Jijas chamacas maldosas

–¡Jijas chamacas maldosas! ¡Sáquense a su salón!
Quizá no fueron exactamente esas las palabras, pero seguro fue algo por el estilo lo que nos dijo doña Mari cuando nos vio jugando guerritas de yeso. Por supuesto, Carmen y yo brincamos del susto, pero cuando vimos quién era, enfurecimos:
–¿Y a ésta qué le importa?–me dijo Carmen al oído.

Pero Mari tenía, como dicen por ahí, oído de tísica (a cambio, carecía de sentido del humor) y nos amenazó con ir a ver a nuestro maestro y decirle que estábamos jugando con el yeso, dañando las instalaciones de la escuela, torturando a sus gatos, incendiando la capilla, y vaya uno a saber cuántas mentiras más (oquéi, lo del yeso era verdad; pero el resto, por supuesto que no).

Decidimos no discutir y mejor correr al salón, avisarle al maestro que la Mari estaba senil y loca y de malas y ponernos a trabajar en nuestras esculturas en el espacio menos agradable y tranquilo, pero más seguro, del taller de artes plásticas.

Yo iba furiosa: nos había costado semanas convencer al Pasa (nuestro maestro de Artes Plásticas) de que nos diera permiso de hacer nuestros vaciados de yeso en el otro patio y habíamos durado el tiempo récord de quince minutos, desde que llegamos con todos nuestros implementos, hasta que regresamos, derrotadas y regañadas.

–Lo que yo no entiendo es de dónde salió esta loca–me quejé, mientras subíamos las escaleras. Y Carmen me contó la historia: doña Mari había sido lo que llamaban hija de la escuela: había estudiado desde prescolar hasta la normal ahí, había dado clases como mil años y, al jubilarse, le dieron un departamentito en la zona de la escuela que tenía, precisamente, departamentitos para hijas de la escuela: era una costumbre que venía de cuando el colegio era internado para viudas y huérfanas desheredadas y blablablá.

“Perfecto”, pensé. “Ahora, además de regañada y frustrada me siento culpable de haberme enojado con una anciana solitaria”. Y como me choca sentirme culpable, mi enojo era cada vez mayor. Porque, estilo Rick Blaine, me preguntaba por qué, de todos los patios de la escuela, habíamos tenido que caer justo al de doña Mari (porque, bien pensado, ¿era lógico ir a jugar guerritas de yeso justo a la puerta de su departamentito? Por supuesto que no).

Entramos por fin al taller, apaleadas y con la dignidad un poco rota. El Pasa, sorprendido (seguramente pensó que aprovecharíamos su permiso para no volver al taller en un par de semanas) nos interceptó.
–¿No que tantas ganas de trabajar afuera? ¿Que la inspiración y la tranquilidad y todo eso?–su tono era de burla.
Pero no estábamos para hacernos las interesantes y le contamos todo, tal como pasó (quizá exagerando un poco el mal genio de Mari; pero bastante cerca de la realidad).

El maestro Pasaperas (believe it or not, ése era su apellido) nos miró con el ceño MUY fruncido y suspiró.
–Váyanse a trabajar. A su lugar o a donde sea, pero no me quieran ver la cara–nos dijo, y se fue, ofendidísimo, a su escritorio.
–Se pasan–nos dijo Lizbeth, la típica compa que se sentía asistente del maestro, cuando él se alejó–. Le hubieran dicho que se habían aburrido, o que hacía mucho sol.

Carmen y yo abrimos la boca para decirle que no habíamos inventado nada, pero no nos dio tiempo de hablar:
–O por lo menos, se hubieran informado bien, mensas: doña Mari se murió en Semana Santa.

Lo más curioso es que no recuerdo si terminé la escultura o si la dejé inconclusa, como esta nota…

Comezón en el pie

Desde que era muy niña, mis nervios tienden a jugarme malas pasadas. Una de las peores es, precisamente, la comezón en la planta del pie. Pero mis nervios no son amateur: eligen muy bien el momento de la comezón. Por ejemplo, puedo sentir incontrolable necesidad de rascarme la planta del pie cuando traigo medias y short de likra bajo la falda, más unas largas botas de agujeta y estoy, digamos, en medio de una clase importante, de un examen o una entrevista.

