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  • Saliendo del clóset planetario

    Cuando era niña, me gustaba que me platicaran historias de mi abuelo Marciano. Me decían que era muy moreno, pero con los ojos azules, azules. Y que la gente lo respetaba muchísimo allá en la ranchería.

    Pus claro, pensaba yo: ¿quién no va a respetar a un marciano?

    Y me imaginaba a mi abuelo como una especie de duende moreno, con ojos redondos como platos, inmensos y de color celeste.

    Claro, me sentía muy diferente a las demás niñas del kinder, que tenían abuelitos terrestres.

    Un día, hace poco tiempo, me topé con una foto de un señor moreno, vestido de manta, con sombrero. Un señor bigotón. La foto era en blanco y negro, pero aún así se le distinguían ojos de color muy claro. No tenía antenas…

    Volteé la foto y mi sospecha se confirmó: con letra cursiva (pluma fuente) decía ‘Marciano Castro’.

    Lo que me imaginaba: mi abuelo se disfrazaba de humano para que no lo molestaran. Seguro se puso el gentilicio por nombre, para no olvidar su origen.

    Mi papá insiste en que, por el contrario, mi abuelo era terrícola y Marciano era su nombre. Supongo que debe ser duro para él (mi jefe) admitir su origen interplanetario cuando siempre se ha sentido de acá.

  • Tercera y última

    (porque usted lo pidió)

    Tan feliz… no. Fui feliz hasta que me di cuenta de otra diferencia: pese a todos mis esfuerzos, aunque intenté todo para igualarme, no podía ser tan productivo como ellas. Incluso Huevas, la más floja, ponía uno o dos huevos diarios.

    Yo lo intenté todo: puse mi nido cerca de la ventana, para tener más luz y aire fresco; aumenté el calcio en mi dieta; me autoapliqué acupuntura.

    Nada sirvió, yo seguía sin poner un solo huevo.

    Ellas no me decían nada, ni cambiaron su trato. Sólo una vez me pareció que Amarguetas me miraba con un mudo reproche, aunque puede haber sido mi imaginación. En todo caso, yo me sentía inútil, traidor a la comunidad. Ellas seguían llegando, con sus muy definidas características personales, con su docena de huevos a la semana. ¿Y yo? ‘El humano que vende los huevos’. ¿No lo puede hacer cualquiera? ¡Por supuesto que sí! Yo era prescindible. En cualquier momento podía llegar otro humano a suplantarme. Tal vez uno que sí pudiera poner huevos.

    Sufrí día y noche. Temía que llegara el momento en que encontraran quién me sustituyera. Una noche no pude más: me terminé el café que me había preparado Refugiada (¿por qué ya no lo hacía Pionera? ¿ya no me quería?) y cuando todas escondieron sus cabecitas bajo las alas, salí del departamento.

    Ya estaba cansado de la frustrante vida en una granja. Suficiente de naturaleza, me dije. Busqué una cabaña apropiada en las afueras de la ciudad. Me costó trabajo encontrar una que cumpliera con todos mis requisitos: que fuera amplia, cómoda, con una cerradura fácil de violar y dueños que sólo vinieran una o dos veces al año. Finalmente la encontré y me instalé.

    Como muestra máxima de rebeldía, en vez de hacerme un nido cerca de la ventana, me preparé una madriguera bajo el dormitorio. Y fui muy feliz hasta que, una tarde, cayó el primer tejón por la chimenea.

    (c) Rax, con maldición egipcia incluida para quien tenga el mal gusto de convertir esta historia en una parábola de enseñanza política o de buena moral.

  • Parte dos

    Cuando desperté la gallina ya estaba en la cocina y tenía el café preparado. Para mi gusto le quedó un poco cargado; pero fue un buen intento, y sobre todo, una muestra clara de buena voluntad, que me dio confianza suficiente para dejarla en casa en lo que iba a trabajar mis ocho horas reglamentarias. No tanta confianza como para dejarle copia de las llaves, por lo que se quedó encerrada. Ni modo.

