Así que nos preguntó si nos sentíamos bien. Mis compañeritos asintieron con la cabeza, pálidos, nerviosos, aterrados por mi amenza: el que ponga el dedo se las ve con Zambi. Yo asentí también, aunque estaba sonrosadita, ojobrillante y sonriente.

Lo malo es que Zambi no asintió. Y la maestra se dio cuenta de su color entre cerúleo y apistachado, de su mirada perdida y, en general, de su apariencia de malestar. Así que la maestra sospechó algo peor que el sarampión: hepatitis. Y valientemente, salió corriendo por la enfermera.

Qué lástima que la señorita Julia, la enfermera, intentara verle la lengua a Zambi. Podría dulcificar la historia diciendo que, simplemente, no pudo volver a escribir con la derecha, pero la verdad es que no sólo perdió la mano, en paz descanse.

Y qué lástima que Miss Tere se puso como loca. Pegaba de alaridos y parecía que se iba a desmayar. Zambi se aburrió del performance y la mordió, pero nomás tantito.

Cuando la directora se dio cuenta de que mi grupo no había salido al recreo, se preocupó un poquito (tenía el antecedente de varios padres que habían llamado, angustiados, porque sus hijos no habían regresado a casa; ella les dijo que la juventud, cada vez más rebelde, es así: “Dele tiempo, señora: verá que anda de reventón. Ya sé que tiene cinco años, pero le digo, cada vez empiezan más temprano con el sexo y las drogas”, dicen que dijo). Incluso pensó en desbaratar el grupo y mezclarnos con los otros terceros de kinder, pero, mientras, fue a buscarnos. Se imaginaba que nos encontraría borrachos o durmiendo la mona, qué se yo.

Ella sí se dio cuenta luego luego de que Zambi no estaba inscrito: llevaba casi un mes de polizón, sin pagar colegiatura. ¡Inconcebible! Quizo regañar a Miss Tere, pero ella respondió arrancándole un poquito de intestino y luego otro cachito más y otro, hasta que se la comió completa. Creo que a Miss Tere no le gusta que la regañen.

El resto del año fue muy tranquilo. Los otros niños del salón me daban sus lonches, y jugaban conmigo a lo que yo quería, tantito por miedo a Zambi y a Miss Tere, pero también porque aprendieron a quererme. Después de todo, ya desde entonces era yo una linda persona, y hasta les dejaba escoger a qué niño o niña de los otros grupos se comerían Zambi y Miss Tere al día siguiente.

Pero todo lo bueno se termina: cierta mañana, ya casi a fin de cursos, mi mamá se dio cuenta de que me llevaba a Miss Tere y a Zambi a la escuela, y se enojó mucho: “qué mala escuela donde dejan que los niños lleven sus juguetes”, dijo. Y me obligó a dejarlos en casa.

Pensé que el primero de primaria iba a ser realmente aburrido, aún cuando podía seguir jugando con Zambi y con Miss Tere en casa, pero me equivoqué: en mi siguiente cumpleaños me regalaron una banshee.
 
 
 
ACTUALIZACIÓN: Me parece muy sensato lo dicho por Roberto. ¿Les gusta la Banshee? ¿La cambiamos por un mostrito del lago ness? ¿o qué otro espectro/mostro/susto les gustaría? También se aceptan sugerencias de título, porque el actual como que no termina de gustarme :)



