Fierritos en los dientes

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Tenía doce o trece años la primera vez que me sentenciaron a usar brackets. Que mis dientes estaban chuecos, dijo el dentista. Que podrían quedar derechitos si me ponían frenos. Yo no dije que no, pero tampoco me entusiasmé. Y no sé por qué, pero mi mamá tampoco se entusiasmó (quizá, pienso ahora, por la crisis: eran tiempos difíciles). Luego se nos vino la vida encima: cumplí quince, murió mi mamá, hubo cosas más importantes que traer fierritos en los dientes (siempre había algo más importante) y el tiempo se fugó a una velocidad sorprendente.

Ya era el siglo XXI cuando mi boca se puso en huelga: de pronto me di cuenta de que mis encías estaban inflamadísimas y mi paladar se lastimaba con cualquier cosa. Lo peor fue un día en que, al inclinarme para secarme el cabello después del baño, un sabor a fierro me inundó la boca. No, a fierro, no: a podrido. Podrido leve y ferroso. Y no era un sabor, era un olor. Pero sabía. Osh, ni siquiera puedo explicarlo, pero estaba de la chingada. Así que me asusté y fui con un dentista que dijo que mi mandíbula inferior no había crecido al ritmo del resto de mi cuerpo (¿por qué la mandíbula inferior y no, digamos, la cintura? ash). Que por eso mis dientes de abajo estaban apiñaditos. Que él proponía fracturar en dos zonas la mandíbula para hacerla cuadradita en vez de triangular, acomodar los dientes y cortar las encías que estaban sobrececidas. Que sería un año jodido, pero que luego estaría yo fantástica y feliz.

La verdad, me dio culito (una forma de miedo que no tiene que ver con los fantasmas). Así que le dije que yo lo llamaba luego y huí. Me dediqué a la negación mientras mi boca seguía su camino a la perdición. Un par de años después fui con otro dentista. Me dijo que si no me atendía YA, en cinco años empezaría a perder dientes. Su propuesta era separar la encía, raspar el hueso y volver a coser la encía. Por supuesto, me dio culito. Menos que la propuesta del quebrantahuesos, pero igual dije «ái luego le hablo». Y volví a mi negación.

Volvieron a pasar los años. En 2011, en plena fiebre del group-on (fiebre mía, no sé cómo funcione con el resto de la gente), un día que estaba buscando masajes o manicures con descuento, encontré un paquete dental con rebaja de 70% o 50% o algo %. Suficiente porciento como para animarme. Era limpieza y  diagnóstico, con radiografías incluídas. Me latió la idea y lo compré. Fui a consulta con la doctora Astorga, toda recelosa yo, y me encontré con la dentista más dulce y paciente a la que le haya confiado mi boca (y miren que no son pocos, de verdad). Me puso anestesia tópica sabor a fresa antes de ponerme la inyección de anestesia a la hora de limpiar los dientes. No me regañó. Me sacó las radiografías antes de hacer un diagnóstico. Me dijo que había que limpiar dientes y encías pero por etapas, conforme se fuera desinflamando la hinchazón iríamos bajando hacia la zona más jodida. Y dijo, claro, que había que poner fierritos. Sin fracturar, cortar encía o raspar hueso. Pero que sí había que enderezar los dientes, no por vanidá, sino para que me pudiera yo limpiar las zonas que entonces eran imposibles de alcanzar con el cepillado normal.

Le apliqué la del son de la negra: dije que sí, pero no dije cuando. La limpieza empezó de inmediato y, meses más tardes, volví a tener encías normales. Pero nada de fierritos.

Mientras siguió la vida: terminé una novela y luego otra y otra y otra; me titulé; etcétera. Un día me di cuenta de que ya no era yo la simpática posponedora que dejaba todo inconcluso. Ahora soy una persona que termina lo que empieza, me dije ante el espejo, y me sonreí. La sonrisa que me devolvió el espejo me hizo recordar el gran pendiente desde que tenía doce o trece años. Madres. Si de verdad soy alguien que termina lo que empieza, debo enfrentar al demonio de los fierritos, me dije.

Así que, desde julio, mi sonrisa tiene una buena cantidad de acero inoxidable o algo parecido. Hay días que duele mucho, pero en general ha sido mucho menos terrorífico de lo que imaginaba. Cuando estoy en la silla de la dentista para que me ajuste los cables siento un poquitito de miedo (seee, me da culititito) pero nada que ver con lo de antes. Y no he perdido un solo diente, ja.

Obvio, es pronto para cantar victoria: si todo sale como está planeado, será hasta 2017 que me quiten los fierritos y tenga la sonrisa que he aplazado desde 1990. Pero está bien: por una parte, no tengo prisa; por otra, estoy segura de que voy a llegar al final (del tratamiento o de la vida, pero de que acabo, acabo).

En fin. Ya ni siquiera sé por qué empecé a contar esto, si lo que quería hacer era una crónica de los hechos interesantes del último medio año. Y ni siquiera hay moraleja o final sorpresivo… Pero creo que quería compartir en este blog, que me acompaña desde 2002, el último gran pendiente de la época en que dejaba yo todo inconcluso. A lo mejor sería cotorro, como en plan irónico/metafórico, dejar esta entrada a medio

