¡Feliz cumple, papá!

Ayer fue cumpleaños de mi papá, mañana es su santo. La cercanía de ambas fechas hace que tengamos generalmente una celebración de tres días. El 18, además, es cumpleaños de Maru Tamés, mi queridísima jefa de los tiempos de Diálogos en Confianza (pasen con ella si tienen quejas de mis ideas de equidad de género y cultura de la prevención, o de mi hábito de escribir guiones de temas que me gustan para proyectos que me enorgullecen, incluso si no me hago rica en el intento) y el 20 es, también, cumpleaños de mi querida tía Estelita (en buena medida promotora de mis hábitos de lectura, como pueden leer acá). El 18 es también cumpleaños de varios amigos queridos -¡y el 20 también! Esto genera que, mientras no domine el don de la ubicuidad, me es imposible dar todos los abrazos que quisiera en estos días. Pero son días que acostumbro estar muy contenta porque pienso en tanta gente linda que está festejando a mi alrededor.

Y, sobre todo, aprovecho para agradecer que tengo el papá que tengo (que ahorita anda malito -pero más le vale recuperarse asap!)

Con mi papá y mi hermanillo
Con mi papá y mi hermanillo

 

Morris, rey de la sábana (no sabana)

Hace frío. Y, como siempre que hace frío, el cerebro se me congela y las ideas de mi cabeza huyen, supongo que a lugares más cálidos. Así las cosas, y considerando que es viernes y que hqce frío, que tuve que salir a la calle pese al frío y que mis dedos y mi nariz están congelados por el frío, en lugar de escribir algo medianamente simpático (o de quejarme del frío) les dejo una foto del gato Morris, cortesía de Alberto Chimal. (Morris, con ese abrigote no tiene frío, sobre todo porque en estos días sólo deja la cama para ir al sillón o al regazo calientito del humano en turno).

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Autoempleada, autojefa

Eso sí, con elegancia aunque sea en casita ;)
Eso sí, con elegancia aunque sea en casita ;)

A partir de mañana tendré que ponerme a trabajar en serio si quiero completar mis pendientes a tiempo. La verdad es que me da un poco de vértigo pero creo que si me organizo bien sí lo voy a lograr. Uno de los principales problemas que he tenido en los últimos diez meses es que no tengo un jefe que me diga qué hacer y qué no hacer, o que se disguste si hago o no hago. De esta forma, la vida ha sido un poco china libre y, si bien he logrado cumplir con mis deadlines, la verdad es que he tenido momentos de mucho estrés por no administrarme bien.

Anoche, mientras escribía mi nota sobre los empleados que le hacen bullying a los consumidores para que el único que gane sea el dueño de la empresa para la que trabajan (la pueden leer aquí), me cayó un veinte en algo: si soy capaz de trabajar responsablemente para un jefe externo, si siempre me he jugado el todo y he dado mi mayor esfuerzo para instituciones a las que en realidad no les interesa qué tanto me esfuerce y me ponga la camiseta siempre y cuando cumpla con mis metas, ¿no debería trabajar con muchísimas más ganas cuando el resultado de ese esfuerzo me va a beneficiar a mí? Mi respuesta fue que sí, que debo respetar a este jefe buena onda y cariñoso y comprensivo que debería ser yo misma y cumplir sin tratar de robarle tiempo al trabajo (porque sería robarme tiempo a mí misma). También, claro, pensé que si he sido (porque, neto, lo he sido) una jefa amable, comprensiva, paciente y razonable con la gente que ha estado a mi cargo, debo ahora serlo también con esta persona que está bajo mis órdenes: yo misma.

Ya sé que suena un poco psicótico, pero es que esto de ser el propio jefe de uno tiene su lado de personalidad dividida y todo eso (además de que, recordemos, soy hermana de mí misma, como pueden leer acá, y eso siempre genera algunos trastornos sin importancia).