Peculiaridades que no le hacen daño a nadie


loquito1
Todos tenemos nuestras pequeñas excentricidades: hábitos o manías que pueden parecer extraños, pero que no son causal de internamiento en la Castañeda (pues, de hecho, apenas pueden clasificarse como conductas anormales).
Por ejemplo, yo tengo una bonita colección de excentricidadcitas, pero soy bastante funcional y apenas se me notan esas peculiaridades (creo). Solamente Alberto llega a mofarse de mi firme intención de adoptar una mesa específica en cada restaurante que visito, pero he de decir en mi descargo que cuando dicha mesa está ocupada busco la más cercana en características, en lugar de salir corriendo u obligar a salir corriendo a los ocupantes de la mesa en cuestión. Sí, los miro feo, y a veces les aviento migajas de pan o sal o medios limones, pero ¿no hacemos eso todos?
Otra de mis conductas ligeramente extrañas es que siempre que voy a entrar a un baño tengo la sensación de que en la taza voy a encontrar algo macabro: casi siempre, lo que creo que encontraré es un pulgar sangrante, un zombi sentado o un fantasma con la cara pegada al rincón, dándome la espalda. Por supuesto que jamás ha ocurrido (lo mío es excentricidad, no ruptura con la realidad).
Otra, hablando de baños: cuando estoy en uno público, busco siempre el reservado más lejano de la puerta, misma que abro muy despacio por si hubiera pulgar, zombi o fantasma.
De acuerdo: cuando voy manejando el autito, hablo sola. Pero eso es normal, ¿qué no? Lo mismo que regresarme varias veces al ya dicho autito para verificar que esté bien cerrado.
También está mi mal hábito de rascarme la cabeza hasta sacarme tantitita sangre y luego quitarme las costas; o el de morderme las uñas y guardarlas en los bolsillos de mis chamarras; o el de tronarme los dedos una y otra vez (truenan las tres junturas de cada dedo, además de la muñeca derecha y el cuello y los hombros)…
O el de soñar zombis; el de empezar a leer las revistas por la última página (creo que ese es muy común) o el impulso de colgar el teléfono justo cuando está llamando…
Ufa, ya listados, se ven más raritos… así que mejor me detengo.
Pero anden, cuenten (para que no me sienta sola): ¿cuáles son las pequeñas excentricidades de ustedes?



Zombies en Guardagujas #5


Un cuento mío de zombies acaba de aparecer en el suplemento Guardagujas, de La Jornada Aguascalientes. El suplemento en versión PDF se puede leer haciendo clic aquí.
 

Los originales: La noche de los muertos vivientes (1968)


¿Me siento como creo que me siento?


enfermo

Otro problema que me aqueja cuando estoy enferma es que dudo de mi propia enfermedad. ¿Poca confianza en mis víruses y bacterias? ¿falta de autoestima febril? Lo cierto es que sucede. Pongamos un ejemplo.

Supongamos que me da la migraña. Me siento Zeus (pero sin lo divertido: no me puedo convertir en cisne ni en lechón ni en platito de pocerlana) y pareciere que la cabeza se me parte en dos. Veo lucecitas de colores y percibo un sonidito como el de una tele recién prendida o recién apagada (o de un monitor malvibrado… ¿sí lo conocen, el sonidito?). Tantita luz me hace sentir náuseas (lo mismo que los aromas, puaj) y cualquier ruido me retiembla en los centros, como sonoro rugir del cañón.

Así que me tiro en la cama (si hay cama cerca) y me tapo la cabeza con la almohada; si estoy en la calle (oficina, escuela, súper, lo que sea) pondero la posibilidad de ir corriendo a casa a tirarme en la cama y taparme la cabeza con la almohada. Pero justo entonces, una vocecilla maligna me pregunta: “¿de veras te sientes tan mal? ¿no será una exageración, una falsa percepción, un dolorcito de morondanga? ¿qué tal que huyes de la oficina o cancelas tu clase y en cinco minutos se te quita?”. Y de verdad que me tambaleo.

Así, mis migrañas pueden ser dolorcillos de cabeza; la influenza es una gripita, la fiebre es tantito escalofrío, la muela del juicio ni es pa’tanto. Pero la otra parte de mí se rebela: “caray–dice–: sí me siento mal. sí estoy malita”.

–¿Sí? ¿100% segura?
–Pues… tengo náusea y me lastima el ruido y la aspirina no hace ni cosquillas…
–¿No será cosa de esperar un rato? ¿A que se pase el dolor, a que haga efecto la aspirinita? ¿no será hambre? ¿sueño? ¿cansancio? ¿ganas de llamar la atención?
–¿La atención de quién?

