Cotorreo zombi

Buscando un archivo que me urge (y que aún no encuentro) me topé en un disco de respaldo este fragmentito de un cotorreo que escribí hace unos años. No lo puse acá en el blog porque me pareció poco ético, dado el trabajo que tenía entonces. Hoy, que ya no trabajo ahí y que el personaje principal del cotorreo ya felpó, se los comparto.

 

Ope

 

 

 

(…)

Sonó una voz en mi walkie-talkie. Era una voz tensa, preocupada. Me costó trabajo reconocer en ella al gran Carlitos. Pero era él, sin duda era él.

—Raquel, necesitamos tu ayuda —me dijo.

—M

aestro, ¿dónde está? ¿sigue en el refugio de la ciudad?

—Claro, no me iba a perder mi homenaje sólo por un ataque de zombies.

Pensé que eso era peor que arrogante, pero no se lo podía decir: era el gran Carlitos.

La civilización había caído, pero la Literatura sigue siendo la Literatura, mientras haya quien recuerde las grandes obras y salgan números de La Revista Liberal (delgados como rebanadas de jamón caro, irregulares como periodo de adolescente, pero aciditos y malaleche como antes del ataque zombie).

—Maestro, ¿cuál es el problema? —le pregunté, omitiendo mis glosas sobre la gran idea de quedarse en medio de una ciudad sobrepoblada durante un ataque zombie.

—Pues nada, que ayer se volvió loco Chris. No soportó ver al cadáver andante del Maestrísimo Ope y se derrumbó.

—¿Vieron al zombi de Ope? Quiero decir, ¿del Maestrísimo Ope? —pregunté, sorprendida.

El gran Carlitos bajó la voz:

—Tú sabes que conmigo no tienes que decirle así. Por mí, dile opito. Sin mayúscula. Pero sí —y volvió a su tono de voz anterior—, lo vimos, arrastrando los pies y gimiendo como todos los otros cadáveres andantes. Por cierto, ¿podrías no decirles zombis?

—Cadáver andante me suena a Quijote Macabro o película de Disney —le contesté—. Si me perdona, zombi es más corto. Y más exacto. Pero dígame, Maestro, ¿qué pasó?

El gran Carlitos suspiró. No estaba en posición de corregirme. A fin de cuentas, yo era su única esperanza: la única sobreviviente con un todo-terreno, un helicóptero, varias ametralladoras, una bazuca, un refugio seguro en la sierra de Puebla y, sobre todo, interés en acudir al rescate de escritores y otros intelectuales incapaces de correr más de cien metros sin perder el aliento. La excepción era, por supesto, Dajota, pero él estaba fuera de peligro en la selva.

El gran Carlitos continuó:

—Pues nada, que Chrissie enloqueció al ver a Oupi y salió corriendo tras él, gritando «vuelve, maestro, vuelve». No nos atrevimos a salir a buscarlo. Supongo que a estas alturas ya es uno de ellos.

—Una gran pérdida para la crítica literaria postapocalíptica —dije, no muy convencida—. Pero mientras nos quede el pequeño… el pequeño… el niño, el criticoncito… el malmodiento, ¿cómo se llama?

—¿El chico ennui? —y soltó una risita—. Lo tenemos amordazado y sin plumas a la mano. Bueno, pero el golpe a la crítica literaria no importa tanto. Digo, no es que importara tanto aún antes de todo esto, ¿no? Lo grave es que Chris dejó la puerta abierta y…

—¿Se metieron los zombies al refugio? —le pregunté casi a gritos.

—Sí… tomaron la planta baja.

—¡Dios!

—¿Dime?

—No le dije «dios» a usted, no se pase de egocéntrico. ¿Volaron las escaleras, como les dije que había que hacer en caso de…

—Sí, sí —me interrumpió—. Usamos la pólvora, casi no hubo bajas…

—¿Casi?

—Raquel, me quiero ir a París. Aunque ya no se haga mi homenaje.

—París también está lleno de zombies, Maestro.

—Pero deben ser más… bueno, más parisinos, ¿no?

—No sé. No he ido últimamente —le dije, cortante—. Maestro… me está irritando. ¿Qué quiere? Y por favor, que no sea que le consiga un boleto en primera clase para ir a París.

No me arrepentí de mi sarcasmo. Una cosa es ser mecenas y otra convertirse en niñera. Eso no va conmigo.

—Lo siento. Quiero… queremos que nos salves. Que vengas por nosotros y nos lleves a tu refugio en la sierra.

Le expliqué que, si iba por ellos, no sacaría del refugio a los jóvenes escritores «emergentes» que habían aceptado mi protección al inicio de la crisis, que el trato sería igualitario y que no aceptaría dividir la casa en derecha e izquierda. Menos aún, en arriba y abajo. El gran Carlitos dudó, pero en segundo plano gritó una voz femenina que todo lo aceptaban.

