Fierritos en los dientes

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Tenía doce o trece años la primera vez que me sentenciaron a usar brackets. Que mis dientes estaban chuecos, dijo el dentista. Que podrían quedar derechitos si me ponían frenos. Yo no dije que no, pero tampoco me entusiasmé. Y no sé por qué, pero mi mamá tampoco se entusiasmó (quizá, pienso ahora, por la crisis: eran tiempos difíciles). Luego se nos vino la vida encima: cumplí quince, murió mi mamá, hubo cosas más importantes que traer fierritos en los dientes (siempre había algo más importante) y el tiempo se fugó a una velocidad sorprendente.

Ya era el siglo XXI cuando mi boca se puso en huelga: de pronto me di cuenta de que mis encías estaban inflamadísimas y mi paladar se lastimaba con cualquier cosa. Lo peor fue un día en que, al inclinarme para secarme el cabello después del baño, un sabor a fierro me inundó la boca. No, a fierro, no: a podrido. Podrido leve y ferroso. Y no era un sabor, era un olor. Pero sabía. Osh, ni siquiera puedo explicarlo, pero estaba de la chingada. Así que me asusté y fui con un dentista que dijo que mi mandíbula inferior no había crecido al ritmo del resto de mi cuerpo (¿por qué la mandíbula inferior y no, digamos, la cintura? ash). Que por eso mis dientes de abajo estaban apiñaditos. Que él proponía fracturar en dos zonas la mandíbula para hacerla cuadradita en vez de triangular, acomodar los dientes y cortar las encías que estaban sobrececidas. Que sería un año jodido, pero que luego estaría yo fantástica y feliz.

La verdad, me dio culito (una forma de miedo que no tiene que ver con los fantasmas). Así que le dije que yo lo llamaba luego y huí. Me dediqué a la negación mientras mi boca seguía su camino a la perdición. Un par de años después fui con otro dentista. Me dijo que si no me atendía YA, en cinco años empezaría a perder dientes. Su propuesta era separar la encía, raspar el hueso y volver a coser la encía. Por supuesto, me dio culito. Menos que la propuesta del quebrantahuesos, pero igual dije «ái luego le hablo». Y volví a mi negación.

Volvieron a pasar los años. En 2011, en plena fiebre del group-on (fiebre mía, no sé cómo funcione con el resto de la gente), un día que estaba buscando masajes o manicures con descuento, encontré un paquete dental con rebaja de 70% o 50% o algo %. Suficiente porciento como para animarme. Era limpieza y  diagnóstico, con radiografías incluídas. Me latió la idea y lo compré. Fui a consulta con la doctora Astorga, toda recelosa yo, y me encontré con la dentista más dulce y paciente a la que le haya confiado mi boca (y miren que no son pocos, de verdad). Me puso anestesia tópica sabor a fresa antes de ponerme la inyección de anestesia a la hora de limpiar los dientes. No me regañó. Me sacó las radiografías antes de hacer un diagnóstico. Me dijo que había que limpiar dientes y encías pero por etapas, conforme se fuera desinflamando la hinchazón iríamos bajando hacia la zona más jodida. Y dijo, claro, que había que poner fierritos. Sin fracturar, cortar encía o raspar hueso. Pero que sí había que enderezar los dientes, no por vanidá, sino para que me pudiera yo limpiar las zonas que entonces eran imposibles de alcanzar con el cepillado normal.

Le apliqué la del son de la negra: dije que sí, pero no dije cuando. La limpieza empezó de inmediato y, meses más tardes, volví a tener encías normales. Pero nada de fierritos.

Mientras siguió la vida: terminé una novela y luego otra y otra y otra; me titulé; etcétera. Un día me di cuenta de que ya no era yo la simpática posponedora que dejaba todo inconcluso. Ahora soy una persona que termina lo que empieza, me dije ante el espejo, y me sonreí. La sonrisa que me devolvió el espejo me hizo recordar el gran pendiente desde que tenía doce o trece años. Madres. Si de verdad soy alguien que termina lo que empieza, debo enfrentar al demonio de los fierritos, me dije.

Así que, desde julio, mi sonrisa tiene una buena cantidad de acero inoxidable o algo parecido. Hay días que duele mucho, pero en general ha sido mucho menos terrorífico de lo que imaginaba. Cuando estoy en la silla de la dentista para que me ajuste los cables siento un poquitito de miedo (seee, me da culititito) pero nada que ver con lo de antes. Y no he perdido un solo diente, ja.

Obvio, es pronto para cantar victoria: si todo sale como está planeado, será hasta 2017 que me quiten los fierritos y tenga la sonrisa que he aplazado desde 1990. Pero está bien: por una parte, no tengo prisa; por otra, estoy segura de que voy a llegar al final (del tratamiento o de la vida, pero de que acabo, acabo).