Y así me sigo, discutiendo conmigo misma hasta que la cosa se agrava y salgo de dudas o se me quita (y también salgo de dudas).

Ahora, luego de cuatro inyecciones y pastillas para la inflamación de garganta y otras pastillas para el cuerpo cortado y la fiebre, me siento tan bien que me pregunto…

(Sí, en la imagen estoy yo, como diciendo: “chale, esta fiebre está ponedora: ¿qué hace Matisyahu sentado a la orilla de mi cama?)



Fiebre de domingo por la noche


Tomado de http://www.shroomery.org/forums/showflat.php/Number/9868954

Tomado de http://www.shroomery.org/forums/showflat.php/Number/9868954

Me gustaría decir que nunca me enfermo, que tengo una salud de hierro, que mi umbral del dolor es más alto que la torre de babel, que mi dentadura es perfecta, que no heredé la migraña de mi abuelita, que no tengo sobrepeso, que mi condición física es excelente. Por supuesto que me gustaría decir todo eso, pero estaría mintiendo.

Lo cierto es que soy más bien del tipo descuidado (aunque creo que mi umbral del dolor sí es alto) y que tengo algunas predisposiciones genéticas que incluyen el peso, la dentadura, los dolores de cabeza y toco madera con respecto a otros males que ni la pena vale mencionar.

Y ahora, justamente ahora, estoy enferma. Traigo una infección marca llorarás en la amígdala izquierda (¿saben por qué, cuando las operan, siempre sacan juntas a las dos anginas? porque son muy amígdalas) y el bicho me ha ocasionado lo típico en estos casos: dificultad para tragar, cuerpo cortado, fiebre.

Es justo de la fiebre de lo que quiero hablar. o mejor dicho: de los sueños que tengo cuando me da la fiebre. Son raros, son inquietantes y, sobre todo, muy cansados. Porque, para empezar, cuando tengo fiebre creo que estoy despierta aunque en realidad esté dormida. Luego, aparece una escena de lo más cotidiano (por ejemplo, yo en la cama, tratando de dormir y de pasar saliva, cuando de pronto me asalta el pensamiento de -no sé- digamos, “tendría que ponerle comida al gato”.

Ahí comienza la pesadilla. Porque inmediatamente después, me doy cuenta de que estoy dormida, despierto dentro de mi sueño, trato de pasar saliva y pienso: “tendría que ponerle comida al gato”. Y entonces me angustio, porque me doy cuenta de que no desperté realmente, cosa que hago… y paso saliva y pienso: “gato. comida al gato. tendría que poner”.

Entonces me sobresalto, me aseguro de que estoy bien despierta, paso saliva y trato de volver a dormirme. Y pienso: “comida tendría. ponerle al gato. gato comida tener. gato”.

La cosa sigue por horas y horas. Entonces amanece, me siento en la cama y, antes de pararme o pasar saliva, me taladra el pensamiento: “al gato hay que ponerle comida. yo. tendría que hacerlo yo. ponerle al gato su comida. sí”. Lo cual significa que en realidad no ha amanecido, ni han pasado horas y horas, ni he despertado.

A veces, lo que sigue es que alguien más aparezca, por ejemplo, mi mamá, y se sienta en la orilla de la cama (es tan real) y me dice: “¿ya le pusiste comida al gato?”. En esos momentos febriles, resulta más espantador que una horda de zombis, y despierto con el corazón a todo lo que da: tucutún tucutún tucutún. Y trato de calmarme. Y pienso… claro, en la comida del gato.

Cuando al fin despierto ya no sé si estoy realmente despierta o no, si le puse o no comida al gato, si tengo o no un gato.

(tendría que irme a dormir, pero… )



Oda al Cerelac


cerelac-cool

Anoche fui a la farmacia y, en lo que venía el dependiente a decirme que no, que no tenía la medicina que yo necesitaba, me quedé mirando los empaques de cereales para bebés.

