El fantasma que camina de espaldas

I.
Tendría yo unos quince años. Estaba muy metida en cierta organización que hoy prefiero ni mencionar ni recordar; pero viene al caso decir que nos reuníamos cerca del metro Juárez (no, no era una asociación delictuosa: en esos tiempos yo era más buena que el pan de zacatlán). Dio la casualidad de que se organizó una noche mexicana (ni tan casualidad, se hacía año con año, en septiembre) y mi papá -gran sorpresa- nos dio permiso de quedarnos hasta el final a mi hermano y a mí.

No sé a qué hora salimos del lugar ése (no, no sueñen: ni alcohol ni nada: éramos chicos muy chicos -y muy sanos), pero contra mi absurda previsión (inocente que es una) no encontramos ni un sólo taxi. Ni el micro que normalmente nos habría dejado en la puerta de la casa.

¿Qué hacer? opción uno, quedarse como el niño Samuel a pernoctar donde estábamos (hint, hint). Opción dos, caminar: a fin de cuentas, no estábamos tan lejos (de metro Juárez a adelantito de la Arena Coliseo; la verdad es que no es tantisisísimo). Decidimos caminar.

La verdad, los dos estábamos un poco espantados, más que por andar de noche en la calle, por la hora a la que finalmente llegaríamos (nos habían dejado quedarnos «hasta el final», pero intuíamos que era más tarde de lo que la fam habría imaginado); pero emprendimos la graciosa con buen ánimo. Platicábamos. Y tomamos la ruta turística: Juárez, Madero, Isabel, Donceles, Brasil, Perú.

Sí: caminábamos más aprisa que un turista. Era el miedillo. y más aprisa cuando nos dimos cuenta de que el jolgorio ya había terminado en todos lados: las calles estaban vacías. De esa forma de estar vacías que da más miedo la soledad que un par de gañanes aquí o allá. Pero no quedaba otra, y seguimos caminando, a paso vivo.

De pronto, casi llegando a una iglesia (¿sería sobre Isabel? ¿sería sobre Brasil?) vimos que, en sentido contrario -pero en la misma acera- venía una persona. Caminaba despacio, tranquila. Nos dio cierta alegría.

-Mira, no somos los únicos-dijo uno de nosotros. No sé si dijimos exactamente eso, o algo parecido.
Nos daba la impresión de que era una persona anciana. Nos dio más gusto, más seguridad: quería decir que no estaba tan canijo el andar en las calles del centro a esa hora.

Pero cuando estuvimos más cerca, pudimos ver que la persona en cuestión caminaba de espaldas. Sí, caminaba en nuestra dirección, pero venía completamente de espaldas a nosotros. No sé explicar exactamente por qué, pero sentí pavor. tomé al hermanuco de la mano y corrimos, cruzando la acera, y luego sin parar, o casi, hasta llegar a nuestro portón.

Más tarde, ya en casa, a salvo, comentamos el hecho: Fabien había sentido, me dijo, el mismo terror. Y ambos coincidimos en que era algo raro, pero no como para dar miedo… pero nos dio. Es extraño como algo tan simple puede dar tanto miedo: pensando fríamente, podía tratarse de una beatilla, de esas que piensan que es falta de respeto darle la espalda a una iglesia; o un borrachillo, jugando a quién sabe qué. total, que nos dio pavor, y aunque casi olvidamos todos los detalles, la sensación sigue siendo fácil de evocar. Brr.

II.
Acabo de leer «El traje del muerto», novela de Joe Hill (gracias por el préstamo, querido Bef). Tiene buenos momentos, una pésima traducción, pero algunas imágenes estremecedoras. Pero lo que realmente me hizo temblar fue que, de pasada, un personaje habla del «fantasma que camina de espaldas a la gente», como si fuera una cosa muy sabida, un fantasma conocido. De inmediato me acordé de aquella experiencia de mi hermano y yo…
¿Lo peor? Ahora que busco el pasaje en el libro, para ponerlo aquí, textual, parece que ha desaparecido. ¿Soñé que lo leía? ¿Fue un pasaje fantasma? ¿O lo desapareció, por algún motivo que ignoro, el fantasma que camina de espaldas a la gente?
Tengo miedo.

Al fondo del océano

Sí, ya sé: debería estar escribiendo agudas tésises acerca del brote de influenza y de cómo se parece a una amenaza zombi; y de cómo queda demostrado que yo no sobreviviría a la amenaza zombi porque en vez de estar huyendo a Puebla en una eseuvé estoy aquí, en la oficina, combatiendo el mal desde mi burocrática trinchera.