En fin. Ya ni siquiera sé por qué empecé a contar esto, si lo que quería hacer era una crónica de los hechos interesantes del último medio año. Y ni siquiera hay moraleja o final sorpresivo… Pero creo que quería compartir en este blog, que me acompaña desde 2002, el último gran pendiente de la época en que dejaba yo todo inconcluso. A lo mejor sería cotorro, como en plan irónico/metafórico, dejar esta entrada a medio

Reyes Magos

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Por supuesto, hoy toca recordar la víspera de Reyes de cuando era niña. Es curiosa la percepción del tiempo: si hacemos cuentas, lo más probable es que sólo haya sido realmente consciente de la emoción de la noche previa al seis de enero de un puñado de años (quizá de mis tres a mis once años) pero en mi recuerdo es una vida entera. Y sólo recuerdo el último regalo de Reyes: una barbie aeróbica, con su leotardo azul eléctrico, sus calentadores y sus zapatillas como de ballet (tonta barbie: seguro las rodillas se le hicieron pomada por no usar unos buenos tenis). Pero recuerdo vívidamente la mañana del seis de enero: recuerdo el momento de levantarme de la cama e ir, todavía a oscuras, al balcón, a ver qué había en mi zapato. Me gustaban más Los Reyes que Santaclós: como eran tres, podía pedirle una cosa distinta a cada uno. No es que me las trajeran, que conste, pero era bonito poder pedir por triplicado. Y lo que me gustaba más de ellos era que contestaban mis cartas. Oh, sí. Y no sólo las contestaban, sino que lo hacían con una tinta invisible que sólo daba a ver los trazos cuando calentábamos la hoja sobre el foco de la lámpara. Claro, eso no lo descubrí yo sola: fue mi papá quien tuvo la idea de ver sobre la lámpara esa hojita aparentemente en blanco… (No sé si pasó una sola vez o si ocurrió muchas: en mi memoria es como si cada día de Reyes hubiera habido cartita revelando una caligrafía clara y bonita sobre la hoja). Era magia, claro. No por nada eran Reyes Magos. Por eso podían visitar todas las casas en una noche, interceptar las cartas enviadas en globo y, sobre todo, evaluar si lo que uno necesitaba era realmente lo puesto en la carta o alguna otra cosa (la idea no era mía sino de mi mamá).

Creo que dejé de creer en ellos dos veces. La primera vez fue a los nueve años, creo. Alguien en la escuela me dijo que ni Santa ni los Reyes existían. Se lo dije a mi mamá esa noche y ella me dijo, palabras más, palabras menos: «Existen para quienes creen en ellos. Si dejas de creer, dejas de existir para ellos y dejan de traerte regalos y dejan de existir para ti». Habíamos leído recién «El Clan del Oso Cavernario» (la habían leído ella y mi papá y me la habían ido contando)  y la idea de que alguien pudiera dejar de existir para otros, por pura fuerza de voluntad o por creencias, estaba fresca en mi memoria. Evalué la situación y decidí que nos convenía más a todos que yo siguiera creyendo. También decidí que eso explicaba que en casa de mi compañerita chismosa no hubiera Santa ni Reyes: primero ella había dejado de creer, entonces habían dejado de llegar, y si sus papás habían sido descubiertos dejando juguetes junto al árbol era porque habían intentado evitarle la desilusión…. Pobre de ella. Mejor no decir nada que la hiciera sentir peor, pensé. Así que a partir de entonces jugué al doble agente: en la escuela no creía en Los Reyes, ni en Santa, ni en el Ratón de los Dientes, pero en casa sí, y con fervor.

La segunda vez que dejé de creer en Los Reyes tenía once años. Mi hermano se acababa de dormir y mi mamá me dijo que me vistiera, que íbamos a salir. Mientras caminábamos por la calle de Argentina, las dos solas, me dijo algo del tipo: «Tú ya sabes, yo sé que tú ya sabes, ayúdame a escoger tu regalo de Reyes». En cuanto acabó de decirlo me di cuenta de que, efectivamente, yo ya sabía y que no era una revelación traumática. Al contrario, estaba divertido. Emocionante. Estaba en la calle a una hora a la que nunca acostumbraba andar en la calle. Y cuando llegamos a la juguetería ARA (creo que era ARA) frente al Templo Mayor, ¡qué sorpresa! Había muchísima gente. Mucha mucha mucha. Y yo era la única menor de, no sé, veinte años. Me sentí madura e importante. Nos formamos y nos dieron una ficha. Mi mamá me dijo que pensara en qué quería yo y en qué podía querer mi hermano (¿será que ese año no hicimos carta?) y que, por si acaso, pensara en una segunda opción. Yo quería una barbie aeróbica. Había tenido una y la había odiado por tener los brazos extendidos, había cortado su leotardo para convertirlo en una especie de ombliguera y unos mallones. Pero luego me empezó a gustar su carita y decidí que era más bonita que las otras. Era tarde para mi primera Barbie Aeróbica, porque tenía un pie mordisqueado y el pelo enredado más allá de toda posibilidad de redención. Pero si podía tener una nueva seguro la iba a querer mucho y cuidar más. Para mi hermano creo que elegí un He-Man o algo por el estilo.