No, mis queridas tías ansiosas de sobrinos-nietos: no me quedé viendo los cereales debido a un súbito deseo de darle papillas a Un Nuevo Ser (MR), sino porque se me antojó un buen plato de cerelac. Tal cual.
¡Pero no tenían de esa marca! Así que, más a fuerzas que por gusto, vencí la tentación (ya paladeaba mentalmente el cerelac tibio con platanito en rodajas), pero me quedé pensando en esos placeres simples de mi infancia que hoy no existen más.

Volviendo justo al cerelac, mi hermano y yo lo comíamos con frecuencia. Yo, con la ligera sensación de estar haciendo algo incorrecto (porque pensaba que era para bebés y que una niña grande -¡de diez o doce años!- no debía seguir comiendo cosas para bebés.

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Sin embargo, esa niña grande era la misma que tomó biberón hasta los seis años, así que no era tan difícil hacer a un lado la culpa y seguir devorando la papilla. Ojo: como saben los expertos, el cerelac se debe preparar con leche y no con agua, procurando que su consistencia sea casi la del engrudo (bueno, un poco menos, pero que no quede aguado) y que su temperatura esté por arribita de lo que consideramos tibio. El novamás, como ya quedó asentado, es cuando se le añade un plátano entero, en rodajas.

Un día, después de haber ido a vivir una temporada en Maryland y haber subido ahí unos quince kilos, mi mamá decidió que no comeríamos más cerelac, a menos que quisiéramos ser, mi hermano y yo, Tweedle Dee y Tweedle Dum para el resto de nuestras existencias. Si fuera un poco más cursi, diría que ése es el momento preciso en que dejé de ser niña para convertirme en una esclava de la báscula y el espejo (pero, siendo sinceros, sería de lo más falso, como pueden atestiguar mis ochenta kilos de gozo gourmet).

Lo cierto es que dejamos el cerelac y muchos años después quise comerlo de nuevo, pero ya no supo igual. Quizá algo cambió en mis papilas gustativas… o será que en los recuerdos siempre sabe todo más rico -o más gacho, según el tipo de recuerdo-; pero esa latita de cerelac que compré siendo ya adolescente se fue a la basura sin usarse más de una vez.

Hoy veo que la lata de cerelac con la que yo viví las mejores tardes de gula dice claramente que es “para lactantes, niños y adultos” y que tiene el dibujo de una ñora onda sex and the city, delgada y sexy, bebiendo su cerealito. Significa, por supuesto, que saliendo del trabajo IRÉ A BUSCAR MI CERELAC, y que si me preguntan, diré que estoy tratando de volverme -por supuesto- delgada y sexy a base de cereal, leche y plátano.

(Por cierto: ayer comí un taco de lengua y me supo TAN bien como me sabían cuando era niña. Y en este momento se me antoja un sandwich como los que preparaba mi mamá: jamón, queso, crema y frijolitos. yummy. O un buen plato de ropavieja como la que hacía mi abuela, con hartos chícharos. Ya me voy a comer algo).



Ay, qué modernas y liberadas que somos


liberada
Platicaba con una amiga hace un rato. Mi amiga, una mujer moderna y liberada, se quejaba de que el novio ya no la quería llevar a los lugares carísimos que tanto le gustan.
Lo primero que me hizo incomodarme fue lo de “querer llevarla”. Y se lo dije:
–¿Cómo que no te quiere llevar? ¿qué no puedes ir tú si él no te lleva?
Mi amiga aclaró:
–¡Cómo crees! Soy moderna y liberada, no le pido permiso y voy a donde quiero.
–Entonces no entiendo–dije yo. Y me explicó:
–Es que dice que son muy caros los lugares carísimos que tanto me gustan y que él no puede pagar todo eso.
–¿Y por qué no pagas tú? Digo, ganas como el doble que él. O paguen mitad y mitad… o mejor todavía: ¡proporcional a lo que ganan! O cada quien lo que consuma…
Ella me miraba con verdadero odio. Y explotó:
–¿Cómo crees? ¡Él es el hombre, yo la mujer! ¡El tiene que pagar! –Esa última parte me sonó a talibán o a villana de telenovela.
–Pero…pero… pero… ¿no que somos modernas y liberadas? ¿no tendríamos que liberarnos también de esos juegos de rol que dañan tanto a la equidad?
Ahora me miraba como si fuera yo tonta.
–¿No me digas que tú pones “algo” en tu casa? Mi mamá dice que el hombre tiene que pagar el gasto completito y que la mujer, si trabaja, debe guardar su sueldo para comprarse sus gustos.
–Tu mamá también dice que debes esperar a casarte para besar en la boca a un hombre y que sólo las locas y las tortilleras usan pantalones.
–Bueno, en eso está mal.