Casita nueva

Hoy en la tarde estuve viendo un programa de tv sobre acumuladores… ¡No! ¡no hablo de piezas de automóvil! -me refiero a los hoarders, gente que se dedica a acumular objetos o, gulp, animales. Lo más terrorífico de estos casos es que todos empezaron con un grado más o menos normal de desorden y dejadez, pero en algún momento se les salió de las manos y ¡tómala!: casas llenas de piso a techo de periódicos, tuppers, acumuladores (ahora sí, de autos) o gatos.
Impresionable que es una, corrí al estudio de Alberto para pedirle que nunca nos convirtamos en hoarders, ni siquiera de libros (bueno, bueno: unos cuantos libros más no harán tanto daño) y, platicando de las cosas que hemos ido dejando para después, salió a tema esta paginita.
¿Cuánto tiempo hace que no actualizamos la información de Acerca de este blog?, me preguntó Alberto.
Años, admití.
Lo genial de tener un Alberto es (entre otras genialidades que no vienen a cuento ahorita) que muy lindo él se puso a poner al día las partes estáticas de raxxie.com (si dan click a las pestañitas de arriba, verán que ya hay información de mis librines, aparte de que está actualizada la de «acerca de». También me ayudó a crear una página «de autora» en Facebook, para que las cosas relativas a mis proyectos literarios estén en un solo sitio (la página en cuestión está acáhttps://www.facebook.com/pages/Raquel-Castro-escritora/1382367392087875).
Así que empezamos abril con limpieza de casita bloguera y con inauguración de casita feisbuquera. En ambas, por supuesto, son ustedes muy bienvenidos :)
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Festín de muertos: una antología de cuentos mexicanos de zombis

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Desde que me acuerdo, cada vez que me gustaba un mueble en una tienda, pero que por algún motivo no ajustaba del todo a nuestras necesidades, mi papá me decía: «haz el diseño y se lo pedimos a tu tío Miguel». (Sí, mi tío Miguel es carpintero). Por su parte, mi mamá tenía una costurera de confianza y, cada vez que nos gustaba un vestido en una tienda, pero por alguna razón no era perfecto (estaba muy corto o muy largo, no había en el color que me gustaba o le sobraba encaje) me decía: «fíjate bien cómo es para que compremos la tela y vayamos con la modista». No pasaba todo el tiempo y también teníamos muebles y ropa de tienda, que conste. Pero la idea era que siempre existía un modo de obtener las cosas, incluso si no las había. Con el paso de los años se me quedó la costumbre.

pvz2-iconPor eso, cuando Rafa Villegas y yo nos pusimos a platicar de una pasión compartida, los zombis, y vimos que no había una buena antología de cuentos mexicanos de muertos vivientes, me pareció lo más natural del mundo la conclusión a la que llegamos: armarla nosotros. Al principio parecía sencillo: hicimos una lista de autores a los que les teníamos  la suficiente confianza como para pedirles un texto sin tener una editorial interesada o un pago de por medio y abrimos una cuenta de correo para escribirles. Luego la cosa se complicó: ¿incluiríamos cuentos nuestros en la antología? Los dos nos moríamos de ganas, pero decidimos que no estaba chido: aparte de que se ve mal siempre queda la duda de cómo se eligieron los cuentos de los antologadores (suena un poco a dedazo, ¿no?).

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Una vez resuelto el tema, la cosa se complicó todavía más: queríamos que hubiera equilibrio entre la presencia de autores y autoras, y también que hubiera representatividad de diversas regiones del país; pero también queríamos que hubiera calidad en los textos… y no teníamos nada qué ofrecer a los autores: ni una garantía de que la colección fuera a publicarse. Hubo autores que de plano nos ignoraron el mail, otros que de plano nos dijeron que no podían entrarle, otros que dijeron que sí pero al final dijeron que no y otros que nos mandaron sus cuentos. La primera versión de la antología nos parecía sensacional y estábamos súper emocionados porque de pronto teníamos mucho material de lectura zombi, inédito o poco conocido, sólo para nuestros ojos. Aquello era un festín.

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Pero entonces la cosa se complicó más: después de proponer correcciones a los autores (esta parte es siempre muy delicada, porque a veces se trata de dedazos o inconsistencias, pero a veces implica meterse con la estética del autor o con la estructura de la historia, gulp), nos pusimos a buscarle casa a la antología. No les voy a contar cuántos «no» recibimos ni cuántos mensajes quedaron sin respuesta, porque eso es normal en el proceso de buscarle casa a un libro y nadie en su juicio debería tomárselo personal. Además, porque al final tuvimos una respuesta de ensueño: Editorial Océano se interesó. Nos dio el sí, como quien dice.

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Pro antes de brincar para festejar, la cosa volvió a complicarse: nosotros habíamos armado una antología de zombis pensando sólo en nosotros como lectores. La editorial nos abrió las puertas en su división juvenil. Nos vimos en la tarea ingrata y terrible de dejar fuera algunos textos que, por tono, temática, extensión o desarrollo, no iban con el perfil. Yo creo que fue la parte que más nos dolió a Rafa y a mí, sobre todo porque, de entrada, los autores nos habían dado sus textos con entusiasmo, profesionalismo y confianza, y venir a decirles «fíjate que siempre no» fue muy canijo. Muy. Hubo reacciones diversas, desde las más cálidas y comprensivas, que guardo como un tesoro en mi corazón (perdonen la cursilería, pero es neta) y que espero poder emular las próximas veces que vuelva a verme yo, como autora en esa misma situación (nadie que escribe está exento del «no») hasta unas que todavía me duelen cuando las recuerdo, aunque las comprendo y no las juzgo, pero ya mejor voy a cambiar de tema porque me estoy poniendo chípil.

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Lo que sigue es aburrido de leer, supongo (ilusa de mí, quiero pensar que lo anterior no lo ha sido). Esperar, revisar fichas, proponer últimas modificaciones, esperar, esperar, proponer portada (esperen, esa parte sí está chida: cuando de la editorial nos preguntaron si teníamos propuesta para la portada, me salió lo fan del trabajo de Richard Zela, a quien no conozco en persona, que conste, y lo propuse. El único dato de contacto que tenía de él es el que viene en su página web, pero con eso la banda genial de Oceáno Travesías tuvo, y lo contactó, y le interesó, y tenemos la portadaza de Richard Zela que ilustra esta entrada (acá abajo: una muestra del trabajo de Richard, tomado de su sitio web).