Otra alternativa jocosona para mis nervios es que la comezón comience justo cuando me meto (manejando, claro) al periférico o a la carretera a Toluca. en esos casos la comezón da en el pie derecho, ése que no puede uno alejar de los pedales (ya sé que sería peligroso quitarme el zapato y rascarme el pie izquierdo, pero entra en el rango de lo posible; el derecho, no).

Por lo menos soy racional, aunque nerviosa: sé perfectamente que se trata de mis nervios y no de alguna alergia o un virus o un embrujo o la mala suerte. Sin embargo, en el momento en que ataca la comezón en la planta del pie y miro el velocímetro y me doy cuenta de que voy a 120 en una carretera oscura, no puedo evitar emular al Job bíblico y maldecir el día de mi nacimiento (pero es una maldición light, amable, cuasi-cariñosa).

Ahora bien: ése no era el tema del que quería hablar aquí. Yo más bien quería narrar de aquella vez que iba manejando a 120 por una carretera oscura y, en vez de comezón en la planta del pie derecho, sentí claramente como dos dedos helados –un pulgar y un medio, probablemente– apretaban con vigor (por no decir con furia) mi tobillo izquierdo. Y cómo traté de fingir normalidad (para no espantar a mi copiloto) durante la media hora que duró el resto del trayecto, mientras los dedos -siempre helados y decididos- seguían apretando alrededor de mi calcañar.

Cuando llegamos dije que había tenido un calambre… lo que no explica las dos marcas lívidas, circulares (como de dedos, claro) en mi pie. Tampoco las explican mis nervios, y por eso, justo por eso, no voy a narrar hoy, aquí, esa anécdota: no viene al caso con el título del post.

Ecos congelados

Vivimos con los ruidos extraños toda la infancia. Mi mamá decía que eran ecos congelados: sonidos que se guardaban en las paredes, luego de tantas y tantas repeticiones, y que cuando las condiciones climáticas eran adecuadas, se reproducían. Y si no había encima otros ruidos cotidianos, incluso se escuchaban.

La casa era muy vieja y los muros, grosísimos. Siempre estaban fríos (yo me recargaba en ellos para refrescarme y mi abuela me regañaba por hacerlo: “te vas a enfriar”, amenazaba; como si no fuera precisamente esa mi intención). Según mi mamá, esa combinación (casa vieja, muros gruesos) era la culpable de que pasáramos interminables noches en vela. Para colmo, mi hermano hablaba dormido; a veces hasta se sentaba (ojos entreabiertos en blanco, rostro inexpresivo), soltaba su frase de la noche y volvía a caer sobre la almoahada. Así que compartíamos recámara, pero no el insomnio. Por lo menos, a veces él también escuchaba los ruidos.

Uno de los que más nos inquietaban se repitió varias veces, las suficientes como para convertirse en estampa del día a día (aunque no pasaba a diario). Sucedía a eso de las cinco de la tarde, generalmente, entre quince minutos y media hora antes de que llegara mi mamá del trabajo. El ensamble de ruidos -pues no era un simple tictac o un aullido o el estrépito de un vidrio roto, como otros de nuestros ecos congelados menos frecuentes- comenzaba con el sonido clarísimo del portón abriéndose. Luego, el estrépito del mismo portón, cerrándose un poco de golpe. A eso seguían las pisadas: pies de mujer enérgica, en tacones, atravesando el patio a paso vivo. Luego, los mismos tacones en la escalera, pero más despacio, como si su dueña no tuviera buena condición física. Y al final, la reja que daba a nuestro piso, abriéndose…

Más de una vez caímos en el espejismo y corrimos a saludar, pensando que era mi mamá. Cada una de esas veces nos encontramos con el patio de abajo vacío, el portón cerrado, la reja intacta. Regresábamos a nuestros juegos y entonces sí, poco después, llegaba mi mamá.

