Sitio personal de Raquel Castro, escritora mexicana
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Fierritos en los dientes

brackets

Tenía doce o trece años la primera vez que me sentenciaron a usar brackets. Que mis dientes estaban chuecos, dijo el dentista. Que podrían quedar derechitos si me ponían frenos. Yo no dije que no, pero tampoco me entusiasmé. Y no sé por qué, pero mi mamá tampoco se entusiasmó (quizá, pienso ahora, por la crisis: eran tiempos difíciles). Luego se nos vino la vida encima: cumplí quince, murió mi mamá, hubo cosas más importantes que traer fierritos en los dientes (siempre había algo más importante) y el tiempo se fugó a una velocidad sorprendente.

Ya era el siglo XXI cuando mi boca se puso en huelga: de pronto me di cuenta de que mis encías estaban inflamadísimas y mi paladar se lastimaba con cualquier cosa. Lo peor fue un día en que, al inclinarme para secarme el cabello después del baño, un sabor a fierro me inundó la boca. No, a fierro, no: a podrido. Podrido leve y ferroso. Y no era un sabor, era un olor. Pero sabía. Osh, ni siquiera puedo explicarlo, pero estaba de la chingada. Así que me asusté y fui con un dentista que dijo que mi mandíbula inferior no había crecido al ritmo del resto de mi cuerpo (¿por qué la mandíbula inferior y no, digamos, la cintura? ash). Que por eso mis dientes de abajo estaban apiñaditos. Que él proponía fracturar en dos zonas la mandíbula para hacerla cuadradita en vez de triangular, acomodar los dientes y cortar las encías que estaban sobrececidas. Que sería un año jodido, pero que luego estaría yo fantástica y feliz.

La verdad, me dio culito (una forma de miedo que no tiene que ver con los fantasmas). Así que le dije que yo lo llamaba luego y huí. Me dediqué a la negación mientras mi boca seguía su camino a la perdición. Un par de años después fui con otro dentista. Me dijo que si no me atendía YA, en cinco años empezaría a perder dientes. Su propuesta era separar la encía, raspar el hueso y volver a coser la encía. Por supuesto, me dio culito. Menos que la propuesta del quebrantahuesos, pero igual dije “ái luego le hablo”. Y volví a mi negación.

Volvieron a pasar los años. En 2011, en plena fiebre del group-on (fiebre mía, no sé cómo funcione con el resto de la gente), un día que estaba buscando masajes o manicures con descuento, encontré un paquete dental con rebaja de 70% o 50% o algo %. Suficiente porciento como para animarme. Era limpieza y  diagnóstico, con radiografías incluídas. Me latió la idea y lo compré. Fui a consulta con la doctora Astorga, toda recelosa yo, y me encontré con la dentista más dulce y paciente a la que le haya confiado mi boca (y miren que no son pocos, de verdad). Me puso anestesia tópica sabor a fresa antes de ponerme la inyección de anestesia a la hora de limpiar los dientes. No me regañó. Me sacó las radiografías antes de hacer un diagnóstico. Me dijo que había que limpiar dientes y encías pero por etapas, conforme se fuera desinflamando la hinchazón iríamos bajando hacia la zona más jodida. Y dijo, claro, que había que poner fierritos. Sin fracturar, cortar encía o raspar hueso. Pero que sí había que enderezar los dientes, no por vanidá, sino para que me pudiera yo limpiar las zonas que entonces eran imposibles de alcanzar con el cepillado normal.

Le apliqué la del son de la negra: dije que sí, pero no dije cuando. La limpieza empezó de inmediato y, meses más tardes, volví a tener encías normales. Pero nada de fierritos.

Mientras siguió la vida: terminé una novela y luego otra y otra y otra; me titulé; etcétera. Un día me di cuenta de que ya no era yo la simpática posponedora que dejaba todo inconcluso. Ahora soy una persona que termina lo que empieza, me dije ante el espejo, y me sonreí. La sonrisa que me devolvió el espejo me hizo recordar el gran pendiente desde que tenía doce o trece años. Madres. Si de verdad soy alguien que termina lo que empieza, debo enfrentar al demonio de los fierritos, me dije.

Así que, desde julio, mi sonrisa tiene una buena cantidad de acero inoxidable o algo parecido. Hay días que duele mucho, pero en general ha sido mucho menos terrorífico de lo que imaginaba. Cuando estoy en la silla de la dentista para que me ajuste los cables siento un poquitito de miedo (seee, me da culititito) pero nada que ver con lo de antes. Y no he perdido un solo diente, ja.

Obvio, es pronto para cantar victoria: si todo sale como está planeado, será hasta 2017 que me quiten los fierritos y tenga la sonrisa que he aplazado desde 1990. Pero está bien: por una parte, no tengo prisa; por otra, estoy segura de que voy a llegar al final (del tratamiento o de la vida, pero de que acabo, acabo).

En fin. Ya ni siquiera sé por qué empecé a contar esto, si lo que quería hacer era una crónica de los hechos interesantes del último medio año. Y ni siquiera hay moraleja o final sorpresivo… Pero creo que quería compartir en este blog, que me acompaña desde 2002, el último gran pendiente de la época en que dejaba yo todo inconcluso. A lo mejor sería cotorro, como en plan irónico/metafórico, dejar esta entrada a medio

5 comentarios
  1. ¡Genial entrada, Raquel!

    Quizá no hablaste, dices tú, de los hechos interesantes del último medio año, pero escribiste de algo que te ha venido preocupando por mucho tiempo… y eso está bien chido: se te siente más cerquita de esta manera :)

    Y fíjate que yo también tengo algunos problemas en las encías y en unos cuantos dientes, pero el problema conmigo, más que temerle a los tratamientos (porque ya sé por mucha gente que son difíciles), es un problema económico… Así que espero tener la liquidez muy pronto (ahora que trabaje de fijo, o qué sé yo), para también dejar de aplazar dicho asunto.

    Gracias por compartir tus palabras.

    Ojalá te volvamos a leer pronto por estos lares.

    Un fuerte abrazo ferruchesco (como quiera que sea eso) :D

  2. Uff, te entiendo perfecto. Durante un tiempo, una de las cosas que me frenaron fue justo la lana. Y me di de topes de no haberme animado al tratamiento cuando eran mis papás quienes lo pagaban, jiji. Aunque, pensándolo un poco, si lo hubieran pagado ellos me habría afectado también a mí :)
    Te mando un abrazo de vuelta y espero que pronto puedas resolver ese bisne (que cómo desgasta traerlo a rastras, yo sé).

  3. Le diré a Luna que lea tu entrada. Independientemente de que tal vez la inspire a no abandonar su tratamiento, sé que le gustará leerte.
    Por otra parte, me encantas, así: amo, pero con mayúsculas, AMO leerte. O sea, es como estar platicando contigo. Mientras leo escucho tu voz, veo tus muecas, percibo tus inflexiones. Me encantan tus historias sean de lo que sean.

  4. Les mando muchos muchos abrazos a ti y a Luna. Dile que digo que sé que es horrible dedicarle tanto tiempo al lavado de dientes y que mientras está una con el cepillito interdental la vida sigue afuera y qué coraje. Peeeeero… no sé, esperarse a los 40 para hacerlo de todos modos no suena a bena opción :P (Me dejas con el corazón todo emocionado, qué cosas tan bonitas dices. Y qué bueno que hay blogs para que platiquemos a distancia en lo que se nos vuelve a hacer estar cerquitas). ¡Te quiero muchotote!

  5. Raquel: ¡espero tengas éxito con tu experimento de completad tu fierrotratamientobucal!

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