País de maravillas

El martes 13 de agosto fue mi cumpleaños. Y una de las cosas más emocionantes que ocurrieron ese día es que apareció un texto mío en La Jornada Aguascalientes. No sólo eso: este texto es la primera entrega de una columna semanal que tendré en la sección de cultura de ese diario. Ya me siento como Tongolele: ¡cada martes!  Si están en Aguascalientes, pueden comprarlo en papel; pero si no son de comprar periódicos o no están allá, pueden descargarlo o leerlo en línea (por ejemplo, acá). O bien, pueden esperar al siguiente lunes y leerlo en Imaginemos, imaginemos. Dicho de otro modo: cada lunes subiré a este blogcito el texto salido el martes anterior en la Jornada Aguascalientes, para compartir con quienes aún se asoman a este ciberfósil :D (que, como en peli de terror, es un fósil… ¡vivo! MUAJAJAJA).

Ejem… perdón.

Volviendo al tema, dejo aquí, con ustedes, la primera entrega de País de Maravillas, columna dedicada a la literatura infantil y juvenil. Espero que les guste :)

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

La historia de por qué el conejito NUNCA aprendió a lavarse los dientes

Raquel Castro

 

Soy una entusiasta absoluta de la literatura infantil y juvenil. Por supuesto, cuando digo “literatura” hablo de “buenos libros” y cuando digo “infantil y juvenil” me refiero a que son libros “que pueden ser disfrutados por niños y jóvenes, sin importar si fueron escritos específicamente para estos públicos o no”. Es importante decirlo porque, por desgracia, existen muchas publicaciones que tienen la etiqueta de “literatura infantil” o “literatura juvenil” pero que no cumplen con estas características.

Ejemplos terroríficos hay muchos, pero mi favorito es El conejito que aprendió a lavarse los dientes. Se lo habían regalado a Anameli, mi sobrina de seis años, y sus papás no entendían por qué no le había gustado, si era un libro grande, de pasta dura y con dibujos vistosos y coloridos. Como la niña no le hacía el menor caso, su mamá le dijo: “Si no pasas media hora diaria con tu libro del conejito se lo voy a regalar a tu tía Raquel”. A Anameli no le hizo la menor mella la amenaza y así, la siguiente vez que los vi, mamá y papá me dieron el libro, enfrente de ella, haciendo grandes aspavientos, supongo que con la esperanza de que la niña reflexionara o se le activara el egoísmo, o algo así. Mi sobrina se me acercó y me dijo al oído: “Pobre de ti, tía. Está aburridísimo y es muy ñoño”. Y se fue a jugar con un vecinito.

Ya a solas con sus papás, me puse a hojear el libro. Trataba de un conejito que no quería lavarse los dientes. Entonces se le empiezan a podrir, se le afloja uno y, justo cuando se le va a caer, la Abuela Coneja le dice “eso te pasa por no lavarte los dientes”. El conejito, profundamente impactado, corre al baño, se lava sus dientotes y le quedan firmes y brillantes (sabemos que están firmes porque al final lo vemos mordiendo una zanahoria). En la última página, el conejito dice: “¡Qué insensato fui! ¡Cuánta razón tenía Abuela Coneja! Lo bueno es que aprendí la lección y nunca volveré a ser desaseado”. Tantán.

Tengo que insistir: las ilustraciones eran muy atractivas, llenas de colores brillantes y detalles conejiles muy simpáticos. Pero eso no fue suficiente para Anameli, obviamente. Así que salí al patio a platicar con ella y su amigo Pablo. Les pregunté por qué no les había gustado la historia del conejito y ella me respondió: “Es que no hay historia, tía, es un regaño disfrazado de cuento”. Me contó que a ella le da mucha flojera lavarse los dientes y que por eso le dieron el libro: “Mira lo que pasa cuando uno no se lava los dientes”, le dijeron al regalárselo. Y, por lo visto, la estrategia no funcionó.

No es una sorpresa: imaginemos, lectores adultos que somos, que nos dan un libro que se supone que es una novela de, pongamos por caso, agentes secretos a la James Bond. Y que al abrirla nos topamos con un espía al que le da mucha tos por fumar, por lo que su jefe le dice que debe dejar el cigarro. El espía lo deja, se le corta la tos y… se acaba la historia. Sin una persecución, un secreto de importancia internacional, un romance con una agente rusa.

O bien, supongamos que nos regalan un libro de poesía donde hay un soneto sobre la obesidad y la hipertensión, un nocturno dedicado a la prevención de infecciones de transmisión sexual, una décima acerca del pago oportuno de impuestos… y todo con rimas forzadas o flojas, sin ritmo ni métrica. ¿No nos enojaríamos, o al menos nos sentiríamos decepcionados?

Si como adultos esperamos que nuestras lecturas sean de calidad y que nos permitan divertirnos, ¿qué nos hace pensar que los niños y las niñas son distintos? ¿Por qué asumimos que ellos deben leer cosas “constructivas” y con moraleja? Más todavía: ¿por qué pensamos que algo que los divierta no puede ser constructivo, o que no pueden sacar ellos sus propias moralejas?