Pero es tan obvio eso (basta con ver a toda la gente en la histeria, con los cubrebocas puestos y los ojitos de angustia), que no le veo el caso.

Miento: la verdad es que me incomoda que justo el día que inició el desmadre zombi se me olvidó traer mi cel, Alberto se fue a Guanajuato y mi coche está a varias estaciones de metro de aquí (y mi gato en el depto, y mi papá en Iztapalapa). Sí: me choca la posibilidad de que en esta película me haya tocado ser carne de cañón y no el rol de heroína superpagüer que acaba con los muertos vivientes.

Así que, en franca rebeldía contra el destino, escribiré mejor que mi hermanín me regaló un disco de Voltaire(¡eeeeeeeh!), dedicado y todo (com están todos mis discos de Voltaire, ejem): To the bottom of the sea. Muy bueno. Varias rolas destacables (mis favoritas, The Industrial Revolution, Happy Birthday, Death Death y, sobre todo, Coin Operated Goi).

Y que platicando con mi hermano, le dijo que viene pronto a México… y en su myspace, dice:

15 may 2009, 8:00 p.m. 08:00 PM – A surprise for my spanish speaking friends… below a border, somewhere spicy, – many pesos… more info later… v

Así que este atacuchito de influenza NO puede ser una amenaza porque VOY a ver a Voltaire pronto :P

Sobre la fuerza de los zombies :)

Preguntó Fausto en el foro sobre zombies en el que rolo:

Bueno, se que los zombis realmente son imaginarios, pero… ustedes que opinan , ¿deberían tener mas fuerza física que un ser humano normal o por el contrario estar mas débiles?
Yo creo que mas debiluchos por no estar muy sanos que se diga… bueno , pues eso, ¿que opinan?

Ni tarda ni perezosa, respondí. Y la verdad, mi respuesta me quedó mona. Tanto, que se las comparto acá :)

Dice Rax…

Creo yo que la fuerza física, como tal, dependerá mucho de la que tenían en vida: una niña de siete años tendrá mucha menos que un forzudo que no salía del gym, ¿no? Así que podríamos decirle a esta variable fv: fuerza en vida.

A eso hay que restarle el daño que hayan recibido al ser hechos zombis o posteriormente: uno que no tenga brazos… bueno, no podrá ejercer la misma fuerza que uno que estuviera enterito. Llamémosle d: daño (recibido).

Sumemos a ello la constancia del zombi en cuestión (ya saben, hay unos que se distraen más fácil que otros, unos que prefieren vagar y otros a los que les da por azotar una misma puerta, una y otra vez): podríamos denominarla c.

Y todo ello, multipliquémoslo por la fuerza extra que da el hecho de no sentir dolor, ni miedo (algo parecido al adrenalinazo, pero que no es eso exactamente). Llamémoslo e, para no confundir con la otra fuerza

Tons, tenemos que [(fe-d)+c]e=F (donde F es la fuerza total).

Lo siguiente sería establecer las escalas, ¿no?

Por ejemplo, en «fe», la niña de 7 años tendría, supongo, un 2.5 en escala de 10, mientras que el forzudo del gym tendría un 10.

En «d», un zombi con un sólo rasguño tendría un 1 y uno sin brazos, piernas y dientes, tendría un 10.

En «c», un zombi normal tendría su 10 y uno medio ido o con déficit de atención tendría, quizá, 7 (pero cuidado, que si ven gente viva, todos se vuelven persistentes).

Y «e» sería una constante, digamos 1.5 (por aquello que dijo Humano Inmune, de que podrían tener la fuerza de humano y medio).

Así, si sacamos la fuerza de una niña de 7 años, con apenas un rasguño y mucha constancia, veríamos que

[(fe-d)+c]e=F
[(2.5-1)+10]1.5=F
[1.5+10]1.5=F
[11.5]1.5=F
F=17.25

Si sacamos la de un forzudo sin un brazo (digamos que el nivel de daño lo pusiéramos como un 3), medio inconstante:

[(10-3]+7]1.5=21

Peeero, como ya dijimos, la fuerza es apenas uno de los muchos elementos a considerar, jeje. Y hay que unificar las escalas, no vaya ser que en escala México la niña tiene F=17.25 pero en escala España tiene F=5 y cualquier mexicano en España, medio descuidado, se la topa y la cree poco peligrosa…

¿y tú para cuándo?

