Sitio personal de Raquel Castro, escritora mexicana
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El gatito Beakman

Beakman

Nació en la cama de mi hermano porque su mamá decidió que era el lugar más seguro y agradable. Fue uno de cuatro, en una camada accidentada: su mamá desapareció cuando todavía eran unos cachorritos y los cuidó su hermana, la Cuca, de quien mucho he hablado pro acá (desde que era una joven y eficiente cazadora de ratones hasta que se cansó de este mundo y se fue al cielo de los gatos); luego, uno de sus hermanitos murió siendo un chiquitín por esconderse debajo de un coche que se movió. Los otros dos fueron adoptados por buenas familias, creo: la verdad ya no recuerdo quién se los quedó. Pero es que estoy hablando del siglo pasado: Beakman y sus hermanos nacieron en la cama de mi hermano a finales de 1999.  

De bebé, Beakman era una cosa hermosísima: peludo a morir, con unos ojos gigantes y de un platicón desesperante. le gustaba treparse a las cortinas y quedarse así, cabeza abajo, mirando el mundo. Lo siguió haciendo incluso cuando ya era un gatón de cuatro kilos y sólo se detuvo cuando las cortinas no lo pudieron aguantar más.
Le gustaba el queso, sobre todo el manchego, y era fan de morder dedos. Cuando era un señor de mediana edad tuvo insuficiencia renal, estaba echado en mi cama y no quería moverse, hubo que llevarlo al vet (se encargó mi hermano) y salió de esa para reponerse y ponerse más guapo que antes.

Pero los años no pasan en balde. Su encanto peludo se convirtió en un encanto rastudo cuando ya no le fue posible acicalarse con la neurosis de su juventud y hubo que cortarle el pelo para que empezara desde cero. Parecía un león, el pobre, todo cabeza peluda y cuerpito lampiño. Con todo, se repuso y el pelo volvió a crecer. Beakman volvió a ponerse guapo, con todo y su colmillo roto (a saber en qué accidente).

Hoy me avisa mi papá que Beakman está con la veterinaria: hace días que empezó a andar tristón, luego a no querer comer. Mi papá lo mandó de inmediato con su vet (Beakman y la Cuca se quedaron en casa de mi papá) y me acaba de llamar para decirme que la doctora propone que lo dejemos dormir ya: tiene muchas cosas y, aunque se le diera tratamiento, por su edad ya no aguantaría.
Llamé a mi hermano para contarle. Odio ser quien le dé las malas noticias pero odiaría más que se les diera otra persona o que se enterara cuando ya no hay nada que hacer. Ya sé, acá no hay mucho que hacer, pero al menos se puede tomar una decisión consensuada. Sobre todo porque mi hermano viene a México el viernes, ¿dormir ya a Beakman o esperar a que él venga?
Decidimos, claro, ser agradecidos con Beakman y darle, a cambio de tantos ronroneos y maullidos y travesuras, una despedida digna y sin dolor, aunque eso implique que cuando Fa llegue ya no haya gatito despeinado y respondón.

Ay, Beakman, te vamos a extrañar u n c h i n g o.

2 comentarios
  1. te acompaño en tu dolor, yo sé lo que se siente… :(

  2. Me dio sentimiento tu relato. Ya está en paz el Beakman y ustedes tendrán el recuerdo del gato golgante hocico abajo. Abrazo.

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