Sitio personal de Raquel Castro, escritora mexicana
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Señoras que…

1. Desde hace algunos años existe la moda en las redes sociales. Se trata de ridiculizar o denunciar alguna actitud que cae gorda. Pero el modo de hacerlo es comenzar diciendo “señoras que hacen tal” o “señores que hacen cual”. “Señora” o “señor” ahí no es respeto, es insulto.

2. Aparecen de tanto en tanto fotos de “antes” y “después” de actrices, cantantas y hasta políticas. Que si eran bellísimas y ahora son monstruosas por las operaciones y el botox. “Se arruinaron la jeta”, dice alguien en un comentario bajo una de las fotos. “¿Por qué no pueden envejecer con dignidad?”.

3. Pero también vemos de tanto en tanto fotos de actrices, cantantas y hasta políticas que se dejan las arrugas en su sitio. O las canas. O las arrugas y las canas. Y no falta el que dice “tan guapa que era antes, ¿qué le pasó?”.

3.1 ¿Qué le pasó? Que envejeció. Como todos. Que hasta el que se lava la cara con evian y duerme en un refri, tarde que temprano pierde la batalla contra la entropía y, sorry, envejece.

3.1.1 O quizá no debería decir “el que se lava”: un hombre con arrugas está bien, un hombre con canas es sexy, un hombre “mayorcito” puede seguir siendo galán. Una mujer de la misma edad, no. Por ejemplo, las telenovelas: la que primero era pareja del galán, luego es la mamá y luego la nana. En menos de veinte años. Y en ese mismo tiempo, él tiene chance de seguir siendo “el galán”.

3.1.2 Aunque tarde o temprano también ellos sucumben. Dejan de ser galanes para ser señores que.

2.1 ¿Por qué no pueden envejecer con dignidad? A lo mejor porque necesitan trabajo. O porque durante toda la vida las bombardearon con que la única fuente de valor que tenían era su apariencia física. O porque sin la piel lisita y las curvas pronunciadas no saben quiénes son. Quizá enfrentan tanta presión que ni siquiera creen tener otra opción. A lo mejor les prometieron otra cosa y, ya hecho el daño, ni modo de dejar el botox y el silicón en casa. O no salir.

2.1.1 Hay quienes preferirían que no salieran. Que la gente mayor se tarda en cruzar las calles, maneja despacio, “afea el paisaje”. “Vi a unos viejitos besándose, guácala”, escuché decir a una mujer de unos treinta. ¿Neto no se da cuenta de que está más cerca de los 60 que de volver a los veinte? Ojalá entonces siga amando y besando.

1.1 “Señoras que se quejan porque no entienden. Equis, somos chavos”, dice una mujer de más de veinticinco. Ya no es chava, lo siento. Ya no es una morra. Es una mujer y, nada más por cómo funciona nuestro universo, está más cerca de los 60, 70, 80, que de volver a los 20, insisto. Porque el tiempo no va en la otra dirección.

1.1.1 O pensarán que cuando les toque encontrarse la primera cana o la primera arruga, la ciencia ya habrá avanzado lo suficiente como para revertir esas señales del envejecimiento “con buen gusto y dignidad”. “Y a un precio accesible para todos”, pienso.

3.2 ¿Por qué decimos “perder la batalla” o “sucumbir” cuando hablamos de envejecer? ¿Por qué decimos “dio el viejazo”? ¿Por qué le tenemos tanto miedo al tiempo, que tratamos de ser adolescentes hasta los cuarenta, hasta los cincuenta, hasta los mil?

3.2.1 Claro que me da miedo a veces. Veo mis fotos de hace veinte años y sé que no estoy como entonces. Y sé, nomás por ver las fotos de mis tías y mi abuela, que me arrugaré, la piel se me llenará de manchas, que tendré que poner atención para no engordar mórbidamente o para que no se me disuelvan los huesos de las piernas cuando llegue la osteoporosis. Que si no me cuido los dientes, se irán como las flores de verano; que el cabello se irá haciendo ralo y que no falta tanto para que necesite los anteojos de tiempo completo.

3.2.2 Pienso que uso tinte en el cabello porque me gusta el cabello de colores, y que uso botas altas porque me gustan las botas altas. Pienso que no tendría que renunciar a eso cuando “dé el viejazo”, pero no sé.

1.1.2 Me pregunto si me metería botox o me restiraría la piel si, cuando me sienta arrugada y cansada, el precio es accesible.

2.1.2 Me gustaría pensar que llegaré a los sesenta, setenta, ochenta, con suficiente calcio en los huesos como para caminar por la calle, aunque sea despacio, y besar al hombre que amo, aunque las treintañeras piensen que guácala.

2.1.3 Sin que mi identidad dependa del hombre que amo.

4 Sobre todo, me gustaría pensar que la educación está cambiando y que seremos las últimas generaciones en sufrir estos miedos y estas presiones.

4.1 No porque el botox y el silicón sean accesibles para cualquier presupuesto, sino porque educaremos a las nuevas generaciones a pensar que la vejez es un premio para quien vivió bien.

4.2 Que, como sociedad, pensaremos que “vivir bien” no tiene que ver con la apariencia física.

1.2 Quizá lo primero que tendríamos que hacer es asumir la edad que tenemos. No como una condena, sino como una realidad.

1.2.1 Y que evitemos usar las palabras relacionadas con la edad como insultos.

5 Señoras cuarentonas que se pintan el pelo y usan botas altas y quieren seguir besando al hombre que aman hasta los noventa aunque a las adolescentes de treinta les dé asco.

5.1 Señoras que piensan que debe ser posible estar a gusto con su autoimagen sin ser esclavas de su autoimagen.

5.2 Señoras que quieren ser como las vuvalini cuando sean (más) grandes.

vuvalini

2 comentarios
  1. ¡Raquel! Me encanta leerte, no dejes de subir cosas acá. Me gustaría mucho saber un poco mas de tu época “darki”, desde que leí “Ojos llenos de sombra” no puedo dejar de pensar en eso. Muchos saludos y ¡POR CIERTO! Te vi el Jueves pasado saliendo de la FIL, eres genian jaja. Karina

  2. Envejecer es ser arrastrado; que el tiempo cierre la garra y te aplaste. Es ser arena, sal, agua, cal. Que la boca te sepa a cera. Crecer es tener miel en la boca, pararte dentro de la garra del tiempo y con una sonrisa, ser arena, sal agua y cal. Y dejarnos nuestras botas puestas si queremos, ¡qué chingá!

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