Esa tarde, cuando me despedí de Anameli, me dijo: “¿Sabes qué decidí, tía? Que no me voy a lavar nunca los dientes, para ver si es cierto que se ponen verdes. ¡Estaría padrísimo tener los dientes verdes!”. Su amigo Pablo le dijo: “No sería tan padrísimo, porque te olería la boca a toda la comida revuelta y ya pasada y vieja y guácala. Yo no me iba a sentar contigo, ¿eh?”

Anameli se quedó callada en ese momento y yo me fui. Pero su mamá me llamó esa noche para contarme que la niña se había lavado los dientes por decisión propia. “No sé qué le dijiste, pero muchas gracias”, me dijo. “No me lo agradezcas”, respondí (y en verdad no era a mí a quien tenía que agradecer, sino a Pablo, aunque eso no se lo dije). “Pero mañana temprano ve y cómprale un libro divertido. Y sin moralejas, por favor”.

 

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com

 

Aparecida originalmente en La Jornada Aguascalientes el 13 de agosto de 2013

 

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12 de julio

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Hoy mi mamá cumpliría 68 años. Como cada 12 de julio (y ¡ay! cada 26 de noviembre) la recuerdo públicamente, si bien no hay día que no me acuerde de ella en lo privadito. Como cada año, lidio con emociones contradictorias: enojo, tristeza, gratitud, cariño. Me enoja que la gente me diga «fue mi maestra y también la extraño» porque ¿cómo van a comparar cómo se extraña a una maestra de cómo se extraña a una madre? Y luego me siento mal de haberme enojado: me da gusto saber que ella tocó tantas vidas y que todavía ahora, veintidós años después, la recuerdan. Luego me pongo triste al tratar de imaginar cómo sería ahora si viviera: qué otros logros, qué aventuras, qué experiencias habríamos compartido. Y entonces me vuelvo a enojar: ¿cómo es posible que veintidós años después todavía se me haga un nudo en la garganta? ¿Que no se supone que el tiempo lo cura todo?

Entonces pienso que, en realidad, no estoy tan malita de mi duelo: no cambiaría los recuerdos agridulces por el olvido. Nuncamente.

Además, está su legado: me dejó el amor por los libros, por los gatos, por la enseñanza, por la ortografía y por la comida. Me dejó la nobleza y el buen corazón (que a veces se me endurece, yo sé, epr en el fondo soy pandedulce). Me dejó la brusquedad, ni modo: yo también me descuento a la gente sin querer por moverme como tromba y yo también traigo las piernas siempre llenas de moretones misteriosos (a saber con qué choqué para hacerme cada uno). No me dejó su güerez, y está bien (éjele que de todos modos me gusta pintarme el pelo de colores); ni me dejó la actitud siempre positiva (yo soy más del tipo pesimista). Me dejó, eso sí, ejemplos que a veces me cuestan trabajo seguir, porque era impresionantemente buena para confiar en la gente y perdonarla, para escuchar a los demás, para no juzgar; pero de eso se trata, ¿no? De que cueste trabajo llegar al estándar porque si no qué chiste ;)
Además, me dejó algo súper importante: eligió con tanto cuidado y con tan buen tino a su pareja, que me dejó un padre sabio (no exagero) que supo criar a las dos chivas locas que somos Fabien y yo, a pesar de que se quedó solo en la labor cuando teníamos 15 y 12 años respectivamente. No quiero pensar qué habría sido de nosotros si nos hubiera tocado en suerte un papá menos paciente o menos capaz de superar la pérdida. Y supongo que a mi mamá, tan Pollyanna ella, le gustaría ver que también soy capaz de apreciar lo bueno que tengo, en vez de nomás andar de quejinche por lo malo.

Para cerrar esta entrada quería dejarles un cuento de mi mamá, pero justo ahora no lo encuentro. En cambio, transcribo una entrada del diario que me escribía cuando era yo chiquita (llevó estas memorias desde 1976 hasta el 78 o 79, me parece):

Diario 1977
Diario 1977

Jueves 5 de enero

Ni modo, Kiquel, no hemos podido hacer las anotaciones correspondientes a todo el mes por exceso de trabajo y exceso de vacaciones. Te fuiste a Los Ángeles, hiciste de las tuyas en todas partes, en el avión fuiste y veniste por todo el pasaje, te retrataste con el sobrecargo y en 5 minutos el clima de Puerto Vallarta te hizo efecto en tus chinos.

En Los Ángeles, llegando en el primer almacén te aferraste a los cuchillos y ni quién te convenciera de dejarlos. Luego tuve que perseguirte por todo el almacén y en un pequeño botadero te fuiste patas arriba.

En Knott’s Berry Farm lo que más te gustó fue la jaula de los changos y de ahí no te querías mover. El coro de Pueblo Fantasma pasó diciéndote adiós. Te subiste a la carreta, al ferrocarril, a la carcacha. Entraste muy tranquila a la fábrica de pays. Pero en la noche nos hiciste un merecido tango, pues estabas con mucha hambre.

El día 23 fuiste a San Diego, te gustaron las focas, los delfines y las ballenas, había unas lindas gaviotas tragonas que nos perseguían por pedacitos de pan y tú fascinada tras ellas. Te subiste al mirador y entraste a los almacenes y escogías de todo, comiste pollo y muchas palomitas.

El día 24 fuimos de compras y ahí te aferraste a las carriolas y hubo que comprarte una.

