El guión es como la muchacha fea

En 2009 me publicaron este texto en la revista Replicante. Luego lo perdí. Luego lo encontré y no me acordaba si lo había puesto ya en el blog o no. Lo busqué en la red y descubrí que Daniela, la autora del blog Dramátika, se dio a la tarea de transcribirlo en su sitio, ya que en ese entonces la revista era en papel. Sinceramente, eso me conmovió mucho, mucho. Así que, aunque hace cuatro años de aquello (¿o ya cinco?), pongo acá el texto completo con toda mi gratitud a Daniela (su blog está ya inactivo, pero si la conocen, díganle que en verdad le agradezco).

 

Y dice así:

guionista

El guión es como la muchacha fea

Raquel Castro

El guión es como la muchacha fea: a nadie le gusta, pero todos le meten mano.

Fermín Cabal, guionista español

 

La reciente ruptura de la mancuerna González Iñárritu-Arriaga es, probablemente, el divorcio más doloroso del cine mexicano, desde el de Jorge Negrete y María Félix. Y todo parecía indicar que el director y el guionista eran una pareja feliz: sus tres retoños (Amores Perros, 21 gramos y Babel) parecían prueba gloriosa de ello. Ya se ve: las apariencias engañan, e incluso una relación así de fructífera puede llegar a su fin, periodicazos incluidos.

No es raro que una pareja creativa se disuelva: uno de los casos más sonados en la historia del cine es el de Salvador Dalí y Luis Buñuel, quienes, por cierto, incluso antes de su rompimiento definitivo tuvieron cierta discusión acerca de Un perro andaluz (Dalí declaró en más de una ocasión que el guión de Un perro… era de su total autoría y que Buñuel sólo había contribuido con detalles). Pero en este caso, como en el otro, llegaremos tarde o temprano a la pregunta –difícilísima–: ¿de quién era realmente la película?

El punto de vista simplificador nos dice que el cine es imágenes y que todo lo demás está de más. Pero es como decir que la danza es sólo movimiento, y que da lo mismo ver El lago de los cisnes que El cascanueces. La historia importa. Aun en los albores del cine, películas con argumentos cortos y relativamente simples, como El regador regado, gustaban más al público que las escenas sin progreso dramático, como Obreros saliendo de la fábrica Lumière. Nos gustan las historias: queremos que, además de las imágenes sorprendentes, “pase algo” en la película. Por eso ha sido una constante en el cine la relación con la literatura, la búsqueda de cuentos y novelas para adaptar a la pantalla.

Pero aún no se contesta la pregunta planteada. ¿Es el guionista el autor de la película? Akira Kurosawa solía decir que “con un mal guión, ni el mejor director del mundo puede hacer nada”. Y el guionista es autor de la trama, de la historia que se cuenta, aunque es necesario reconocer que una película tampoco es únicamente eso: a diferencia del novelista, cuando el guionista pone el punto final no se encuentra frente a un producto terminado, listo para llegar al público. Como dice el guionista francés Jean-Claude Carrierre, el guión concluido apenas está por someterse a un proceso de metamorfosis, en el que intervienen muchas manos y visiones (las de más peso son las del director y el productor) y sólo como resultado de esta transformación surgirá la película.

Sin embargo, este hecho parece oscurecer la importancia del guionista y hasta alentar la creencia de que cualquiera que sabe escribir su nombre o teclear más o menos rápido en un chat es capaz de escribir un guión. (O más todavía: que es capaz de escribir un buen guión.) A veces da la impresión de que todo mundo cree tener los elementos para meter mano en el trabajo del guionista: agregar personajes, quitar referencias, incluir anécdotas o discursos que “exalten” tal o cual valor…

La discusión está mal planteada desde el principio: no se trata de negar la importancia del director (como Iñárritu eligió entender el reclamo de Arriaga), sino de insistir en visibilizar el trabajo del argumentista. Que haya un pago justo por la escritura de la historia, que se reconozca la autoría, que nos hagamos a la idea de que no todo el que sabe usar la cámara sabe escribir una trama lógica e interesante, o unos diálogos inteligentes y creativos; por todo esto que es válido y hasta saludable que reconozca que necesita de la ayuda de un guionista. Como hacía Buñuel.

Son dos los obstáculos en el camino a esa meta: una mala idea de los realizadores y el buen oficio de los guionistas. La mala idea es la de que todo realizador puede ser un auteur (es decir, puede realmente “hacer la película” sin la intervención de nadie más). El buen oficio causa el fenómeno del “zurcido invisible”, presente en los guiones bien escritos: mientras mejor escrito esté el guión, menos se notarán la mano del guionista en el resultado final y, desde luego, el peso de su trabajo.

¿Se puede dar un mayor crédito al trabajo del guionista? Es posible. Al menos en Europa, las asociaciones de guionistas están realizando esfuerzos en esa dirección. Otra señal halagüeña es la proliferación de cursos y seminarios para la formación de guionistas. ¿Dije halagüeña? Perdón: es un arma de doble filo. Me explico.

En Ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) lo real (la existencia de Charlie Kaufman, el bloqueo por el que pasaba, la encomienda de adaptar una “novela” sobre flores en la que apenas ocurre nada) se mezcla con lo imaginario (el hermano gemelo que quiere ser guionista, las situaciones de vida o muerte). También aparece un personaje impresionante: un gurú del guión, agresivo, carismático y muy seguro de sí mismo, que llena auditorios y promete enseñar en tres sesiones el arte de escribir un guión que se convertirá en gran éxito. ¿Qué será lo más sorprendente? ¿Que se pueden llenar auditorios con gente que desea ser guionista, a pesar del poco reconocimiento y los malos sueldos? ¿Que haya quienes crean que en un fin de semana se puede aprender todo lo relativo a la escritura de argumentos de calidad? ¿Que el personaje en cuestión, Robert McKee, no es un invento de Kaufman, sino un auténtico motivador profesional/teórico del guión? ¿O que el verdadero McKee no se da por ofendido con la manera en que se le retrata en la película, al grado de incluir ésta en la publicidad que hace a sus cursos?

