Más de un mes sin bloguear: mi verdad.



Les juro por la Santa Chambrita de Santa Salmonella de Siena con Magenta que si no he venido por acá no es por falta de cariño: los quiero con el alma (aunque suene a canción) y casi diario abro el blog con la firme intención de escribir alguna cosa simpática e ingeniosilla. Incluso se ha convertido en un ritual: abro el blog, entro al wordpress, me siento frente a la plantilla, me quedo viendo la pantalla en silencio, con la boca ligeramente entreabierta, babeo un poco (sólo un poco, sólo por el efecto dramático), digo “adau, adau!” con voz de mensa mientras me pego en la cabeza y cierro el blog.
 
 

Y miren que hago esto dos o tres veces cada hora, pero ¡nada!
Cada una de esas ocasiones termino por cerrar el wordpress y golpearme contra el teclado hasta que me queda cara de waffle, a la vez que me inundan amargos recuerdos de mi infancia en el internado en el que estuve tantos años en Guanajuato.
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De acuerdo, exagero un poco:
 
Fui varios años al internado en Guanajuato, pero sólo una semana cada vez, y sólo para acompañar a mis papás y a sus alumnos al Festival Cervantino.
 
También exagero al decir que intento bloguear varias veces cada hora.
 
Y también exagero cuando digo que golpeo mi cabeza contra el teclado.
 
Y hace mucho que no grito “¡adau, adau!”
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De acuerdo: también he mentido un poco:
 
Santa Salmonella de Siena con Magenta no tuvo nunca una chambrita, y menos una chambrita santa. Y todo por el pequeño detalle de que Santa Salmonella de Siena con Magenta nunca existió.
 
De hecho, la combinación “siena + magenta” me parece horrible, y nadie que la use puede dárselas de santo. O santa.
 
Mentí también cuando dije que babeo sobre el teclado.
 
No, no es cierto:
 
Mentí hace dos renglones, cuando dije que mentí cuando dije que babeo sobre el teclado. es decir, sí babeo sobre el teclado.
 
Y también mentí cuando dije que todo esto se haya convertido en un ritual.
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También mentí cuando dije que mis prácticas de dibujo de imitación se habían mojado porque un jardinero distraído las había regado en la prepa: la verdad es que me fui de pinta con mis compañeros al lago de Chapultepec.
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Y mentí cuando dije que sí había estudiado toda la geografía económica de América del Sur para aquel examen de tercero de secundaria en el que, pese a todo, saqué diez.
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(Y también mentí al decir que saqué diez en ese examen, ay).
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Bueno, sí: soy una mientirosa que miente constantemente. Pero les juro por el Milagroso Suspensorio de Santo Toribito de la Nueva Neo-jerusalén de Abajo que sí los quiero con el alma. Y que sí he tratado de bloguear.
 
El problema es que ando escribiendo mi autobiografía no autorizada, y no saben lo complicado que es: tuve que mandarme seguir para poder descubrir todos mis oscuros secretitos (como el de que soy una mientirosa que miente); y, al mismo tiempo, tuve que contratar a un buen abogado, porque ya me enteré de que ando escribiendo esa biografía sin mi permiso, así que pretendo demandarme tan pronto salga la publicación. Temo que la batalla legal será más fría y amarga que la mirada de los elfos cuando piensan en los orcos.
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De acuerdo, no es por eso que no he blogueado.es porque mi celebro está congelado, adentro de un frasco de salmuera, adentro del refri. Incluso mi papá me regañó por eso:
 
–¡Si dios existiera y quisiera que tuviéramos el cerebro en un frasco, naceríamos con frascos en vez de cabeza!
 
(No, no fue eso lo que me dijo mi papá. Es lo que yo me hubiera dicho de ser yo mi padre).
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Uff. Creo que sería más fácil bloguear que buscar explicaciones de por qué no lo hago. Les juro por la Teta Sagrada de Santa Gudena Mártir que a partir de este post bloguearé más seguido. ¿Verdad que sí me creen?
 