—Prepárense —le dije—. En unas horas estaré por allá, asegúrese de que nadie más se vuelva loco.

 

Corté la comunicación y bajé al comedor. Sólo estaban D.H. y A., mi marido, platicando animadamente sobre diferencias entre las distintas ediciones de El Quijote.

—Voy a salir. Cayó el refugio de los Maestrotes, los voy a traer.

Ellos asintieron distraídamente, creo que ni me escucharon. Salí y me subí al combi-helicóptero. Pensé en la suerte que habíamos tenido al encontrarlo, con tanque lleno y espacio para veinte personas, pero me estremecí al recordar lo doloroso de aquella aventura.

A. se asomó.

—¡Mi amor! Si pasas por la Biblioteca de la Ciudadela, y no hay muchos muertos redivivos cerca, ¿nos traes unas ediciones críticas de El Quijote? Es que queremos comprobar una cosita…

Pensé en corregirle el término: «muertos redivivos» era largo y medio snob, pero así son los escritores, ése era mi consentido, y, bueno, ya se habían acostumbrado mis inquilinos a ese término. Les asustaba menos que «zombis». Así que sólo asentí y me puse mi traje protector extra-fuerte: tenía el presentimiento de que el viaje no iba a resultar tranquilo.

 

(SIGUIENTE CAPÍTULO: LA TOMA DE LA CIUDADELA).

No te comerás el cerebro de tu espectador

(Escribí este ensayo para un libro electrónico que editó, en 2011, el festival de cine de horror Noctambulante. Ahora lo recupero para ponerlo aquí.)

Kyra Schon en La noche de los muertos vivientes
Karl Hardman y Kyra Schon en La noche de los muertos vivientes de George A. Romero

¿Qué sería del séptimo arte sin el horror? Este género acompaña al cinematógrafo casi desde su invención (o desde su invención misma, si recordamos las anécdotas de cómo se ponía la gente al ver La llegada del tren, primera película de los hermanos Lumière).

Si bien al principio se esperaba que el cine cumpliera con una función meramente documental, pronto, muy pronto, se convirtió en campo fértil para la imaginación, y, en particular, para sus engendros más retorcidos: varios de los monstruos más emblemáticos de la cultura popular encontraron su lugar en el cine en fechas tan tempranas como 1910, año en que se estrenó la primera versión de Frankenstein (dirigida por J. Searle Dawley).

A este pionero pronto lo siguieron el gólem, criatura legendaria de la tradición judía; el jorobado de Notre Dame, engendro creado por el novelista francés Víctor Hugo; y, por supuesto, Nosferatu, el vampiro salido de las páginas de Drácula, de Bram Stoker.

Sin embargo, pocas de estas criaturas han logrado permanecer en el imaginario colectivo, causando el mismo terror que al principio: basta ver las iteraciones más recientes del vampiro (¿vírgenes hasta el matrimonio que irradian chispitas?) o del Jorobado de Notre Dame (¿bailar con las gárgolas, en serio?) para darnos cuenta de que varios de ellos difícilmente podrían hacernos temblar.

Por otra parte, también es interesante que la gran mayoría de estos seres surgieron previamente al cine y que son sólo una adaptación de criaturas surgidas en otros medios, sobre todo en la literatura.

Hay una excepción notable a esta tendencia: el zombie, sin duda el primer monstruo netamente cinematográfico.

Vayamos por partes: el ingreso del zombie al cine sí se debió a un libro, pero no fue una novela o un cuento; sino al tratado antropológico La isla mágica, de William Seabrook, publicado originalmente en 1929.

Estas historias acerca de los falsos muertos, raptados de sus propias tumbas y convertidos en esclavos sin voluntad, llamaron fuertemente la atención del público (primordialmente del anglosajón). Sin embargo, lo mejor ocurrió tres años después, cuando el director de cine Victor Halperin y el guionista Garnett Weston se basaron en La isla mágica para crear la película White Zombie, con Bela Lugosi.

Aunque no le dieron el crédito correspondiente a Seabrook, el éxito de la película se sumó al interés que había despertado el libro y el término “zombie” se convirtió en sinónimo de “muerto viviente obligado a cumplir con los caprichos de gente malvada”, o algo por el estilo.

De haberse quedado en esa acepción, el zombie habría permanecido como un personaje intrascendente, apenas arriba de la utilería en una que otra película exótica sobre magia negra y vudú.

Y es que, al principio –como bien lo ha expresado el escritor y guionista John Skipp en su ensayo “The long and shambling trail to the top of the undead monster heap” (Zombies, encounters with the hungry dead, Black dog and Leventhal Publishers, 2009), los zombies eran “los esclavos definitivos”: carentes de voluntad, ignorantes de su pasado, ajenos a cualquier sentido de identidad individual, estos rebaños de exhombres (y una que otra exmujer) aterrorizaban al público por la perspectiva de la aniquilación total de la voluntad humana.