Así es: McKee, siempre de gira, imparte su popular seminario “Historia” a un costo de 545 dólares y su anuncio, a plana completa en todas las revistas especializadas en escritura de los Estados Unidos, incluye el cartel de Adaptation y la leyenda “¡Cómo lo vio en Ladrón de orquídeas!”. Según McKee, lo que lo hace distinto a otros gurús que se dedican al mismo negocio es que él no dicta pasos ni reglas, sino “principios” que pueden o no seguirse, pero que, de atender, llevarán al guionista directo a la fama y la fortuna. Imagino que McKee no ha escrito ningún guión para cine (y sólo tres para televisión) precisamente porque ya encontró la fama y la fortuna.

A esto me refiero con el cliché del arma de dos filos: por una parte, es obvio que el éxito absoluto no alcanza a todos los que asisten al seminario de McKee o de alguno de sus colegas (Syd Field, Doc Comparato y Linda Seger están entre los más famosos… y no, tampoco ellos han escrito prácticamente nada para cine o televisión); por la otra, cada vez hay más personas dispuestas a aprender sobre guionismo y, como resultado colateral, a darse cuenta de que no basta con tener buenas ideas (y 545 dólares) para escribir una buena película.

Quizá, en unos años, el guionista vuelva a ser considerado un elemento importante en la cinematografía. Quizá entonces, cuando González Iñárritu y Arriaga se vuelvan a encontrar, puedan arreglar sus diferencias como Buñuel y Dalí no pudieron. Y, sobre todo, quizá el guión deje de ser visto como la muchacha fea, y en cambio se aprecien sus propios esplendores.

 

De "Ladrón de orquídeas", historia sobre guionistas :)
De «Ladrón de orquídeas», historia sobre guionistas :)

Se busca: almas caritativas que quieran traducir una rola del ruso al español

Como algunos de ustedes saben, soy fan de la banda rusa Agata Kristi, aunque mi paso fugaz por las clases de ruso no me permite entenderles gran cosa. Bueno, pero la música es el lenguaje universal, así que con eso basta, ¿no?, dice mi lado amable.
¡No! dice mi lado obsesivo: Necesito entenderle bien y, de preferencia, en una traducción bien hecha, porque la de babelfish y similares no me satisface.
¿Y qué, vas a pagarle a un traductor por eso? Haz tu alcancía, mijita, porque luego de una rola vas a querer que te traduzcan otra y otra y así hasta la discografía completa (mi lado amable es en realidad un lado bastante bitch, qué mala onda).
¿No habrá un alma caritativa que esté estudiando ruso y que quiera traducirla nada más por practicar? ¿O un alma caritativa rusa, que tenga un rato libre y quiera disfrutar de una canción linda y traducirla? La verdad es que si fuera una rola a traducir del inglés al español yo lo haría nomás por ocio o amabilidad, dice mi lado obsesivo, sin querer confesar que lo haría por, bueno, pues por eso: por obsesivo.
Pues déjala en tu blog como botella al mar, capaz que encuentras esa alma caritativa, dice con insidia mi lado seudo amable. O regresa a las clases de ruso, añade.
Mi lado obsesivo le hace una trompetilla.
Yo intervengo: lados, lados, ¿no podemos simplemente llevarnos bien?
Y para evitar el pleito pongo acá la rola, ¿quién quita y algo pasa? (De acuerdo con lo que vislumbré en mi pobre traducción, puede que sea ligeramente porno). Y, en todo caso, servirá para compartirles una canción que me gusta mucho (por que sí, la música es un lenguaje universal).

turrun

(Y acá está pa que la escuchen)

(Otras) escenas en (otro) centro comercial

órdenes de la gerencia, según
órdenes de la gerencia, según

A lo mejor a Woody Allen le hubiera inspirado, pero a mí me sacó mucho de onda ver cómo los empleados se ponen bien pilas en contra de los clientes como si ellos -y no sus empleadores- fueran a sacar algo de ahí. Es más, pensándolo mejor, ni siquiera sus empleadores sacan algo de ahí: tratar mal a los clientes, tratar de verles la cara, ser jijos, pues, ¿podrá generar lealtad? Yo digo que no. Al menos yo ya decidi no volver a pararme en tres  lugares que me caían bien. Ahí les va la historia:

Primer acto
En cierto restaurante, pido un agua mineral.
—¿Perrier o San Pellegrino? —me pregunta el mesero.
Lo miro con seriedad un rato y le pregunto:
—¿Con cuál preparan la limonada mineral que viene en la carta?
No me sostiene la mirada cuando me responde:
—Con ciel.
—Pues ciel quiero, caray.
Obviamente, el agua ciel cuesta la cuarta parte que las dos aguas importadas. A lo mejor un día me nace tomarme un agua cara o disolver una perla en vinagre, qué se yo. Pero, la neta, no dar la opción del agua ciel a la hora de darme las alternativas del agua es querer ver la cara. Y lo gacho no es pagar algo caro, sino tener la sensación de que te quisieron ver la cara, grrr.

Segundo acto
En una tienda de ropa tienen un aparador darketón y muy mono.
—Ah, le voy a tomar una foto pa decirle a la bandera en FB que venga a echar un ojo —le digo a Alberto.
Apenas estamos tomando la primera foto, el ñor de vigilancia se acerca.
—Oigan, no pueden tomar fotos.
—Ok, ya no estamos tomando fotos. Pero ¿por qué? —le pregunta Alberto.
—No sé, a mí nomás me dio la gerencia la instrucción de no dejar que tomen fotos.