 
 
(Por cierto, la imagen que ilustra esta entrada sí es de santa Gudena Mártir, a la que sí le dieron su pellizco de Teta Sagrada… les comento nomás como prueba de mi honestidad. -y si no me creen, lean aquí



El día que vivimos sin celebro



Todo comenzó cuando Agan me recomendó a un dentista capaz de hacer cualquier cosa por dinero. Mi intención inicial era pedirle que me cambiara los dientes por cuchillos ginsu, pero ya que estaba en su consultorio, al verlo tan tranquilo acerca de lo que me iba a hacer, decidí tantear un poco más allá:
 
-Oiga, ¿y si en vez de ginsus quisiera unos colmillos de elefante?
-Ah, pus sube un poco el precio, porque es más fácil conseguir cuchillos ginsu que colmillos de elefante, pero te los ponemos.
-Hmm… ¿y si mejor quiero cuernos de toro en vez de dientes?
-Ah, pues baja un poco el precio, porque son fáciles de conseguir. pero luego sube, porque implica una práctica más delicada.
-¿Y gatos vivos? ¿Me puede poner gatos vivos en vez de dientes?
-Claro, pero te cobraría más por las whiskas.
 
Así me di cuenta de dos cosas: uno, que, efectivamente, el dentista estaría dispuesto a hacer cualquier cosa; y dos, que le pidiera lo que le pidiera, el precio sube. Siempre sube.
 
Me sentía un poco dudosa: los gatos vivos en vez de dientes sonaba a la pura onda, pero me costaría un poco de trabajo comer; en cambio, los cuchillos ginsu eran algo sobrio, elegante y funcional. De tanto pensar me empezó a doler la cabeza, y entonces me retumbó en la mente el comentario de Agan: “si le pagas, te saca hasta el cerebro”.
 
¡Excelente idea! ¿Qué tal sacarme un rato el celebro para poder descansar de mis indecisiones y dolores de cabeza? ¡Era como ir de vacaciones, pero sin pagar avión, hotel y alimentos!
 
Se lo propuse al dentista y ni parpadeó:
-Muy bien, pero te saldrá un poco más caro, sobre todo si quieres que adecuemos tu cerebro para que sea quitapón.
-Oiga, pero no tengo mucho dinero: puedo pagar tres pesos y seis whiskas (que le robé a Primo, mi gato).
-Bueno, por ser tú, acepto.
 
La operación fue relativamente fácil, aunque las inyecciones de anestesia (puestas con la misma jeringa con que pone la anestesia en las encías) fueron un poco molestas. Sin embargo, me veía bien con todos esos puntitos (las perforaciones de la aguja, como marcas de una corona de espinas).
 
Luego, con un serrucho me abrió el cráneo. Muy amable él, cortó justo en la línea del cuero cabelludo, pa disimular luego la cicatriz. Y sacó mi celebro. ¡Tan bonito! Azul y rosa con manchitas anaranjadas aquí y allá, era de un tamaño quizá ligeramente inferior al promedio. Olía muy bien, como a vel rosita. Claro, por la higiene mental que practico un mes sí y uno no (sí saben, ¿no? se mete el vel rosita por la oreja, se ponen corchos en todos los bújeros, se agita y luego se enjuaga…).
 
Lo puso en un frasco de gerber y me lo dio. Me costó un poco de trabajo cerrar el frasco, pero lo conseguí. Lo que no conseguí fue poner atención a las recomendaciones del dentista con respecto al cuidado de mi nueva mascota. Pero bueno, es comprensible, no?
 
(Nota: me puse el celebro tantito, nomás para escribir esta nota. Pero ya me lo voy a quitar para guardarlo en el refri, creo que el dentista me dijo que es el lugar indicado. Cuando no lo tengo puesto me siento super bien, como si flotara. yuju! Babeo mucho, pero, por suerte, los ginsu son inoxidables…)