Pero por suerte (para el zombie y para sus fans) el imaginario colectivo decidió usar esa misma palabra para denominar a otro tipo de muertos vivientes: los ex-seres humanos reanimados cuyo único objetivo es destruir a sus antiguos colegas de especie en la película de un joven director hasta entonces desconocido.

Era, obviamente, George Romero. A sus 28 años, había dirigido sólo comerciales de televisión, pero tenía el firme propósito de hacer una película divertida, interesante. Curiosamente, para el guión se basó en la novela Soy leyenda, de Richard Matheson. Cambió las hordas de vampiros anárquicos por enjambres de muertos vivientes y conservó la atmósfera de desolación de los personajes encerrados, sitiados por los monstruos, aparentemente sin escapatoria. Más importante: introdujo por primera vez el canibalismo en todo su esplendor, rompiendo así uno de los tabúes más estrictos del cine hasta el momento.

Así, a partir del filme de George Romero, la aterradora sumisión del zombie haitiano dio paso a un nuevo horror: el colectivo irracional, con el que no se puede negociar ni pactar, que despoja al individuo no sólo de su voluntad, sino también de su conciencia y hasta del último rastro de humanidad. Estamos ante el monstruo perfecto.

Casualmente, en la primera película de Romero (La noche de los muertos vivientes, 1968) nunca se usa la palabra “zombie”; pero pronto se popularizó el término para designar a sus monstruos. Fue cosa de tiempo (y ni siquiera de mucho tiempo) para que otros guionistas y directores adoptaran y recrearan esta versión del zombie.

En general, estas películas tienen en común varias cosas:

  • Se centran en un grupo limitado de sobrevivientes que deben enfrentarse a la amenaza zombie
  • Nos presentan a los monstruos como hordas invencibles, más por su número que por sus “poderes especiales”
  • Si bien nos regalan escenas deliciosas de canibalismo o de orgías de sangre, la tensión dramática reside en las diferencias al interior del grupo de sobrevivientes

Lo más sorprendente es que, pese a los años transcurridos desde entonces, a lo limitado de la fórmula y a la gran cantidad de filmes sobre el tema, el interés por los zombies parece no agotarse y, aunque hay muchas películas donde se aborda el asunto en un tono cómico, este monstruo no se ha suavizado al modo del vampiro. Por el contrario, aún en las historias menos sangrientas (me viene a la mente la genial Pontypool, de Bruce McDonald, de 2008) o en las más delirantes (como El desesperar de los muertos, de Edgar Wright, 2004), la presencia zombie resulta aterradora, cuando menos.

Esto se debe, muy probablemente, a que las películas de zombies han sabido combinar el miedo básico a ser devorados o convertidos en parte del ejército de caníbales sin voluntad con otros temores: a la Otredad (como en las películas de Romero), a una guerra nuclear (como El regreso de los muertos vivientes 2, de 1988, dirigida por Ken Wiederhorn; por cierto, es la primera película donde los zombies dicen “Brains!”), a una mutación genética (por ejemplo, Exterminio, de Danny Boyle, 2004), a una madre castrante (se puede ver en Tu mamá se comió a mi perro, de Peter Jackson, 1992), a la discriminación social (Fido, de Andrew Currie, 2006) o al lenguaje mismo (y aquí vuelvo a citar Pontypool).

Lo mejor de todo es que nos encanta horrorizarnos. Mientras esto no cambie, el zombi seguirá siendo una de las grandes amenazas en el cine. Porque, a fin de cuentas, se trata, como los demás monstruos, de la exacerbación de El Otro, el que es distinto a mí como espectador. Pero, dentro de la Otredad, el zombie es el peor escenario posible.

Como dijo en alguna ocasión el escritor de terror Clive Barker, “Los zombies son el monstruo ideal de fines del siglo XX. Un zombie es algo con el que uno no puede lidiar. Sobrevive a todo. Frankenstein y Drácula pueden ser vencidos de muchas formas. Los zombies no. No se puede negociar con ellos. Ellos simplemente continúan persiguiéndote. Los zombies consisten en la necesidad del ser humano de lidiar con la muerte. Representan una cara muy específica de ésta. Y el hecho de que podamos hablar de esto, echa por tierra la teoría de que el género no puede tomarse en serio”.

Adiós, 2012

fotografía de Margarita Nava

 

¡Qué largo fue 2012! Trato de pensar en los puntos más importantes del año y siento que, algunos, ocurrieron hace mucho, muchísimo tiempo. Pero reviso la agenda y descubro que no: que, cuando mucho, han pasado once meses. Supongo que esta percepción se debe a que, para mí, 2012 fue un año intenso: lo inicié en cama, con un esguince de tercer grado con dislocación de peroné, la pierna izquierda envuelta en una férula. En esas primeras semanas del año descubrí que pequeños actos trivialísimos, como ponerme un par de calcetas o levantarme al baño en la noche, podían ser realmente complicados. Aprendí, también, a pedir ayuda (nunca me había dado cuenta de que tenía problemas con ese tópico) y, ya encarrerada en lo del reposo, a tejer con agujas mientras veía la enésima repetición de Rosa Salvaje en la tele de paga. Si en enero de 2012 alguien me hubiera dicho que iba a ser un gran año, le habría clavado las agujas de tejer en los ojos (también tuve problemas de tolerancia a la frustración en esos días).