Cuando al fin nos tocó turno pedí la barbie y sí hubo. Fiu. Regresé a casa toda emocionada, había sido genial ver el Templo Mayor de noche, y a tanta gente formada para comprar juguetes. Me sentía parte de un secreto. Yo era uno de los Reyes Magos.

En la mañana desperté tempranito y muy emocionada. Vi la alegría en el rostro de mi hermano al explorar sus regalos y me descubrí yo también emocionada al encontrar la barbie aeróbica junto a mi zapato.

Los Reyes no me traen nada desde hace mucho. Pero igual me emociono cuando pienso en la ida a dormir con los nervios de estar esperando una maravilla, la emoción tempranera al ver que sí sucedió, la carta con tinta invisible, el hecho de que hubiera regalos en el balcón (más que los regalos en sí mismos). Es tan placentero que ¿por qué iba a dejar de creer en todo eso?

 

 

Pirañas del mundo ¡uníos!

 

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Estaba yo en la prepa cuando empecé a dibujar mi cómic «La saga de la piraña humaña». Estaba segura de que sería un exitazo, pero me topé con un obstáculo inesperado: no sé dibujar. No sabía entonces, sigo sin saber. Más o menos me salía mona la cara de la Piraña Humaña, pero hasta ahí. Así que la saga quedó inconclusa hasta que decidí intentar de nuevo, esta vez como cuento. La versión más temprana de esa historia debe andar por aquí, en este blog. Pero no me satisfacía del todo, así que la retrabajé mil ochomil veces y finalmente quedé satisfecha :)

Por otra parte, fue una sobredosis de pelis de zombis lo que me hizo escribir «Historia de amor», un cuento que, cuando apareció en mi cabeza la primera vez, fue una pesadilla tremebunda. También es ya un cuento con el que me siento más o menos segura (la verdad es que siempre que veo a alguien leyendo algo que yo escribí me entra la peor de las inseguridades, pero esa es otra historia).

Otra historia mía, «La saga de P. Espín», apareció primero en este blog una vez que estaba yo bien enferma. Se me hace que con fiebre. Pero luego hice lo que con las otras dos: me arremangué las mangas, me apoltroné las poltronas y me puse a trabajar hasta que quedó un cuento que me gustó.

Les cuento esto porque esas tres historias son ahora un libro de cuentos. Mi primer libro de cuentos. Es decir, ya hay cuentos míos en libros, pero nunca habían tenido un volumen para ellos solos. Como si tuvieran su primer depa sin roomies. No es un libro impreso, sino electrónico, lo que me hace la mar de feliz, porque yo soy tan fan de lo impreso como de lo electrónico (empecé a suspirar por los ebooks desde el siglo pasado, imagínense). Por si fuera poco, la idea de este libro no fue mía sino de Salvador Luis Raggio, quien es autor intelectual de la muy bonita colección Absurdia & Suburbia, que vendría a ser el residencial exclusivo donde mis cuentos consiguieron su depa sin roomies. O sea, hay varios motivos para sentirme emocionada y feliz.

Por supuesto, sería todavía mayor mi felicidad si ustedes, que me leen desde hace tanto tiempo (y ustedes, que cayeron por casualidad en este blog buscando otra cosa -capaz que fue el destino el que los trajo acá-), se animaran a descargar el libro. Yo misma acabo de hacerlo, así que les puedo hacer el tutorial paso a paso.

 

Tutorial paso a paso

 

1. Entran a esta liga de Book Marketplace. (La dirección a la que están dando click es http://books-marketplace.com/fiction/collections/coleccion-absurdia-and-suburbia-editada-por-salvador-luis/piranas-del-mundo-unios-en.html) y se van a encontrar con la opción «add to shopping cart». Le dan click. (Sí, primero pueden leer la sinopsis tan bonita que hizo Salvador Luis o la foto tan favorecedora que me hizo mi hermano. Pero luego de eso, anden, sin pena, denle click a «add to shopping cart»).

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2. (Este es el botón. Arriba pueden ver que son sólo 3.99 dólares, o sea, como 60 pesos al tipo de cambio actual -y esperemos que pare ya el desliz del peso, sniff).

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3. Les va a aparecer un pop-up con dos opciones: seguir comprando («keep shopping») y hacer el check out («check out»). Si quieren comprar más libros de Absurdia &  Suburbia, padrísimo, de verdad. También pueden buscar ahí la novela de Erika Mergruen «La casa que está en todas partes»: no se van a arrepentir, de verdad. Es más, les dejo la liga acá. Pero si por esta vez no quieren comprar nada más, hagan click en «check out».