Retraso dental


He visitado a quince dentistas desde mi última nota sobre dientes. Quince. Si fueran años, y no dentistas, habría yo tenido derecho a fiesta con vals y chambelanes. Pero no: me quedé sin baile, sin pastel y sin regalos… y ninguno de ellos quiso sacarme los dientes, cambiármelos por unos menos conflictivos.
¿Así cómo vamos a progresar? ¿dónde queda su hambre de conocimiento, su sed de descubrimiento, su afán de hacerse de una lanita extra?
Y, sobre todo, ¿dónde quedo yo, con mi proyecto? Si lo único que les pedí fue que me pusieran anestesia general, me sacaran todos los dientes y me pusieran, en vez de ellos, unos cuchillos ginsu…
Todos me miraron como si estuviera loca. Todos. ¡Cuánta incomprensión, cuánto prejuicio!
Yo sólo quería quitarme de encima algunos dientes problemáticos y, aprovechando, un trauma de la infancia: es que yo fui… [acorde dramático] retrasada dental.
Oh sí: mientras mis compañeritos tenían ya sus dientes de no-leche (dientes grandes, juertes) yo seguía con mis dientecitos de ñiñiñí: chiquitos, separados, blandengues.
Mi mamá me llevó con varios especialistas: primero, con el oftalmólogo; luego, con el carnicero y, por último, con la modista (era un día en el que teníamos muchos pendientes). Al final de nuestra gira, le confesé mi preocupación con respecto a mis dientitos, y entonces sí, me llevó con un especialista en dientes: mi tío Jacinto.
“Abre la boca, saca la lengua, mete la lengua, hazla a un lado, tu lengua me estorba, quítatela…”. Luego de horas de estudio, mi tío nos dio la mala noticia:
“la niña tiene un ligero retraso dental. No es grave, pero nunca será como los otros. no la cambies de escuela, pero dile a sus maestras que sean comprensivas”.
Y sí. Se me cayó el primer diente como a los siete, y las muelas del juicio me salieron hace tres minutos, todas a la vez.
Y mi dentadura “adulta” no es de dientes derechitos y firmes: en vez de eso, tengo esta bola de dientes pandilleros, que ningún dentista se atreve a enfrentar. Chale.



Yo, en el Guardagujas


La verdad es que escribo poco y me cuesta mucho trabajo. Y sufro. Me desgarro, me distraigo, me desaliento y a los quince segundos me río, me enderezo, me impulso. Soy bipolar para escribir. Y, como ya dije, lo hago más bien poco.

Por eso me emociona tanto que en el suplemento Guardagujas me tengan paciencia. Acaban de publicarme un cuentirritito, “Larga distancia”, cosa que les agradezco de aquí al cielo dos veces de ida y vuelta.

Y, por supuesto, ese cuentirrín no sería nada si no lo leen ustedes que se soplan las historias de zombies y dientes que aparecen por acá. Así que les comparto el cuentito (con todo y el resto del suplemento que, como siempre, está excelente) con alegría, lalalalá.



Dentadura problemática


Siempre, desde que me acuerdo, he tenido problemas con los dientes. Con los míos, aclaro: los dientes de la demás gente no me causan ningún tipo de conflicto (excepto la vez aquella en que un remedo de vampiro me mordió la muñeca; pero esa historia tendrá que quedarse para otra ocasión).

Decía, pues, que tengo problemas con mis dientes desde siempre. Y no hablo de travesurillas sin consecuencias, de ésas que suelen jugar los dientes de todo mundo: hablo de broncas graves, fuertes, serísimas y muy estresantes.

Creo que parte del problema es que mis dientes acostumbran andar juntos a todos lados. Son una pandilla. Están los de enfrente, siempre haciendo comentarios incisivos; muy cerca de ellos hay unos que se aperran a la menor provocación, los muy caninos. Y están otros que, desde el confort y la seguridad de la retaguardia, no dejan de moler.
Todos juntos me torturan. Me maltratan. Me hacen sufrir.

Una vez busqué la ayuda de un especialista. Se burló de mí, dijo que los dientes son delicados pero que con la atención adecuada no deben causar problema alguno. La risa se le quitó cuando su mano derecha quedó fuertemente prensada entre mis delicados y bien atendidos pandilleros. No sé si siga ejerciendo ahora que lleva un garfio en vez de cinco dedos.

La verdad es que, independientemente de los dolores que me causan, mis dientes me hacen sentir culpable. ¿Será, realmente, que no los traté como era debido? No lo creo: como ya dije, desde el inicio fueron difíciles.

Y nada ha servido: ni el hilo dental ni el cepillo ni el astringosol. Cada día la situación es peor. ¿Será muy malo esperar a que estén dormidos y sacarlos, uno a uno, para enviarlos a una correccional?



La NASA descubrió… ¡zombis en el espacio!