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Y lo que sigue es que ¡ya salió de prensa la antología! Y quedó tan pero tan bonita que me muero de ganas de que esté al fin en librerías, y de que todo mundo la consiga, la lea y la disfrute.

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Y me muero también de gratitud, claro: a Rafa, por no haber quitado el dedo del renglón desde la primera vez que platicamos del asunto; a Alberto, por habernos aconsejado, pasado contactos (de autores y de editoriales), echado porras cuando más falta hacían; a los autores y autoras (los que al final quedaron en la antología y los que no); a Editorial Océano, por haber creído en esto; a los zombis y a sus fans.

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Por cierto: acá, en el blog de Rafa, pueden ver el índice y algunas fotitos de interiores de la antología ;)

 

 

 

Pirañas del mundo ¡uníos!

 

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Estaba yo en la prepa cuando empecé a dibujar mi cómic «La saga de la piraña humaña». Estaba segura de que sería un exitazo, pero me topé con un obstáculo inesperado: no sé dibujar. No sabía entonces, sigo sin saber. Más o menos me salía mona la cara de la Piraña Humaña, pero hasta ahí. Así que la saga quedó inconclusa hasta que decidí intentar de nuevo, esta vez como cuento. La versión más temprana de esa historia debe andar por aquí, en este blog. Pero no me satisfacía del todo, así que la retrabajé mil ochomil veces y finalmente quedé satisfecha :)

Por otra parte, fue una sobredosis de pelis de zombis lo que me hizo escribir «Historia de amor», un cuento que, cuando apareció en mi cabeza la primera vez, fue una pesadilla tremebunda. También es ya un cuento con el que me siento más o menos segura (la verdad es que siempre que veo a alguien leyendo algo que yo escribí me entra la peor de las inseguridades, pero esa es otra historia).

Otra historia mía, «La saga de P. Espín», apareció primero en este blog una vez que estaba yo bien enferma. Se me hace que con fiebre. Pero luego hice lo que con las otras dos: me arremangué las mangas, me apoltroné las poltronas y me puse a trabajar hasta que quedó un cuento que me gustó.

Les cuento esto porque esas tres historias son ahora un libro de cuentos. Mi primer libro de cuentos. Es decir, ya hay cuentos míos en libros, pero nunca habían tenido un volumen para ellos solos. Como si tuvieran su primer depa sin roomies. No es un libro impreso, sino electrónico, lo que me hace la mar de feliz, porque yo soy tan fan de lo impreso como de lo electrónico (empecé a suspirar por los ebooks desde el siglo pasado, imagínense). Por si fuera poco, la idea de este libro no fue mía sino de Salvador Luis Raggio, quien es autor intelectual de la muy bonita colección Absurdia & Suburbia, que vendría a ser el residencial exclusivo donde mis cuentos consiguieron su depa sin roomies. O sea, hay varios motivos para sentirme emocionada y feliz.

Por supuesto, sería todavía mayor mi felicidad si ustedes, que me leen desde hace tanto tiempo (y ustedes, que cayeron por casualidad en este blog buscando otra cosa -capaz que fue el destino el que los trajo acá-), se animaran a descargar el libro. Yo misma acabo de hacerlo, así que les puedo hacer el tutorial paso a paso.

 

Tutorial paso a paso

 

1. Entran a esta liga de Book Marketplace. (La dirección a la que están dando click es http://books-marketplace.com/fiction/collections/coleccion-absurdia-and-suburbia-editada-por-salvador-luis/piranas-del-mundo-unios-en.html) y se van a encontrar con la opción «add to shopping cart». Le dan click. (Sí, primero pueden leer la sinopsis tan bonita que hizo Salvador Luis o la foto tan favorecedora que me hizo mi hermano. Pero luego de eso, anden, sin pena, denle click a «add to shopping cart»).

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2. (Este es el botón. Arriba pueden ver que son sólo 3.99 dólares, o sea, como 60 pesos al tipo de cambio actual -y esperemos que pare ya el desliz del peso, sniff).

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3. Les va a aparecer un pop-up con dos opciones: seguir comprando («keep shopping») y hacer el check out («check out»). Si quieren comprar más libros de Absurdia &  Suburbia, padrísimo, de verdad. También pueden buscar ahí la novela de Erika Mergruen «La casa que está en todas partes»: no se van a arrepentir, de verdad. Es más, les dejo la liga acá. Pero si por esta vez no quieren comprar nada más, hagan click en «check out».

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4. Si ya han comprado antes en The Book Marketplace no ncesitan el resto de este instructivo. Pero si no, hagan click en «register» para registrarse como cliente nuevo.

 

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5. Van a tener que llenar un formatito pero de verdad que es sencillo y rápido. Yo tardé menos de dos minutos, y eso que al mismo tiempo estaba tomando estas fotos y jugando candy crush :P

 

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6. Como es libro electrónico, verán que no hay gastos de envío, sin importar en qué lugar del mundo estén (¡yei! ¡ventajas del ebook!)

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7. Ahora viene la parte que suele ser más dolorosa: el pago. Pero como son sólo 3.99 dólares, y como los cuentos son relindos, y como ustedes me quieren mucho (¿verdad? ¿verdaaaaad?), no lo va a ser tanto. Además: se paga con paypal, que es facilísimo y segurísimo (yo pago con paypal montones de cosas desde hace años y años y nunca he tenido un solo problema, se los jurito). Si no tienen cuenta de paypal, no hay problema: de todos modos pueden pagar usando este servicio gratis y seguro (eso sí: van a necesitar tarjeta de crédito). [Nota: La flecha roja señala la opción de pago con paypal. La verde señala la instrucción en caso de que no se tenga paypal, pero en cualquier caso se da click abajo, en donde dice «submit my order» -es el botón rojo que olvidé poner en un círculo, pero no hay pierde]

 

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8. No voy a poner fotos de la transacción en paypal pero les juro que es fácil, rápida y en español. Cuando la terminan, les aparece el recibo, que pueden imprimir si quieren.