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4. Si ya han comprado antes en The Book Marketplace no ncesitan el resto de este instructivo. Pero si no, hagan click en «register» para registrarse como cliente nuevo.

 

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5. Van a tener que llenar un formatito pero de verdad que es sencillo y rápido. Yo tardé menos de dos minutos, y eso que al mismo tiempo estaba tomando estas fotos y jugando candy crush :P

 

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6. Como es libro electrónico, verán que no hay gastos de envío, sin importar en qué lugar del mundo estén (¡yei! ¡ventajas del ebook!)

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7. Ahora viene la parte que suele ser más dolorosa: el pago. Pero como son sólo 3.99 dólares, y como los cuentos son relindos, y como ustedes me quieren mucho (¿verdad? ¿verdaaaaad?), no lo va a ser tanto. Además: se paga con paypal, que es facilísimo y segurísimo (yo pago con paypal montones de cosas desde hace años y años y nunca he tenido un solo problema, se los jurito). Si no tienen cuenta de paypal, no hay problema: de todos modos pueden pagar usando este servicio gratis y seguro (eso sí: van a necesitar tarjeta de crédito). [Nota: La flecha roja señala la opción de pago con paypal. La verde señala la instrucción en caso de que no se tenga paypal, pero en cualquier caso se da click abajo, en donde dice «submit my order» -es el botón rojo que olvidé poner en un círculo, pero no hay pierde]

 

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8. No voy a poner fotos de la transacción en paypal pero les juro que es fácil, rápida y en español. Cuando la terminan, les aparece el recibo, que pueden imprimir si quieren.

 

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9. Entonces les va a llegar un mail de The Book Marketplace (bueno, les van a llegar tres: el que dice que bienvenidos como nuevos usuarios, el que  dice que su orden ha sido procesada y el que nos ocupa, que dice el número de su orden y que el acceso electrónico está habilitado («access to electronically distributed product is granted»). Lo abrimos…

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10. …y ahí estará la liga de descarga, en epub y en mobi, que son los dos tipos de archivo de ebook más utilizados (ya de ahí lo pueden pasar a su kindle o leer directo en su pc usando un software especial para ello, como el que pueden bajar acá.

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OJO: También lo pueden bajar directo desde la página de Books marketplace después de haber hecho el pago en paypal. Para ello, la cosa es así:

 

9 del mundo paralelo: Paypal los redireccionará a Book Marketplace (y les dará una liga que dice «si no te redirigimos en automático en diez segundos, da click acá). Cuando regresan, llegan al resumen de la compra. Ahí dan click en «My order details».

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10 del mundo paralelo: Llegarán a otra página donde está la liga «Download page». Click ahí.

 

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11 del mundo paralelo: Les aparece la liga para bajar el libro en epub y en mobi.

 

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En serio que es fácil y bien rápido. Y en serio que me encantará que lo lean y que me cuenten qué les pareció :)

 

 

Los amigos Begbie

Uno de los personajes que más terror me han dado en la vida es Francis Begbie, amigo de Mark «Papacito» Renton en la peli Trainspotting. Y me parece terrorífico porque creo que, en un momento u otro de la vida, todos llegamos a tener un amigo así: irascible, incontenible, inestable y antisocial. Tanto, que el resto de nuestras amistades nos preguntan por qué seguimos aguantando a ese (o esa, que también hay mujeres así) amigo (o amiga, pues). Y nos encogemos de hombros y decimos Bueno, es que ya que lo tratas no es tan malo, aunque en el fondo sabemos que es una gran mentira. Que nos ha metido en sinfín de broncas y que todavía vendrán más.

Claro, hay versiones de Begbies más discretas, donde la agresión es pasiva y no se termina nunca en una campal con heridos o detenidos por la policía, pero que igual está presente, en forma de traiciones o chantajes o chismes varios, y de todos modos la gente nos pregunta por qué seguimos aguantando a esa persona (e invitándola a las reuniones que, horror, se disuelven en cuanto llega nuestro Begbie). Y nuevamente mentimos con todos los dientes. Decimos que en sus ratos buenos es generoso, simpática, divertido o astuta, aunque lo cierto es que también nosotros nos preguntamos qué demonios tenemos en la cabeza o en el corazón, porque muchas veces el aprecio por nuestro Begbie es real.

Hay Begbies que llegan casualmente a nuestras vidas (se sientan a nuestro lado el primer día de clases y se quedan por una eternidad a nuestro lado), Begbies mutantes (que no se portaban así al principio pero que de repente se llenan de odio o amargura, o que poco a poco van dejando escapar a sus demonios, pero que cuando nos damos cuenta ya nadie los aguanta más que nosotros) y Begbies heredados (que eran amigos de alguien más y uno los detestaba, pero el Begbie en cuestión nos adopta y no hay modo de darle el esquinazo).