En resumen, que a partir de mañana trataré de ser mejor autoempleada y mejor autojefa, todo con miras a terminar a tiempo el siguiente proyecto de escritura que, acá entre nos, me tiene muy entusiasmada. Me muero de ganas de contarles al respecto pero por políticas de la empresa (ja) sólo platico de las cosas cuando son un hecho, así que mejor me apuro a convertirlas en un hecho y ya luego les cuento :) -En todo caso, si me ven menos en Facebook, Twitter y similares, ya saben que es porque hice un trato con mi jefa ;)

Hoy tocó cinito: Tekkonkinkreet

tekkonconcrete-2

Hoy tuve un día movidito: en la mañana desayuno familiar con mi papá, mi prima Marysol y Alberto, seguido de larga y sabrosa plática con mi prima. Luego, visita obligada a la estética Romero 74  (ya era yo una facha total: desde agosto no me pasaban la navaja por la cabeza ). Como siempre, Javier hizo milagros. Quedé muy contenta.

rax roja

 

(¡Alberto también recibió su dosis de navaja, por cierto!)

Alberto pelicorto

Para cerrar el día, comida y peli con mi queridísimo Guillo, amigo adorado, con Burbuja, su roomie (me volví fan, ¡yo quiero que Primo y Morris sean como ella cuando sean grandes!) y, por supuesto, con Alberto mon amour. Vimos Tekkonkinkreet, película animada de 2006, dirigida por Michael Arias.

Guillo y Burbuja

¡Qué buena peli! La trama es un poco enredada pero, en corto, narra la vida de dos niños huérfanos que viven en la calle: Kuro (Negro) y Shiro (Blanco). Aunque sus personalidades pueden parecer opuestas, se complementan y se adoran. Lo malo es que su ciudad y sus vidas mismas están amenazadas por un villano horroroso que lanza contra ellos primero a yakuzas y luego a unos asesinos sobrehumanos. Hasta ahí de la trama. Mejor les cuento que lo que más me gustó fue, por un lado, el estilo de la animación, super detallado y a ratos estilo acuarela; y, por otro lado, la manera en que los sucesos sobrenaturales son contados como si fuera el realismo más costumbrista. ¿Que los niños vuelan? Ah, sí. ¿Que los asesinos son sobrehumanos? Sí, claro. En el mundo diegético de esta historia eso es lo cotidiano y a nadie parece sorprenderle ni tantito, mientras uno como espectador se pregunta si hay que tomarlo literal o como metáfora, y, sobre todo, mientras lo disfruta uno con la bocota abierta.

Por cierto: ahora me entero de que Tekkonkinkreet ganó, entre otros premios, el de Mejor Película Animada de la Academia Japonesa en 2008.

¿Mi consejo? Tengo varios:

1. Frecuenten a sus familiares queridos, dense tiempo de tomar cafés y platicar con ellos por horas.

2. No dejen pasar mucho tiempo entre una visita a la estética y la siguiente ;)

3. Compartan tardes bonitas con los amigos queridos, sobre todo si tienen gatos guapos :P

4. ¡Vean Tekkonkinkreet!

(Claro, si no quieren, pus no y ya).

Burbuja

 

Ensalada raquelette

Hoy hice mi famosa ensalada raquelette (sí, yo la bauticé; sí, lo hice hace medio segundo) -y quedó tan pero tan buena que decidí ser linda y compartirles la receta.

Van a necesitar:

  • Verduras varias. Yo hoy usé cuatro calabacines, un chayote, un pimiento verde, uno rojo y uno amarillo -el paquetito «semáforo», le dicen. Otras veces uso champiñones, ejotes, pepinos, apio, zanahorias, brócoli, chícharos y/o granitos de elote :)
  • Jugo Maggi bajo en sal
  • Aceite de oliva
  • Sal de mar
  • Limones amarillos (dos)
  • Limones verdes (mínimo uno)
  • Semillas de girasol o pepitas de calabaza (un puñito)
  • Cacahuates tostados sin aceite ni sal (otro puñito)

Pasos a seguir:

  1. Laven todas las verduras. Bien. Que no queremos que nadie se enferme, ¿verdad?
  2. Piquen tooodas las verduras en cubitos. Yo procuro que queden como de dos centímetros cúbicos.
  3. Rebanen un limón amarillo. Uno nomás.
  4. Partan el otro limón amarillo por la mitad.
  5. Pongan un sartén en la lumbre con un chorrito de aceite. Mi chorrito es como de una cucharada sopera porque es nomás para dar sabor y los cositos grasos saludables que necesita el cuerpo. Ni siquiera espero a que se caliente demasiado, nomás a que corra bien. Como mi sartén es de esos teflonosos, nada se le pega. eso es bueno, diría yo.
  6. Echen la verdura, los cacahuates y las rebanadas de limón amarillo en el aceite, nomás a que se ablande tantirri. A mí me gusta casi cruda, que cruja, pues. Así la recomiendo pero cada quién.
  7. Pónganle jugo maggi al gusto. Yo le pongo hartito, por eso uso el bajo en sal, para que no me dé tanta culpa luego ;)
  8. Ya que esté con la textura adecuada, pásenlo todo a un tupper que tenga tapa y exprímanle el jugo del otro limón amarillo y de todos los limones verdes que quieran (aguas con la gastritis).
  9. Añadan las semillas de girasol o calabaza.
  10. Tapen el recipiente y agiten todo con vigor y entusiasmo.

Y listo.

Acá en casa la comemos así, tibiecita, recién salida de la estufa, o a temperatura ambiente, o directo del refri. También la usamos como base para sopa y queda buena ;)

Les iba a poner una foto pero fui al refri, saqué el tupper con la ensaladilla, me comí dos cucharadas y no fotografié nada. Vine, me senté, me acordé a qué había ido, me paré de nuevo, volví a ir al refri, saqué de nuevo el tupper y me comí otra vez un par de cucharadas y no tomé fotos. Así que les quedo a deber la foto :( Pero a cambio les dejo una de una ensalada de gatos :D

No hagan esto en casa
No hagan esto en casa

Lo que no se hurta, se hereda (o algo así)

revista kikis portada

Seguimos con la limpieza de la casa, ahora sacando libros, papeles que ya no sirven, revistas que ya leímos, cómics que no nos gustaron y una variopinta colección de etcéteras relacionados con lo impreso. Llena de polvo hasta las cejas y con las palmas de las manos convertidas en la inspiración para Más negro que la noche, me encontré con una bolsa en la que venían algunas cosas que pertenecieron a mi mamá y que mi tío Carlos guardó celosamente hasta su muerte (la de él, el año pasado; la de mi mamá fue en 1991). Mi prima Tatiz me hizo el favor de entregarme estas cosas y yo hice la raquelada de traspapelarlas hasta hoy. Así que, polvosa y mugrienta me puse a revisar los contenidos de la bolsa y cuál va siendo mi sorpresa al encontrar, entre otras cosas, una revistita hecha en mimeógrafo, fechada en diciembre de 1972. Juglar, revista de la especialidad de lengua y literatura de la Escuela Normal Superior, dice ser. Lo primero que me encontré es que mi mamá era «director gerente» de la revista. Luego, al ver el índice, me encuentro con que su contribución en este número fue la sección de humor, con unos chistes mensos como los que a mí me gustan y con un poemita anónimo ¡que me sé de memoria!

Ahora no sé si es coincidencia o si soy un robot programado con los gustos de mi creadora *bip, bip* **se prenden y apagan los foquitos que funcionan como ojos y se escuchan más bips**

 

revista kikis 1

En todo caso, es un descubrimiento muy grato. Y nada, que me da argumentos para seguir escribiendo cosas jocosonas: si alguien me reclama mi falta de solemnidad, simplemente le diré que es cosa de mi sistema operativo ;) –Entre tanto, les pongo acá el poemita anónimo que reprodujo mi mamá en la revista Juglar de diciembre de 1972 (¡cuatro años antes de que yo naciera!). A ver qué tanto puedo escribir de memoria y qué tanto necesito ver el acordeón:

Por fin llegaste a mí, amada mía,
entre mis manos te veré un momento
para luego sentir el cruel tormento
de que te esfumes en el mismo día.

