Categoría: Varia invención

Todo lo que no cae en otras categorías. O bien: pura loquera.

  • Ecos congelados

    Vivimos con los ruidos extraños toda la infancia. Mi mamá decía que eran ecos congelados: sonidos que se guardaban en las paredes, luego de tantas y tantas repeticiones, y que cuando las condiciones climáticas eran adecuadas, se reproducían. Y si no había encima otros ruidos cotidianos, incluso se escuchaban.

    La casa era muy vieja y los muros, grosísimos. Siempre estaban fríos (yo me recargaba en ellos para refrescarme y mi abuela me regañaba por hacerlo: «te vas a enfriar», amenazaba; como si no fuera precisamente esa mi intención). Según mi mamá, esa combinación (casa vieja, muros gruesos) era la culpable de que pasáramos interminables noches en vela. Para colmo, mi hermano hablaba dormido; a veces hasta se sentaba (ojos entreabiertos en blanco, rostro inexpresivo), soltaba su frase de la noche y volvía a caer sobre la almoahada. Así que compartíamos recámara, pero no el insomnio. Por lo menos, a veces él también escuchaba los ruidos.

    Uno de los que más nos inquietaban se repitió varias veces, las suficientes como para convertirse en estampa del día a día (aunque no pasaba a diario). Sucedía a eso de las cinco de la tarde, generalmente, entre quince minutos y media hora antes de que llegara mi mamá del trabajo. El ensamble de ruidos -pues no era un simple tictac o un aullido o el estrépito de un vidrio roto, como otros de nuestros ecos congelados menos frecuentes- comenzaba con el sonido clarísimo del portón abriéndose. Luego, el estrépito del mismo portón, cerrándose un poco de golpe. A eso seguían las pisadas: pies de mujer enérgica, en tacones, atravesando el patio a paso vivo. Luego, los mismos tacones en la escalera, pero más despacio, como si su dueña no tuviera buena condición física. Y al final, la reja que daba a nuestro piso, abriéndose…

    Más de una vez caímos en el espejismo y corrimos a saludar, pensando que era mi mamá. Cada una de esas veces nos encontramos con el patio de abajo vacío, el portón cerrado, la reja intacta. Regresábamos a nuestros juegos y entonces sí, poco después, llegaba mi mamá.

    Fue justo cuando le contamos de esos sonidos que nos explicó la teoría de los ecos congelados. Fingimos tranquilizarnos, y guardamos como un secreto lo que omitimos al describirle el fenómeno: que el ensamble siempre variaba ligeramente (a veces el portón sonaba más fuerte, a veces los pasos eran más lentos) pero que siempre coincidía, fielmente hasta el escalofrío, con su llegada verdadera, quince minutos o media hora después.

  • El fantasma que camina de espaldas

    I.
    Tendría yo unos quince años. Estaba muy metida en cierta organización que hoy prefiero ni mencionar ni recordar; pero viene al caso decir que nos reuníamos cerca del metro Juárez (no, no era una asociación delictuosa: en esos tiempos yo era más buena que el pan de zacatlán). Dio la casualidad de que se organizó una noche mexicana (ni tan casualidad, se hacía año con año, en septiembre) y mi papá -gran sorpresa- nos dio permiso de quedarnos hasta el final a mi hermano y a mí.

    No sé a qué hora salimos del lugar ése (no, no sueñen: ni alcohol ni nada: éramos chicos muy chicos -y muy sanos), pero contra mi absurda previsión (inocente que es una) no encontramos ni un sólo taxi. Ni el micro que normalmente nos habría dejado en la puerta de la casa.

    ¿Qué hacer? opción uno, quedarse como el niño Samuel a pernoctar donde estábamos (hint, hint). Opción dos, caminar: a fin de cuentas, no estábamos tan lejos (de metro Juárez a adelantito de la Arena Coliseo; la verdad es que no es tantisisísimo). Decidimos caminar.