La navidad llovió mucho pero la pasaste feliz en Disneylandia, no dio tiempo de mucho pero visitaste el país de los pájaros, hiciste un paseo safari y te gustó ver tantos elefantes, en la mansión te sobrecogieron los gritos pero no te vimos con ganas de huir y le seguimos con el asalto al barco pirata. Lo que más te gustó fue lo de los niños del mundo y todo nos señalabas.

El día 26 fuimos de compras, diste mucha lata y estuviste empeñada en coger los lentes. En la noche fuimos a cenar a un restaurant italiano según muy pomadoso y tú aventándolo todo, hasta la sopa.
El colmo fue el día 27: te nos perdiste en un almacén; pero es que tú quieres andar por tu lado, haciendo de las tuyas.

Y vino el regreso, qué bárbara, terminaste aventándome mi pollo sobre los pasajeros; pero vaya, al fin llegamos e hiciste tu entrada triunfal en carriola.

El viernes 30 te fuiste escaleras abajo abrazada de Marco y el 31 estuviste en la iglesia y cenando en el Denny’s.

El domingo para empezar el año me aventaste al suelo los frijolitos refritos. El primero del año subiste por primera vez al metro y abrías chicos ojos.

Hoy día 5 saliste monísima de la guardería, te preguntamos cómo hace el perro y dices “gua, gua”, cómo hace el gato y dices “miau”, el pato “cuá, cuá” y el pollo “pío, pío”, y es que cuando te bañamos te echamos tu nutria y te alocas toda y la llamas pato como a tu delfín, a tu perrito también ya lo conoces y al gato de la azotea.

 

(Los dejo, tengo que llamar por fonqui a mi papá para agradecerle un montón de cosas).

Cerrando ciclos

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Hay personas que tienen serios problemas a la hora de terminar cosas: cuentos, novelas, relaciones, cursos, carreras universitarias. En parte es un rollo andar cargando tanta cosa sin resolver; pero el problema es que en parte es tranquilizador: si no terminas con alguien, no tienes que despedirte; si no acabas un curso de -digamos- ruso, no tienes que admitir que apestas para el idioma (siempre puedes suspirar y exclamar: «ah, pero si lo hubiera terminado…!»); si no dejas que te pongan brackets (o si dejas a la mitas el tratamiento) no tendrás que saber si te verías mejor o no con los dientes derechitos…

Y entonces, justo por esa parte tranquilizadora, uno va cargando su montón de historias inconclusas, con la ilusión de que si un día te encuentras a esa persona con la cual lo último que se dijeron hace diez años fue «Bueno, pues nos hablamos y nos vemos pronto», podrán tomarse un café y ponerse al día (y, si la cosa era romántica, incluso darse sus besotes). Esa opción no sería opción si aquella vez hace diez años se hubieran dicho: «Bueno, pues ya no tenemos nada en común, será mejor que cada quien tome su camino».

Yo he sido especialista en cargar con cosas así durante mucho tiempo: no terminé mis cursos de italiano (aunque duré como siete años tomando clases) ni de ruso (un semestre) ni de francés (un trimestre) ni de alemán (dos clases) ni de portugués (una clase); no me he atrevido a cerrar mi perfil en myspace o en hi5 a pesar de que nunca los visito; no he terminado de leer varios libros que, me temo, me decepcionarán al final; no he visto la tercera temporada de Mad Men aunque la tengo en DVD; no terminé de aprender a tocar el piano ni concluí el diplomado en masajes; ¡no sé andar en bici! Y, claro, no terminé formalmente varias relaciones, amistosas y de las otras, pese a que obviamente terminaron bien terminadas y no hay posibilidad de que revivan, ni siquiera si un día me encuentro a las personas correspondientes y nos vamos a tomar un café.

De hecho, hasta hace no mucho tiempo yo creía que era del club de los que nunca acaban nada. De plano. Y ni siquiera me angustiaba taaaanto. ¿Qué podía tener de malo si, de todos modos, cada cosa aprendida amplía un poco el horizonte? Eso decía yo.

Ah, pero el año pasado terminé de escribir una novela y la publicaron. ¡Nunca había terminado de escribir algo así de largo!

Y en febrero de este año renuncié a mi trabajo. ¡Jamás había renunciado a un trabajo!

Y hace apenas una semana me titulé de la licenciatura: Trece años después de haber terminado la carrera y luego de muchos sinsabores (la burocracia y yo no somos amigas), pero lo hice.  Y con mención honorífica, aynomássssss.

Eso significa que me tengo que redefinir (ya no puedo decir que soy «de las que nunca acaban nada»), pero no está mal. La verdad es que no está nada mal. Además, ahora que lo pienso, no todo lo que se inicia debe cerrarse del mismo modo (es decir, no tengo que estudiar seis semestres de ruso para dar esa aventura por terminada; ni tengo que buscar a aquel amorcillo de antaño para avisarle que ya no somos nada: supongo que ya se dio cuenta él también). Y hay cosas que se cierran cuando se acaba uno. Este blog, por ejemplo, se terminará cuando se caiga la interné, cuando haya un apocalipsis zombi que termine con todo, o cuando yo me muera. Mientras, habrá ocasión de que le ponga algo de vez en cuando (aunque no sea muy seguido).