¿Qué tiene la gerencia en la cabeza? ¿Guano? Es un centro comercial, ni que los vayan a asaltar a partir de una foto de su aparador. Ni que les vayan a robar las grandiosas ideas (que se parecen harto a las de los demás aparadores, nomás tenían más tartán y más negro). Y en vez de escribirle a los amigos «eh, vengan, vengan», les escribiría: «ni se paren por acá, los empleados no tienen criterio. Ah, porque para colmo, eso de «yo no pienso, sólo sigo instrucciones» es de terror. Eso decían los nazis, justo.

Tercer acto
Otro restaurante donde hay refill en la bebida.
—¿Tienes coca zero o sprite zero?
—Sprite zero, sí —dice el mesero y luego murmura más quedito— y coca zero también.
Alberto no alcanza a escuchar que coca zero también y pide su sprite. Le traen uno de lata. Mientras yo pido una hamburguesa.
—¿Tus papas a la francesa, curly o en gajos? —me pregunta el mesero
—¿Algunas de esas vienen incluidas con el platillo?
—No.
—Ah, entonces no quiero, gracias.
Alberto pide su refill.
—Es que ese refresco es de lata, no tiene refill.
—¿Y no tienes de máquina?
—Sí, coca zero, pero sprite zero, no.
A ver: ¿por qué no empezar diciendo eso? ¿Qué gana él con hacernos pagar dos refrescos en vez de uno? ¿Por qué no dice desde el principio que las papas serían una orden adicional? Yo, que ya estaba toda erizoescamada, y que ya conocía el lugar (y sabía que las papas se piden aparte), pregunté si estaban incluidas nomás para evidenciar su forma de dar por hecho; pero me pregunto cuánta gente no caerá en la treta.
En lugares decentes te dicen: «¿Quiere una orden de papas para acompañar su hamburguesa?» y hasta te aclaran «Ese refresco es de lata y no tiene refill, ¿no hay problema?»
Y -¿saben qué?- creo que en esos lugares ganan más. Porque la gente se siente a gusto y regresa. Porque el mesero que se porta legal recibe mejores propinas.

Reflexión raquelesca
A menudo la banda critica a los granaderos por ponerse del lado de sus patrones. Pero ¿qué pasa cuando un mesero trata de robar para su patrón?, ¿qué ocurre cuando una cajera de banco finge que la firma de tu cheque no es, aunque obviamente sí es pese a que tenga ligeras diferencias, nomás para hacerte dar más vueltas?, ¿qué decir del vigilante que se niega a ejercer su criterio y te prohibe cosas porque supone que eso le gustará a su empleador?, ¿qué pensar de la empleada de gobierno que se tarda dos o tres días en mandar tus papeles a la tesorería para tramitar tu pago porque le da hueva pararse a sacar una copia o buscar un email en su bandeja de entrada?, ¿qué onda con los maestros que esconden la biblioteca de aula para que los niños no maltraten los libros que se supone están para ser usados por los niños? —¿para quién estamos jineteando ese dinero, reprimiendo a esa gente, atesorando esos recursos? No vaya a resultar que en ocasiones somos más granaderescos que los granaderos que criticamos…

Hace falta humor

En marzo de 2012 participé en el encuentro Reescribir a México en el siglo XXI, en Puebla. Este fue el texto que leí, se los comparto.

Hace falta humor
Raquel Castro (o sea yo)

Estaba terminando mi texto sobre “Reescribir México en el siglo XXI” cuando comenzó a temblar. No fue algo del otro mundo (sí, fue de 7.8 grados en la escala de Richter, pero sólo grado II en la de Mercalli, lo que significa que fue “débil”), pero se convirtió en el tema dominante en las redes sociales por varias horas.
Lo que más me sorprendió fue la facilidad con la que la gente se convirtió en una turba dispuesta a linchar a cualquiera que hiciera un chiste sobre “la tragedia” que, acá entre nos, realmente no fue una tragedia. Un susto, tal vez. Una molestia. Pero ni punto de comparación con el terremoto aquel de 1985, que se ha vuelto referencia para todas nuestras movidas telúricas.
Entonces tiré a la basura el texto que estaba terminando y empecé de nuevo: tenemos que rescribir México desde el humor. Se supone que somos un país que se ríe de la muerte, que domina el humor negro y que no tiene miedo de carcajearse de sí mismo. Se supone que tenemos una tradición literaria que también sabe tomarse con humor las cosas, heredera del español Francisco de Quevedo, con representantes como José Joaquín Fernández de Lizardi, Jorge Ibargüengoitia, Emma Godoy, Jorge Mejía Prieto y Carlos Monsiváis, por mencionar sólo a algunos.
Se supone que incluso Sor Juana escribió gracejadas de vez en cuando, ¿no? Pero a veces se nos olvida. A veces, la literatura mexicana, reflejo fiel de la sociedad mexicana, se toma demasiado en serio a sí misma y se pierde en los laberintos sosos de la corrección política, que muchas veces es machista, agresiva y destructora.
Hay autores que tienen tanto miedo de no ser “solemnes” que su narrativa se convierte en sermón. Y, lo que es peor, se vuelven inquisidores de todos los demás, de todos aquellos que no estén dispuestos a indignarse ante cualquier muestra de humor: “Trivializan la tragedia”, se quejan cuando alguien escribe en tono ligero, y de inmediato ponen esas obras en el estante de los subgéneros, del que es tan difícil salir, o etiquetan al responsable de “poco serio”, enemigo de la academia, o exageraciones peores.
De nada sirve argumentar que la tan glorificada seriedad muchas veces es árida y pomposa, o que más de una vez esconde sólo el miedo a la autocrítica: “no me río de mí para que nadie pueda hacerlo”, que sería una variación de “el que se ríe se lleva”.