Mi querido amigo Iván “Malo” Salinas me pasó un link del periódico El Universal en el que se habla de un terrible descubrimiento:
Una tormenta solar frió el cerebro de un astronauta, que ahora es… ¡un zombi!
Bueno, hay que precisar algunas cosas:
1. no fue la NASA, sino Intelsat.
2. el astronauta no es un humano, sino un satélite.
Pero igual…. brrr, miedo!!! Porque ahorita son los satélites pero, ¿y mañana? ¿cómo sabemos que no seremos nosotros los zombis? ¿o los gatos? o… (ni dios lo quiera) ¿los chícharos?

Va la nota, aquí pegada, y luego la liga, por si no me creen, lectores de poca fe:

Cuando Intelsat se enteró que a principios de abril se produciría una tormenta solar comenzó a hacer mil pronósticos sobre las afectaciones en sus satélites y el más sombrío se hizo realidad, a uno de ellos, cual película de terror, se le quemó el cerebro y se convirtió, literalmente, en un satélite zombi.

Según reporta la BBC en su portal, el satélite Galaxy 15 perdió toda noción y ya no responde a las llamadas de los operadores, aún cuando éstos lo bombardean con órdenes; incluso, este lunes, los especialistas de hicieron un último esfuerzo para recuperar el control mandando emisiones de alta potencia pero sin éxito.

El sátelite está totalmente fuera de control; sin embargo, como los instrumentos están encendidos, el zombisat ha empezado a desplazarse. Se encamina hacia la posición 131 grados oeste, actualmente ocupada por otro satélite, el AMC-11. Los expertos calculan que entrará en territorio vecino hacia el 23 de mayo y “robará” la señal de este satélite.

Según un comunicado publicado en el sitio web de Intelsat, la empresa planea pasar todo el tráfico de información a otro satélite, el Galaxy 12, para que sus clientes no se vean afectados.

Hasta el momento, menciona la BBC, los clientes del Galaxy 15 no han sufrido interferencias, pero este panorama podría cambiar en las próximas semanas cuando el aparato se cruce en el camino del AMC-11.

El G-15 provee de capacidad de transmisión satelital a programas de televisión por cable en América del Norte. También retransmite coordenadas de posicionamiento (GPS) a aviones durante el vuelo.

Y la liga, aquí



Lálien


cosbaby-alien-pret

–Doctor, ya arrégleme. ¿Por qué me duele la panza?
–El estómago
–¿Está seguro de que es el estógamo? ¿No podría ser el sarcófago o el duodinámico?
–(Mirada de incomprensión)
–Porque yo sé que en la panza hay muchas otras cosas además del esgótamo.
–(Cara de que quiere llorar)
–Estuve gugleando mi caso y tengo miedo que sea una apendejitis. Eso sólo se cura con cirugía, ¿no? Y qué tal que después de la cirugía quedo como actriz gringa mayor de sesenta años, que ni cerrar los ojos pueden?
–Ay…
–¿O qué tal que se equivoca usted de cirugía y me saca un piñón, o me arruina un pincelín?
–¿Un pincelín?
–Huy, perdón: un plumón. Es que a veces sí me hago un poquito bolas con los términos médicos.
–(Dolor de cabeza intenso)
–Oiga, doctor… el otro día soñé que iba en una nave espacial… ¿y si…? (Silencio dramático)
–(Cayendo en la trampa) ¿Y si…?
–¿Y si hubiera sido cierto? ¿Si de veras viajé al espacio y caí en el planeta de los álienes y se me metió uno y en la panza tengo lálien, questá creciendo, fingiendo que es apendejitis, listo para saltar de mi panza y comerse a alguien?
–…
–¿Eh, si fuera eso?
–(Sollozo)
–(En el cel) ¿Bueno, Alberto? Tengo una buena y una mala… La buena es que el dolor de panza no es que mi estógamo se esté muriendo para revivir como zombi y comerse el resto de mis tripas. La mala es que tengo lálien… ¿Cómo que qué es eso? ¿No viste la peli con Sigurni? ¡Tengo lálien! ¡Sí, me lo acaba de decir el gastroentomólogo!