Por cierto, descubrí algo: aunque da tristecita decir: «pues sí, se acabó», hay finales que además dan alivio. O satisfacción total, como esto de la titulada. Y dan ganas de seguir cerrando círculos, seguir pa’lante pero con equipaje más ligero, por decirlo de alguna forma. eso sí: agradeciendo lo mismo a quienes se han quedado que a quienes se han ido o se tendrán que ir. :)

(Y sí, estoy tratando de decir que haré todo lo posible por escribir más seguido acá en el blog. Y que me pondrán brackets, ouch).

 

zbraces

Cotorreo zombi

Buscando un archivo que me urge (y que aún no encuentro) me topé en un disco de respaldo este fragmentito de un cotorreo que escribí hace unos años. No lo puse acá en el blog porque me pareció poco ético, dado el trabajo que tenía entonces. Hoy, que ya no trabajo ahí y que el personaje principal del cotorreo ya felpó, se los comparto.

 

Ope

 

 

 

(…)

Sonó una voz en mi walkie-talkie. Era una voz tensa, preocupada. Me costó trabajo reconocer en ella al gran Carlitos. Pero era él, sin duda era él.

—Raquel, necesitamos tu ayuda —me dijo.

—M

aestro, ¿dónde está? ¿sigue en el refugio de la ciudad?

—Claro, no me iba a perder mi homenaje sólo por un ataque de zombies.

Pensé que eso era peor que arrogante, pero no se lo podía decir: era el gran Carlitos.

La civilización había caído, pero la Literatura sigue siendo la Literatura, mientras haya quien recuerde las grandes obras y salgan números de La Revista Liberal (delgados como rebanadas de jamón caro, irregulares como periodo de adolescente, pero aciditos y malaleche como antes del ataque zombie).

—Maestro, ¿cuál es el problema? —le pregunté, omitiendo mis glosas sobre la gran idea de quedarse en medio de una ciudad sobrepoblada durante un ataque zombie.

—Pues nada, que ayer se volvió loco Chris. No soportó ver al cadáver andante del Maestrísimo Ope y se derrumbó.

—¿Vieron al zombi de Ope? Quiero decir, ¿del Maestrísimo Ope? —pregunté, sorprendida.

El gran Carlitos bajó la voz:

—Tú sabes que conmigo no tienes que decirle así. Por mí, dile opito. Sin mayúscula. Pero sí —y volvió a su tono de voz anterior—, lo vimos, arrastrando los pies y gimiendo como todos los otros cadáveres andantes. Por cierto, ¿podrías no decirles zombis?

—Cadáver andante me suena a Quijote Macabro o película de Disney —le contesté—. Si me perdona, zombi es más corto. Y más exacto. Pero dígame, Maestro, ¿qué pasó?

El gran Carlitos suspiró. No estaba en posición de corregirme. A fin de cuentas, yo era su única esperanza: la única sobreviviente con un todo-terreno, un helicóptero, varias ametralladoras, una bazuca, un refugio seguro en la sierra de Puebla y, sobre todo, interés en acudir al rescate de escritores y otros intelectuales incapaces de correr más de cien metros sin perder el aliento. La excepción era, por supesto, Dajota, pero él estaba fuera de peligro en la selva.

El gran Carlitos continuó:

—Pues nada, que Chrissie enloqueció al ver a Oupi y salió corriendo tras él, gritando «vuelve, maestro, vuelve». No nos atrevimos a salir a buscarlo. Supongo que a estas alturas ya es uno de ellos.

—Una gran pérdida para la crítica literaria postapocalíptica —dije, no muy convencida—. Pero mientras nos quede el pequeño… el pequeño… el niño, el criticoncito… el malmodiento, ¿cómo se llama?

—¿El chico ennui? —y soltó una risita—. Lo tenemos amordazado y sin plumas a la mano. Bueno, pero el golpe a la crítica literaria no importa tanto. Digo, no es que importara tanto aún antes de todo esto, ¿no? Lo grave es que Chris dejó la puerta abierta y…

—¿Se metieron los zombies al refugio? —le pregunté casi a gritos.

—Sí… tomaron la planta baja.

—¡Dios!

—¿Dime?

—No le dije «dios» a usted, no se pase de egocéntrico. ¿Volaron las escaleras, como les dije que había que hacer en caso de…

—Sí, sí —me interrumpió—. Usamos la pólvora, casi no hubo bajas…

—¿Casi?

—Raquel, me quiero ir a París. Aunque ya no se haga mi homenaje.

—París también está lleno de zombies, Maestro.

—Pero deben ser más… bueno, más parisinos, ¿no?

—No sé. No he ido últimamente —le dije, cortante—. Maestro… me está irritando. ¿Qué quiere? Y por favor, que no sea que le consiga un boleto en primera clase para ir a París.

No me arrepentí de mi sarcasmo. Una cosa es ser mecenas y otra convertirse en niñera. Eso no va conmigo.

—Lo siento. Quiero… queremos que nos salves. Que vengas por nosotros y nos lleves a tu refugio en la sierra.

Le expliqué que, si iba por ellos, no sacaría del refugio a los jóvenes escritores «emergentes» que habían aceptado mi protección al inicio de la crisis, que el trato sería igualitario y que no aceptaría dividir la casa en derecha e izquierda. Menos aún, en arriba y abajo. El gran Carlitos dudó, pero en segundo plano gritó una voz femenina que todo lo aceptaban.

—Prepárense —le dije—. En unas horas estaré por allá, asegúrese de que nadie más se vuelva loco.