El escenario es casi siempre el mismo: una reunión familiar multitudinaria o un encuentro de exalumnos, examigos, excompañeros de algo. El chiste es que haya mucha gente a la que hace mucho no ves y con la que tienes una sola cosa en común: estar ahí. Y entonces, te pones a platicar con esa amiga/parienta/vaga conocida (a veces es un hombre, pero casi nunca) y, luego de medio minuto de charla intrascendente, suelta la bomba:

–oye, y tú, ¿para cuándo?

–para cuándo qué –contesto yo, porque, aunque sé perfectamente de qué hablan, prefiero hacerme un poco güey

–para cuándo te animas –y le echan una mirada de reojo a sus hermosos hijos, tan rozagantes y bieneducados que, por supuesto, hacen que me muera de ganas de apuntarme con una docena

–¿a qué?–sigo haciéndome güey

–aaaay, cómo eres… a tener hijos…

Y aquí comienza el infierno, queridos. No porque me incomode especialmente que todo mundo crea que tengo obligación de contribuir a la sobrepoblación del planeta, sino porque -y esto es lo terrible- las normas sociales parecen indicar que cualquier persona tiene derecho a meterse en tu intimidad y cuestionar tu decisión de tener o no familia; pero que, al mismo tiempo, tú no tienes derecho a cuestionar la de ellos. Me explico: supongan que la conversación sigue así:

YO: ¿hijos? Bueno, pues me parece que ya hay muchos niños en el mundo, que la situación económica es grave, que no sabemos si habrá agua para todos dentro de treinta años.

ELLA: Ay, bueno, pero… ¡es tan hermoso tenerlos!

YO: Supongo que sí, pero no creo que sea nada hermoso decirles: «hijos, este mes no comen porque su mami es freelancer y no le tocó chamba esta vez»

ELLA: Pero si te esperas a tener una mejor situación económica, tal vez sea demasiado tarde…

YO: Siempre se puede adoptar. Hay suficientes niños sin padres en el mundo, ¿no?

ELLA: Adoptar no se compara con tener tus propios hijos…

YO: ¿Cuántos has adoptado tú?

ELLA: …

YO: Eso pensé. Además, si yo tengo un hijo, quiero criarlo yo, no dejarlo en casa de quién sabe quién a que le inculquen quién sabe qué hábitos…

ELLA: A mi nena la cuidó siempre su abuelita…

YO: Qué suerte de tu nena de tener una abuelita. Mi mamá murió de cáncer cuando yo tenía quince años, tras largos meses de terrible sufrimiento. Así que no cuento con esa opción. E

LLA: No sabía…

YO: Pues ya ves. Además, yo pienso que la crianza de los hijos es un proyecto de vida que requiere de tiempo y vocación. Respeto mucho a quienes toman esa decisión, sobre todo, porque creo que no es para todos.

ELLA: Bueno… es que una tiene como un sexto sentido…

YO: Cuando dices «una», ¿te refieres a ti o a tu mamá?

ELLA: …

YO: …

Y al final, queridos lectores, ¿a quién tachan de antisocial y de brusca y de intolerante? (y eso que no inventé un cáncer de ovario o un historial de maltrato infantil con mis alumnos de kinder o algo así). Una versión corta es:

ELLA: ¿Y para cuándo te animas a tener un bebé?

YO: Perdona, pero no me parece adecuado discutir contigo mi vida sexual. Porque, ¿sí sabes que para tener un bebé hay que concebirlo, no? ¿y que eso implica una relación sexual, no?

ELLA: …

Y de todos modos, ¡resulta que la intolerante soy yo! La próxima vez voy a decir que lo he intentado por diez años y lloraré amargamente. A ver si así no me dicen que la políticamente incorrecta soy yo.

Yo por eso no soy una vamp

Cuando uno piensa en una vamp, lo primero que le viene a la cabeza es algo más o menos así:

(Claro, la cantidad de ropa depende de la cochambrosidad del pensante en turno).

Pero hoy me topé con una imagen muy mona, de una vamp medieval recién descubierta:

la chica, una italiana, está quizá un poco delgada; pero no deja de verse sexy, ¿no?
Ah, el ladrillo en la boca es para que no vaya a alimentarse de la sangre de muertos enterrados en la misma fosa (o vivos de las casas circundantes).

En todo caso, dos cosas:

uno, la nota completa está acá

dos, yo por eso no soy una vamp: me gustan mis dientes sin adorno de ladrillo.