La parte más macabra de todo el asunto es que, fuera de su característica antisocial, el Begbie es una persona más o menos común (o sea, no está para el manicure), por lo que siempre puede atacarnos la desazón de pensar: ¿y si yo soy el Begbie de alguien más?

Yo he tenido varios a lo largo de la vida. La primerita fue una niña que se llamaba Gloria, era mi compañera en tercero de kinder y le gustaba meterse bajo el escritorio a morderle las piernas a la maestra. Era odiosa y me daba miedo. La regañaban todo el tiempo, me jalaba el cabello, me robaba las cosas bonitas que me daban mis papás para llevar a la escuela (un lápiz de hello kitty, unos kleenex decorados, cualquier cosa que me llamara la atención). Y lo peor era cuando los otros niños me decían ¿pero por qué la invitas a jugar? Yo no la invitaba, pero se me hacía horrible darle el cortón. Me quedaba claro que yo era la única persona que ella tenía. Y, peor, su mamá le había dicho a mi mamá, un día que nos esperaban a la salida de la escuela, que Gloria hablaba de mí todo el tiempo y que ella, la mamá, se sentía muy feliz de que su hijita al fin tuviera una amiga. Cuando pasamos a primero de primaria nos tocó en salones distintos y supongo que Gloria adoptó a alguien más. Pero con los años tuve ocasión de experimentar la amistad Begbie varias veces, en carne propia o por interpósita amistad.

Hubo uno en especial que yo a l u c i n a b a gachísimo porque era soberbio, malmodiento, malacopa, feo y acosón. Para colmo, a ratos era novio de mi mejor amiga y era el Begbie del fulano que me gustaba, así que me lo topaba todo el tiempo sí o sí. En las fiestas largas, cuando su novia y su amigo se dormían, y sólo quedábamos más o menos sobrios él y yo (él, gracias a la coca; yo, porque en esos entonces tenía un aguante portentoso, y no es presunción, ¿eh?) me empezaba a tirar la onda o a querer demostrar su sapiencia o a hablar mal de los dormidos. Otras veces se peleaba a golpes con alguien o se hería solo o se deprimía y se sentaba en un rincón a llorar. En serio, nunca lo quise ni me sentí cómoda cerca de él, pero cuando me dí cuenta ya lo contaba entre mis amigos, como cuando cuenta uno entre sus rasgos personales las enfermedades crónicas: están ahí, nos gusten o no, y no se van a ir. Al menos no pronto.

En años recientes me han tocado otros tipos de Begbies: más civilizados, menos intensos, pero no por eso menos tóxicos. Y entonces me regresa el terror que me daba cuando Gloria me abrazaba del cuello (lastimándome un poco, sí) y decía: Raquelito y Gloria son amiguitas y no se van a separar nuncamente (y yo odiaba que me dijera Raquelito).

Y entonces me pregunto cosas: ¿Sabe un Begbie que lo es? ¿Se da cuenta de que los demás apenas y lo toleran por deferencia a la persona que ha tomado como amigo-rehén? ¿Habrá posibilidades de que un Begbie se reforme? ¿Será que una persona puede ser Begbie con alguien pero normal con otros, es decir, que no es una condición del individuo, sino de la relación que establece con alguien? ¿Sufrirá el Begbie cuando llega a su casa? ¿Tendrá miedo de perder a su Renton?

Ooooooh, Begbies, cuántos misterios esconden, y cuánto terror me inspiran…

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Banff de mis amores

Prefacio: Pues todo parece indicar que me iré a una residencia artística en Banff, Alberta (Canadá) durante siete semanas en algún momento de este año. ¿O será del siguiente? En todo caso, no es como que me vaya a mudar, ¿verdad? Pero eso sí: es, al menos para mí, una cosa super wow. Les cuento por qué:

Con Alberto y Fa en Banff
Con Alberto y Fa en Banff

1. Pasado remoto
Cuando empecé a andar de novia con Alberto me advirtió que acababan de otorgarle una beca para pasar siete semanas en Canadá, escribiendo. Serían siete semanas que no nos veríamos y, si bien faltaba mucho tiempo, pues había que tomarlo en cuenta. Cuando al fin se llegó la hora y se fue al Banff Center le gustó tanto que hicimos mil malabares y al final pude ir a acompañarlo un fin de semana, justo cuando estaba el Word Fest (un festival literario bien chidito).
De las historias de ese fin de semana, incluyendo el ataque del oso invisible, la odisea de las auténticas enfrijoladas, el episodio de los borreguitos asesinos y el intento frustrado de hacer agua de limón, he platicado ya muchas veces (y platicaré tantas como me pregunten, jo). La verdad es que me la pasé increíble aunque fueron poquititos días. Y pensé: Un día regresaré. A hueivo, un día regresaré.