 

Corté la comunicación y bajé al comedor. Sólo estaban D.H. y A., mi marido, platicando animadamente sobre diferencias entre las distintas ediciones de El Quijote.

—Voy a salir. Cayó el refugio de los Maestrotes, los voy a traer.

Ellos asintieron distraídamente, creo que ni me escucharon. Salí y me subí al combi-helicóptero. Pensé en la suerte que habíamos tenido al encontrarlo, con tanque lleno y espacio para veinte personas, pero me estremecí al recordar lo doloroso de aquella aventura.

A. se asomó.

—¡Mi amor! Si pasas por la Biblioteca de la Ciudadela, y no hay muchos muertos redivivos cerca, ¿nos traes unas ediciones críticas de El Quijote? Es que queremos comprobar una cosita…

Pensé en corregirle el término: «muertos redivivos» era largo y medio snob, pero así son los escritores, ése era mi consentido, y, bueno, ya se habían acostumbrado mis inquilinos a ese término. Les asustaba menos que «zombis». Así que sólo asentí y me puse mi traje protector extra-fuerte: tenía el presentimiento de que el viaje no iba a resultar tranquilo.

 

(SIGUIENTE CAPÍTULO: LA TOMA DE LA CIUDADELA).

Nueva etapa

Fue hasta 2005, después de seis años de trabajar en Canal Once, que supe por primera vez lo que se siente que te corran. No era mi primer trabajo, sino el segundo; pero el anterior, haciendo guiones para la SEP y la BBC de Londres, era un proyecto con principio y fin, por lo que cuando acabé, simplemente di las gracias, recibí mi cheque y fui feliz.

En Canal Once, en cambio, trabajé durante años, sintiéndome parte de la barra para la que escribía, haciendo míos sus principios de equidad, perspectiva de género y cultura de la prevención. Me clavé, pues. Así que fue muy intenso el golpe emocional cuando me citaron un día para decirme que al día siguiente ya no era parte de Diálogos en Confianza, y que ni me molestara en entregar los guiones que estaba desarrollando en esos momentos. Así: No, mañana ya no vienes, ésta fue la última quincena que se te paga, no hace falta que entregues esos guiones que te tocaría mandar el lunes. Así.
Y yo, confusa y dolida me fui sin hacer ningún pancho ni exigir nada ni sacar mis cosas del estantito que compartía con otro guionista.

No es que me agarrara realmente de sorpresa el cortón gacho: hacía casi un año, desde que corrieron a mi primera jefa en Diálogos, Maru Tamés, que yo pensaba seriamente en renunciar. En vez de Maru habían puesto a dos jefas de las que, como no tengo nada bueno que decir, mejor no hablaré. Sólo he de decir que una de ellas, la que me decía «bizcochito» y se quejaba de que en programas de contenido social se discrimine a la gente bonita y rubia, había agotado mi paciencia un poco más que la otra, la que creía que estábamos en un kinder a su cargo y nos trataba con una dulce y siniestra condescendencia estilo Dolores Umbridge. Y eso lo digo sólo para tener contexto: alrededor de un mes antes de que me despidieran había tenido una discusión con Bizcochito y le había levantado la voz. Así que en cuanto ella consiguió que echaran a Umbridge y tomó el control total, me dio cuello. Era de entenderse. De esperarse.

Creo que lo que más me molestó fue que yo llevaba meses pensando en renunciar y no lo hacía por mi lealtad a Diálogos. Es como cuando no cortas a un novio por tratar de salvar la relación y de pronto te enteras que hace rato que te pone el cuerno, y te bota.
Pero esa experiencia (que fue fea y triste, y que tardé mucho en superar) me dejó algo muy valioso: ya había aprendido que un trabajo puede ser genial y que es grandioso cuando tus jefes confían en tu talento, y creces; lo siguiente fue aprender que hay una vida más allá del trabajo y que la vida no se acaba cuando te botan.

Después del Once estuve en un proyecto en la SEP, de esos que tienen principio y fin, y a la semana de que terminó entré a trabajar al INBA, a la Coordinación Nacional de Literatura.
Amé mi trabajo desde el primer día, en buena parte porque eso de la promoción cultural me apasiona desde chavilla, pero también porque me tocó trabajar con un jefe generoso, inteligente y con mucha experiencia en ese ámbito. Además, mi perfeccionismo y su neurosis hicieron un enganche excelente :)

Con el paso del tiempo, cambié dos veces de puesto, tuve gente bajo mi responsabilidad, pude inventar y crear ciclos literarios y charlas de temas que a mí me parecen importantes. Hubo sinsabores, claro, porque si no, no le pagarían a uno por trabajar; pero hubo muchísimas experiencias gratas, conocí personas maravillosas, aprendí montones de cosas.

Pero…

Ayer fue mi último día en ese trabajo.

Esta vez sí renuncié.

Después de muchísimo pensarlo (y de platicarlo un montonal con Alberto, mi papá y amigos de gran confianza) concluí de que era hora de entrarle de lleno a mi otro gran interés, la escribidera, y que necesito dedicarle tiempo en serio, al menos por un rato. Así que será una especie de año sabático para ponerme a darle duro a las historias que traigo en la cabeza. A ver qué tal me va. Peeeero por mal que me fuera, el hecho de tomar la decisión y moverme y enfrentar con seriedad y respeto lo que me gusta hacer es algo bueno, ¿no? Y es bueno, muy bueno, tener esta sensación novísima de que salgo de una chamba por decisión propia y no porque se acaba el proyecto o porque dejo de ser requerida en un trabajo.