Nuevas teorías sobre el Universo, por el doctor Primo Van Der Whiska

–Nueztro univerzo no es el único. Eztá conectado con otroz univerzoz de aterrador parezido–fue lo primero que ceceó el doctor Primo Van Der Whiska al salir del clóset donde había pasado, escondido, dos largos minutos. Le preguntamos a qué se refería; pero, como es usual en él, nos ignoró y se dedicó a acicalarse por un rato.

Para el ojo poco entrenado, habría parecido que el doctor Primo Van Der Whiska estaba muy tranquilo; pero yo lo conozco bien, desde que era una bola de pelos y pulgas no mayor que mi puño, y me di cuenta de que seguía asustado. Alberto me miró, preocupado: él también estaba al tanto.

–Eztá bien, lez cuento máz–concedió el doctor Primo Van Der Whiska, cola aún esponjada, pupilas aún dilatadas–. En mi viaje cózmico dezcubrí que hay otroz univerzoz que ze parezen aterradoramente al nueztro.

Y comenzó a lavarse la pata delantera derecha, fingiendo total naturalidad, como si no hubiera dicho exactamente lo mismo. Pero el doctor Primo Van Der Whiska no es ningún tontito (bueno, sí lo es, pero lo queremos mucho), así que se dio cuenta de que su explicación no era satisfactoria. Y menos con lo asustados que aún estábamos: en su afán científico y explorador, había salido del departamento… ¡y lo perdimos de vista por cinco aterradores minutos! (que concluyeron cuando los maullidos aterrorizados me guiaron al piso de arriba).

–Zalí en mi afán zientífico y explorador a recorrer el univerzo–explicó (aquí entre nos, no sé qué me enerva más: que cecee o que me lea la mente y conteste con las palabras que justo acabo de formular)–. Y no te enervez, humana. Loz zerez zuperiorez zomoz azí. El chizte ez que zalí y encontré uno como agujero de guzano, lo zeguí, y me llevó a un univerzo igualito, azí, con zuz puertaz y zuz rejaz, pero no eztaban uztedez y la puerta que correzponde a nueztro mundo eztaba zerrada y me ezpanté.

–Yo creo que escuchó pasos que venían del piso de abajo y le dio miedo. Trató de huir, subió las escaleras al piso de arriba… y de plano le dio el telele cuando nadie le abrió la puerta que creyó «de su casa»–susurré a Alberto–. Lo bueno es que sus pinches maullidotes de desesperación me guiaron a él y lo pude arrastrar de regreso antes de que enloqueciera.

–Ezo acabo de dezir, humana–interrumpió el doctor Primo Van Der Whiska–. Fue una zuerte que zubieraz tú también por el agujero de guzano y que me rezcataraz antez de que llegaran loz zombiz clonez que zeguro viven en ezoz univerzoz alternoz.

Debo reconocer que, a excepción de un par de vecinos, los demás se ajustan perfecto a la descripción del doctor Primo Van Der Whiska.

–¿Y por qué se escondió al regresar, doctor?–Alberto me echó una mirada fulminante por hablarle de «usted» al gato, pero me hice güey.

–Nezezitaba tiempo y ezpazio para poner en orden miz ideaz. Pero he llegado a una rezoluzión: debemoz conquiztar ezoz otroz univerzoz y poner cajitaz de arena en todoz y platitoz con whiskaz también. Ezo, o rázquenmen la panza, que todavía eztoy con zuzto.

Y nos sentamos los tres en el sillón, dos a apapachar al tercero, hasta que sus pupilas se convirtieron en rayitas verticales y comenzó a entonar un dulce ronroneo.

Los hijos del smog

1.
El libro es más viejo que yo por dos años. Lo conocí porque un alumno agradecido le regaló un ejemplar a mi mamá. Ella elegía algunos cuentos (los que pensaba que podría yo entender) y me los leía. Luego, me dejó el libro. Me acuerdo que cuando estaba en cuarto de primaria incluía algunos de los cuentitos (con crédito, por supuesto) en un periodiquito escolar que me inventé y que luego boté.
Yo pensaba entonces que era un libro presente en toda biblioteca (es decir, común, fácil de hallar, conocido por todos)… hasta que, más crecidita, quise conseguirle un ejemplar a una amiga y vi que la cosa era justamente inconseguible. —Lo mismo me pasó con «Los sueños de la Bella Durmiente», de Emiliano González, y la antología de Jean Ray, pero ésas son otras hitorias.
Luego me di cuenta de que el autor era poco menos que enigmático: Jorge Mejía Prieto es autor de muchísimos libros, pero al parecer éste es el único de cuentos.