Algo es verdad: vivimos tiempos difíciles. La violencia, el colapso económico, el calentamiento global, el ocaso de un imperio del que sólo somos una provincia oprimida. No hemos logrado la equidad de género ni la incorporación de los pueblos originarios a la vida económica del país. Hay especies vegetales y animales en serio peligro de extinción.
Pero ¿serán realmente más difíciles nuestros tiempos que los primeros años del siglo XX, que los primeros del XIX? Al menos tenemos internet y vacuna contra la polio. No estoy minimizando la situación que nos ha tocado en turno: por el contrario, creo que ésta es delicada y que bien vale la pena usar todas las herramientas a nuestro alcance para hacerle frente. El humor incluido. El humor sobre todo.
Porque la risa no es sólo frivolidad, pese a lo que quieren hacernos creer los serios-a-ultranza. La risa puede ser liberadora. No hablo de esa risa burlona, descalificadora, tóxica del que se siente superior; ni la risa amarga de la autocompasión y el victimismo. Me refiero más bien a la risa transgresora del que señala lo que podría estar mejor, la carcajada que ya por romper el silencio es muchísimo más que resignación.
Esto se entenderá mejor si exploramos las funciones del humor, que, según Avner Ziv, autor de El sentido del humor, son cinco:
• Función intelectual o didáctica
• Función agresiva (que puede ser derivada de un sentido de superioridad o de la frustración)
• Función sexual (de la que no hablaré porque hay niños presentes en la sala)
• Función social (en la que se incluyen las señales de amistad, distensión y solidaridad)
• Función del humor como mecanismo de defensa (aquí entran el humor negro y el reírse de uno mismo)
Así pues, son estas dos últimas de las que hablo yo cuando digo que la risa es más que burla o resignación. Porque, como dijo Peter Berger, otro estudioso del humor y autor del libro Risa redentora, “quienes ríen unidos, permanecen unidos. El humor refuerza la cohesión.
Sin embargo, parece que al que se atreve a escribir con humor le espera el linchamiento de los serios que les platiqué hace rato.
Por eso me da gusto cuando me encuentro con obras de la literatura mexicana actual que se atreven a explorar el espíritu lúdico. Mencionaré solo algunos, para documentar nuestro optimismo:
• José Luis Zárate (quien por cierto, debería haber sido invitado a este encuentro, ya que es uno de los mejores narradores no sólo poblanos, sino de todo México), autor de series de minificciones delirantes, ingeniosísimas, risueñas, pero con el mérito de no convertirse en chistes fáciles.
• Fernando de León, cuentista jalisciense, quien juega a poner en situaciones cómicas elementos de la alta cultura (por ejemplo, en uno de sus cuentos, el Conde de Saint Germain y el Diablo son un par de vividores en las calles de Guadalajara).
• Francisco Hinojosa, autor extraordinario por combinar a la vez la ligereza y la crítica demoledora.

No son los únicos. Y quizá veamos más conforme aumente el número de escritores que se atreven a escribir de manera distinta a como exigía la tradición literaria del siglo XX. Ya hay muchos que están practicando técnicas y puntos de vista que hubieran sido impensables apenas hace 20 años. ¿Por qué no podrá haber más escritores –y escritoras– que utilicen las facultades liberadoras del humor? Yo diría que incluso nos hace falta: reescribir al país en este siglo, si es posible, tiene que pasar por modificar nuestra manera de pensar y de relacionarnos con el mundo.

Braaaaaains
Braaaaaains

Roomies

Un ejercicio de imaginación por puro ocio: si la literatura mexicana fuera una escuela-internado inglesa (sin magia), y usted tuviera que cursar los seis años reglamentarios ahí, ¿con qué escritor/a mexicano/a le gustaría compartir habitación y por qué? ¿con cuál cree que sería una tortura, y también por qué? Utilice autores vivos o muertos, da igual para el ejercicio.
Un ejemplo: a mí me gustaría compartir cuarto con Sor Juana, porque seguro me ayudaría a estudiar y, cuando tuviéramos mal de amores, nos emborracharíamos a escuchar a José Alfredo y a recitar «Hombres necios». En cambio, no me gustaría compartir habitación con Pita Amor: seguro sería fiesta tras fiesta sin parar (¡en nuestro cuarto compartido!) para terminar cada vez corriendo a todos en un ataque histriónico (la verdad, ya no estoy como para cuidar gente malacopa). No estaría mal compartir con Elena Garro (nos la pasaríamos viendo fotos de gatos en facebook) y seguro sería divertidísimo ser roomie de Fulana de Tal (aunque no me dejaría etiquetarla en las fotos de nuestras fiestas, ash) Con Rosario Castellanos me la pasaría bomba, creo; pero no sería lindo con Josefina Vicens: ¡tendría que pasarle todos los apuntes, con eso de que su libro está vacío! :D
Y en caso de habitaciones mixtas, a fuerza que elegiría compartir con Alberto Chimal, obvio ;)

¿Se imaginan a Fuentes y García Márquez en plan Harry Potter y Ron?
¿Se imaginan a Fuentes y García Márquez en plan Harry Potter y Ron?

Paradoja para las cabañuelas

diluvios

 

Hace rato que parecía que iba a llover me acordé de que mi abuela decía que el primer mes del año es el mes de las cabañuelas, ese método de previsión climática que consiste en adjudicar el clima de cada día al mes correspondiente por su número:

  • 1 es enero
  • 2 es febrero
  • 3 es marzo
  • 4 es abril

y así hasta

  • 12 es diciembre

Luego, se va en reversa:

  • 13 es diciembre
  • 14 es noviembre
  • 15 es octubre

hasta

  • 24 es enero

Entonces, se dividen los siguientes seis días en mañana y tarde:

  • 25 en la mañana es enero
  • 25 en la tarde es febrero
  • 26 en la mañana es marzo

y así hasta

  • 30 en la mañana es noviembre
  • 30 en la tarde es diciembre

El 31 se divide por horas, de ida y vuelta:

  • 1 am es enero
  • 2 am es febrero
  • 3 am es marzo
  • 4 am es abril

y así hasta

  • 10 pm es marzo
  • 11 pm es febrero
  • 12 am es enero

Yo, curiosilla como era, decía entonces: Pero si todo el mes de enero es para vaticinar el resto del año, ¿qué miden de enero los tres días, dos horas que le tocan de las cabañuelas? Mi abuela, en vez de contestarme, me veía raro, no sé si orgullosa de tener una nieta inquisitiva o harta de mis preguntas.