Dos veces en el mes con tu llegada
se satura de luz el firmamento
y si retrasas tu venida siento
la espalda al estómago pegada.

Yo quisiera que fueras más gordita
y que tuvieras menos pretendientes
o que algunos tuvieran menos dientes
para así poder tenerte completita.

Y te irás… prodigando tus favores
a esa gente que muerta ver quisiera:
al árabe, al tendero, a la casera,
y a todos mis terribles acreedores.

Yo no sé por qué fantásticas razones
te pusieron por nombre LA QUINCENA
pues con tus reducidas proporciones
se puede malcomer… mas no se cena.

Nota: pues tuve que ver el acordeón una vez y en otra parte mi versión no coincide con la de mi mamá. Busqué en internet y encontré al menos tres versiones ligeramente distintas -pero eso sí: en todas dice que es un poema anónimo. *bip, bip, biiiiip*

 

revista kikis tabla

País de maravillas: La culpa es de La niña de los fósforos

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

Sé que había dicho que sería los lunes cuando pondría aquí, en diferido, las entradas de País de Maravillas, mi columna en La Jornada Aguascalientes. El problema es que los lunes pongo también los horóscopos bibliománticos en twitter, y siento que se encima un poco. A reserva de que encuentre el mejor día para poner cada cosa (¿miércoles la columna en diferido, dado que sale los martes en LJA? ¿Domingo quizá?), va hoy el texto que apareció en La Jornada el martes 27 de agosto:

 

País de Maravillas

La culpa es de la niña de los fósforos

Raquel Castro

 

1

Hubo un tiempo en que mi papá y mi mamá trabajaban en la tarde. Generalmente no era un problema, pero cierta vez rompí en llanto atroz: “Llévame contigo, mami, no me dejes sola”, le decía entre berridos, a pesar de que en casa estaban mi abuela y mi hermano y mi primo Ricardo. Mi mamá tomó el libro que estaba tirado junto a mí: eso siempre le daba una pista sobre mis estados de ánimo. Era un ejemplar de los cuentos de Andersen y, efectivamente, acababa de leer un cuento que me había dejado emotiva, por decirlo de alguna manera.

Mamá me preguntó cuál era el cuento que me había puesto chípil y le dije: era el de esa niña huérfana que vende cerillos y que extraña a su mamá y se muere de frío y no te vayas, mami, no me dejes sola. Ella suspiró y accedió a que la acompañara a su trabajo. Me llevé el libro de Andersen y lloré esa tarde con “La sirenita” y con “La pelota y el trompo”; pero eso sí: sentada junto al escritorio de mi mamá. Cuando su jefe me saludó y le preguntó a ella a qué se debía el honor de mi visita, la respuesta fue: “La culpa es de la niña de los fósforos”, y le contó nuestro drama previo. “Pero así se hacen sensibles”, concluyó mi mamá.

Sensible o chillona, lo cierto es que yo era muy fan de esos cuentos desgarradores: además de los personajes suicidas de Andersen me gustaban los atormentados de Wilde (“El ruiseñor y la rosa” y “El príncipe feliz” eran mis favoritos) y los cuentos desgarradores de un libro muy viejo que atesoraban en casa, Alma latina. Pura tragedia que hacía que la serie animada Remi pareciera comedia musical.

 

2

Hasta hace muy poco trabajé en una oficina de gobierno. Un día, una compañera llevó a su hijo y, luego de dejarlo correr frenéticamente por los pasillos durante unas horas, misteriosamente decidió que era tiempo de que el niño dejara de torturarnos. “¡Te me sientas aquí y te estás quieto! ¡Ten y ponte a leer!”, rugió la doña y le puso en las manos un libro del que alcancé a leer el título: Andersen para niños. Metiche que es una, le pedí al pequeño que me dejara ver su libro. Para calarlo, pues.

