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  • Ancas de cartero

    TERCERA.

    Alberto me lee. Qué curioso. Yo lo leo, él me lee, y en el ínter, platicamos de todo. Hacemos planes para el futuro -o para el presente no inmediato, que está más cerca que el futuro.

    Platicamos poco de los blogs, y sólo de casualidad sale a tema que vio mi opinión sobre su intento de dejar los blogs. Yo no tengo que intentar dejar los blogs. Por el contrario, debería tratar de escribir más; pero el problema es mi método (o falta de): lo que hago es acordarme un día de que esto existe y soltar todo lo que se ha ido acumulando…

    todo no. Todo lo que alcanzo a escribir antes de cansarme/aburrirme/distraerme

    Y vuelve a pasar el tiempo. Y voy a saltos.

    Como las ranas.

    Imaginemos que las ranas anduvieran a patines y no a saltos.

    ¿Serían igual de caras sus ancas? Yo creo que no. Probablemente la gente comería piernas de cartero o de futbolista. O de pollo.

    Basta?

  • Narices

    Parte dos

    Imaginemos, por un momento, que desaparecieran todas las narices del mundo: las de los elefantes, las de la gente, las de las estatuas. También las de las fotos y las pinturas.

    Imaginemos que es la Esfinge quien lo hizo, sólo porque ella perdió la suya hace mucho tiempo y decidió que ya basta de discriminaciones, de películas que se burlen planteando accidentes tontos que expliquen su pérdida.

    Imaginemos, ya que en eso estamos, lo que sufrirían las personas que han gastado buenas sumas en modificarse, limarse y respingarse las narices, y el alivio a medias de Michael Jackson al verse acompañado en su dolor.

    ¿Nos acostumbraríamos rápidamente? ¿Se volvería sexy la cara más lisa, y detestable la que tuviera rastros del apéndice? O, como los vikingos, ¿crearíamos narices de oro, plata y joyas diversas para mostrar nuestro status pese a la pérdida?

    Probablemente la Esfinge se aburriría de tener guardadas tantas narices: después de probarse una distinta cada día, llegaría el momento en que perdería el interés y las devolvería todas, con lo que la gente quedaría muy desilusionada, tan contenta ya con su cara plana o su joyería nasal de diseñador.

    Ahora sí: dejemos de imaginar.

  • Van a dar las siete…

    Tengo frío, tengo flojera. Ayer llovió todo el día, por la mañana era una llovizna invisible pero constante; por la tarde un aguacero descarado: como que la humedad se salió del clóset.

    Días así no queda sino encerrarse, tomarse un café y, por ejemplo, ver Gosford Park –eso es lo que Alberto y yo hicimos. Me gustó la película, además de que el clima fuera de la pantalla le añadía un toque multimedia. Y hoy… algo de trabajo pendiente, muchas cosas qué hacer (se casa mi tía en dos semanas; me toca hacer una crónica para su despedida; soy algo así como la cronista familiar).

    Me duele la cabeza. Quiero ponerme a escribir, pero al mismo tiempo no tengo ganas. Alberto está en Toluca y lo extraño.

    Van a dar las siete…

  • No tan abajo

    Voy de nuevo: un día en el que me siento no especialmente abajo, pero tampoco muy activa. Veo que Alberto lucha por desligarse de su blog, sin mucho éxito. No entiendo por qué la desligazón, le preguntaré al rato que lo vea.

    Rax

  • Maravilloso Rodari

    Acabo de leer un cuento –buenísimo– de Gianni Rodari. Uno de esos cuentos que, cuando lo terminas, te quedas pensando «¿Cómo no se me ocurrió a mí?»

    Maravilloso Rodari, una sorpresa en cada párrafo.