2.
Ayer me avisó Ricardo Bernal que había algunos ejemplares de «Los hijos del smog» en una librería de viejo (¡gracias!). Fui corriendo y compré todos los que quedaban, siete. Soy feliz. Y para no seguir con el blablableo, les dejo mejor una muestrita:

El insomne

Ya ni con el uso de los más poderosos barbitúricos lograba dormir. Desesperado, se suicidó dándose un balazo. Le velaron. Le dieron cristiana sepultura.
Como a las seis horas de estar bajo tierra, y entre la espesa tiniebla del ataúd, abrió los ojos con esa molesta rigidez que le era tan conocida en las noches sin sueño.
Comprendió que el insomnio se había reiniciado. Y que era de larga duración.

Nada

Este es un escrito completamente inexistente, que usando de la magia de lo falaz utiliza papel y palabras que carecen de verídica existencia. Y, para mejor conseguir la ficción, toma la presencia y atención tuyas, lector, que en realidad tampoco existes y no tardarás en disolverte.

Los hijos del smog, Jorge Mejía Prieto, Editorial Novaro, 1974

El zombie que me amó

Tuve hace poco el chance de estar en una mega-tienda de pelis donde la sección de zombies estaba nutridita y mona. No compré ninguna (por algún misterio sólo entendible si se mira mi cartera); pero apunté los títulos para investigar un poco sobre ellas en lo que llegan épocas de vacas gordas (las haremos bistec, muahahaha)

Sé que, muy probablemente, 90% de estas pelis son bodrios, y el resto serán, acaso, pasables. Pero ¿qué le hacemos? Los zombies son nuestros amigos, hay que apapacharlos. En todo caso, compartida como soy, aquí les van algunas de las tramas de esas pelis que no he visto aún. Ojo: como mi memoria es malona y no traigo la listita, tendrán que conformarse con mi versión de lo títulos. Sin embargo, las sinopsis sí están apegadas a la rialidá.

1. La teibolera zombie. Un experimento sale mal y afecta a una stripper, volviéndola zombie. En vez de correrla, el dueño del congal la vuelve la atracción del show, y todos los clientes se vuelven fans. Las otras teiboleras dudan: ¿tendrían que dejarse infectar para ganar como ella, o se quedan humanas? El riesgo es grande porque, como todos saben, del zombismo no hay vuelta atrás.

Comentario mío- Una de dos: o es una comedia negra divertidilla, o es una soft porn de flojera. Alguien, en imdb, dice que es más divertida que Shaun of the dead. ¿En serio? Yo dudo que haya algo más divertido. Los gringos no entienden el humor británico, bah.

2. Los zombies nazis que vivían bajo el agua. Algo mata a las mujeres que se acercan a la orilla de un lago francés. Ese algo es un regimiento nazi que, por razones que aún no comprendo, cayó en el lago y se zombificó. Así que ahora salen por la noche a violar y matar francesas.

Comentario mío- Suena a necrofilia barata. Quienes han visto la peli dicen que es mala mala mala. En todo caso, ver a un zombi nazie (¿o era zombie nazi? ¿o zomby nazy?) fuera del WII no suena mal, no, no. (Y la peli es de 1980, así que tendrá su toque retro).

3. La fiesta de los zombies adolescentes. Típica fiesta de fin de cursos es interrumpida por un ataque zombie. El instnto de supervivencia hace que chavillos que nunca se dirigían la palabra en situaciones normales ahora hagan equipo, incluyendo a la sexyporrista y al nerd.

Comentario mío- Ha de ser una mezcla de Carrie con La venganza de los nerds y con The breakfast club.

4. Zombies en el mall. Todo mundo se convierte en zombie excepto dos hermanas superfresas californianas. Deciden salvar el mundo… después de aprovechar las rebajas en el centro comercial más cercano.

Comentario mío- Me imagino una cosa como el reality show de Paris Hilton y Nicole Ritchie, pero lleno de zombies. ¿Eso es bueno o es malo?

5. Luna de miel zombie (de hecho, es el título real). Una pareja recién casada se va de luna de miel, y el tipo es atacado por «algo» que lo vuelve zombie. Él trata de contener su canibalismo para «hacer que su matrimonio funcione» y ella decide quedarse con él «en las buenas y en las malas». Pero el marido comienza a descomponerse…

Comentario mío- Da la impresión de ser una buena comedia negra. Tendremos que verla.