Con todo, creo que fue mi año. Ya que me quitaron la férula y mejoró un poco mi humor, admití que lo que me interesa de veras es escribir (aunque no lo hice en los días del estambre y Rosa Salvaje). Con esa certeza terminé de escribir una novela que empecé en 2010 y la envié al premio Gran Angular, que convoca la editorial SM. También corregí algunos cuentos que tenía en espera desde principios de siglo y escribí algunos otros. Varios de ellos los envié a revistas y antologías. Varios fueron seleccionados y andan ya por aquí y por allá, en papel y en la red. Pero lo mejor de todo es que Ojos llenos de sombra, mi novela, ganó el premio al que la mandé y fue publicada en septiembre. Mientras hago cuentas (uso un dedo para representar cada mes, para no equivocarme) me cuesta creer que haya sido sólo seis o siete meses después de que decidí que iba a tomar en serio la escritura, pero vuelvo a contar los dedos extendidos y tengo que reconocer que así fue. No puedo, no debo quejarme.

El domingo pasado (16 de diciembre) se cumplió un año exacto de que me hice el esguince. El pie me duele cuando hace frío, y una segunda caída (en octubre) me tiene un poco descuadrada, pero en general puedo moverme sin problemas. Este año brinqué y bailé, emocionada, en el concierto de Sisters of Mercy, una de mis bandas favoritas desde el siglo pasado; también caminé sin descanso por las calles de Venecia y París, acompañando a mi papá a cumplir su sueño de toda la vida. No sólo mis pies se la pasaron mejor que en enero: mis ojos también tuvieron lo suyo: me regalaron algunos libros de Elena Fortún, una de las escritoras que más admiro; y vi publicada la novela en la que Alberto, mi esposo, estuvo trabajando los últimos ocho años.

Sí, 2012 también trajo su carga de tristezas y malas noticias, algunas muertes en la familia y problemas en el país a los que no puedo, no quiero dar la espalda; pero creo que en el futuro seguiré recordándolo como el año en que metí la pata y me decidí a ser escritora. Sin que una cosa tenga que ver con la otra.

(La hermosísima ilustración que encabeza la nota es cortesía de Margarita Nava y nunca acabaré de agradecérselo)

Selección de tuits

Mañana, miércoles 21 de noviembre de 2012, participaré en una charla del ciclo 140 caracteres en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (Nuevo León 91, col. Condesa, México D.F.). La cita es a las 19.00 horas y están todos ustedes (y todas ustedas) invitados (e invitadas). Me dicen que, además, habrá transmisión en línea en esta liga: [esta es la liga y no otra].

El tema será la ficción en tuiter. Como estaremos ahí José Luis Zárate, Miguel Lupián y yo, hablaremos principalmente de horror, fantasmas, zombies, extraterrestres, ciencia ficción y cosas por el estilo. Yo digo que va a estar muy bien y espero que se descuelguen por allá.

Algo curioso: para la charla, me pidieron una microchirriantología de cinco tuits «de mis favoritos». Con horror descubrí que nunca guardo mis tuits, ni siquiera los que me parecen más simpáticos. Hice unos de zombies que estaban retecotorros, y nada: se han perdido en el timeline. Pero en vez de llorar, entré a favstar y busqué algunos tuis que pudieran servir para el asunto (tuis míos, aclaro: en estos tiempos echénicos, la precisión no está de más). El problema se fue al lado contrario: ahora tengo mucho más que cinco tuits (aunque los de zombies que me gustaban no aparecieron). Como tampoco por eso iba a llorar (digo, sí soy chillona, pero hay niveles), armé una pequeña selección, un poco al vapor, pero con harto sentimiento ;)

Es la que sigue:

 

Fantasmas

Me topé en la calle a mi abuelo. Murió antes de que yo naciera, pero lo reconocí por su tono sepia, idéntico al de la foto sobre el piano.

Anoche me visitó mi abuelo. Me contó que jamás visita a mi abuela en el panteón: Los fantasmas, me dice, le tenemos miedo a los muertos.

Ayer vimos a los borreguitos fantasmas. Los reconocimos porque flotaban entre la niebla del panteón y porque en vez de «beee» hacían «buuu».

Cuando manejo de noche no me gusta ver a los otros conductores. Temo descubrir que son fantasmas de muertos en choques.

Cuando me muera seguiré tuiteando. Seré la tuiterafantasma. Y quien me retuitee morirá al tercer día y será tuitero fantasma también. Y así.