(Como he dicho antes acá mismo, este blog ha sido muchas veces mi acicate para no olvidar que me gusta escribir. Por eso creo que tenía la obligación moral de venir a contar acá todo esto).

Yo, hoy
(Esta de acá es una instantánea que me tomó Alberto precisamente hoy, durante una sesión de fotos con mi hermano Fa en el Parque Ecológico de Xochimilco. Sirva para inmortalizar en la memoria el primer día de la nueva etapa).

¡Guadalajara, Guadalajara, Guadalajaaaaraaaaa! (probadita)

En la presentación

Ayer regresé de Guadalajara, donde se presentó mi novela Ojos llenos de sombra en el marco de la Feria Internacional del Libro. La verdad es que todavía estoy muy emocionada, la experiencia fue intensa y grata y cansada y feliz y con sorpresas varias (de todo tipo).  Tengo la firme intención de escribir una entrada más larga al respecto, para compartir la experiencia con la gente que sigue leyendo este blog a pesar de sus lapsos larguísimos de inactividad. Y también para que no se me olvide. Porque esta bitácora es una antología de cachos importantes de mi vida: unos que narro recién ocurridos; otros que rememoro tras muchos años; otros más, que cuento sin que hayan pasado en este universo, pero que me encanta la idea de que hayan sucedido en algún mundo paralelo.

Así que vendrá un post más larguito sobre la novela. Pero, mientras, un par de fotos: una es cortesía de Antonio Marts y la otra de Ceci Eudave. A ambos mi entera gratitud por haber estado ahí.

 

La Raxxie de cartón

¡10 años de blog!

Revisión de planas

Wow. Resulta que el 29 de septiembre cumple diez años mi blog. Si fuera una niña o un niño, estaría en quinto de primaria, aprendiendo a hacer raíces cuadradas y a conjugar el antecopretérito (no, no tengo idea de qué se ve en el programa de quinto de primaria). A menos de que fuera una niña genia (o un niño genio, pues), en cuyo caso estaría en el MIT o algo así. O no: a lo mejor le tocaba una maestra poco comprensiva, la niña genia (o niño genio) se aburría, se volvía maldosa (o maldoso), lo expulsaban de la escuela y en vez de estar en el MIT estaría viendo la tele día y noche, organizando una mafia de niñas genias y niños genios incomprendidas e incomprendidos, o drogándose…

Ay, no: qué bueno que esto es un blog y no una niña o un niño, genial o no. (También me da gusto que sea un blog y no un velocirraptor, por ejemplo: escribirle encima sería complicado e incluso peligroso).

Y bueno: en estos diez años han pasado montones de cosas: cambié varias veces de trabajo, dejé de dar clases y volví a dar clases, me casé, adopté tres gatos más, murió la Cuca (que aparece en uno de los primeros posts del blog), dejé el blog por temporadas, lo retomé, volví a abandonarlo…

Con todo, creo que una de las cosas más importantes que hice en estos muchos años ocurrió justo en 2011: un día, decidí que no me iba a hacer tonta con respecto a mi relación con las letras. «Bueno, pues lo que yo quiero es escribir», pensé. Y no me refería a escribir oficios y memoranda, sino a escribir en serio, inventar historias, algo así.

Pero a diferencia de otras veces que había pensado algo parecido, ese día de 2011 me puse un objetivo, metas a corto plazo y meta a largo plazo, como para tener una guía del tipo «voy bien o me regreso».

«Voy a publicar en revistas al menos cada tres meses», decía mi meta a corto plazo, «y voy a terminar el coso que estoy escribiendo y voy a buscarle editorial para que en 2013 o 2014 vea la luz». «Ah, y voy a dejar de decirle coso: es una novela, qué caray».

Terminé la novela en agosto de 2011 y acabé de corregirla en diciembre. Luego, en enero o febrero de 2012, la mandé a un concurso, con la intención de «dejarla ir»: separarme de ella, darla por terminada. Mientras, cumplí con lo de los cuentos y me publicaron uno en castálida, otro en Luvina, otro en la Revista Digital de la Universidad.

Y de repente, en junio pasado (seguimos en 2012), recibí una llamada: ¡la novela ganó el concurso! -aquí debo decir algo importante: no se trata de cualquier concurso: es el Premio Gran Angular de Novela Juvenil, convocado por la editorial SM, una de mis favoritas.

Claro, la novela no está acá en el blog (a diferencia de algunos de mis cuentos y mis «variainvenciones», que es un modo elegante de llamar a los textos alucinados que parten de un «¿y si…?»); pero estoy segura de que sin este ejercicio nunca me habría atrevido a decir: pues bien, lo que quiero es escribir.

Hoy es lunes 10 de septiembre. El jueves 13 será la premiación de mi novela. Es un excelente modo de festejar los diez años del blog. Y quería compartirlo con quienes han seguido a ratos mi indisciplinada incursión blogueril (indisciplinada y azarosa, pero larga, eso que ni qué).