Fue justo cuando le contamos de esos sonidos que nos explicó la teoría de los ecos congelados. Fingimos tranquilizarnos, y guardamos como un secreto lo que omitimos al describirle el fenómeno: que el ensamble siempre variaba ligeramente (a veces el portón sonaba más fuerte, a veces los pasos eran más lentos) pero que siempre coincidía, fielmente hasta el escalofrío, con su llegada verdadera, quince minutos o media hora después.

El fantasma que camina de espaldas

I.
Tendría yo unos quince años. Estaba muy metida en cierta organización que hoy prefiero ni mencionar ni recordar; pero viene al caso decir que nos reuníamos cerca del metro Juárez (no, no era una asociación delictuosa: en esos tiempos yo era más buena que el pan de zacatlán). Dio la casualidad de que se organizó una noche mexicana (ni tan casualidad, se hacía año con año, en septiembre) y mi papá -gran sorpresa- nos dio permiso de quedarnos hasta el final a mi hermano y a mí.

No sé a qué hora salimos del lugar ése (no, no sueñen: ni alcohol ni nada: éramos chicos muy chicos -y muy sanos), pero contra mi absurda previsión (inocente que es una) no encontramos ni un sólo taxi. Ni el micro que normalmente nos habría dejado en la puerta de la casa.

¿Qué hacer? opción uno, quedarse como el niño Samuel a pernoctar donde estábamos (hint, hint). Opción dos, caminar: a fin de cuentas, no estábamos tan lejos (de metro Juárez a adelantito de la Arena Coliseo; la verdad es que no es tantisisísimo). Decidimos caminar.

La verdad, los dos estábamos un poco espantados, más que por andar de noche en la calle, por la hora a la que finalmente llegaríamos (nos habían dejado quedarnos “hasta el final”, pero intuíamos que era más tarde de lo que la fam habría imaginado); pero emprendimos la graciosa con buen ánimo. Platicábamos. Y tomamos la ruta turística: Juárez, Madero, Isabel, Donceles, Brasil, Perú.

Sí: caminábamos más aprisa que un turista. Era el miedillo. y más aprisa cuando nos dimos cuenta de que el jolgorio ya había terminado en todos lados: las calles estaban vacías. De esa forma de estar vacías que da más miedo la soledad que un par de gañanes aquí o allá. Pero no quedaba otra, y seguimos caminando, a paso vivo.

De pronto, casi llegando a una iglesia (¿sería sobre Isabel? ¿sería sobre Brasil?) vimos que, en sentido contrario -pero en la misma acera- venía una persona. Caminaba despacio, tranquila. Nos dio cierta alegría.

-Mira, no somos los únicos-dijo uno de nosotros. No sé si dijimos exactamente eso, o algo parecido.
Nos daba la impresión de que era una persona anciana. Nos dio más gusto, más seguridad: quería decir que no estaba tan canijo el andar en las calles del centro a esa hora.

Pero cuando estuvimos más cerca, pudimos ver que la persona en cuestión caminaba de espaldas. Sí, caminaba en nuestra dirección, pero venía completamente de espaldas a nosotros. No sé explicar exactamente por qué, pero sentí pavor. tomé al hermanuco de la mano y corrimos, cruzando la acera, y luego sin parar, o casi, hasta llegar a nuestro portón.

Más tarde, ya en casa, a salvo, comentamos el hecho: Fabien había sentido, me dijo, el mismo terror. Y ambos coincidimos en que era algo raro, pero no como para dar miedo… pero nos dio. Es extraño como algo tan simple puede dar tanto miedo: pensando fríamente, podía tratarse de una beatilla, de esas que piensan que es falta de respeto darle la espalda a una iglesia; o un borrachillo, jugando a quién sabe qué. total, que nos dio pavor, y aunque casi olvidamos todos los detalles, la sensación sigue siendo fácil de evocar. Brr.