2. Pasado menos remoto
Hace unos años invitaron a Alberto a participar en el Word Fest. Fue muy emocionante, creo que fue de las primeras invitaciones internacionales que recibió. Las cosas se acomodaron de tal forma que fuimos a aplaudirle mi papá, su esposa, mi hermano y yo. El show incluyó varios días en Calgary y, oh felicidad, varios en Banff. Así que se me concedió volver, ir a Lake Louise, observar una manada de antes, tomar el té en un hotel de harto postín y, claro, ver a Alberto en una lectura cuyo boletaje se vendió en ticketmaster. Neto. Y, aferrada que es una (sobre todo si es una con tantito TOC) pensé: Si ya vine una vez y ya vine otra, pues tengo que volver.

3. Pasado cercano
Este mes se cumple un año de que renuncié a un trabajo que sí, era demandante y a ratos estresante pero que me gustaba mucho. Una de las principales razones que tuve para dejarlo es que no se puede ser juez y parte y, precisamente por trabajar en el INBA, era imposible participar en sus Premios e incluso en las convocatorias de becas del CONACULTA. Y yo, luego de mis dos viajes como polizón a Banff, quería ya el mío propio. Yo sabía que los premios y las becas dependen de muchos factores, pero como con la lotería, lo primero es comprar el boleto. Así que fue la lejana pero atractiva posibilidad de conseguir la residencia de siete semanas en Banff lo que me animó a dar el brinco y dejar atrás la quincena estable: fue mi manera de comprar el boleto de esa lotería. Por supuesto, cuando salió la convocatoria de las residencias artísticas armé mi proyecto y lo mandé con mi bendición: sabía que había probabilidades de que me la dieran y que también había probabilidades de que no me la dieran; pero si no me la dan, pensaba yo, la vuelvo a pedir el siguiente año. Jum!

4. Presente
Hoy me entero que sí me seleccionaron para la residencia de siete semanas en Banff, como se puede ver acá. Yo sé que aún pueden pasar mil cosas (que se acabe el mundo, que me acabe yo, que se acabe Banff) que podrían impedir mi tercera visita (¡la primera por mis propios méritos!), así que aún no canto victoria. Pero me siento satisfecha, la verdad. Estoy muy, muy contenta. Y espero que todo salga bien, vaya a Banff y regrese con un libro nuevo y con más historias de la chilanga que se enfrenta a la vida salvaje (aunque ya aprendí que los borreguitos en realidad se llaman «antes», «alces» y «venados»: como los sobrinos del Pato Donald, que son Hugo, Paco y Luis, ¿no?)

El gatito Beakman

Beakman

Nació en la cama de mi hermano porque su mamá decidió que era el lugar más seguro y agradable. Fue uno de cuatro, en una camada accidentada: su mamá desapareció cuando todavía eran unos cachorritos y los cuidó su hermana, la Cuca, de quien mucho he hablado pro acá (desde que era una joven y eficiente cazadora de ratones hasta que se cansó de este mundo y se fue al cielo de los gatos); luego, uno de sus hermanitos murió siendo un chiquitín por esconderse debajo de un coche que se movió. Los otros dos fueron adoptados por buenas familias, creo: la verdad ya no recuerdo quién se los quedó. Pero es que estoy hablando del siglo pasado: Beakman y sus hermanos nacieron en la cama de mi hermano a finales de 1999.  

De bebé, Beakman era una cosa hermosísima: peludo a morir, con unos ojos gigantes y de un platicón desesperante. le gustaba treparse a las cortinas y quedarse así, cabeza abajo, mirando el mundo. Lo siguió haciendo incluso cuando ya era un gatón de cuatro kilos y sólo se detuvo cuando las cortinas no lo pudieron aguantar más.
Le gustaba el queso, sobre todo el manchego, y era fan de morder dedos. Cuando era un señor de mediana edad tuvo insuficiencia renal, estaba echado en mi cama y no quería moverse, hubo que llevarlo al vet (se encargó mi hermano) y salió de esa para reponerse y ponerse más guapo que antes.

Pero los años no pasan en balde. Su encanto peludo se convirtió en un encanto rastudo cuando ya no le fue posible acicalarse con la neurosis de su juventud y hubo que cortarle el pelo para que empezara desde cero. Parecía un león, el pobre, todo cabeza peluda y cuerpito lampiño. Con todo, se repuso y el pelo volvió a crecer. Beakman volvió a ponerse guapo, con todo y su colmillo roto (a saber en qué accidente).