«Rompimos porque nos separaban nuestras diferencias. Ella era de buena familia; yo llevaba tres años muerto» me dice, triste, y desaparece.

Me lo encontré en la calle. Se veía igualito, guapísimo. Días después me contaron que murió hace años. O sea que, otra vez, no me llamará.

 

Muerta ignorante

Cuando cumplí 18 años mis papás me sentaron para una conversación seria: «Hija, es tiempo de que sepas la verdad: moriste al nacer».

Cuando cumplí 18 años, mis papás tuvieron LA conversación seria conmigo: «Hija, el mundo se acabó hace diez años…»

Sepan ustedes que estoy muerta desde 1965. Todo lo relacionado conmigo, desde mi aparente nacimiento en el 76, es pura ilusión.

No me molesta haber muerto en 1997. Me molesta la cantidad de platos que lavé innecesariamente desde entonces.

 

Amigos imaginarios

Mi amigo imaginario no me pide dinero prestado: me pide, en cambio, sueños y miedos. Y nunca me los devuelve.

Mis amigos imaginarios se hicieron amigos entre sí y no me invitan a sus fiestas imaginarias.

Mis amigos imaginarios tienen cuenta (imaginaria) de twitter (imaginario) en la Internet de Nunca Jamás.

Mis amigos imaginarios hicieron una fiesta imaginaria y no me invitaron. «Ni te imaginas lo que pasó», presumen.

Mi amiga imaginaria se casó con mi amigo imaginario en una boda imaginaria y ahora tienen varios hijos imaginarios que yo cuido :(

Y de pronto descubrí que la amiga imaginaria era yo.

Que ya estoy grande para tener amigos imaginarios. Que es tiempo de madurar y tener colegas, jefes y clientes imaginarios.

La mayor parte del tiempo estoy casi segura de que soy real.

Yo pensaba que a esta horas el mundo sólo existía en mis sueños. Y mírenlo, tan real, tan independiente de mí. Me siento orgullosa.

En este rincón del mundo (que existe fuera de mis sueños) siempre me da por la nostalgia de otro rincón del mundo, uno que ya no existe.

¿Y si soy yo la que solo existe en los sueños del mundo? ¿Qué me pasará cuando el mundo despierte?

 

Zombies

«Dibújame un cerebro», le dijo el Prinzombito al Piloto.

Mi estómago se volvió zombi y se está comiendo a mi hígado. O así se siente.

Zombámbulo: zombi que camina dormido

Zombido: ruido producido por un enjambre de abejas zombis

Zomba: baile típico de los zombis brasileños

Zombabwe: país africano lleno de zombis

Zombama: presidente zombi de EU

 

Fin del mundo

El fin del mundo vendrá de afuera (meteorito) o de adentro (sismo) o será terreno (guerra) o metafísico (Apocalipsis) o natural (glaciación)

El fin del mundo será natural (glaciación) o sobrenatural (ataque zombi) o impresionante (explosión nuclear) o anticlimático (tantán)

Si me dan a elegir, prefiero el fin del mundo del Nuevo Testamento: tiene más presupuesto que el del Antiguo, y mejor guión.

Y si de veras todos los muertos resucitan en el fin del mundo… ¿dónde los vamos a poner? ¿cabrán en el Foro Sol? ¿bailarán un thriller?

Que en mi cumpleaños me organicen un Apocalipsis sorpresa.

Que me regalen de mascota un Cordero de Dios.

¿Y si yo fuera el Anticristo, nomás que con una mala orientación vocacional?

Playeras que digan «estuve en el fin del mundo y el Cordero sólo me dio esta #%$£ playerita”

¿Asientos numerados a la Diestra del Padre? ¿O hay que llegar tres horas antes del Apocalipsis para agarrar buen lugar?

 

San Valentín

Habría que escribir de un tipo que odia San Valentín y se le aparecen los Cupidos de los Valentines Pasados, Presentes y Futuros y así.

Una peli en la que el Rey del 5 de mayo decide incursionar en otro festivo y regala franceses muertos y zacapoaxtlas vivos a los enamorados.

En las oficinas debería ser descanso obligatorio San Valentín. En las escuelas deberían hacer festivales con bailables y tablas gimnásticas.

En San Valentín, los antiguos sumerios lanzaban corazones de pollo a las chicas que les gustaban. Si el corazón se reventaba, había boda.

En la Edad Media se popularizó regalar ratas libres de Peste Bubónica en San Valentín. Era un modo de decir «te quiero y me importa tu salud»

Durante el periodo napoleónico, los franceses regalaban en San Valentín muñecos de peluche con la efigie del Emperador. Y chocolates, claro.

¿Eres vegetariano pero quieres celebrar San Valentín? Regala peluches con forma de corazón… ¡de alcachofa!

En el hospital nacional de cardiología se considera de mal gusto celebrar a San Valentín.

Platillo ideal para hoy: 1/4 de corazón de res asado con sal, en salsa de vino tinto y adornado con pétalos de rosa.