Mi hermana


mi hermana y yo

mi hermana y yo


Es la una de la mañana y no puedo dormir. Un secreto me tortura, tengo que compartirlo. Lo siento por ti, sufrido lector: tendrás que ser mi confidente en esta noche de luna llena y tortuosas confesiones.
He aquí mi secreto: tengo una hermana.
¿No te sorprende? ¿Te parece común que la gente tenga hermanas? Sigue leyendo, porque la confesión se complica:
Mi hermana… se llama… No, no puedo decirlo así, tan fácil.
Tengo que explicarlo.
Todo comenzó un día en que discutía con Alberto. Como siempre, la causa es que soy una envidiosa patológica (por favor, no citen aquí a Freud: es de pésimo gusto). Le decía yo a Alberto:
-¿Por qué tú tienes un hermano y una hermana y yo nomás tengo un hermano? ¿Dónde está mi hermana? ¡No es justo que, además de que me ganas siempre en el scrabble, me ganes además en el número de hermanosidades!
Alberto sólo suspiraba y decía “ay mi vida, mi vida”, que es lo que dice siempre que me pongo a discutir sinsentidos. Yo, mientras tanto, me sentía profundamente infeliz.
Pero me di cuenta de que enojándome no iba a lograr nada: tenía que encontrar una solución.
Obligar a mi madre a concebir y parir una niña estaba descartado: hace más de quince años que mi mamá no está con nosotros (no, no se fue de viaje… ay, lector, ¿dónde está tu capacidad para leer subtexto?) y, aunque se me ocurrieron algunas opciones al respecto, todas resultaron o bien gore o francamente irrealizables. O ambas cosas.
Otra opción era hacer un poco de trampa: convencer a mi papá y a su esposa de la generosidad de la adopción. Pero hubo que descartarlo también: si me sentenciaron a vivir bajo un puente si llegaba con otro gato, ¿cómo iban a aceptar una niña? Hay gente que no tiene ese sentido del humor.
Así que tuve que pensar un poco más. Me puse a analizar lo que hace a la mayoría de los hermanos y encontré la respuesta que buscaba:
-Albertoooo… ¿yo soy hermana de mi hermano porque soy hija del mismo papá y de la misma mamá que él, no?
-Hmmm… sí…
-Entonces…. como soy hija del mismo papá y de la misma mamá que yo misma… ¿soy mi hermana?
-¡No!
-¡Sí! ¡Soy mi hermana! ¡Y soy mi gemela! ¡Porque nací el mismo día que yo!
Alberto es un aguafiestas y quiso buscar pretextos para no admitir mi razonamiento, pero ni modo: mi lógica es aplastante. Gané, tengo un hermano y una hermana. (Ok, empaté, pero como tengo un punto extra porque mi hermana es gemela, gané).
Lo malo es que ahora me siento culpable de haber tenido tantas cosas mientras mi gemela no tuvo nada. Y al mismo tiempo me siento celosa, de que tendré que compartir con mi hermana la casa, la ropa, los juguetes…
Bueno, ya te conté mi secreto. Y si te parece aburrido o poca cosa, te entiendo: ahora que lo releo, a mí me parece que es un soberano disparate. Pero mi hermana dice que está bien, así que aquí se queda.



Fábula hasídica en tiempos de actualidad: El leñador sin sesos


auxiliooooo! Un zombiiiiii!

auxiliooooo! Un zombiiiiii!


 
Encontré una hermosa fábula hasídica en el libro Sapiencia y artimañas de la tradición judía (de Muriel Bloch y Sophie Dutertre, Ediciones Tecolote). Tan linda está, que la quiero compartir con todo mundo, pero voy a aprovechar para hacerle un par de cambios y volverla pertinente en el mundo de hoy. O al menos, en el blog en el que estamos. ;)
 
 

El leñador sin sesos
Dos leñadores caminan por el bosque; de repente, descubren en el sendero las huellas de un león zombie.
–¿Qué vamos a hacer? –pregunta uno de ellos.
–Continuar como si nada –responde el otro.
Y los dos prosiguen con su trabajo, cortando las ramas que encuentran a su paso. En el momento de volver, el primer leñador dice:
–Cambiemos de camino para regresar.
–¿Qué no piensas? Éste es, con mucho, el más corto.
–Yo no me siento tranquilo con las huellas del león zombi.
Y el primer leñador se va, tomando la senda escarpada de la montaña, mientras que su amigo sigue por el camino.