Lo que más me sorprendió no fue que pretendiera antologar a Andersen en un puñadito de páginas (no eran ni cien) ni que cada una de esas páginas sólo tuviera un par de renglones de texto. Tampoco fue que el resto del libro eran ilustraciones que parecían clones de las de Disney, muy similares a los dibujos que adornan puestos callejeros de tortas y tacos, en los que uno sabe que tal personaje en el cazo es Porky o La Sirenita (según si es puesto de carnitas o mariscos), pero si los mira de cerca descubre que tienen deformidades que van de lo vago a lo monstruoso, de acuerdo con la pericia del rotulista.

No: lo más sorprendente era que todos los cuentos estaban “retrabajados”: Sirenita no se disuelve en espuma de mar; Trompo perdona y rescata a Pelota; SoldaditoDePlomo y Bailarina se casan y son felices… ¡La niña de los fósforos logra meterse a la realidad alterna de los cerillos y se queda ahí a disfrutar de una cena deliciosa con su mamá y su abuela!

Yo me quedé con mil dudas: ¿Por qué ese miedo a que los niños conozcan historias desgarradoras? ¿Qué puede tener de malo que se nos ablande un poco el corazón, que conozcamos personajes capaces de dar la vida por otros o que viven en un mundo injusto? Más todavía: ¿Cómo entiende el concepto de “infancia” el editor que cree que estos cuentos son demasiado sórdidos y necesita hacer una versión “para niños” de algo que ya era disfrutado por la chamacada?

Al final sólo pude concluir una cosa: con razón el hijo de mi excompañera de trabajo prefiere correr como cabraloca que sentarse en un rincón con esos libros. Yo habría hecho lo mismo, supongo, aunque se habría visto muy mal una Raquel de traje sastre galopando entre las computadoras.

 

3

Hace poco una mamá me dijo que ella le evitaba a sus hijos “esos cuentos lacrimógenos” porque los ponía “demasiado sensibles” y yo pensé de inmediato en mi propia mamá y su paciencia ante mis brotes melodramáticos.  No sé qué tan sensible me habré hecho, pero sí creo que el daño colateral de esas lecturas, en mí y en otros, fue ejercitar la empatía, la capacidad de indignarnos ante las injusticias y hasta la tolerancia a situaciones frustrantes. La vida no siempre es fácil, parecían murmurar esas historias, pero no tiene por qué dejar de ser bella. Ya sé, soy una cursi. Pero la culpa es de la niña de los fósforos.

 

 

Ilustración de ArtBIT
Ilustración de ArtBIT

La ilustración es de ArtBIT y pueden ver su trabajo aquí.

País de maravillas: El extraño caso de los cuentos rusos desaparecidos

Como prometí, y como hoy es lunes, comparto acá mi entrega de la semana pasada en La Jornada Aguascalientes (pero, si prefieren, la pueden leer directo allá en esta liga).

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

El extraño caso de los cuentos rusos desaparecidos

A Erika Mergruen en su cumpleaños.

Cuando era niña –si sintieron olor a moho y polvo al leer el inicio de esta frase, no se espanten: es porque les hablo del milenio pasado–, en casa había algunos libros de Editorial Progreso. Hechos en la URSS, eran una maravilla.

Recuerdo en particular uno, La casita bonita, de pasta dura y con ilustraciones primorosas. Era un conjunto de cuentos tradicionales rusos, del que mi favorito era el que daba título a la colección: un cántaro cae de la carreta de un mujik, una mosca (la Mosquita Golosita, se llamaba) se lo encuentra y se queda a vivir en él. Luego llega a vivir con ella el Mosquito Picadorsito. Y poco a poco la casa se va llenando. Recuerdo que, entre los habitantes del cántaro estaban la Raposa de la Lengua Hermosa y el Lebrato Saltador, que Brinca Más y Mejor (temo no recordar los demás nombres, pero había un gato, un lobo, un perro y a saber qué otros individuos). Dos cosas me fascinaban: la primera, que cada que llegaba un nuevo personaje preguntaba: “¿De quién es esta casita tan bonita? ¿Quién vive en ella?”  Y todos los habitantes se presentaban, en el orden que habían llegado. Yo trataba de recitarlos también, así que era un juego de memoria. La segunda, que en cada ilustración la casita tenía alguna mejora: un escalón, una ventana, macetas, una chimenea…  era otro juego: ver las diferencias, proponer (en mi cabeza) otras: una terraza, un jardín, ¿una alberca, tal vez?