La tribu amazónica de los Mememes aprovecha San Valentín para sus célebres orgías. Todos van disfrazados de bombones cubiertos de chocolate.

Platillo de San Valentín: tripa de cerdo imitando un condón rellena de crema de champiñón en una cama de pelo de ángel.

Vestigios arqueológicos demuestran que la frase «be my valentine» fue acuñada en la Isla de Pascua en el año 2365 AC a las 8:45 pm

Investigaciones de la Universidad de Wildstone concluyen que los grandes felinos no celebran San Valentín.

En la Rusia Zarista, la clase alta acostumbraba el «festín de san valentín»: lágrimas de amor desdichado capeadas en huevos de golondrina.

En el imperio mexica, San Valentín respondía al nombre de «Huitzilopochtli», que significa «el que se come tu corazón a mordidas».

En Esparta, cada día de San Valentín se elegía a la pareja más cursi y se le tiraba por un desfiladero y se le apedreaba hasta la muerte.

En San Valentín, los esquimales acostumbran regalar bolas de sebo de oso envueltas en aceite de ballena. «Grasita es amor», dicen.

Se sabe que fue en un San Valentín cuando Atila acuñó la frase «amáos los hunos a los hotros».

En San Valentín, en la China Imperial se daban regalos inútiles y de poca calidad con la etiqueta «made in not-china».

En el Lejano Oeste se celebraba a San Valentón.

Entre los hindús es costumbre de San Valentín regalar vacas cubiertas de chocolate. Lo correcto en esos casos es lamer el chocolate y mugir.

La orden de los monjes valentinos usa, en vez de hábito, botargas de corazonzotes.

Un documento de la era de la guerra fría asegura que «Sanvalentín» es un virus creado en laboratorios ocultos durante la 2a Guerra Mundial.

Antropólogos aseguran: los globos con forma de corazón fueron descubiertos después que el fuego pero antes que el sexo-a-cambio-de-globos.

 

Otros horrores

Ok, no tengo #telekinesis ni #telepatía ni #teleodoriesis. Me siento tan ordinaria. #Teleordinaria, pues.

Injertarme una hiedra en la muñeca. Que se alimente de mi sangre y crezca enredándose en mis venas. Hemaponia.

Cistipuercos en el chiquero de mi mente cochambrosa.

La Llorona sufre porque nadie cubre sus altas espectrativas.

Triste fin el de Drácula: una enfermedad venérea, mal atendida.

Pasé frente al hospital donde murió mi mamá. Como siempre, me dieron ganas de llorar y de comer pastel de 3 leches.

En mi planeta de origen, la mayor felicidad es tener mil pares de botas, uno para cada par de pies.

Tan pronto sea legal la manipulación cyborg al gusto del cliente, pediré un switch de apagado cerebral para estas noches de insomnio.

Quiero un alien zombi. De preferencia vampiro.

¿Y si parte de mi mutación consistiera en estornudar antimateria? ¿eh? ¿eh?

Bauticé a mi dolor de cabeza. Se llama Godzillín. Así, cuando tome el analgésico, será la premier de «Godzillín vs Motrín». Aw, ¡ternurita!

No me quería suicidar. Me abrí las venas con la navajita gillette para que se salieran por ahí las arañas que corrían bajo la piel.

Debería tener el cabello largo larguísimo para poder estrangularme con él en caso de emergencia.

Del chat como ouija: cuando hablas con alguien que, en realidad, hace mucho que está muerto.

Que sea yo una loca no quiere decir que sea mala gente. Ojo, tampoco significa que sea buena gente. Ni que sea gente.

¡10 años de blog!

Revisión de planas

Wow. Resulta que el 29 de septiembre cumple diez años mi blog. Si fuera una niña o un niño, estaría en quinto de primaria, aprendiendo a hacer raíces cuadradas y a conjugar el antecopretérito (no, no tengo idea de qué se ve en el programa de quinto de primaria). A menos de que fuera una niña genia (o un niño genio, pues), en cuyo caso estaría en el MIT o algo así. O no: a lo mejor le tocaba una maestra poco comprensiva, la niña genia (o niño genio) se aburría, se volvía maldosa (o maldoso), lo expulsaban de la escuela y en vez de estar en el MIT estaría viendo la tele día y noche, organizando una mafia de niñas genias y niños genios incomprendidas e incomprendidos, o drogándose…

Ay, no: qué bueno que esto es un blog y no una niña o un niño, genial o no. (También me da gusto que sea un blog y no un velocirraptor, por ejemplo: escribirle encima sería complicado e incluso peligroso).

Y bueno: en estos diez años han pasado montones de cosas: cambié varias veces de trabajo, dejé de dar clases y volví a dar clases, me casé, adopté tres gatos más, murió la Cuca (que aparece en uno de los primeros posts del blog), dejé el blog por temporadas, lo retomé, volví a abandonarlo…

Con todo, creo que una de las cosas más importantes que hice en estos muchos años ocurrió justo en 2011: un día, decidí que no me iba a hacer tonta con respecto a mi relación con las letras. «Bueno, pues lo que yo quiero es escribir», pensé. Y no me refería a escribir oficios y memoranda, sino a escribir en serio, inventar historias, algo así.