En fin. Ahora que recuerdo el asunto me pregunto: ¿qué pasaría si el mundo estuviera destinado a acabarse, no sé, digamos que en abril? Todo va bien los primeros días, pongamos por caso:

  • 1 de enero: frío y viento (corresponde a enero)
  • 2 de enero: hielo (corresponde a febrero)
  • 3 de enero: lluvias (corresponde a marzo)
  • 4 de enero: meteoritos asesinos y granizo de fuego (corresponde a abril)

¿Y luego? Si se va a acabar el mundo por completo en abril, lo lógico sería que no hubiera ningún clima a partir del 5 de enero. Pero entonces tendría que volver a haber clima el 21 de enero, que tendría que haber de nuevo meteoritos y fuego, seguidos de lluvias (el 22), hielo (el 23) y frío y viento (el 24). ¿Y entonces? De nuevo esos climas, alternados mañana y tarde el 25 y el 26, cerrando con más meteoritos y fuego, ¿no? Y tres horas de clima frío seguidas por fuego y meteoritos el 31 en la madrugada, un día entero de no-clima, y fuego y meteoritos a las 9 de la noche para tener lluvias a las 10, hielo a las 11 y frío y viento a las 12.

Ok hasta ahí. Pero hay varios problemas:

  1. ¿»No-clima» es onda ni frío ni calor o qué?
  2. Con tantos ataques de meteoritos asesinos y granizo de fuego, ¿sobreviviría el mundo a las cabañuelas?
  3. Si no las sobrevive, ¿quiere decir que la previsión cabañuelística se equivocó?
  4. Si se equivocó, ¿para qué o por qué hubo fuego y metoros?
  5. Si, por el contrario, las cabañuelas no incluyen lluvia de fuego y meteoritos y en cambio propone un clima normal para los días correspondientes a abril en adelante, ¿cuál fue el chiste de las cabañuelas?

Imagínense si, para colmo, el fin del mundo llega como un nuevo diluvio universal o, peor todavía, si la tierra se abre en dos para dejar salir al dragón volador que empolla en su centro. Lástima que ya no vive mi abuelita para compartirle mis nuevas dudas :(

 

Propósitos de año nuevo

Mucha gente tiene la costumbre de hacer una lista con sus propósitos de año nuevo. Generalmente la escriben (o la formulan mentalmente) el 31 de diciembre en la noche, justo entre los brindis y el atragantamiento de uvas. Lo malo de hacerlo así es que pueden quedar metas rarísimas. Por ejemplo, pueden ser muy vagas («Este año voy a cuidarme»), muy ambiciosas («Voy a bajar treinta kilos y a ponerme más buena que un mango de manila»), francamente irrealizables («compraré una casa en la riviera francesa y obtendré la nacionalidad finlandesa») o de plano imposibles de controlar («Me sacaré el premio mayor de la lotería»). 

Yo un tiempo intenté lo de los propósitos de año nuevo, pero mi psicoentomólogo me sugirió evitar ese tipo de metas chafas. Me dijo que pensara bien mis metas y que las escribiera, que se las enseñara en nuestra siguiente sesión. Cuando lo hice y comencé a leer en voz alta mis resoluciones, puso cara de no estar contento. Luego me dijo que me había ido al extremo contrario al tratar de  evitar las vaguedades, las imposiciones y las metas irrealizables. Mi lista decía más o menos:

  • Acariciaré a mis gatos cada que estén cerca y tenga tiempo y ganas de acariciarlos, siempre y cuando se dejen.
  • Me bañaré si me hace falta, tengo tiempo y no hace mucho frío.
  • Compraré y comeré un danonino de plátano.
  • Trataré de acordarme del lugar donde dejo las llaves del coche para no dar vueltas y vueltas como loca por toda la casa a la hora de salir a la calle.

Lo peor del caso es que no cumplí con lo del danonino de plátano (¿para qué sufrir con un nuevo sabor, me decía yo, si amo adoro idolatro los de fresa?) ni con lo de las llaves: a pesar de que la resolución era blandita como almohadón de plumas, ni siquiera traté de acordarme del lugar donde dejaba las llaves. Todo mal.

Al año siguiente lo volvimos a intentar. Ya había cambiado de psicosomatólogo y el nuevo no me propuso la tarea, pero yo traía la espinita clavada desde la vez anterior y lo hice de todos modos. Le dije en la última sesión del año que quería leerle mis propósitos de año nuevo y que  esperaba su retroalimentación. Estaba segura de que me iba a ir muy bien porque había optado por otro tipo de propósitos, más del día a día:

  • Pagaré a tiempo o casi a tiempo las tarjetas de crédito, la luz, el gas, el teléfono y esas cosas.
  • Compraré cada libretita mona que se me ponga en frente, si es que tengo dinero y la libreta está en venta.
  • Dormiré cuando tenga sueño y comeré cuando tenga hambre. O antojo.
  • Acariciaré a mis gatos siempre que pueda (lo siento, me encanta acariciar a mis gatos).