Anuncio: ganadores de los premios Barco de Vapor y Gran Angular de SM

Adiós, Cuca

Se llamaba Cucurumbé y era, por supuesto, negrita. Su madre, Miau II, era negra también y había llegado a mi vida cuando era apenas un bebé: la compré en un tianguis, en un impulso, nomás de la tristeza que me daba verla en una jaula, tratando de escalar. No hacía tanto de la desaparición definitiva de Miau I, que era blanca y tenía un ojo azul y el otro verde, y cuya historia contaré en otra ocasión.

Así que Miau II se incorporó entusiasta a nuestra vida familiar, que era un poco un desmadre, lo que sea de cada quien. No se me ocurrió que habría que operarla, y tuvo una camada variopinta. Nos quedamos a la que parecía su clon, a los otros los regalamos. La clon, negrísima y con actitud rebelde desde chiquitita, se llamó Cuca, porque Miau III era un exceso.

Luego Miau II tuvo otra camada, la última. Una camada con mala suerte: un gatito se murió, otro se escapó. Al tercero lo regalamos bien, el cuarto se quedó con nosotros. Mi hermano lo bautizó Beakman.

Miau II desapareció de repente, cuando aún estaba criando a Beakman y sus hermanos. Sospechamos que la envenenaron o la robaron, porque un día nomás no regresó. Entonces Cucurumbé tomó su lugar y se dedicó a cuidar de sus medios hermanos. A regañadientes, creo, porque les pegaba de vez en cuando si se ponían muy cariñosos, pero igual los bañaba y dormía con ellos y les compartía la comida.

Total, que se quedaron Cucurumbé y Beakman. Y el nombre de ella se acortó, porque así pasa con la cercanía, el tiempo y el cariño, que hacen que se acorten o se alarguen los nombres con diminutivos ridículos de tan amorosos: Cucurucha. Cucaracha. Cucurumbuca. Al final gana la practicidad casi siempre: Cúcaramácaratíterefue tomó el nombre artístico de Cuca.

La Cuca fue musa de este blog desde el principio. Aparece por primera vez aquí. Como todos los gatos, tenía sus hábitos que la hacían única e irrepetible: le gustaba jugar con una corcholata en particular, que guardaba detrás del refri cuando terminaba de usarla; era una cazadora excelente y traía ratones de las casas vecinas para soltarlos en mi cuarto y hacer su safari mientras yo, aterrada, escuchaba todo desde mi cama; exigía que se le rascara la panza en el punto exacto del patio que se le antojaba; cuidaba a Beakman y decidía con cuáles de los gatos vecinos compartir la comida y el espacio. Dormía en mi cama y un par de veces me puso el susto de la vida al levantarse a bufarle a algo que ella veía pero yo no.

Su mayor excentricidad: le dábamos golpecitos en la grupa y, al dejar de hacerlo, ella salía disparada a buscar el zapato más cercano y esconder en él la cabeza.

Cuando me fui de casa de mi papá, Cuca y Beakman se quedaron. Acostumbrados a su jardín, su patio y sus humanos, hubiera sido absurdo llevármelos. Además no sólo eran mis gatos: eran, son, de mi papá y de mi hermano; también adoptaron a Mary, la esposa de mi papá, y se lo demostró la Cuca dejándole cadáveres de pajaritos y ratones en la almohada o junto a sus zapatos. Dejar atrás a mis gatos no fue fácil, pero a veces uno tiene que aprender a desprenderse. Y cada visita a casa de mi papá era también visita a los mininos.

El viernes, la Cuca no quiso comer. El sábado la llevaron al veterinario y el diagnóstico no fue grato: insuficiencia renal y cardiaca, anemia, quizá una hemorragia interna. La doctora dijo que la mejor alternativa era dormirla. Mi papá me llamó anoche, domingo, para que tomáramos juntos la decisión. La Cuca nació en 1997 o 1998: incluso si nos poníamos necios, era de lo más improbable que saliera de ésta. Estuvimos de acuerdo en que no tenía caso someterla a sufrimientos innecesarios.

¿Dije ya que a veces cuesta mucho desprenderse? Dejar ir a alguien a quien amas, sea o no humano, debe ser una de las cosas más cabronas de la vida. Pero si ese alguien sólo te dio siempre lo mejor que estuvo en sus manos (o sus garras), se lo debes: pensar un ratito en su bienestar y no en el propio. Así que anoche la Cuca se durmió, no a los pies de mi cama, sino en el consultorio de la veterinaria, para ya no despertar más. Voy a extrañar a la gatita dark.

El día mundial de Internet

Me entero, no sin sorpresa, de que hoy es el día mundial de Internet (cabe la posibilidad de que me haya enterado el año pasado, y se me haya olvidado, así que la sorpresa sigue siendo válida). Esta noticia me puso a pensar en mi propia relación con la red. A fin de cuentas, somos amigas desde hace ya muchísimo tiempo y es parte importante de mi cotidianidad. Y me pareció un bonito modo de conmemorar la fecha metiendo una entrada sobre el tema en mi pobre blog, tan abandonado que está. (Y sí: ésta es esa entrada).

Mi relación con Internet empezó en 1996. En esos entonces, yo no tenía computadora en casa (¡nunca había tenido!) y mi único curso sobre el asunto había sido en segundo de secundaria, para aprender logo, un programa para hacer gráficos. Ah, y a diferencia de mi amiga Heidi, que se volvió buenaza para las compus desde entonces, yo deserté del curso.