Pero a diferencia de otras veces que había pensado algo parecido, ese día de 2011 me puse un objetivo, metas a corto plazo y meta a largo plazo, como para tener una guía del tipo «voy bien o me regreso».

«Voy a publicar en revistas al menos cada tres meses», decía mi meta a corto plazo, «y voy a terminar el coso que estoy escribiendo y voy a buscarle editorial para que en 2013 o 2014 vea la luz». «Ah, y voy a dejar de decirle coso: es una novela, qué caray».

Terminé la novela en agosto de 2011 y acabé de corregirla en diciembre. Luego, en enero o febrero de 2012, la mandé a un concurso, con la intención de «dejarla ir»: separarme de ella, darla por terminada. Mientras, cumplí con lo de los cuentos y me publicaron uno en castálida, otro en Luvina, otro en la Revista Digital de la Universidad.

Y de repente, en junio pasado (seguimos en 2012), recibí una llamada: ¡la novela ganó el concurso! -aquí debo decir algo importante: no se trata de cualquier concurso: es el Premio Gran Angular de Novela Juvenil, convocado por la editorial SM, una de mis favoritas.

Claro, la novela no está acá en el blog (a diferencia de algunos de mis cuentos y mis «variainvenciones», que es un modo elegante de llamar a los textos alucinados que parten de un «¿y si…?»); pero estoy segura de que sin este ejercicio nunca me habría atrevido a decir: pues bien, lo que quiero es escribir.

Hoy es lunes 10 de septiembre. El jueves 13 será la premiación de mi novela. Es un excelente modo de festejar los diez años del blog. Y quería compartirlo con quienes han seguido a ratos mi indisciplinada incursión blogueril (indisciplinada y azarosa, pero larga, eso que ni qué).

Anuncio: ganadores de los premios Barco de Vapor y Gran Angular de SM

¿Por dónde empezar?

Hoy, 1o de julio de 2012, día tan importante en México, les comparto un textito talmúdico para que lo reinterpreten a su gusto. Viene de «Retratos y leyendas jasídicos», de Elie Wiessel.

«Como dice el Talmud de que es suficiente que todos los hombres se arrepientan para que llegue el Mesías, decidí influir en ellos. Estaba seguro de tener éxito. Pero, ¿por dónde empezar? El mubndo es tan vasto. Empezaría por el país que mejor conocía: el mío. Pero era tan enorme, mi país. Bueno comenzaría por la ciudad que estaba más próxima: la mía. Pero es tan grande mi ciudad… apenas la conozco. Bueno, empezaré por una calle. No, por mi casa. No, por mi familia. Bueno, empezaré por mí mismo.» (atribuido a Rabí Shmelke)

La nota de hoy del Reforma Online

Como mucha gente (yo incluida) no tiene suscripción al Reforma, reproduzco aquí su nota de hoy sobre, ejem, sobre mí (y sobre Juan Carlos Quezadas). Aclaro: la Cucarachita se llama Martina y yo tengo aún 35 años. Fuera de eso, todo superb.

Premian literatura infantil y juvenil

Jorge Ricardo
Ciudad de México (26 junio 2012).-«Me siento como la cucarachita Martínez», dijo vía telefónica Raquel Castro Maldonado, ganadora de los 150 mil pesos del premio de literatura Gran Angular. «Me siento así porque pareciera que me he encontrado un peso reluciente y ahora estoy pensando qué hacer con él, lo que sí es seguro es que me da más confianza para seguir escribiendo».

Raquel Castro tiene 36 años, nació en la Ciudad de México y ganó con la novela Adiós, Atari, una historia, por lo que se pudo saber (las obras serán presentadas el 27 de septiembre en el Auditorio Nacional), que aborda el proceso de maduración de una joven. «El libro -dijo el jurado-, aborda de manera abierta y desprejuiciada una serie de temas que trascienden el contexto en el que se desarrolla: la vocación, la relación padres e hijos, el consumo de drogas, la sexualidad, las tribus urbanas, la amistad, por mencionar algunas».

El Premio Juvenil Gran Angular se creó en España en 1978 junto con el de Literatura Infantil El Barco de Vapor. Fue creado por la editorial SM, la editorial que actualmente lo entrega también en México en colaboración con la Dirección General de Publicaciones del Conaculta. El anuncio que se realizó esta mañana en la Fonoteca Nacional fue muy agradecido por Raquel Castro. «Esto me da más seguridad en mi trabajo, porque yo escribía dos cuartillas y me ponía a llorar o no a llorar pero sí pensaba si era bueno o si mejor debería tirarlo a la basura», dijo.