    La verdad, los dos estábamos un poco espantados, más que por andar de noche en la calle, por la hora a la que finalmente llegaríamos (nos habían dejado quedarnos «hasta el final», pero intuíamos que era más tarde de lo que la fam habría imaginado); pero emprendimos la graciosa con buen ánimo. Platicábamos. Y tomamos la ruta turística: Juárez, Madero, Isabel, Donceles, Brasil, Perú.

    Sí: caminábamos más aprisa que un turista. Era el miedillo. y más aprisa cuando nos dimos cuenta de que el jolgorio ya había terminado en todos lados: las calles estaban vacías. De esa forma de estar vacías que da más miedo la soledad que un par de gañanes aquí o allá. Pero no quedaba otra, y seguimos caminando, a paso vivo.

    De pronto, casi llegando a una iglesia (¿sería sobre Isabel? ¿sería sobre Brasil?) vimos que, en sentido contrario -pero en la misma acera- venía una persona. Caminaba despacio, tranquila. Nos dio cierta alegría.

    -Mira, no somos los únicos-dijo uno de nosotros. No sé si dijimos exactamente eso, o algo parecido.
    Nos daba la impresión de que era una persona anciana. Nos dio más gusto, más seguridad: quería decir que no estaba tan canijo el andar en las calles del centro a esa hora.

    Pero cuando estuvimos más cerca, pudimos ver que la persona en cuestión caminaba de espaldas. Sí, caminaba en nuestra dirección, pero venía completamente de espaldas a nosotros. No sé explicar exactamente por qué, pero sentí pavor. tomé al hermanuco de la mano y corrimos, cruzando la acera, y luego sin parar, o casi, hasta llegar a nuestro portón.

    Más tarde, ya en casa, a salvo, comentamos el hecho: Fabien había sentido, me dijo, el mismo terror. Y ambos coincidimos en que era algo raro, pero no como para dar miedo… pero nos dio. Es extraño como algo tan simple puede dar tanto miedo: pensando fríamente, podía tratarse de una beatilla, de esas que piensan que es falta de respeto darle la espalda a una iglesia; o un borrachillo, jugando a quién sabe qué. total, que nos dio pavor, y aunque casi olvidamos todos los detalles, la sensación sigue siendo fácil de evocar. Brr.

    II.
    Acabo de leer «El traje del muerto», novela de Joe Hill (gracias por el préstamo, querido Bef). Tiene buenos momentos, una pésima traducción, pero algunas imágenes estremecedoras. Pero lo que realmente me hizo temblar fue que, de pasada, un personaje habla del «fantasma que camina de espaldas a la gente», como si fuera una cosa muy sabida, un fantasma conocido. De inmediato me acordé de aquella experiencia de mi hermano y yo…
    ¿Lo peor? Ahora que busco el pasaje en el libro, para ponerlo aquí, textual, parece que ha desaparecido. ¿Soñé que lo leía? ¿Fue un pasaje fantasma? ¿O lo desapareció, por algún motivo que ignoro, el fantasma que camina de espaldas a la gente?
    Tengo miedo.

  • Al fondo del océano

    Sí, ya sé: debería estar escribiendo agudas tésises acerca del brote de influenza y de cómo se parece a una amenaza zombi; y de cómo queda demostrado que yo no sobreviviría a la amenaza zombi porque en vez de estar huyendo a Puebla en una eseuvé estoy aquí, en la oficina, combatiendo el mal desde mi burocrática trinchera.

    Pero es tan obvio eso (basta con ver a toda la gente en la histeria, con los cubrebocas puestos y los ojitos de angustia), que no le veo el caso.

    Miento: la verdad es que me incomoda que justo el día que inició el desmadre zombi se me olvidó traer mi cel, Alberto se fue a Guanajuato y mi coche está a varias estaciones de metro de aquí (y mi gato en el depto, y mi papá en Iztapalapa). Sí: me choca la posibilidad de que en esta película me haya tocado ser carne de cañón y no el rol de heroína superpagüer que acaba con los muertos vivientes.