BONUS: La que no está en Amazon

Buscando información sobre estos zombies, encontré que recientemente ha estado en festivale una peli de nombre «Wasted away»: la historia de cuatro amigos veinteañeros que, por comer helado radioactivo, se convierten en zombies. La cosa interesante es que ellos se perciben como normales, como si el resto del mundo fuera lo que está mal. Pinta maravilloso, en serio. Ojalá llegara a México, cuando menos en dvd. En todo caso, los dejo con el trailer. (Pero si pueden ver el de acá, no se lo pierdan: es más lindo)

Dr. House a la mexicana

Lo que mucha gente no entiende es que, para mí, ver «Gray’s anatomy» o «Dr. House» o incluso «Scrubs» es ver ciencia ficción: algo que podría ocurrir en un futuro lejano, pero que, probablemente, quede sólo en la imaginación.

Así que hacer un programa estilo House, pero ubicado en mi realidad (en el ISSSTE en el mejor de los casos) sería un ejercicio de minimalismo: tendríamos que quitar el equipo de especialistas, las super máquinas para resonancias magnéticas, las curitas, las gasas y el merthiolate, las camas de hospital… y sólo quedaría la amargura housiana, pero multiplicada por mil y visible en cada médico y enfermera que se diera la vuelta por el cuarto para ocho enfermos que me tocaría compartir.

Y, claro, sería aburridísimo de ver:

1. INT. CONSULTORIO ISSSTE. DÍA

El médico está sentado frente a su escritorio. Reprime un bostezo, lo que le genera una ira incontenible. Duda: ¿descargarla en forma de puñetazo sobre el escritorio? Por suerte, en ese momento entra un paciente, que se queda en la puerta, temblando.

DOCTOR:
¿Síntomas?

PACIENTE:
Buenos días, doctor.

El médico resopla, molesto ante la muestra de educación. El paciente, tímidamente, se sienta ante el escritorio.

DOCTOR:
¿Qué le duele?

PACIENTE:
De repente me tiembla la pierna, doctor. Se sacude, como si fuera un ataque…

DOCTOR:
¿Duele?

PACIENTE:
No… nada más se sacude.

DOCTOR:
¿A ver?

PACIENTE:
No, pues ahorita no me está dando… es de repente, así, de la nada.

El doctor vuelve a resoplar. Se levanta. Mira de cerca la pierna que, efectivamente, está quieta.

DOCTOR:
Su carnet.

El paciente le da el carnet. El médico escribe, con una letra horrible, algo en él.

DOCTOR:
Lleve su carnet a la ventanilla dos, para que le den consulta con el ortopedista.

PACIENTE:
Pero doctor…

DOCTOR:
Y dígale a la enfermera que me mande al que sigue.

El paciente sale, confundido.

2. INT. CLINICA. DÍA

El paciente está formado en la larga fila que lleva a la ventanilla 2.

3. INT. CLÍNICA. DÍA

El paciente al fin llega a la ventanilla. Lo atiende una empleada hostil y aburrida.

EMPLEADA:
Su carnet.

PACIENTE:
Buenos días, aquí está.

La empleada resopla. Abre el carnet, no encuentra nada. El paciente le ayuda a encontrar la hoja en la que viene el garabato del médico. La empleada no le entiende (¿sabrá leer, acaso?) y resopla de nuevo.

PACIENTE:
Djo el doctor que me mandaría a ortopedia…

La empleada lo mira, incrédula, por un instante. Vuelve a fruncir el ceño. Pone un sello sobre el carnet y escribe algo.

EMPLEADA:
Venga al consultorio cuatro el once de abril a las diez. Llegue temprano, al menos tres horas antes, o corre riesgo de perder su cita.

PACIENTE:
¡Pero faltan cuatro meses!

EMPLEADA:
Por eso, no pierda su cita, o tendrá que sacar otra y no le garantizo que sea para este mismo año. ¡El que sigue!

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Para este momento, el espectador ya se durmió, o vomitó, o cayó víctima de un ataque de pánico. Y ver lo que sigue (el temblor lo causaba un cancer maligno y muy veloz, así que el paciente muere antes de su cita con el ortopedista, quien, de todos modos, lo iba a mandar de vuelta con el internista porque la pierna por sí misma no tenía nada de malo) no tiene nada de espectacular: mejor vámonos a ver otro episodio de Dr. House quien, pensándolo bien, es mucho menos hosco que los médicos del ISSSTE.

Disolvencia a negros.