 

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9. Entonces les va a llegar un mail de The Book Marketplace (bueno, les van a llegar tres: el que dice que bienvenidos como nuevos usuarios, el que  dice que su orden ha sido procesada y el que nos ocupa, que dice el número de su orden y que el acceso electrónico está habilitado («access to electronically distributed product is granted»). Lo abrimos…

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10. …y ahí estará la liga de descarga, en epub y en mobi, que son los dos tipos de archivo de ebook más utilizados (ya de ahí lo pueden pasar a su kindle o leer directo en su pc usando un software especial para ello, como el que pueden bajar acá.

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OJO: También lo pueden bajar directo desde la página de Books marketplace después de haber hecho el pago en paypal. Para ello, la cosa es así:

 

9 del mundo paralelo: Paypal los redireccionará a Book Marketplace (y les dará una liga que dice «si no te redirigimos en automático en diez segundos, da click acá). Cuando regresan, llegan al resumen de la compra. Ahí dan click en «My order details».

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10 del mundo paralelo: Llegarán a otra página donde está la liga «Download page». Click ahí.

 

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11 del mundo paralelo: Les aparece la liga para bajar el libro en epub y en mobi.

 

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En serio que es fácil y bien rápido. Y en serio que me encantará que lo lean y que me cuenten qué les pareció :)

 

 

La médium, la mesera y el humorista

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A veces pienso que el trabajo del creador (escritor, músico, pintor, cineasta) es similar al del médium: que consiste en darle cuerpo (con ectoplasma o con una obra, según el lado del símil) a elementos etéreos e inasibles, fantasmas o emociones humanas. Cuando se consigue, cuando el espíritu del muertito habla a través del médium (es decir, cuando un lector, escucha, espectador, etc se identifica con la obra) la satisfacción es enorme. De verdad. Y a veces no sabemos muy bien cómo lidiar con satisfacciones enormes, por lo que es fácil perderse y cometer burradas.

Me explico: en la escuela no nos enseñan a lidiar con el éxito, el diez es nuestra obligación y cualquier calificación inferior a esa se tolera mal o bien (dependiendo del profesor y los padres) pero no se festeja. En las justas deportivas se espera que aplastemos al contrario o que inclinemos la frente si perdemos y que aguantemos vara («ser buen perdedor») pero no se nos enseña, por lo general, a ser buenos ganadores también: a ser generosos con el contrario o con la porra que fue a aclamarnos por pura buena onda. Es más: para muchos de nosotros todavía es una bronca complicada aprender que no todo en la vida es competencia: que si X publica un libro no me está arrebatando a mí la publicación, y que si a Y le gusta el libro de X no significa que mi libro haya perdido un lector (eso, para poner el ejemplo literario, pero pasa en todos los niveles: desde los asesores telefónicos hasta los ministros religiosos).

Esa actitud me incomoda mucho. Para empezar, si alguien nos dice «me identifiqué con tu libro», yo creo que tendríamos que sentirnos agradecidos de que la persona le dedicó tiempo y nos concedió el voto de confianza necesario para quitar sus barreras emocionales y tender un puente de empatía. Sí, fue un chingo de trabajo, yo sé; pero es un chingo de trabajo que no vale de nada si no hay alguien que se le acerque y le dé vida con sus ojos (y/o sus oídos, manos, corazón, cerebro), ¿no?. Vamos, que sí tenemos mérito, pero también el muertito que se manifestó y también la persona que nos dice «¡ey! ¡esa es la voz de mi muertito!». Un espíritu que habla y habla pero al que nadie quiere escuchar es una condena para un médium, pensaría yo…

Claro, también puede ser que me equivoque y que estas ideas les parezcan absurdas a más de dos. Si fuera el caso, me disculpo: como les decía, no es algo que nos enseñen metódicamente y no hay una guía. O hay guías contradictorias: nos dicen que hay que ser modestos pero también nos dicen que hay que cacarear el huevo. Nos dicen que lo importante no es ganar, y nos dicen que la victoria sobre el oponente es lo único que cuenta. Nos dicen que somos parte de un todo y nos dicen que hay que ver por uno mismo y que todo Otro es nuestro contrincante en una lucha inmisericorde por la supervivencia. Está complicado.

Sin embargo, por complicado que esté, tengo la sospecha que uno de los chistes de este asunto es que no hay una verdad absoluta: que lo que le funciona a uno no tiene que funcionarle a otro y que si uno elige la soberbia y la lucha inmisericorde no quiere decir que yo tenga que seguir el mismo camino a la de a hueivo (Claro, tampoco me voy a poner de tapete para esas personas, pero eso es por comodidad, dignididad e instinto de supervivencia). Y si opto por otro camino tampoco tendría que despreciar a quienes no creen en él o que se van por otro lado. Que cada quien lidie con sus poderes mediúmnicos como mejor le resulte.

Ah, pero eso no quita que cuando uno encuentra ciertas guías se sienta inspirado y emocionado. Por ejemplo, ayer me tocó escuchar una anécdota sobre Alice Munro que me encantó: que había una cena de gala, de esas benéficas, y que uno de los asistentes le dijo a la mesera que lo atendía: «Me dijeron que la gran escritora Alice Munro es voluntaria en este evento. ¿Será aquella dama de allá, la del vestido de noche, el cabello esplendoroso, el mentón altivo?» Y que la mesera contestó, amable y sonriente: «Sí, ella debe ser». Luego la mesera terminó de levantar los platos sucios y se fue con ellos a la cocina. Y sólo después se enteró el comensal de que la famosa escritora, que sí era voluntaria, era precisamente aquella mesera que le recogió los platos.