En otro de los cuentos, una grulla y una zorra (aunque ahí le decían raposa, y me gustaba pensar que era parienta de la que vivía en la casita bonita de la historia de junto) eran comadres que se hacían maldades: la zorra ponía la comida en platos extendidos y la grulla usaba floreros de cuello angosto, por lo que una u otra se quedaban sin comer. La ilustración de la raposa, vestida de muñequita rusa, era simplemente genial.

Mi tercer cuento favorito de este libro era sobre una niña que tenía que rescatar a su hermano de la casa de la bruja Baba Yaga. La cabaña se movía gracias a que estaba asentada en una pata de gallina gigante, que brincaba de un lado a otro. Y la niña tenía que pedir ayuda a un río de leche con orilla de jalea, entre otros personajes raros y deliciosos. “Te ayudaré si tomas de mi leche y comes de mi jalea”, le decía el río a la niña y ella, despectiva, respondía: “En casa ni la mermelada me hace tilín”. Y yo… ¡bueno! extática, arrobada, feliz. Porque no sólo era ese mundo extraño sino que, además, el lenguaje mismo era rarísimo: “¿Me hace tilín?, ¿raposa? ¿mujik?”, me repetía yo, descifrándolo y tratando de incorporarlo a mi vocabulario, para llevar un poquito de ese mundo a la vida real.

Con el paso de los años dejé de releer La casita bonita. Además, cayó la URSS y, de pronto, las librerías de viejo estaban inundadas de libros de Editorial Progreso, con lo que perdieron a mis ojos un poco de su magia. Les dejé de poner atención.

Un día ya de este siglo, me acordé de la Mosquita Golosita y sus amigos. Fui a casa de mi papá y busqué entre mis libros infantiles La casita bonita. Sorpresa: no estaba. No estaban tampoco mis otros libros de Progreso. Mi papá no me supo decir si los regaló, se los robaron o se perdieron en alguna mudanza.

Sin ponerme loca todavía, comencé a visitar librerías de viejo. La sorpresa se convirtió en escalofrío: a excepción de algún libro para niños sobre astronautas o los beneficios de los planes quinquenales (bastante aburridos, en realidad) y tres o cuatro para adultos sobre la vida de Lenin o temas marxistas, ¡nada! Ninguno de los hermosos libros de cuentos tradicionales rusos que yo recordaba.

Como soy ligeramente obsesiva, ahora sé que La casita bonita es un libro con versiones de Alexei Tolstoi y que esas ilustraciones maravillosas son de un artista muy reputado, Evgeni Ráchev; que la traducción a la que le debo seguir diciendo no me hace tilín cuando algo no me entusiasma es de José Vento; que Progreso era una editorial de propaganda política y que en 1991 se reestructuró para sólo publicar en ruso y distribuir dentro de sus fronteras. Lo que no sé es qué pasó con todos los ejemplares que había en librerías de viejo, o los que estaban en mi casa.

Me gusta pensar que un día de 1991 un científico ruso apretó un botón rojo que activó un chip oculto en cada libro, haciéndolos flotar de vuelta a casa.

Ah, pero si de casualidad alguno de esos chips no se activó correctamente y usted tiene un ejemplar de cuentos rusos de Progreso en casa, cuídelo mucho y léaselo a toda la familia. Verá que a todos les hará tilín.

 

Ilustraciones de Evgenii Rachev
Ilustraciones de Evgenii Rachev