Pero volvamos a 1996: en esa época, Angelito, un amigo de la universidad, nos pasó a varios el tip de que podíamos meternos a Internet en el centro de cómputo de la escuela (entonces se llamaba ENEP Aragón). Sólo había que pagar el servicio, decir al encargado que sí, que sabíamos usar las computadoras con red y listo.

La noticia me cayó de lujo: yo, sin computadora en casa, sabía lo que era Internet porque era muy fan de la revista Colors de Benetton, que desde años antes incluía en su directorio hipervínculos a visitar. Así que pagué mi acceso al centro de cómputo, reuní mis revistas Colors y me apersoné a mentir descaradamente al responsable del servicio.

—¿Sabes usar Unix? —me preguntó, mirándome con desconfianza. Tenía yo todo para estar mintiendo: era de la carrera de comunicación (que apenas llevaba una materia de «introducción a la computación» y otra de «introducción a word y a excel» en su plan de estudios), era mujer (bueno, sigo siendo) y era del grupito de darketines que se sentaba en un pasillo a ver pasar a la gente en vez de entrar a todas las clases y hacer tareas y esas cosas. ¿Cómo se podría suponer que yo hubiera aprendido Unix?, parecía decir su cara.

Mientras, yo ponía mi mejor cara de póker (no es por presumir, pero sigo siendo excelente para poner esa cara inexpresiva), aunque por dentro tenía ganas de correr. Antes de que lo hiciera, el tipo se dio por vencido.
—Llena esto, firma aquí, firma acá, ven mañana por tu clave.

Al día siguiente me dieron mi clave de ingreso, que era también la de mi primer cuenta de correo: raqcm@hp-720.aragon.unam.mx y el password, que no recuerdo pero que cambié por rasha1 (no: ese password ya no lo uso para nada). Y entré a la sala llena de computadoras hp720, unos maquinones grandotes, de pantalla gigante-pera-esos-tiempos. Ahí llegó mi primera desilusión: ¡no sabía prender una computadora! Suponía que tenían un botón o switch o algo, pero ¿dónde estaría? Busqué y busqué. Estaba a punto de darme por vencida cuando se levantó de otra compu un tipo gordito y fodongón (¡mi primer acercamiento con un nerd!), se me acercó, y se ofreció a ayudarme. El cuate (en este momento acabo de recordar que se llamaba Arturo y que era estudiante de ingeniería en computación) se convirtió en mi mentor: me enseñó no sólo a prender la compu, sino también a usar pine y elm para revisar mi correo; a abrir netscape desde el sistema operativo; a imprimir (el comando es ls, creo recordar) y a saber cuánta otra cosa. Yo era buena alumna: le pedí prestado un libro a mi primo Marco (ay, todavía tengo el libro… y de repente, todavía lo leo!) y tips diversos para una más feliz navegación (en esos tiempos, mi primo estudiaba una carrera computosa en el Tec de Monterrey).

A los pocos meses yo ya me metía hasta al autocad, nomás por ociosa; tenía amigos virtuales en el tec, en el poli y en otros países (sobre todo, amigos góticos y fans de les luthiers); cotorreaba en chatrooms .html, jugaba MUDs y pasaba horas bajando fotos a diskettes.

Al semestre siguiente me prohibieron entrar a la sala de las hp-720, pero a cambio me asignaron a una de pc’s. Yo instalé el icq (un programita de mensajería instantánea, para quien no lo sepa) en varias de ellas y me convertí en la Guía-Oficial-Para-NoIngenieros que pagaban su clave y llegaban al centro de cómputo sin saber cómo prender una máquina.

Luego tomé un curso de diseño de páginas web e hice la mía, en geocities (q.e.p.d.); me volví adicta a los clubes -y luego a los grupos- de Yahoo; abrí mi primer blog (este mismo, pero entonces estaba en blogspot.com); tuve páginas favoritas como Dark Side of the Web, Hecklers (RIP) y Numancia, ciudad virtual (RIP); pero, sobre todo, hice amigos. En esa época, para mí, la red fue sobre todo una herramienta social que estaba íntimamente ligada a la mal llamada vida real: por ejemplo, amigos españoles me mandaron vhs con shows de Les Luthiers. No es poca cosa: Nancho, un amigo de Valencia, tenía los videos en casa de sus padres. Tuvo que ir a visitarlos, buscar las cintas, transferirlas de PAL a NTSC y mandarlas en un envío transoceánico, sólo porque éramos amigos. Si eso no es real, entonces no sé qué es.

Para cuando perdí mi cuenta raqcm@hp-720.aragon.unam.mx, ya tenía acceso a Internet en casa (y computadora, claro). Desde entonces he tenido montones de cuentas de correo (en hotmail, yahoo, excite, raqmail en zzn, fatalespejo, etcétera) y perfiles en blogger, myspace, orkut, hi5, linkedin, goodreads, facebook, twitter y a saber cuántos sitios más. Algunas las conservo por nostalgia; de otras no recuerdo el password; otras murieron cuando el servicio correspondiente fue desconectado (ay, como mi página en geocities).

Me gustaría hablar de los trolls, del modo en que el anonimato de la red afecta a algunos, de la manera en que la publicidad se ha ido metiendo a la red; pero hoy, día mundial de Internet, mejor me quedo con el buen sabor de boca del lado solidario, lúdico y gozoso de la vida virtual. Que siga por mucho, mucho tiempo.