Me gusta esa historia más que todas las historias que me cuentan de escritores ácidos, listos para humillar al pobre mortal que no supo reconocerlos o todas las otras historias de bullying de escritores a sus lectores.

Alguien me dijo que no me confunda: que Munro podía portarse así porque vivió otra época, una era anterior a las redes sociales. Que en la edad de la hiperinformación hay que cacarear el huevo, tomarle foto y subirla a instagram, compartir en youtube el video de cómo lo hicimos tortilla española, pagar un anuncio en facebook para «promover» el comentario de un amigo nuestro sobre qué buen huevo y qué rica tortilla y que luego hay que retuitear cada vez que alguien comparta la foto, el video o el comentario. Yo respondí que seguro habrá a quien eso le funcione, pero que a mí me abruma. Tampoco digo que hay que tirar a la basura el huevo, que conste. Pero ¿no se podría que nomás le compartiera la noticia del huevo a mis amigos para alegrarme con ellos, que si pongo el huevo en venta avise, sí, por si alguien quiere comprarlo, pero que luego pase a otra cosa, por ejemplo a preparar mi siguiente huevo?

No sé, pues. Pero justo hoy en la mañana acabo de recordar un texto buenísimo de Ephraim Kishon acerca de la postura de los escritores ante la actitud de los lectores. Y como está divertidísimo y no lo encontré en la red, lo transcribí para compartirlo acá. Sé que mi choro ya estuvo larguísimo y soporífero, pero de veras, échenle un ojo, no se van a arrepentir):

(Sin título, aparece como introducción a Arca de Noé, clase turista, de Ephraim Kishon)

Estoy sentado en la sala de espera de la estación ferroviaria. Mi mirada escrutradora —la mirada del escritor nato— se pasea sobre las multitudes aglomeradas a mi alrededor. Estoy particularmente interesado en un caballero sentado frente a mí, que lee el diario del día. A la verdad, sólo lo observo a él. Lo que lee es la edición del viernes donde apareció ese relato olvidable que si no me equivoco es creación de mi intelecto.
Por esta vez, experimento una curiosidad auténtica. Conozco cada línea impresa de ese ejemplar y sigo con ansiedad las maniobras que realiza con su diario el lector desconocido. Según lo que escoja en primer término, podré descubrir su nivel de educación, su opinión política y, hasta cierto punto, sus problemas biológicos. Algunas personas empiezan por las noticias, otras por las críticas de cine, otras, en fin, por los suicidios. El lector es para mí como un libro abierto. Hélo ahí: el caballero ha llegado a mi cuento. Salta a la página siguiente…
Este hombre, por ejemplo, es un idiota.
Claro que no espero que lea mi cuento; nadie puede obligarlo a hacer semejante cosa. Algunas personas han sido agraciadas con un sano sentido del humor, otras resultan ser débiles de entendederas, como ésta que tengo frente a mí. ¡No lo lea! Por favor, no necesito favores…
Tengo la penosa sensación de encontrarme en presencia de un individuo cuyas exigencias intelectuales no están por encima de las de un niño de tres años. Debe ser algún pequeño comerciante o mercachifle. Les doy mi palabra de que me inspira compasión. Ahora está hojeando el diario en sentido inverso. Derecho… derecho… hacia mi cuento. ¿Y qué con eso? ¿Ello bastará acaso para que cambie la opinión formada que tengo respecto a él? ¿Sólo porque ha consentido magnánimamente en dedicar un poco de atención a mi cuento? ¿Es así como ustedes creen conocerme? No, damas y caballeros, para mí sigue siendo el mismo tipo repulsivo que siempre ha sido. No me dejo impresionar lo más mínimo por su talento, su excelente aspecto, sus ojos inteligentes…
Naturalmente, no le guardo rencor. Al fin y al cabo, ¿qué daño me ha hecho? Se limitó a hojear con atención todo el diario para volver luego directamente a la sección más escogida del mismo. No hay nada de malo en ello. Por el contrario, revela un juicio metódico y una notable madurez ideológica.
Aunque llegado a este punto debió haberse reído ya.
En la décima o undécima línea está ese chispeante juego de palabras: allí por lo menos debió haber sonreído. Pero se limita a permanecer sentado, con su enorme cabezota calva, como si estuviese en un velorio. Un vulgar vividor. Lo único que le interesa es el dinero. ¡El dinero! ¡El dinero! ¡El dinero! ¡Repugnante! Yo no confiaría ni un centavo a sus manos peludas. ¡Vaya, ahora bosteza! Culpa de estos sujetos padecemos una inflación desenfrenada. Y las autoridades no mueven un dedo. Lindo estado, digo yo.

¡Se sonrió!
¡No me cabe la menor duda de que se sonrió! Vi claramente cómo se estremecía la comisura izquierda de sus labios. Es obvio que estos aristócratas son verdaderos expertos cuando se trata de ocultar sus auténticos sentimientos. Tiene un maravilloso dominio de sí mismo. Pero finalmente incluso él debió rendirse a la seducción del buen humorismo. Cada uno de sus movimientos destila dignidad y nobleza. Sabe tanto. ¡Es fabuloso lo que sabe!
Aunque pensándolo mejor, me parece que no se sonrió nada, sino que se limitó a hurgarse los dientes amarillos con sus dedos manchados de nicotina. ¡Santo cielo, qué pedazo de bestia! ¡Un carnicero! Sí, eso es lo que es, un carnicero.
¡Tu lugar, miserable engendro, está en tu tenebrosa covacha, entre las medias reses de las que chorrea sangre inocente! Te imploro que dejes en paz el fruto de mi trabajo, que no lo contamines con tus ojos…

Eso, suponiendo que sepa leer.