Hoy me avisa mi papá que Beakman está con la veterinaria: hace días que empezó a andar tristón, luego a no querer comer. Mi papá lo mandó de inmediato con su vet (Beakman y la Cuca se quedaron en casa de mi papá) y me acaba de llamar para decirme que la doctora propone que lo dejemos dormir ya: tiene muchas cosas y, aunque se le diera tratamiento, por su edad ya no aguantaría.
Llamé a mi hermano para contarle. Odio ser quien le dé las malas noticias pero odiaría más que se les diera otra persona o que se enterara cuando ya no hay nada que hacer. Ya sé, acá no hay mucho que hacer, pero al menos se puede tomar una decisión consensuada. Sobre todo porque mi hermano viene a México el viernes, ¿dormir ya a Beakman o esperar a que él venga?
Decidimos, claro, ser agradecidos con Beakman y darle, a cambio de tantos ronroneos y maullidos y travesuras, una despedida digna y sin dolor, aunque eso implique que cuando Fa llegue ya no haya gatito despeinado y respondón.

Ay, Beakman, te vamos a extrañar u n c h i n g o.

Elegía

Cuando murió mi mamá -rara que es el alma en la busca de su consuelo- me dio por aprenderme de memoria «Elegía», de Miguel Hernández, un poco porque mi ejemplar del libro era el ejemplar de mi mamá, con su nombre manuscrito en la primera página y en varias del interior; y un poco porque el poema le daba palabras a algo que yo no sabía muy bien cómo articular.
Me ponía, en cassette, la versión de Serrat (que me conmueve un montón, supongo que por las mismas razones) para que me ayudara a dejarlo bien grabado en mi memoria. Y me lo aprendí, comos e aprende uno el himno nacional o el voto y lema de alguna organización a la que se perteneció en la juventud.
Hoy que desperté con la noticia de la muerte de Sergio Loo (poeta, narrador, amigo, ejemplo de humor y valor ante las situaciones difíciles) el poema empezó a sonar en mi cabeza. Se lo dejo a él y todos los que cruelmente se nos van antes de tiempo (y aunque los cínicos digan otra cosa, con que una persona te haya querido, te quiera, te recuerde, te extrañe, te necesite, tu partida es antes de tiempo, así hayas tenido cien años a la hora del adiós).

Al fondo, sonriente, Sergio
Al fondo, sonriente, Sergio

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Y se los dejo en canción, por si les hace falta como a mí:

Hotel sin salida

En nuestra gustada sección Arqueología de mi disco duro, un artículo que escribí hace un montón de tiempo para Cinemanía o para 24xsegundo. En aquellos momentos todo parecía indicar que me iba a dedicar a la buena vida de los junketts cinematográficos, pero se me atravesó el trabajo en Bellas Artes…  Lo mejor de ver Hotel sin salida (Vacancy) fue la entrevista con Luke Wilson, muy amable él (su RP nos dijo antes de empezar: «¡Pero nada de preguntarle sobre Owen!») y, por supuesto, el gusto de andar en L.A.  Ah, y pues obvio, ver la peli en una sala cómoda y con palomitas gratis.

En fin, va como lo encontré:

Hotel sin salida

Balazo: ¿Otra película de horror? Sí. Pero el secreto está en los detalles…

 

Cabeza: Las habitaciones del pánico

por RAQUEL CASTRO

 

Intro: Hotel sin salida (Vacancy) de Nimród Antal es una nueva fusión de dos géneros cinematográficos: la película de asesinos en serie y el drama psicológico. ¿Pero cómo se logra que los espectadores sientan simpatía por personajes que existen para ser muertos con lujo de violencia?

 

La escena es típica: un hombre maneja por una carretera solitaria. Es de noche. La radio no capta ninguna estación. El hombre no va solo, pero como si fuera: en el asiento del copiloto duerme una mujer, presumiblemente su esposa.

La mujer despierta y le reprocha que estén perdidos: efectivamente, es su esposa. Para mayor complicación, mientras pelean el automóvil se descompone y sólo quedan dos opciones: esperar en el automóvil a que alguien pase (y ese alguien podría ser un asaltante; o sencillamente, pasar mil años después) o caminar algunos kilómetros hasta el hotel desvencijado que dejaron atrás cuando el auto aún funcionaba…

Aunque el comienzo de la historia es rutinario y podemos predecir lo que ocurrirá (por ejemplo, que no es buena idea ir a ese hotel sospechosamente parecido al negocio de Norman Bates en Psicosis, de Alfred Hitchcock), Hotel sin salida es una película efectiva: consigue que el espectador se interese en la pareja mal avenida conformada por Luke Wilson y Kate Beckinsale y que, literalmente, se quede con ellos los 80 minutos que dura la historia. Además, lo consigue de una manera poco habitual en estos días: en vez de recurrir al abuso en los efectos especiales, al dispendio de litros y litros de sangre, o a las escenas de carnicería explícita, el filme de Nimród Antal recurre a la tensión dramática, al suspenso. No es casualidad que los primeros veinte minutos se dediquen a profundizar en la relación entre Amy (Beckinsale) y David Fox (Wilson): el joven director californiano apela a tender un puente afectivo entre sus personajes y el espectador, lo que consigue al mostrarnos sus miedos, deseos y problemas.