Ya no le quise decir nada. Cambié de tema y me despedí rapidito. pero el malestar se me quedó y por eso estoy aquí, desahogándome. Y aprovechando para aconsejar a quien se quiera dejar aconsejar, porque -créanme- más de un noviazgo se ha terminado por esa esquizofrenia de “ahorita soy liberada / ahorita ya no”.

Mi consejo es: no seamos abusivas. Así como es HORRIBLE que un fulano abuse de una mujer (golpeando, insultando, negándole la lana, tratándola mal) es ESPANTOSO que una mujer abuse de un hombre (obligándolo a llevarla a lugares caros, presionándolo a gastar más de lo que él tiene, haciéndole sentir que es un troglodita cuando la quiere tratar con delicadeza o que es un troglodota cuando la quiere tratar como a “un cuate más”, aplicándole la ley del embudo, donde todo lo que él pide suena a “me estás tratando de coartar mi libertaaaaad”, como un modo de hacer ella todo lo que le plazca sin mediar ni negociar…).

Uff, he dicho. Creo que me siento mejor.



La Feria del Libro


libro
-Duérmete ya, mañana nos levantamos temprano.
-¡Pero si es sábado!
-Pues sí, pero te vamos a llevar a la feria del libro. Y hay que llegar antes de que se llene de gente.

Me quedé con cara de guau, supongo. Me fui de inmediato a la cama, emocionada. Iba a ir por primera vez en la vida a la feria del libro.

-¿A dónden vamoshir, manita? (Mi hermano hablaba raro, pero es que era muy chiquito)
-A la feria del libro. (Yo le contesté en tono aburrido, como de quien ha ido a mil ferias del libro, como quien viene de vuelta de todo, como de escritor ligeramente postadolescente mexicano onda revistaseriadeliteratura que reseña con mala onda porque nada lo sorprende -dice- pero no duraría ni diez minutos en -no digamos un campo de concentración- una tocada del Haragán y Compañía).

(Y es que es obligación de toda hermana mayor hacerse la sabihonda).

(Pero de haber sabido entonces lo antipáticos que son estos snobs víctimas del spleen habría evitado portarme así. O tal vez no).

-¿Y quiay en una feria delibo? (insistió mi hermanito)
-¡Qué ignorante eres! (evadí la pregunta)
-Diiiiiimeeeeeee
-Bueno, pues… ¿te acuerdas del año pasado, que fuimos a Disneylandia?
-¡Tiiiiiii! (chillido entusiasta)
-Pues es así, pero todo con libros.

Me gustó mi propia idea, así que seguí hablando: la montaña rusa, altísima, con carritos en forma de libros abiertos y escenas de los cuentos favoritos; carruseles y todo tipo de juegos mecánicos con quijotes y principitos y alicias maravillosas (pero en versión Tenniel, no Disney); en vez de miquimáuses gigantes, barones de munchausen y princesas ranas.

-¿ Y pincipitos?
-Sí, ya te dije que Principitos, y pilotos franceses que se llaman como tú (mi mamá nos había contado ya el “Vuelo nocturno”).
-Tamién hay Buck Rogers, ¿vedá? (era el libro favorito de mi hermano, de esos pop-up de Editorial Norma).
Tuve que transigir: era justo que tambièn estuvieran sus personajes favoritos. Así que incluí a Buck Rogers y al gato de “Esa es mi piel, ¿quién soy?” (mi hermano todavía no era el gran lector que es hoy, je). Y así, imaginando rides más emocionantes que Los piratas del Caribe nos quedamos dormidos.