¿Por qué no? ¿Y si sólo estuviese simulando leer? Acaso no sea ésta más que una pantalla para disimular el crimen escalofriante que se dispone a cometer. Un tipo de tal especie es capaz de cualquier cosa. Fíjense en sus ojos. Hay algo siniestro en ellos. Su nariz… un pico de buitre. Sus orejas reflejan crueldad. Su cuerpo fofo y rechoncho está podrido hasta la médula. Y ahora que lo pienso mejor, ¿qué estará haciendo en una estación de ferrocarril? ¿Qué estará tramando su cerebro morboso? ¿Será acaso… un espía? Es muy posible. Cualquiera que sea capaz de leer mi cuento, el cuento que yo he escrito, son semblante tan lúgubre… ¡no es judío! ¡Te has disfrazado muy bien, muchacho, pero no podrás engañar a mi instinto! Debo presentar la denuncia a la policía: un sujeto sospechoso está rondando por la estación y no se divierte con mis cuentos; por favor, envíen en seguida un auto patrullero…

¡Epa, se está riendo!
Está siendo literalmente sacudido por las carcajadas. Lo más probable es que hasta ahora no haya concentrado bastante sus pensamientos. Al fin y al cabo también él es humano, ¿no es cierto? Quizá se trata de un profesor distraído, con la cabeza llena de ideas sobre cuestiones nucleares. Aunque, para ser sinceros, su aspecto no es el de un profesor. Me recuerda más a un Juez de la Corte Suprema, o a un almirante, o a alguna otra cosa.
Pero sea lo que fuere, cualquiera que pueda reírse con semejante entusiasmo al leer un cuento tan excelente es un honesto ciudadano, que Dios lo bendiga. Sólo ahora comprendo hasta qué punto pueden ser engañosas las primeras impresiones. ¿Dónde es posible hallar en nuestros días unas facciones de corte clásico como las suyas? Ojos perspicaces, plenos de generosidad y comprensión. Sus dientes inmaculados resplandecen a la luz del sol. Es un poeta. Ser humanitario de corazón ardiente, bienhechor, lector mío, me gustaría besar su frente singularmente ampliar. Quiero a este hombre. Me encanta su risa perlada. Porque es una personalidad. Dicho del país que tiene hijos como él y como yo. Estimado caballero, permitir que os llame Padre…

Banff de mis amores

Prefacio: Pues todo parece indicar que me iré a una residencia artística en Banff, Alberta (Canadá) durante siete semanas en algún momento de este año. ¿O será del siguiente? En todo caso, no es como que me vaya a mudar, ¿verdad? Pero eso sí: es, al menos para mí, una cosa super wow. Les cuento por qué:

Con Alberto y Fa en Banff
Con Alberto y Fa en Banff

1. Pasado remoto
Cuando empecé a andar de novia con Alberto me advirtió que acababan de otorgarle una beca para pasar siete semanas en Canadá, escribiendo. Serían siete semanas que no nos veríamos y, si bien faltaba mucho tiempo, pues había que tomarlo en cuenta. Cuando al fin se llegó la hora y se fue al Banff Center le gustó tanto que hicimos mil malabares y al final pude ir a acompañarlo un fin de semana, justo cuando estaba el Word Fest (un festival literario bien chidito).
De las historias de ese fin de semana, incluyendo el ataque del oso invisible, la odisea de las auténticas enfrijoladas, el episodio de los borreguitos asesinos y el intento frustrado de hacer agua de limón, he platicado ya muchas veces (y platicaré tantas como me pregunten, jo). La verdad es que me la pasé increíble aunque fueron poquititos días. Y pensé: Un día regresaré. A hueivo, un día regresaré.

2. Pasado menos remoto
Hace unos años invitaron a Alberto a participar en el Word Fest. Fue muy emocionante, creo que fue de las primeras invitaciones internacionales que recibió. Las cosas se acomodaron de tal forma que fuimos a aplaudirle mi papá, su esposa, mi hermano y yo. El show incluyó varios días en Calgary y, oh felicidad, varios en Banff. Así que se me concedió volver, ir a Lake Louise, observar una manada de antes, tomar el té en un hotel de harto postín y, claro, ver a Alberto en una lectura cuyo boletaje se vendió en ticketmaster. Neto. Y, aferrada que es una (sobre todo si es una con tantito TOC) pensé: Si ya vine una vez y ya vine otra, pues tengo que volver.

3. Pasado cercano
Este mes se cumple un año de que renuncié a un trabajo que sí, era demandante y a ratos estresante pero que me gustaba mucho. Una de las principales razones que tuve para dejarlo es que no se puede ser juez y parte y, precisamente por trabajar en el INBA, era imposible participar en sus Premios e incluso en las convocatorias de becas del CONACULTA. Y yo, luego de mis dos viajes como polizón a Banff, quería ya el mío propio. Yo sabía que los premios y las becas dependen de muchos factores, pero como con la lotería, lo primero es comprar el boleto. Así que fue la lejana pero atractiva posibilidad de conseguir la residencia de siete semanas en Banff lo que me animó a dar el brinco y dejar atrás la quincena estable: fue mi manera de comprar el boleto de esa lotería. Por supuesto, cuando salió la convocatoria de las residencias artísticas armé mi proyecto y lo mandé con mi bendición: sabía que había probabilidades de que me la dieran y que también había probabilidades de que no me la dieran; pero si no me la dan, pensaba yo, la vuelvo a pedir el siguiente año. Jum!