II.
Acabo de leer “El traje del muerto”, novela de Joe Hill (gracias por el préstamo, querido Bef). Tiene buenos momentos, una pésima traducción, pero algunas imágenes estremecedoras. Pero lo que realmente me hizo temblar fue que, de pasada, un personaje habla del “fantasma que camina de espaldas a la gente”, como si fuera una cosa muy sabida, un fantasma conocido. De inmediato me acordé de aquella experiencia de mi hermano y yo…
¿Lo peor? Ahora que busco el pasaje en el libro, para ponerlo aquí, textual, parece que ha desaparecido. ¿Soñé que lo leía? ¿Fue un pasaje fantasma? ¿O lo desapareció, por algún motivo que ignoro, el fantasma que camina de espaldas a la gente?
Tengo miedo.

Al fondo del océano

Sí, ya sé: debería estar escribiendo agudas tésises acerca del brote de influenza y de cómo se parece a una amenaza zombi; y de cómo queda demostrado que yo no sobreviviría a la amenaza zombi porque en vez de estar huyendo a Puebla en una eseuvé estoy aquí, en la oficina, combatiendo el mal desde mi burocrática trinchera.

Pero es tan obvio eso (basta con ver a toda la gente en la histeria, con los cubrebocas puestos y los ojitos de angustia), que no le veo el caso.

Miento: la verdad es que me incomoda que justo el día que inició el desmadre zombi se me olvidó traer mi cel, Alberto se fue a Guanajuato y mi coche está a varias estaciones de metro de aquí (y mi gato en el depto, y mi papá en Iztapalapa). Sí: me choca la posibilidad de que en esta película me haya tocado ser carne de cañón y no el rol de heroína superpagüer que acaba con los muertos vivientes.

Así que, en franca rebeldía contra el destino, escribiré mejor que mi hermanín me regaló un disco de Voltaire(¡eeeeeeeh!), dedicado y todo (com están todos mis discos de Voltaire, ejem): To the bottom of the sea. Muy bueno. Varias rolas destacables (mis favoritas, The Industrial Revolution, Happy Birthday, Death Death y, sobre todo, Coin Operated Goi).

Y que platicando con mi hermano, le dijo que viene pronto a México… y en su myspace, dice:

15 may 2009, 8:00 p.m. 08:00 PM – A surprise for my spanish speaking friends… below a border, somewhere spicy, – many pesos… more info later… v

Así que este atacuchito de influenza NO puede ser una amenaza porque VOY a ver a Voltaire pronto :P

Sobre la fuerza de los zombies :)

Preguntó Fausto en el foro sobre zombies en el que rolo:

Bueno, se que los zombis realmente son imaginarios, pero… ustedes que opinan , ¿deberían tener mas fuerza física que un ser humano normal o por el contrario estar mas débiles?
Yo creo que mas debiluchos por no estar muy sanos que se diga… bueno , pues eso, ¿que opinan?

Ni tarda ni perezosa, respondí. Y la verdad, mi respuesta me quedó mona. Tanto, que se las comparto acá :)

Dice Rax…

Creo yo que la fuerza física, como tal, dependerá mucho de la que tenían en vida: una niña de siete años tendrá mucha menos que un forzudo que no salía del gym, ¿no? Así que podríamos decirle a esta variable fv: fuerza en vida.

A eso hay que restarle el daño que hayan recibido al ser hechos zombis o posteriormente: uno que no tenga brazos… bueno, no podrá ejercer la misma fuerza que uno que estuviera enterito. Llamémosle d: daño (recibido).

Sumemos a ello la constancia del zombi en cuestión (ya saben, hay unos que se distraen más fácil que otros, unos que prefieren vagar y otros a los que les da por azotar una misma puerta, una y otra vez): podríamos denominarla c.