Cuando éste llega al lugar donde se encuentran las huellas del león zombi, el animal no-muerto está ahí, en persona, esperando plácidamente, sentado en su trasero babeando y gruñendo con los brazos extendidos y la mirada perdida.
–Buenas tardes, León Zombi –dice estremecido el leñador
–Buenas tardes, Hombre –responde sereno el león zombi.
–¿Qué haces ahí?
–Estoy enfermo famélico–responde el rey de los animales zombi–. Y para sanar estar contento, necesito comerme unos sesos humanos.
–Entiendo –dice el leñador–. Pero debo confesarte una cosa: yo soy un hombre sin sesos, pues para haber regresado por este camino, después de que yo había visto tus huellas, se necesita que le falten a uno los sesos, ¿no es así? Pero mi compañero, quien escogió la senda escarpada de la montaña, está bien provisto de sesos, ¡él por lo menos sí tiene!
–¡Gracias por tu información confidencial! –rugió gimió el león zombi, quien se apresuró para llegar a la montaña.

 
 
(Pero por más que le pienso, no encuentro la moraleja…)



Historia de amor


Zombie Love

1

Quince días a dieta de whiskas pueden enloquecer a cualquiera. Más todavía si a eso se agrega que por la mirilla de la puerta puedo ver a mi novio, con media cara arrancada a mordiscos, sin un brazo y con la ropa llena de sangre seca. Y peor si añadimos el pequeño detalle de que, pese a que más de una de esas heridas es mortal, él camina más o menos como si nada, desde mi reja hasta la puerta de entrada al edificio, y de regreso, como si hiciera una guardia.
      Pero no he enloquecido, no todavía. De hecho, he tenido tiempo para meditar sobre el destino, mi destino. Por ejemplo, ¿por qué guardé tres enormes costales de whiskas durante un año después de la trágica muerte de Tario, mi gato? Después de que se aventó del balcón (¿suicidio?, ¿conspiración de las palomas vecinas?, ¿pura estupidez?), varias veces prometí que regalaría esos costales a alguna asociación protectora de animales, pero nunca lo hice. Otra: ¿por qué dejé que Leopoldo, mi novio, se quedara afuera en lo que yo terminaba de arreglarme? No era la primera vez que me salía con ese chantajito (“te espero en el pasillo”, decía, y salía dando un portazo) para apurarme. Pero si hubiera salido de inmediato, habría sido, igual que él, víctima de mis vecinos recién infectados.
      Así que por algo me salvé. Por algo me comí todo lo humano que había en casa (es decir, comida para humano; en estos momentos esa falta de precisión es aterradora) y tuve que llegar al extremo de comer whiskas. Pero es necesario que descubra de inmediato por qué pasó esto, qué me depara el destino, antes de que termine por enloquecer.

 
 
2

Salir es imposible: vivo en el departamento más alejado de la puerta que da al patio. Como es planta baja, mi puerta está reforzada por una rejita que ha resultado mi salvación: dos o tres días después del inicio de todo, vi como los infectados tumbaron la puerta de mi vecina de junto. La carnicería fue espantosa, pero el morbo me llevó a verla con toda la puerta abierta, feliz de tener mi reja. Sentí una alegría malsana al pensar que nunca más tendría que soportar el reguetón a todo volumen de las dos de la mañana, la tortura favorita de mi pobre vecina, que en paz descanse.
      No, en paz no: una media hora después del ataque, la vecina comenzó a parpadear. Luego se convulsionó y, de no haber sido porque le arrancaron las dos piernas, se habría levantado. Ahora sé con exactitud qué le pasó a mi novio… y al 70% de la población de esta ciudad, si hacemos caso a la última transmisión de tv que pude sintonizar, hace semana y media (aunque ahora, seguramente, es más alto el número total de –¿me atreveré a usar la palabra?– zombis).
      Según ese último programa, no había manera de saber la causa de la infección, pero sí era claro que no venía de fuera. Es decir, no se originó en un punto para luego dispersarse, sino que apareció al mismo tiempo en todo el mundo (o por lo menos, en todo el mundo civilizado). Las primeras víctimas, en todos lados, fueron niños pequeños, que comenzaron, todos a la vez, a llorar como si les estuvieran arrancando la piel. Los adultos que se acercaron a consolarlos fueron atacados por los niños y se contagiaron, probablemente por el contacto de fluidos (baba de niño infecto sobre herida o mucosa de adulto igual a infección). Y luego, el caos: no hubo tiempo de tomar medidas, de buscar armas, de acumular comida. Todo empezó en la mañana de un jueves (tiempo de México) y esa misma tarde mi pasillo estaba lleno de vecinos zombificados (con exnovio incluido. Y no es que sea insensible, pero supongo que esto es motivo suficiente para considerar que nuestra relación ha terminado).