4. Presente
Hoy me entero que sí me seleccionaron para la residencia de siete semanas en Banff, como se puede ver acá. Yo sé que aún pueden pasar mil cosas (que se acabe el mundo, que me acabe yo, que se acabe Banff) que podrían impedir mi tercera visita (¡la primera por mis propios méritos!), así que aún no canto victoria. Pero me siento satisfecha, la verdad. Estoy muy, muy contenta. Y espero que todo salga bien, vaya a Banff y regrese con un libro nuevo y con más historias de la chilanga que se enfrenta a la vida salvaje (aunque ya aprendí que los borreguitos en realidad se llaman «antes», «alces» y «venados»: como los sobrinos del Pato Donald, que son Hugo, Paco y Luis, ¿no?)

Se acaba enero

Estaba la Raquelita muy mona en su compu cuando de repente le cayó el veinte: hoy se acaba enero. Quién sabe por qué falla cerebral la Rax pensaba que todavía quedaba como una semana o dos de este mes y la noticia le cayó tan de peso que véanla, hablando en tercera persona. Oso mil. Pero ahorita lo arreglamos y seguirá la nota como se debe:

*ruido de maquinaria que se reinicia, tuercas que chocan, entrada de windows 2.1*

Pues eso, que el fin de mes me cayó de sorpresa porque yo pensaba que todavía quedaba un montonal de días antes de pasar a febrero. Pero pues no, se nos termina enero y, con él, el experimiento de tratar de publicar diario acá en el blog. No cumplí la meta al 100: faltaron dos días. Mi pretexto (o razón o motivo, no sé) es que la última semana he estado primero enferma, luego triste y siempre desorientada (al punto de creer que todavía le quedaba una semana al mes). Pero creo que dos faltas en 31 días no está mal, así que en mis registros personales aparecerá como «prueba superada». Ahora tengo de aquí a mañana para decidir cuál será el quebradero de cabeza para febrero. Mientras, diré que publicar diario en el blog no es una empresa satisfactoria, así que no creo mantener el hábito. Acaso, procuraré publicar una o dos veces a la semana -creo que con eso será suficiente para tratar de mantener la costumbre sin agotarme o hartar a los hipotéticos lectores.

Pues eso. Y para cerrar, una foto de gatos, claro. Es Morris, el sorprendente gato escuadra.

gato escuadra

Hotel sin salida

En nuestra gustada sección Arqueología de mi disco duro, un artículo que escribí hace un montón de tiempo para Cinemanía o para 24xsegundo. En aquellos momentos todo parecía indicar que me iba a dedicar a la buena vida de los junketts cinematográficos, pero se me atravesó el trabajo en Bellas Artes…  Lo mejor de ver Hotel sin salida (Vacancy) fue la entrevista con Luke Wilson, muy amable él (su RP nos dijo antes de empezar: «¡Pero nada de preguntarle sobre Owen!») y, por supuesto, el gusto de andar en L.A.  Ah, y pues obvio, ver la peli en una sala cómoda y con palomitas gratis.

En fin, va como lo encontré:

Hotel sin salida

Balazo: ¿Otra película de horror? Sí. Pero el secreto está en los detalles…

 

Cabeza: Las habitaciones del pánico

por RAQUEL CASTRO

 

Intro: Hotel sin salida (Vacancy) de Nimród Antal es una nueva fusión de dos géneros cinematográficos: la película de asesinos en serie y el drama psicológico. ¿Pero cómo se logra que los espectadores sientan simpatía por personajes que existen para ser muertos con lujo de violencia?

 

La escena es típica: un hombre maneja por una carretera solitaria. Es de noche. La radio no capta ninguna estación. El hombre no va solo, pero como si fuera: en el asiento del copiloto duerme una mujer, presumiblemente su esposa.

La mujer despierta y le reprocha que estén perdidos: efectivamente, es su esposa. Para mayor complicación, mientras pelean el automóvil se descompone y sólo quedan dos opciones: esperar en el automóvil a que alguien pase (y ese alguien podría ser un asaltante; o sencillamente, pasar mil años después) o caminar algunos kilómetros hasta el hotel desvencijado que dejaron atrás cuando el auto aún funcionaba…

Aunque el comienzo de la historia es rutinario y podemos predecir lo que ocurrirá (por ejemplo, que no es buena idea ir a ese hotel sospechosamente parecido al negocio de Norman Bates en Psicosis, de Alfred Hitchcock), Hotel sin salida es una película efectiva: consigue que el espectador se interese en la pareja mal avenida conformada por Luke Wilson y Kate Beckinsale y que, literalmente, se quede con ellos los 80 minutos que dura la historia. Además, lo consigue de una manera poco habitual en estos días: en vez de recurrir al abuso en los efectos especiales, al dispendio de litros y litros de sangre, o a las escenas de carnicería explícita, el filme de Nimród Antal recurre a la tensión dramática, al suspenso. No es casualidad que los primeros veinte minutos se dediquen a profundizar en la relación entre Amy (Beckinsale) y David Fox (Wilson): el joven director californiano apela a tender un puente afectivo entre sus personajes y el espectador, lo que consigue al mostrarnos sus miedos, deseos y problemas.

Sin embargo, no estamos ante un melodrama con un poco de susto: una vez establecida la empatía entre el público y los personajes, la historia se oscurece y retuerce, sin darnos tregua; y es que, lo que sucede en el Hotel sin salida es que alguien lo ha convertido en estudio de películas snuff… y que Amy y David han sido elegidos como los siguientes protagonistas de la serie. Por supuesto, al final no habrá un Óscar, sino un entierro clandestino. Al descubrirlo, la pareja tiene que salvar sus diferencias y trabajar en equipo: en caso contrario, como todos sabemos, “no vivirán para contarlo”.