El doc me dijo que para esos propósitos no necesitaba esperar el inicio de año, que bien podían ser «propósitos de una vida medianamente sensata». Es decir, fracasé de nuevo. Todo ese año me la pasé meditando en mis posibles propósitos para el siguiente fin de año porque ya era una cuestión personal. Incluso regresé al psicoenterólogo (con uno nuevo, claro: del último deserté ignominiosamente por motivos que no vienen a cuento pero que en otro momento les puedo contar, si quieren).  Y en esta ocasión decidí intentar otro tipo de metas:

  • En caso de que se desate el apocalipsis zombi, me salvaré de la debacle y salvaré al menos a veinte escritores (hombres y mujeres, claro) mexicanos de los sencillos, amables, talentosos y trabajadores, ajenos a las ego-wars, al machismo y a las envidias para iniciar una nueva civilización basada en la cultura.
  • En caso de que los extraterrestres me abduzcan, les diré «llévenme con su líder», para que vean lo que se siente.
  • En caso de que se mude al departamento de junto al mío un conde transilvano, lo invitaré a beber… vino. Y le pondré ajo en su copa, nomás por la pura diversión en caso de que resulte vampiro.
  • En caso de que mis gatos comiencen a hablar un día cualquiera, los videograbaré y subiré sus discursos a FB, con la intención de ayudarles a conquistar el mundo.

Cuando acabé de leer mi lista, el doc estaba llorando. Primero supuse que lloraba de emoción porque pocas veces llega alguien con propósitos tan bien pensaditos. Pero luego me cayó el veinte: otra vez me había equivocado. Me había dejado arrastrar por mi propio entusiasmo y había me había despegado de la realidad tremendamente: ¿veinte escritores mexicanos sencillos, amables, talentosos, trabajadores, ajenos a las ego-wars, el machismo y las envidias? Cinco, tal vez. Diez, ya muy optimista. Pero ¿veinte? :( Bueno, no es tan grave, le dije al doctor. Nos conformamos con los escritores chidos que podamos salvar y añadimos gente de otras especialidades, siempre que sean buena onda. El doctor sollozó y me pidió que no volviera: ni a hacer propósitos de año nuevo ni a visitarlo en su consultorio. Supongo que me considera una persona más allá de la necesidad de plantearse metas y de necesitar ayuda. ¡Qué orgullosa me siento de mí misma!

Lo malo es que los 31 de diciembre se han vuelto aburridos para mí desde entonces. Pero no se puede tener todo en la vida, supongo.

 

 

tic tac tic tac
tic tac tic tac

Recuento de días frenéticos (pero felices)

Ibero-Monterrey-Acapulco
Ibero-Monterrey-Acapulco

Benedetti decía que de vez en cuando hay que hacer una pausa, no para llorarnos las mentiras sino para cantarnos las verdades. Me late. Pero también conviene de repente hacer una pausa para poner en orden las ideas y los recuerdos, para evitar que el tiempo deslave lo que ahorita se siente tan nítido. Sobre todo cuando es una temporada ajetreada, como la que estoy viviendo.

Y es que, en las dos últimas semanas, el itinerario estuvo rudo, pero altamente satisfactorio:

  • El lunes 7 de octubre tuve el honor (neto es un honor) de dar la primera charla de la semana de letras de la Ibero, y platicar acerca de mi trabajo como guionista con alumnos de, sobre todo, tercer trimestre. Les conté de lo divertido, sabrosón, satisfactorio y reconfortante que puede ser el trabajo del guionista, pero también de lo frustrante y molesto que puede volverse en ocasiones. De lo que he estado dispuesta a hacer (aprender economía, no dormir, leer el tvynovelas) y de lo que de plano he dicho «eso no lo hago aunque paguen bien». De cosas que he aprendido y de errores que he cometido. Mientras más hablaba yo, me di cuenta más y más de lo mucho que amo esta loca profesión (parafraseando a Orson Welles). Hablar de lo que uno hace sirve para que otros se enteren, pero también para que uno mismo recupere certezas que andaban extraviadas o que no había querido ver. Y bueno, lo cierto es que la bandita Iberoletrosa se portó genial, como acostumbra.
  • El martes salió, en la Jornada Aguascalientes, una entrevista que me hizo Javier Moro. La pueden leer aquí
  • El martes volé a Monterrey, donde tuve la experiencia genial de impartir un taller de guión en la Universidad de Nuevo León, participar en una charla sobre Literatura Infantil y Juvenil en la Feria del Libro y presentar mi novela. Fue una semana intensa, muy, muy bonita, en la que conocí gente maravillosa, atenta, entusiasta y cálida. Todo se lo debo al grupo Biblionautas, encabezado por Dalina Flores. El taller estuvo intenso: teníamos poco tiempo y yo, recién inspirada por la charla en la Ibero, iba más enamorada del guión que nunca; pero el grupo estuvo súper pilas y creo que la cosa salió bastante bien. (Voy a confesar algo: aunque llevo más de diez años dando cursos de guionismo, cada que va a empezar uno reviso todos mis apuntes, reacomodo temas y materiales, me pongo nerviosa y reevalúo qué ejemplos incluir y qué ejemplos dejar fuera. Y creo que eso es algo bueno).
  • La charla sobre LIJ fue cortita pero sustanciosa. La presentación de Ojos llenos de sombra, simplemente perfecta. Nos trataron excelente en el Gargantúa, la lectura de Susana Ruiz-Vicentello de primer nivel, las participaciones de Dalina Flores y Manu Gómez… ¡bueno! Me tuvieron con el ojito remi toda la noche. Qué bueno que no fui maquillada (mentira: debí ponerme el disfraz completo, bua).
  • El regreso a DF nos trajo otra sorpresa: compartimos avión con Celso Piña. Señorón super simpático y muy, muy amable. No se enojó de que le pedimos foto y hasta sugirió el mejor encuadre, je. Y, claro, eso nos da una lección: subirse a un ladrillo y marearse es de aficionados. Los grandes de verdad no dejan de ser sencillos. Habría que tatuárnoslo en el brazo pa verlo cada que nos abrochamos las agujetas de los zapatos :P
  • Por cierto, el sábado 12 salió en el suplemento Laberinto una reseña que hice de la novela Loba, de Vero Murguía. Se lee acá (está en la página 8)
  • Estuvimos en el DF todo el lunes, yupi. El martes, camioncito a Acapulco, a la Primera Feria Internacional del Libro de allá. Un gustazo formar parte de esa primera camada. Mar y libros es una buena combinación. Entrevisté a Alberto con respecto a su nuevo libro, Manda fuego, presenté Ojos llenos de sombra (con la participación super mega wow de Luis Téllez Tejeda, que dijo cosas rebonitas) y di una charla sobre literatura de horror. También tuve ocasión de conocer a Julio M. Llanes, apasionado promotor cubano de la literatura infantil y juvenil. Me recomendó algunos libros, así que traje cargamento para la columna en La Jornada Aguascalientes ;)
  • Por supuesto que algo lindo de estar en Acapulco fue coincidir con amigos queridos y conocer nuevos. Y comer sabroso. Y tomar el sol.
  • Me quedan pendientes de contar: la niña que no sabía lo que es un buffet (que ya conté someramente en Facebook, por si les llama la atención), el hombre de negocios que me invitó a dar un taller gratuito porque a él no le interesa la literatura (?), la demostración de Krav Magá a la orilla del mar…