 
 
3

Las whiskas se van a terminar. No hoy, ni mañana, pero ya quedan menos. Y el agua de la llave ahora sale turbia, supongo que se está acabando en la cisterna. Así que tengo que hacer algo, y pronto. Sin embargo, sigo con la certeza de que salir es imposible: hace unos cuatro o cinco días, el yupi del cuarto piso bajó las escaleras vestido como GI-Joe. Me dio tanto gusto verlo que le perdoné de inmediato que su poodle se cagara tantas veces enfrente de mi reja. Traía una pistola y le disparó a cuatro o cinco zombis. Llegó hasta la puerta. Incluso la abrió. Entonces entraron siete u ocho infectados más y adiós yupi. Eso sí, desde entonces, cada día los infectados entran y salen a su gusto: a veces hay un par, pero casi siempre son más de 20. Y yo no tengo pistola.
      Me aburro mucho, y a veces hasta me pongo a hablarle a Leopoldo, que ha de seguir, pese a lo zombi, apegado a mí, porque rara vez se aleja más de cuatro o cinco pasos de mi reja. Tan sólo ayer me caché pidiéndole perdón por haber terminado la relación justo ahora que él tiene tantos problemas. De inmediato me arrepentí y hasta me enojé: ¿qué problema puede tener un zombi? Caray, hasta muerto sigue siendo un manipulador chantajista y egocéntrico. Le grité de cosas, pero ni se inmutó. En cambio, se acercaron dos o tres zombis curiosos, así que me callé. Golpearon un rato la reja, pero luego se fueron a curiosear por otro lado. Y todo el tiempo, yo los estuve viendo con la puerta abierta, ya no uso la mirilla.
      El caso es que me aburro mucho y he aprovechado el ocio para estudiar a los exhumanos que me rodean. Me he dado cuenta de que hay unos como Leopoldo, que se encariñan (o algo parecido) con un lugar o, quiero yo pensar, con una persona. Aquí hay varios de ésos. Por ejemplo, me da ternurita el cuarentón del segundo piso, que seguía viviendo con su mamá hasta el día en que se la comió. Y que todavía ahora lleva a todos lados lo que queda de la señora: un brazo medio podrido, medio seco (como tasajo, yummy). ¡Mi vido! ¡Sigue de la mano de su mami!
      Hay otros que tienen como déficit de atención: nada les interesa tanto como para quedarse en un solo sitio, y ni siquiera son capaces de terminar una carnicería. Dos de esos participaron en el yupicidio: luego de un par de mordidas, se fueron a perseguir a una mariposa, aunque su víctima aún gritaba y se retorcía.
      Y luego hay otros, los autistas. Se quedan en un solo lugar, con la mirada perdida, como poetas del renacimiento. Hay uno que seguido se queda frente a mi reja; le puse Bobby, porque me recuerda a Robert Smith, pero en guapo. Le ayuda mucho su look darketo: la sangre no se nota en su ropa negra, y su aspecto pálido y ojeroso queda muy bien con su peinado a la… bueno, a la Robert Smith. Es bien chistoso porque, si uno no se fija, pareciera que no le pasó nada, y como realmente está muy galán, hasta puedo fantasear un poquito con que coqueteamos Pero cuando se llega a mover se nota la mordidota de su pierna, hasta se ve el hueso. Se me hace que fue uno de los que tienen TDA, porque es la única herida que tiene. Supongo que por eso está como triste: ni siquiera se lo comieron bien, fue un capricho en la vida zombi de alguien más.

 
 
4

Soñé que Leopoldo y Bobby se peleaban por mí. Y que yo, toda magnánima, salía de mi reja y dejaba que entre los dos me comieran, uno el brazo, el otro la pierna. Fue un sueño muy raro porque sentía claramente el dolor de las mordidas, pero no lloraba, ni me espantaba, ni nada. Desperté con la pierna y el brazo derechos hormigueando por la falta de circulación. Pero no pude resistir la tentación y abrí la puerta. Los dos estaban ahí. Me sentí muy sola y me puse a llorar.
      Dejé de hacerlo porque escuché voces. Venían de arriba, creo que del tercer piso. Pregunté quién anda ahí y me respondieron: una familia completa sigue ahí, en su departamento, comiendo la dotación de productos Gerber que se ganaron en un programa de tele poco antes de que todo esto pasara. Los envidié mientras me comía un plato de whiskas y no sé si me cayeron bien o mal cuando me dijeron que si un día puedo subir me convidarán purecito de manzana y jugo de pera.
      Llevo el resto del día (y ya son casi las cuatro de la tarde) pensando cómo puedo hacer para subir al tercer piso sin acabar como el 70% de la población de esta ciudad (supongo que ahora debe ser más alto el porcentaje, creo que ya lo dije, pero en todo caso no tiene sentido entrar en detalles. Ni en la estadística, claro).