    Así que, en franca rebeldía contra el destino, escribiré mejor que mi hermanín me regaló un disco de Voltaire(¡eeeeeeeh!), dedicado y todo (com están todos mis discos de Voltaire, ejem): To the bottom of the sea. Muy bueno. Varias rolas destacables (mis favoritas, The Industrial Revolution, Happy Birthday, Death Death y, sobre todo, Coin Operated Goi).

    Y que platicando con mi hermano, le dijo que viene pronto a México… y en su myspace, dice:

    15 may 2009, 8:00 p.m. 08:00 PM – A surprise for my spanish speaking friends… below a border, somewhere spicy, – many pesos… more info later… v

    Así que este atacuchito de influenza NO puede ser una amenaza porque VOY a ver a Voltaire pronto :P

  • Sobre la fuerza de los zombies :)

    Preguntó Fausto en el foro sobre zombies en el que rolo:

    Bueno, se que los zombis realmente son imaginarios, pero… ustedes que opinan , ¿deberían tener mas fuerza física que un ser humano normal o por el contrario estar mas débiles?
    Yo creo que mas debiluchos por no estar muy sanos que se diga… bueno , pues eso, ¿que opinan?

    Ni tarda ni perezosa, respondí. Y la verdad, mi respuesta me quedó mona. Tanto, que se las comparto acá :)

    Dice Rax…

    Creo yo que la fuerza física, como tal, dependerá mucho de la que tenían en vida: una niña de siete años tendrá mucha menos que un forzudo que no salía del gym, ¿no? Así que podríamos decirle a esta variable fv: fuerza en vida.

    A eso hay que restarle el daño que hayan recibido al ser hechos zombis o posteriormente: uno que no tenga brazos… bueno, no podrá ejercer la misma fuerza que uno que estuviera enterito. Llamémosle d: daño (recibido).

    Sumemos a ello la constancia del zombi en cuestión (ya saben, hay unos que se distraen más fácil que otros, unos que prefieren vagar y otros a los que les da por azotar una misma puerta, una y otra vez): podríamos denominarla c.

    Y todo ello, multipliquémoslo por la fuerza extra que da el hecho de no sentir dolor, ni miedo (algo parecido al adrenalinazo, pero que no es eso exactamente). Llamémoslo e, para no confundir con la otra fuerza

    Tons, tenemos que [(fe-d)+c]e=F (donde F es la fuerza total).

    Lo siguiente sería establecer las escalas, ¿no?

    Por ejemplo, en «fe», la niña de 7 años tendría, supongo, un 2.5 en escala de 10, mientras que el forzudo del gym tendría un 10.

    En «d», un zombi con un sólo rasguño tendría un 1 y uno sin brazos, piernas y dientes, tendría un 10.

    En «c», un zombi normal tendría su 10 y uno medio ido o con déficit de atención tendría, quizá, 7 (pero cuidado, que si ven gente viva, todos se vuelven persistentes).

    Y «e» sería una constante, digamos 1.5 (por aquello que dijo Humano Inmune, de que podrían tener la fuerza de humano y medio).

    Así, si sacamos la fuerza de una niña de 7 años, con apenas un rasguño y mucha constancia, veríamos que

    [(fe-d)+c]e=F
    [(2.5-1)+10]1.5=F
    [1.5+10]1.5=F
    [11.5]1.5=F
    F=17.25

    Si sacamos la de un forzudo sin un brazo (digamos que el nivel de daño lo pusiéramos como un 3), medio inconstante:

    [(10-3]+7]1.5=21

    Peeero, como ya dijimos, la fuerza es apenas uno de los muchos elementos a considerar, jeje. Y hay que unificar las escalas, no vaya ser que en escala México la niña tiene F=17.25 pero en escala España tiene F=5 y cualquier mexicano en España, medio descuidado, se la topa y la cree poco peligrosa…

  • ¿y tú para cuándo?