La parte que sigue tendría que ser triste: fuimos a la Feria del Libro y no era, para nada, como la que habíamos proyectado mi hermano y yo. Ni un juego y, en cambio, muchísima gente. Pero nos tocó escuchar a un cuentacuentos y nos compraron algunos libritos de SM, así que no todo estuvo perdido.

Lo mejor de todo ocurrió muuucho tiempo después, como seis meses: fue un día que, saliendo del kinder, me preguntó mi hermanito:
-¿Te acuedas de cuando fuimos a Fediadelibo, que nos subimos al badco como de pidatas cadibe pedo de libos? ¿y de que volamos nel avion del pincipito?

Le dije que sí. Porque era verdad: me acordaba perfectamente.



No tengo tiempo (de cambiar mi vida)


tic tac tic tac

tic tac tic tac


Todos los días me levanto con la firme intención de hacer ejercicio, bañarme, escribir un poco e irme a la oficina antes de las nueve. Todos los días fallo miserablemente: me levanto tarde, prendo la tele, me hago pato, evito el baño muy ecológicamente, veo la tele, salgo corriendo a las nueve y media.

Todas las tardes me prometo ir derechito a casa, escribir un rato, hacer ejercicio, repasar las clases de ruso o de italiano y mil etcéteras que no vienen del todo al caso. PEEEEERO…. sí, adivinan ustedes: fallo también miserablemente por las tardes.

No es realmente una tragedia (excepto porque peso ya mil ochocientos kilos y llevo sólo página y media de mi proyecto de novela onda “La Guerra y la Paz”), pero me hace dudar de mi capacidad de organización.

Ni modo: no todos traemos agenda integrada, me digo cuando analizo mis “áreas de oportunidad” (no soy organizada, pero sí aprendí jerguita isonuevemil para despistar al enemigo). Y entonces me pongo a buscar en la red una bonita agenda que supla la que dios no me dio (léase en tono de Sara García), pero me distraigo con cualquier cosa en la red (el facebook, fotos de gatitos, neopets… ¡incluso pasé una tarde entera en whiskas.com.mx!)

Y bueno, ¿qué le vamos a hacer? Quizá en el fondo no es que sea yo desordenada, sino que tengo un fuerte arraigo a mis tradiciones. O a lo mejor todo radica en que, en realidad, estoy muy a gusto. O que gasto toda mi energía en ser ordenada en la oficina (donde tampoco hago ejercicio, por supuesto).

En fin. La verdad es que ya me estoy distrayendo… y como no quiero dejar esta nota eternamente en el limbo de los borradores, mejor les comparto la letra y un video harto ad hoc a la ocasión: en versión de Heavy Nopal (que es la primera que yo conocí), una muy bonita y triste pero alegre rola de Rockdrigo González.

Y dice….

Cabalgo sobre sueños, innecesarios y rotos
prisionero iluso de esta selva cotidiana
y como hoja seca, que vaga en el viento
vuelo imaginario, sobre historias de concreto.

Navego en el mar, de las cosas exactas
muy clavado en momentos de semánticas gastadas
y cual si fuera una nube, esculpida sobre el cielo
dibujo insatisfecho, mis huellas en el invierno
ya que yo:

No tengo tiempo de cambiar mi vida
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos
sé que aún tengo tiempo, para atracar en un puerto de amor.

Camino automático, en una sombra de estatuas
masticando en mi mente las verdades más sabidas
y como lobo salvaje, que ha perdido su camino
he llenado mis bolsillos, con escombros del destino.

Sabes bien que:
Manejo implacable mi nave cibernética
entre aquel laberinto de los planetas muertos
y cual si fuera la espuma de un anuncio de cerveza
una marca me ha vendido la forma de mi cabeza
ya que yo:

No tengo tiempo de cambiar mi vida
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa
y aunque soy la misma tuerca que han negado tus ojos
sé que aún tengo tiempo, para atracar en un puerto de amor.