Sin embargo, no estamos ante un melodrama con un poco de susto: una vez establecida la empatía entre el público y los personajes, la historia se oscurece y retuerce, sin darnos tregua; y es que, lo que sucede en el Hotel sin salida es que alguien lo ha convertido en estudio de películas snuff… y que Amy y David han sido elegidos como los siguientes protagonistas de la serie. Por supuesto, al final no habrá un Óscar, sino un entierro clandestino. Al descubrirlo, la pareja tiene que salvar sus diferencias y trabajar en equipo: en caso contrario, como todos sabemos, “no vivirán para contarlo”.

 

Pregunta y respuesta

Una pregunta típica de los espectadores de una película de horror (sobre todo si es aburrida) es “¿por qué no los matan de una vez a todos?” Es natural: si la historia no ofrece nada más, bien puede ser que pasar demasiado tiempo mirando las muecas de malos actores y actrices, tan desechables como los papeles que interpretan, nos haga empezar a simpatizar con los asesinos.

Para evitar este cambio tan cínico de opinión, en Hotel sin salida el guionista Mark L. Smith encontró dos maneras de justificar el aplazamiento de la muerte y la calma que precede a cada violencia: por un lado, sus asesinos están rodando su propia película, por lo que mientras más consigan asustar a sus víctimas antes de matarlas, mejor quedará su producto; y por el otro, las víctimas no son personajes de cartón, y llegan a la pantalla para mucho más que ser sacrificados: más que la historia de una curiosa empresa fílmica, la película se centra en cómo la pareja busca reencontrarse antes de que sea demasiado tarde, en medio de amenazas constantes y aterradoras.

“Es una de las películas más agotadoras en las que he trabajado”, afirma Luke Wilson, “porque se trataba de estar cuarenta, cuarenta y cinco días de rodaje en la máxima tensión posible: los personajes están en peligro todo el tiempo y mantener la emoción fue muy difícil”. Kate Beckinsale, la actriz que se volvió famosa como estrella de acción gracias a la serie Inframundo (2003-2006), ha declarado lo mismo, y el hecho de que hasta ella haya tenido problemas para mantener la tensión en todas sus escenas sin agotarse puede decir algo acerca del ritmo, implacable, de la película. Sobre todo, ese ritmo es el que llevó al proyecto al director Antal, quien se volvió famoso como cineasta independiente por su primera película, Kontroll (2003), que obtuvo el Premio de la Juventud en el Festival de Cannes y fue rodada en condiciones muy semejantes a Hotel sin salida, que se filmó entera en el mismo estudio donde se filmó El mago de Oz. Al contrario de los blockbusters de ahora, hechos siempre para mostrar el lujo de sus efectos digitales en tomas enormes, esta película se concentra en espacios cerrados y en lo que sucede a los personajes que se encuentran en ellos. ¿Tendremos que verlo como una novedad en Hollywood?

De qué trata

Una pareja a punto de separarse descubre que una banda de asesinos planea usarlos como “actores” en una película snuff.

 

El ojo del eterno crítico

Considerando la calidad (la falta de ella) a la que nos tienen acostumbrados las películas “de susto” de ahora, Hotel sin salida es una obra sobresaliente. No cambiará la vida de nadie, pero habrá quien grite durante la proyección o se la pase mordiéndose las uñas.

Jesús fue más gótico que tú (de esas cosas muy viejitas)

Hace mucho, mucho tiempo, cuando jugaba a hacer páginas web, traduje una página gótica divertidísima: Jesus was gother than thou.

Me encuentro con que mi versión aún anda en el ciberespacio (el sitio original en inglés parece haber caído) aunque desconfigurada (los acentos y las eñes no jalan). También detecto varios errores por traducir a las carreras, pero supongo que eso se perdona si se considera que toda la programación web la hice a manopla, como se hacía en esos entonces (nada de wysiwyg ni de plantillas ni de blogs precargadoch, hijitoch).

Quizá sería buena idea rehabilitarla (en otro sitio, porque de plano no me acuerdo de mi contraseña en darksites). Mientras, acá está, con todo y sus errores, su desconfiguración y mi trabajo manual de programación web ;)

http://www.darksites.com/souls/ardiegirl/

 

Y acá está, gracias a la magia del Internet Archive, una versión (unos cinco años más modernita de la que yo espejié) del original en inglés:

https://web.archive.org/web/20031202222538/http://www.shanmonster.com/jesus/index.html

 

Jesús fue más gótico que tú