    El escenario es casi siempre el mismo: una reunión familiar multitudinaria o un encuentro de exalumnos, examigos, excompañeros de algo. El chiste es que haya mucha gente a la que hace mucho no ves y con la que tienes una sola cosa en común: estar ahí. Y entonces, te pones a platicar con esa amiga/parienta/vaga conocida (a veces es un hombre, pero casi nunca) y, luego de medio minuto de charla intrascendente, suelta la bomba:

    –oye, y tú, ¿para cuándo?

    –para cuándo qué –contesto yo, porque, aunque sé perfectamente de qué hablan, prefiero hacerme un poco güey

    –para cuándo te animas –y le echan una mirada de reojo a sus hermosos hijos, tan rozagantes y bieneducados que, por supuesto, hacen que me muera de ganas de apuntarme con una docena

    –¿a qué?–sigo haciéndome güey

    –aaaay, cómo eres… a tener hijos…

    Y aquí comienza el infierno, queridos. No porque me incomode especialmente que todo mundo crea que tengo obligación de contribuir a la sobrepoblación del planeta, sino porque -y esto es lo terrible- las normas sociales parecen indicar que cualquier persona tiene derecho a meterse en tu intimidad y cuestionar tu decisión de tener o no familia; pero que, al mismo tiempo, tú no tienes derecho a cuestionar la de ellos. Me explico: supongan que la conversación sigue así:

    YO: ¿hijos? Bueno, pues me parece que ya hay muchos niños en el mundo, que la situación económica es grave, que no sabemos si habrá agua para todos dentro de treinta años.

    ELLA: Ay, bueno, pero… ¡es tan hermoso tenerlos!

    YO: Supongo que sí, pero no creo que sea nada hermoso decirles: «hijos, este mes no comen porque su mami es freelancer y no le tocó chamba esta vez»

    ELLA: Pero si te esperas a tener una mejor situación económica, tal vez sea demasiado tarde…

    YO: Siempre se puede adoptar. Hay suficientes niños sin padres en el mundo, ¿no?

    ELLA: Adoptar no se compara con tener tus propios hijos…

    YO: ¿Cuántos has adoptado tú?

    ELLA: …

    YO: Eso pensé. Además, si yo tengo un hijo, quiero criarlo yo, no dejarlo en casa de quién sabe quién a que le inculquen quién sabe qué hábitos…

    ELLA: A mi nena la cuidó siempre su abuelita…

    YO: Qué suerte de tu nena de tener una abuelita. Mi mamá murió de cáncer cuando yo tenía quince años, tras largos meses de terrible sufrimiento. Así que no cuento con esa opción. E

    LLA: No sabía…

    YO: Pues ya ves. Además, yo pienso que la crianza de los hijos es un proyecto de vida que requiere de tiempo y vocación. Respeto mucho a quienes toman esa decisión, sobre todo, porque creo que no es para todos.

    ELLA: Bueno… es que una tiene como un sexto sentido…

    YO: Cuando dices «una», ¿te refieres a ti o a tu mamá?

    ELLA: …

    YO: …

    Y al final, queridos lectores, ¿a quién tachan de antisocial y de brusca y de intolerante? (y eso que no inventé un cáncer de ovario o un historial de maltrato infantil con mis alumnos de kinder o algo así). Una versión corta es:

    ELLA: ¿Y para cuándo te animas a tener un bebé?

    YO: Perdona, pero no me parece adecuado discutir contigo mi vida sexual. Porque, ¿sí sabes que para tener un bebé hay que concebirlo, no? ¿y que eso implica una relación sexual, no?

    ELLA: …

    Y de todos modos, ¡resulta que la intolerante soy yo! La próxima vez voy a decir que lo he intentado por diez años y lloraré amargamente. A ver si así no me dicen que la políticamente incorrecta soy yo.