 
 
5

Creo que ahora sí ya valí. Se acabaron las whiskas, no se me ha ocurrido un modo de subir al tercer piso y acabo de descubrir que Leopoldo me engaña con otra. De acuerdo, no me engaña, porque yo lo corté y porque es un zombi. Pero hoy lo vi muy pegadito a la reguetonera (se mueve apoyándose en las manos: yo siempre supe que era una arrastrada), compartiendo una rata que pescaron a saber dónde. Para qué lo niego, sentí feo, sobre todo porque Bobby no está por ningún lado. Y me siento tonta hablando sola.
      Bobby entró como dos o tres horas después, arrastrándose muy despacio, como sin prisa. Se paró frente a mi reja y gruñó un poquito. Yo lo interpreté como “hola, perdón por llegar tarde”. Le gruñí de vuelta (porque aunque pertenecemos a distintas sociedades, yo soy muy correcta) y entonces clarito vi que le brillaban los ojos un momento. Luego volvieron a quedar opacos. Y yo me muero de hambre.
      Tengo una idea desesperada. Creo que ya sé cómo hacer para ir al tercer piso. Puede parecer estúpido, pero voy a atraer la atención de Bobby, gruñendo. Y cuando se acerque…

 
 
6

Lo hice y estoy sorprendida. Maravillada. Exultante. Y muy hambrienta. Atraje a Bobby con mis gruñidos y, cuando se acercó, saqué la mano por la reja. Como esperaba, Bobby me mordió. Lo empujé con fuerza, con lo que conseguí una fea desgarradura, pero que se tapa fácilmente con la manga (me puse una de mis camisas favoritas, de color oscuro, me queda muy bien) y me senté a esperar. Primero hubo dolor. Mucho. Más del que me esperaba. Era como si me metieran vidrio molido por la herida y la sangre lo empujara por todas las venas y arterias. Luego me dio fiebre y empecé a sudar. Entonces perdí el control sobre mi cuerpo, y comencé a tener espasmos. Entonces me morí.
      Cuando desperté, tuve miedo de estar vuelta una tarada como el 70% de la población de esta ciudad (ya sé, ya sé, de seguro ya es mayor el porcentaje) y se me hizo nudo el estómago sólo de imaginar que no fuera capaz de abrir la reja. Para mi sorpresa, y pese a la rigidez de mis músculos, no fue tan difícil. Abrí, salí y me senté junto a Bobby. Los demás zombis ni siquiera voltearon a verme, pero él me sonrió.
      —Yo puedo hablar—logré decir luego de gruñir lastimosamente un par de veces—. ¿Y tú?
      Se me quedó viendo. Pensé que no me había entendido, pero al poco rato su cara dibujó algo parecido a la sorpresa.
      —Caray… sí, yo también. No se me había ocurrido.
      —Claro, como todos gruñen, uno se imagina que es lo único que puede hacer, ¿no?—quise ser comprensiva.
      Él sonrió.
      Me acordé, poco a poco, de la siguiente parte de mi plan. Se lo conté a Bobby y le pareció muy buena idea. Entramos a mi casa por un pantalón limpio (había sido, por supuesto, de Leopoldo; pero eso había ocurrido una vida antes, o eso me parecía) y mientras él se lo ponía yo me di un peinazo y me bajé bien la manga de la camisa.
      Subimos sin problema al tercer piso. Sin problema convencimos a los vecinos de que habíamos logrado escapar de milagro. Sin problema saciamos el hambre con carne fresca. Tenía un ligero saborcillo a gerber de manzana.
      —Me llamo Roberto —me dijo Bobby.
      ¡Mi vido…! Supe que había llegado al cielo. Y salimos a buscar más sobrevivientes.