Anoche regresé de Acapulco. Hoy presento a Alberto en la Feria del Libro del Zócalo y el lunes voy a la Feria del Libro de San Luis Potosí. Al mismo tiempo, avanzo en un nuevo proyecto de escritura inspirado por un «caso de la vida real». Estoy contenta y agradecida con la gente que ha confiado en mí.

Dieta octubre
Dieta octubre

Y bueno, les dejo la liga al primer capítulo de Ojos llenos de sombra, leído por Susana Ruiz-Vicentello: 

País de Maravillas: Sobre la inutilidad de prohibir libros

Voy más despacio de lo que quisiera en esto de subir las entradas de País de Maravillas al blog. Lo siento mucho. Pero de a poquito vamos yendo.

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

Sobre la inutilidad de prohibir libros

Raquel Castro

1.

Como contaba aquí mismo la semana pasada, mi tía Estela trabajaba en una escuela donde había una sección prohibida en la biblioteca. Lo que no dije es que esta sección era bastante amplia, y que los libros censurados incluían muchos que las propias editoriales y hasta la SEP habían catalogado como “adecuados para niños”. Sin embargo, se trataba de una escuela religiosa, sólo para mujeres, donde la enseñanza de las materias curriculares era bastante menos que una prioridad y los libros prohibidos incluían aquellos que incluían escenas sexuales y groserías, claro (¡Adiós, Mil y una noches en su versión original! ¡Adiós, José Agustín!); pero también estaban vedados los hablaban de religiones distintas a la de la escuela (¡Adiós, Mahabharatha! ¡Adiós, Mil y una noches en versiones expurgadas!), los que presentaban mujeres en roles no tradicionales o francamente rebeldes (¡Adiós, Mujercitas! ¡Adiós, Alicia en el país de las maravillas!) e incluso aquellos en los que las parejas se enamoran: era una escuela que promovía los matrimonios arreglados y meterles ideas de romance, amor y libre elección a las alumnas era ilegal ahí (o sea que ¡Adiós, Cenicienta y Blanca Nieves y Bella Durmiente! ¡Adiós, todo tipo de literatura rosa!). Años después de mi primer encuentro con los libros prohibidos (los que mi tía me prestó con la condición de que devolviera cuando alguna autoridad de su escuela los pidiera de vuelta, cosa que jamás sucedió) tuve la oportunidad de trabajar como maestra suplente en ese mismo colegio. Me veía divina vestida de manga larga y falda a los tobillos, la verdad. Pero me salgo de tema: a lo que quiero llegar es a que tuve ocasión de convivir con niñas de quinto de primaria y segundo de secundaria. Niñas que habían crecido alejadas de toda esa “literatura perniciosa”. Y ¿qué creen? Que las niñas de quinto, una vez que me tuvieron confianza, me contaron algunos de los chistes colorados más léperos que he escuchado en la vida. Tratando de ocultar mi sonrojo (la verdad, me agarraron en curva) les pregunté dónde los habían aprendido. La respuesta fue la misma con variantes: la muchacha, dijo una. Mi nana, dijo otra. La hija de la cocinera, agregó una más. Así me fui enterando de que estas niñas eran criadas no por sus padres, sino por el personal doméstico de sus casas… y a que a ese personal no le importaban ni tantito las prohibiciones que tenían tantos y tan buenos libros bajo llave en la escuela. Lo peor del caso, pensaba yo, era que junto con las otras religiones y la rebeldía femenina y las palabrotas, las niñas de esa escuela se estaban perdiendo también de historias interesantes y, sobre todo, bellas.

 

2.