 

Pregunta y respuesta

Una pregunta típica de los espectadores de una película de horror (sobre todo si es aburrida) es “¿por qué no los matan de una vez a todos?” Es natural: si la historia no ofrece nada más, bien puede ser que pasar demasiado tiempo mirando las muecas de malos actores y actrices, tan desechables como los papeles que interpretan, nos haga empezar a simpatizar con los asesinos.

Para evitar este cambio tan cínico de opinión, en Hotel sin salida el guionista Mark L. Smith encontró dos maneras de justificar el aplazamiento de la muerte y la calma que precede a cada violencia: por un lado, sus asesinos están rodando su propia película, por lo que mientras más consigan asustar a sus víctimas antes de matarlas, mejor quedará su producto; y por el otro, las víctimas no son personajes de cartón, y llegan a la pantalla para mucho más que ser sacrificados: más que la historia de una curiosa empresa fílmica, la película se centra en cómo la pareja busca reencontrarse antes de que sea demasiado tarde, en medio de amenazas constantes y aterradoras.

“Es una de las películas más agotadoras en las que he trabajado”, afirma Luke Wilson, “porque se trataba de estar cuarenta, cuarenta y cinco días de rodaje en la máxima tensión posible: los personajes están en peligro todo el tiempo y mantener la emoción fue muy difícil”. Kate Beckinsale, la actriz que se volvió famosa como estrella de acción gracias a la serie Inframundo (2003-2006), ha declarado lo mismo, y el hecho de que hasta ella haya tenido problemas para mantener la tensión en todas sus escenas sin agotarse puede decir algo acerca del ritmo, implacable, de la película. Sobre todo, ese ritmo es el que llevó al proyecto al director Antal, quien se volvió famoso como cineasta independiente por su primera película, Kontroll (2003), que obtuvo el Premio de la Juventud en el Festival de Cannes y fue rodada en condiciones muy semejantes a Hotel sin salida, que se filmó entera en el mismo estudio donde se filmó El mago de Oz. Al contrario de los blockbusters de ahora, hechos siempre para mostrar el lujo de sus efectos digitales en tomas enormes, esta película se concentra en espacios cerrados y en lo que sucede a los personajes que se encuentran en ellos. ¿Tendremos que verlo como una novedad en Hollywood?

De qué trata

Una pareja a punto de separarse descubre que una banda de asesinos planea usarlos como “actores” en una película snuff.

 

El ojo del eterno crítico

Considerando la calidad (la falta de ella) a la que nos tienen acostumbrados las películas “de susto” de ahora, Hotel sin salida es una obra sobresaliente. No cambiará la vida de nadie, pero habrá quien grite durante la proyección o se la pase mordiéndose las uñas.

Series que quiero ver

1. Una serie coreana que sí existe

Vagando en Wikidrama, después de enterarme del resumen completo del dorama que me acaba de aburrir, me encuentro el resumen de otra serie coreana que se me antoja muchísimo ver: Mi novia es un Gumiho. Nada más lean el resumen pa que vean por qué se me antoja:

Cha Dae Woong accidentalmente libera a un Gumiho, un legendario zorro de 9 colas que come hígados humanos. Él conoce a una linda chica que de hecho es el Gumiho que liberó. Cuando Dae Woong se da cuenta de lo que hizo, el intentará mantenerla feliz y ocultar a todos los demás el hecho de que ella es un Gumiho. A medida que la historia avanza, el legendario Gumiho (más tarde llamado Mi Ho) quiere ser humano. Mi Ho descubre como lograrlo mediante un veterinario llamado Park Dong Joo (que tampoco es humano), ella deberá beber la sangre de Park Dong Joo para convertirse en humano en un periodo de 100 días mientras Dae Woong debe mantener su aliento de zorro. Por otra parte, Dae Woong no podrá salir con nadie además de MiHo durante los 100 días. Sin embargo, Dong Joo no le dijo que para convertirse en humana al cabo de 100 días, Dae Woong debe morir. Muchos problemas se esperan cuando Mi Ho y Dae Woong eventualmente se enamoren.

¿A poco no suena interesante? Siento que combina la comedia romántica adolescente con lo fantástico de un modo muy particular, muy propio de su lugar de origen, al incluir seres propios de su mitología. Y entonces me rompo la cabeza pensando: ¿habrá algo así aquí? Y eso nos lleva, claro, a

2. La serie mexicana que me gustaría que existiera

O aunque fuera telenovela (pero mejor serie, porque me aburro rápido)

Me gustaría una serie que combinara el melodrama romanticoide con las expresiones tradicionales fantásticas de nuestro país: ¿qué tal un chavo que se enamora de la Llorona? ¿O una chica bien que se enamora de un aprendiz de chamán? Así, de pronto, se me ocurre un inicio de historia:

Un chico de ciudad que se ve obligado a mudarse al campo (¿qué tal estudiante de veterinaria) y que conoce a la hija hermosa y sencilla y misteriosa de un hombre no-querido en el pueblo (lo acusan de nahual, justo). El chavo piensa que es superstición y cree, con su arrogancia citadina, que él puede ayudar a la muchacha, sólo para descubrir que todo es cierto… Ya, si ustedes quieren, le ponemos final trágico o feliz (voto por feliz).

La pregunta es: ¿cuándo será capaz la tv mexicana de hacer algo así? ¿cuándo será el público mexicano capaz de ver algo así? ¿Por qué, en general, percibimos como uncool o poco glamoroso o cero deseable lo relacionado con nuestras raíces? En fin, por más que le pienso, lo más cercano que se me ocurre es El extraño retorno de Diana Salazar y pues, así que digamos «serie para adolescentes», pues no, no era.

(Si escribo la novela, ¿alguien de ustedes se interesaría en leerla? ¿me la publicarían?)

diana_salazar