Y todo ello, multipliquémoslo por la fuerza extra que da el hecho de no sentir dolor, ni miedo (algo parecido al adrenalinazo, pero que no es eso exactamente). Llamémoslo e, para no confundir con la otra fuerza

Tons, tenemos que [(fe-d)+c]e=F (donde F es la fuerza total).

Lo siguiente sería establecer las escalas, ¿no?

Por ejemplo, en “fe”, la niña de 7 años tendría, supongo, un 2.5 en escala de 10, mientras que el forzudo del gym tendría un 10.

En “d”, un zombi con un sólo rasguño tendría un 1 y uno sin brazos, piernas y dientes, tendría un 10.

En “c”, un zombi normal tendría su 10 y uno medio ido o con déficit de atención tendría, quizá, 7 (pero cuidado, que si ven gente viva, todos se vuelven persistentes).

Y “e” sería una constante, digamos 1.5 (por aquello que dijo Humano Inmune, de que podrían tener la fuerza de humano y medio).

Así, si sacamos la fuerza de una niña de 7 años, con apenas un rasguño y mucha constancia, veríamos que

[(fe-d)+c]e=F
[(2.5-1)+10]1.5=F
[1.5+10]1.5=F
[11.5]1.5=F
F=17.25

Si sacamos la de un forzudo sin un brazo (digamos que el nivel de daño lo pusiéramos como un 3), medio inconstante:

[(10-3]+7]1.5=21

Peeero, como ya dijimos, la fuerza es apenas uno de los muchos elementos a considerar, jeje. Y hay que unificar las escalas, no vaya ser que en escala México la niña tiene F=17.25 pero en escala España tiene F=5 y cualquier mexicano en España, medio descuidado, se la topa y la cree poco peligrosa…

¿y tú para cuándo?

El escenario es casi siempre el mismo: una reunión familiar multitudinaria o un encuentro de exalumnos, examigos, excompañeros de algo. El chiste es que haya mucha gente a la que hace mucho no ves y con la que tienes una sola cosa en común: estar ahí.
Y entonces, te pones a platicar con esa amiga/parienta/vaga conocida (a veces es un hombre, pero casi nunca) y, luego de medio minuto de charla intrascendente, suelta la bomba:
–oye, y tú, ¿para cuándo?
–para cuándo qué– contesto yo, porque, aunque sé perfectamente de qué hablan, prefiero hacerme un poco güey
–para cuándo te animas– y le echan una mirada de reojo a sus hermosos hijos, tan rozagantes y bieneducados que, por supuesto, hacen que me muera de ganas de apuntarme con una docena
–¿a qué?–sigo haciéndome güey
–aaaay, cómo eres… a tener hijos…

Y aquí comienza el infierno, queridos. No porque me incomode especialmente que todo mundo crea que tengo obligación de contribuir a la sobrepoblación del planeta, sino porque -y esto es lo terrible- las normas sociales parecen indicar que cualquier persona tiene derecho a meterse en tu intimidad y cuestionar tu decisión de tener o no familia; pero que, al mismo tiempo, tú no tienes derecho a cuestionar la de ellos.

me explico: supongan que la conversación sigue así:

YO: ¿hijos? Bueno, pues me parece que ya hay muchos niños en el mundo, que la situación económica es grave, que no sabemos si habrá agua para todos dentro de treinta años.

ELLA: Ay, bueno, pero… ¡es tan hermoso tenerlos!

YO: Supongo que sí, pero no creo que sea nada hermoso decirles: “hijos, este mes no comen porque su mami es freelancer y no le tocó chamba esta vez”

ELLA: Pero si te esperas a tener una mejor situación económica, tal vez sea demasiado tarde…

YO: Siempre se puede adoptar. Hay suficientes niños sin padres en el mundo, ¿no?

ELLA: Adoptar no se compara con tener tus propios hijos…

YO: ¿Cuántos has adoptado tú?