Yo me pregunto si tiene algún caso prohibirle libros a los niños, niñas y adolescentes. Generalmente concluyo que no. Pienso que si algún libro es demasiado complicado para su nivel lector o su historia de vida, lo dejarán a un lado o pasarán a través de sus páginas de noche. Eso en el peor de los casos: en el mejor, algo se les quedará: una inquietud, una pregunta, un sueño. Algo que quizá más adelante encuentre respuesta o embone en el rompecabezas que es la vida de cada persona. Así me pasó a mí con al menos un libro: El gato y otros cuentos, de Juan García Ponce. Lo compré cuando tenía como nueve años con unos vales que le habían dado a mi mamá el día del maestro. Me gustó porque empezaba hablando de un gato, precisamente: había aparecido en el edificio sin decir ni miau y el protagonista y su esposa lo habían adoptado. Cuando llegué a casa con mi libro y me senté a leerlo, me pareció rarísimo y muy emocionante. Aparte del gato tenía relaciones muy complicadas, con pleitos y engaños y locura; y también tenía cuerpos desnudos y sexo. Ahí leí por primera vez la palabra masturbación, y recuerdo haberla buscado en el diccionario y no haber entendido mucho de todos modos. No me convertí en una ninfómana ni me embaracé a los trece años, así que supongo que, en realidad, la lectura no fue tan perniciosa. Con todo, como lo llevaba a la escuela, mi maestra me lo pidió para hojearlo y ese mismo día, a la hora de la salida, me dijo que no me lo iba a devolver porque no estaba bien para mi edad; que se lo iba a dar a mi mamá en la siguiente junta de padres y maestros. No tuve corazón para decirle que ya lo había acabado. Lo peor fue que, curiosamente, la maestra no pudo entregarle el libro a mi mamá: esa misma semana se lo robaron de su estante. Juro que no fui yo. Pero eso llega a pasar cuando se prohíben libros.

 

libros prohibidos

País de maravillas: Gianni Rodari

Los días se ponen pesados y se me olvida subir acá las entregas de País de Maravillas.

Pero en estos días subiré las que están atrasadas. La de ahorita es la 5, mañana subiré la 6 y espero subir el domingo la 7. En el periódico van 8, así que con eso quedaríamos al corriente. :)

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

Una recomendación: Gianni Rodari

Raquel Castro

 

Conocí la obra de Gianni Rodari un poco tarde, cuando tenía yo alrededor de 13 años. Quizá había leído antes cuentos suyos, aislados, pero nunca me había fijado en el nombre, y fue hasta que mi tía Estela dejó caer en mis manos el libro Cuentos para jugar que reparé realmente en el autor. Me llamó la atención porque cada uno de los cuentos tenía tres finales posibles, para que cada lector eligiera su favorito. Pero, sobre todo, porque en la introducción el autor decía: “y si ninguno de los finales te gusta, inventa el tuyo”.

Pasé semanas pegada al libro, leyendo cada cuento en diferente orden: primero, el planteamiento y los tres finales de corrido; luego, el planteamiento con uno de los finales, de nuevo el planteamiento con el segundo final y de nuevo el planteamiento con el tercer final. Luego, el planteamiento de cada cuento con mis propios finales… Luego mi mamá me preguntó que de dónde había sacado el libro y, cuando le dije que de la biblioteca de la escuela donde mi tía estela era directora, me sugirió que lo devolviera ya (sugirió es un eufemismo). Cuando se lo quise entregar a mi tía, me dijo que me lo quedara en préstamo indefinido: que en su escuela estaban prohibidos esos libros (ya les contaré al respecto más adelante, es una historia un poco macabra) y que si en algún momento alguien lo pedía de vuelta ella me avisaría de inmediato. Todavía está en mi librero.

Desde entonces soy entusiasta admiradora de Gianni Rodari. Los siguientes libros que conseguí de él ya no jugaban a contar varios finales, pero cada uno es especial a su modo: Cuentos por teléfono es una colección de historias cortas, dirigida a los más pequeños, pero que también podrán disfrutar los papás, hermanos o tías que hagan el favor de leérselas en voz alta a los enanos. Hablando de enanos, está Los enanos de Mantua, que es para niños chiquitos también, y que me gusta porque tiene partes en rima y partes en verso. Como Los negocios del Señor Gato, que empieza con un cuento en prosa y sigue con varios poemillas un poco en el estilo de T. S. Eliot y su Libro de los gatos habilidosos del viejo Possum (en el que se basa la obra musical Cats y que también vale mucho la pena).

 

Debo confesar que fue un golpe muy duro para mí enterarme de la muerte de Rodari. No importa que me enteré tardísimo, cuando tenía ya unos veinte años. Tampoco  importa que todo mundo me diga que seguro desde mi primer libro de Rodari venía ya su ficha con año de nacimiento y muerte: sus cuentos me parecen tan actuales, tan míos, que aún me cuesta creer que murió cerca de diez años antes de que me encontrara yo con sus letras por primera vez (ahora que lo pienso: me ocurrió lo mismo con John Lennon, que murió el mismo año).

En cualquier caso, el consuelo llega en forma de libro: nos quedan sus cuentos, que no son pocos. Entre ellos, hay uno en particular que recomiendo siempre que me piden que proponga un libro:

—¿Me recomiendas un libro para una niña a la que le encanta leer?

—Claro —les digo–, prueba Cuentos escritos a máquina, de Gianni Rodari.

—¿Qué libro sugieres para un niño al que no le gusta leer?

Cuentos escritos a máquina. Déjaselo en su buró o en el baño, deja que lo descubra solito.

—¿Qué libro le regalo a mi mamá, que tiene sesenta años, anda medio depre y tiene la vista cansada?

Cuentos escritos a máquina, de Gianni Rodari. Dile que empiece por “Me marcho con los gatos”.

—Mi abuelo apenas aprendió a leer y se siente muy orgulloso. ¿Qué libro le puedo dar?

—Dale Cuentos escritos a máquina, de Rodari, y no olvides ponerle una dedicatoria linda con letra bien hecha.

Les juro que no hago trampa: realmente es un libro que puede encantarle a todo mundo (y hasta ahora no encontrado a una sola persona que no le guste, lo juro).

Además de sus cuentos, Rodari nos dejó un libro simplemente maravilloso y genial: Gramática de la fantasía, un ensayo o un manual (o ambas cosas a la vez) en el que no sólo comparte ejercicios para aprender a contar historias para niños; sino que, además, comparte estrategias para impulsar a los niños y niñas (y padres y madres y maestros y adultos en general) a inventar sus propias historias. Como dice al final de su introducción: “No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. Y lo dice en serio.

 

Gianni Rodari