El fallo del Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor también fue anunciado hoy. El ganador fue para Juan Carlos Quezadas, quien nació en la Ciudad de México hace 42 años. Su novela se titula Desde los ojos de un fantasma.

En la conferencia de hoy también se leyó un fragmento. La obra se ubica en un momento de gran contaminación ambiental por el plástico, de la que la ciudad de Lisboa es la única que se salva.

«(Es) una novela contemporánea, original, polifónica, con buen manejo del humor, la ironía y la sátira», determinó el jurado compuesto por Javier Malpica, Rebeca Cerda, Ana Sofía Ramírez, Bárbara Bonardi y Laura Guerrero. El jurado del Gran Angular se compuso por Javier Munguía, Verónica Murguía, Luis Bernardo Pérez, Federico Ponce de León y Julio Trujillo.

Juan Carlos Quezadas dijo que los premios literarios son como accidentes que a veces ocurren. A él ya le ocurrieron dos. En 2008 ganó el mismo premio, y ahora otra obra suya también recibió una mención honorífica en el Gran Angular. «¿Qué haré con el dinero? Los premios son como cochinitos que tienen los escritores, hay que administrarlo bien y hay que estirarlo lo más que se pueda por como están las cosas».

Los dos ganadores fueron enlazados a través del teléfono. Además de ellos, los organizadores reconocieron con menciones honoríficas a Emilio Ángel Lome Serrano, por Siete lagartos sospechosos tosiendo debajo de un paraguas, en la categoría Barco de Vapor, y Alfredo Ruíz Islas, por El oro de Isarar; a Óscar Martínez Vélez, por Pizzería paranormal, y a Juan Carlos Quezadas con Cartografía para lugares imposibles, estos en la categoría Gran Angular.

A la conferencia de prensa del anuncio acudieron los miembros de los jurados, Luis Bernardo Pérez y Rebeca Cerda, así como directivos de la Editorial SM, Laura Lecuona, Elisa Bonilla y Claudia Reyes, en representación del Conaculta asistió Claudia Reyes, la directora de Promoción Editorial y Fomento a la Lectura.

Los cheques y los libros de los premios en su edición número 17 serán entregados el 27 de septiembre en el Lunario del Auditorio Nacional.

Galletitas bibliománticas de la suerte

Pues nada: me gustan tanto los horóscopos bibliománticos y me la paso tan bien recomendando libros a través de ellos, que he decidido que la diversión no tiene por qué limitarse a los lunes (día de los horóscopos).

En vista de lo anterior pensé: ¿qué tal si probamos a hacer, todos los días, versiones simplificadas de los horóscopos?

Y de tanto pensar se me agrietó el cerebro y me morí y ya no hay nada.

Tan tan.

 

Nah, no es cierto. Más bien, decidí hacer unos experimentitos más sencillos que los horóscopos: las galletas bibliománticas de la suerte. Sus reglas serán (creo) las siguientes:

1. De martes a domingo habrá tres galletitas diarias: a las 11.30, a las 15.00 y a las 18.00.

2. Los lunes serán sólo dos: a las 13.30 y a las 20.00 (porque a las 12.00 son los horóscopos).

3. Las galletitas no serán personalizadas, ni por signo: tres galletas al día, tres para toda la gente.

4. Las galletitas irán en dos tuits: uno con la referencia del libro y otro con el texto en sí.

5. Las galletitas usarán el hashtag #bibliogalleta.

Ojalá lo gocen tanto como yo :)

Horóscopos bibliománticos para el mes de abril

El mes de abril llega con su horóscopo bibliomántico, tomado de Panorama de la poesía judía contemporánea. Celebración de la palabra (con selección y prólogo de Eliahu Toker). Esta compilación es una de esas joyas olvidadas, que todavía se encuentran en librerías de viejo a precios ridículos (entre 10 y 50 pesos) y que incluye lo mismo a Juan Gelman y Esther Seligson que a Allen Ginsberg, Sylvia Plath y Leonard Cohen. Sin duda, un libro que merece ser apapachado.
Además es generoso: no sé qué opinen ustedes, pero siento que los horóscopos para abril salieron justo muy apapachones. Bonitos, pues.
Sin más preámbulo, se los dejo (con mis deseos de un feliz abril):

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Los horóscopos de la semana en que empieza la primavera (pssst, eso es el 21 de marzo)

Esta semana en que conmemoramos a Benito Juárez (nuestro primer bombero presidente) y celebramos la primavera, los horóscopos bibliománticos salen de un libro adorable: Piedra de Luna Azul, de Tonke Dragt. Se supone que es un libro «para niños», pero la edad no tiene nada que ver con el disfrute de esta historia en la que un chavillo medio alienado se tiene que enfrentar al Rey de los Infiernos. En un estilo muy a la Andersen, Dragt cuenta una historia emocionante y divertida. Ufa, de verdad que vale la pena.
 
Y bueno, van, pues, los horóscopos:
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