ELLA: …

YO: Eso pensé. Además, si yo tengo un hijo, quiero criarlo yo, no dejarlo en casa de quién sabe quién a que le inculquen quién sabe qué hábitos…

ELLA: A mi nena la cuidó siempre su abuelita…

YO: Qué suerte de tu nena de tener una abuelita. Mi mamá murió de cáncer cuando yo tenía quince años, tras largos meses de terrible sufrimiento. Así que no cuento con esa opción.

ELLA: No sabía…

YO: Pues ya ves. Además, yo pienso que la crianza de los hijos es un proyecto de vida que requiere de tiempo y vocación. Respeto mucho a quienes toman esa decisión, sobre todo, porque creo que no es para todos.

ELLA: Bueno… es que una tiene como un sexto sentido…

YO: Cuando dices “una”, ¿te refieres a ti o a tu mamá?

ELLA: …

YO: …

Y al final, queridos lectores, ¿a quién tachan de antisocial y de brusca y de intolerante? (y eso que no inventé un cáncer de ovario o un historial de maltrato infantil con mis alumnos de kinder o algo así).

Una versión corta es:

ELLA: ¿Y para cuándo te animas a tener un bebé?

YO: Perdona, pero no me parece adecuado discutir contigo mi vida sexual. Porque, ¿sí sabes que para tener un bebé hay que concebirlo, no? ¿y que eso implica una relación sexual, no?

ELLA: …

Y de todos modos, ¡resulta que la intolerante soy yo!

La próxima vez voy a decir que lo he intentado por diez años y lloraré amargamente. A ver si así no me dicen que la políticamente incorrecta soy yo.

Yo por eso no soy una vamp

Cuando uno piensa en una vamp, lo primero que le viene a la cabeza es algo más o menos así:

(Claro, la cantidad de ropa depende de la cochambrosidad del pensante en turno).

Pero hoy me topé con una imagen muy mona, de una vamp medieval recién descubierta:

la chica, una italiana, está quizá un poco delgada; pero no deja de verse sexy, ¿no?
Ah, el ladrillo en la boca es para que no vaya a alimentarse de la sangre de muertos enterrados en la misma fosa (o vivos de las casas circundantes).

En todo caso, dos cosas:

uno, la nota completa está acá

dos, yo por eso no soy una vamp: me gustan mis dientes sin adorno de ladrillo.

Nuevas teorías sobre el Universo, por el doctor Primo Van Der Whiska

–Nueztro univerzo no es el único. Eztá conectado con otroz univerzoz de aterrador parezido–fue lo primero que ceceó el doctor Primo Van Der Whiska al salir del clóset donde había pasado, escondido, dos largos minutos. Le preguntamos a qué se refería; pero, como es usual en él, nos ignoró y se dedicó a acicalarse por un rato.

Para el ojo poco entrenado, habría parecido que el doctor Primo Van Der Whiska estaba muy tranquilo; pero yo lo conozco bien, desde que era una bola de pelos y pulgas no mayor que mi puño, y me di cuenta de que seguía asustado. Alberto me miró, preocupado: él también estaba al tanto.

–Eztá bien, lez cuento máz–concedió el doctor Primo Van Der Whiska, cola aún esponjada, pupilas aún dilatadas–. En mi viaje cózmico dezcubrí que hay otroz univerzoz que ze parezen aterradoramente al nueztro.

Y comenzó a lavarse la pata delantera derecha, fingiendo total naturalidad, como si no hubiera dicho exactamente lo mismo. Pero el doctor Primo Van Der Whiska no es ningún tontito (bueno, sí lo es, pero lo queremos mucho), así que se dio cuenta de que su explicación no era satisfactoria. Y menos con lo asustados que aún estábamos: en su afán científico y explorador, había salido del departamento… ¡y lo perdimos de vista por cinco aterradores minutos! (que concluyeron cuando los maullidos aterrorizados me guiaron al piso de arriba).

–Zalí en mi afán zientífico y explorador a recorrer el univerzo–explicó (aquí entre nos, no sé qué me enerva más: que cecee o que me lea la mente y conteste con las palabras que justo acabo de formular)–. Y no te enervez, humana. Loz zerez zuperiorez zomoz azí. El chizte ez que zalí y encontré uno como agujero de guzano, lo zeguí, y me llevó a un univerzo igualito, azí, con zuz puertaz y zuz rejaz, pero no eztaban uztedez y la puerta que correzponde a nueztro mundo eztaba zerrada y me ezpanté.

–Yo creo que escuchó pasos que venían del piso de abajo y le dio miedo. Trató de huir, subió las escaleras al piso de arriba… y de plano le dio el telele cuando nadie le abrió la puerta que creyó “de su casa”–susurré a Alberto–. Lo bueno es que sus pinches maullidotes de desesperación me guiaron a él y lo pude arrastrar de regreso antes de que enloqueciera.

–Ezo acabo de dezir, humana–interrumpió el doctor Primo Van Der Whiska–. Fue una zuerte que zubieraz tú también por el agujero de guzano y que me rezcataraz antez de que llegaran loz zombiz clonez que zeguro viven en ezoz univerzoz alternoz.

Debo reconocer que, a excepción de un par de vecinos, los demás se ajustan perfecto a la descripción del doctor Primo Van Der Whiska.

–¿Y por qué se escondió al regresar, doctor?–Alberto me echó una mirada fulminante por hablarle de “usted” al gato, pero me hice güey.

–Nezezitaba tiempo y ezpazio para poner en orden miz ideaz. Pero he llegado a una rezoluzión: debemoz conquiztar ezoz otroz univerzoz y poner cajitaz de arena en todoz y platitoz con whiskaz también. Ezo, o rázquenmen la panza, que todavía eztoy con zuzto.

Y nos sentamos los tres en el sillón, dos a apapachar al tercero, hasta que sus pupilas se convirtieron en rayitas verticales y comenzó a entonar un dulce ronroneo.

Los hijos del smog

1.
El libro es más viejo que yo por dos años. Lo conocí porque un alumno agradecido le regaló un ejemplar a mi mamá. Ella elegía algunos cuentos (los que pensaba que podría yo entender) y me los leía. Luego, me dejó el libro. Me acuerdo que cuando estaba en cuarto de primaria incluía algunos de los cuentitos (con crédito, por supuesto) en un periodiquito escolar que me inventé y que luego boté.
Yo pensaba entonces que era un libro presente en toda biblioteca (es decir, común, fácil de hallar, conocido por todos)… hasta que, más crecidita, quise conseguirle un ejemplar a una amiga y vi que la cosa era justamente inconseguible. —Lo mismo me pasó con “Los sueños de la Bella Durmiente”, de Emiliano González, y la antología de Jean Ray, pero ésas son otras hitorias.
Luego me di cuenta de que el autor era poco menos que enigmático: Jorge Mejía Prieto es autor de muchísimos libros, pero al parecer éste es el único de cuentos.

2.
Ayer me avisó Ricardo Bernal que había algunos ejemplares de “Los hijos del smog” en una librería de viejo (¡gracias!). Fui corriendo y compré todos los que quedaban, siete. Soy feliz. Y para no seguir con el blablableo, les dejo mejor una muestrita:

El insomne

Ya ni con el uso de los más poderosos barbitúricos lograba dormir. Desesperado, se suicidó dándose un balazo. Le velaron. Le dieron cristiana sepultura.
Como a las seis horas de estar bajo tierra, y entre la espesa tiniebla del ataúd, abrió los ojos con esa molesta rigidez que le era tan conocida en las noches sin sueño.
Comprendió que el insomnio se había reiniciado. Y que era de larga duración.

Nada

Este es un escrito completamente inexistente, que usando de la magia de lo falaz utiliza papel y palabras que carecen de verídica existencia. Y, para mejor conseguir la ficción, toma la presencia y atención tuyas, lector, que en realidad tampoco existes y no tardarás en disolverte.

Los hijos del smog, Jorge Mejía Prieto, Editorial Novaro, 1974