    Entonces pasó algo verdaderamente raro: cuando regresé había dos gallinas en la casa. La nueva era casi idéntica a la otra, sólo que tenía un aire melancólico y una mirada soñadora. Me recordaba a un poeta que fue famoso hará 20 años, pero del que no ubico el nombre ni la obra: sólo evoco sus ojos tristes, como de gallina, y el final de uno de sus versos: ‘no sé que tanto, no sé que más, amor’.

    Lo raro no fue que la gallina se pareciera a un poeta. Lo verdaderamente extraño es que yo dejé las puertas cerradas, y sólo una gallina adentro de la casa. Por un momento imaginé que la segunda ave entró por la ventana, igual que la primera; pero aunque la ventana seguía abierta, era imposible: ¿qué lógica habría en tal falta de originalidad?

    Quise discutir el punto con ellas, pero fingieron no entender. De nuevo les pregunté cuál era su plan, pero Melancólica sólo suspiró. La otra, que se llamó desde ese momento Pionera, se me acercó despacio, como si quisiera hacerme una confidencia. Supongo que se arrepintió en el último segundo, porque sólo murmuró un incomprensible ‘Coricó’. Y en el diccionario no figura esa palabra.

    A partir de ese día, las gallinas no pararon de llegar. No había dos iguales, e incluso su firma de tratarme era distinta: mientras Pionera se comportaba dulce y protectora, casi maternal, Melancólica prefería ignorarme y pararse en la cornisa a suspirar.

    Ferocilla me atacaba cuando me veía cerca de su nido sobre la televisión; Cómica reía entre dientes (tal vez debería decir ‘entre pico’) cada vez que nos encontrábamos de frente.

    Con todo, nuestra vida era tranquila. Al menos fue así hasta que Incomprendida trató de separar la recámara del fondo como Gallinero Independiente, con ayuda de Clamidia, Tomasa y Federica. Por suerte, su iniciativa fue impopular; pero las quince víctimas del movimiento separatista (Paquita, Salmonella, Ur-caldea, Friolenta y Géminis, entre otras) me obligaron a buscar cómo imponer el orden.

    —¿Qué hacemos? —pregunté a Pionera. Por derecho de antigüedad era mi consejera.

    —Cló. ¿Coricó? —dudó ella, y se sumió en un silencio largo y reflexivo. No le entendí, pero a la fecha estoy seguro de que tenía razón.

    Después del incidente terrorista volvió la calma. Con lo que ganamos de la venta de Remigia y sus aliadas como pollos rostizados (la vida es dura…) compramos varios sacos de un riquísimo maíz transgénico. Yo hubiera preferido carne asada, pero en la toma de todas las decisiones, incluido el menú diario, me plegaba a las decisiones de la mayoría. Era el administrador, sí; pero a excepción de eso, era una gallina más, tan feliz como cualquier otra.

    (continuará)

  • Va cuento

    La primera gallina llegó una mañana de otoño. Yo estaba sentado en la sala, concentrado en una mancha de la pared. Las visitas, algunos peritos especializados en temas parapsicológicos y dos nuncios apostólicos aseguraban que era humedad. Qué saben ellos. Yo estaba convencido de que estaba frente a un milagro tímido. Es decir, que se iba a convertir en una imagen de la Virgen o de Marilyn Monroe, nomás que no acababa de decidirse.

    Y claro, no es cosa de perderse la oportunidad de regentear una capillita o un sitio turístico nada más porque me tocó una Madonna introvertida, así que en cada momento libre me sentaba frente a la mancha y me concentraba, le mandaba mis mejores vibras, la bombardeaba con mi fuerza mental para ayudarle a tomar forma.

    Estaba, pues, trabajando en el Milagro de mi pared, cuando entró por la ventana una gallina. Era gorda, llena de plumas y tenía un pico anaranjado, como si fuera una gallina común y corriente.

    De todas formas, y pese a su normalidad, me sorprendió mucho su llegada: vivo en un octavo piso y no es usual que una gallina o cualquier otro animal entre por la ventana… o por cualquier otro lado.

    Pensándolo un poco, es raro que en esta zona de la ciudad se vea cualquier manifestación de la naturaleza, a menos que sea cierta mi teoría de que los microbuses son formas de vida inteligente, que se alimentan de la masa cerebral de su conductor y que pronto dominarán el universo.

    Pero no nos salgamos del tema; si quieren, en otra ocasión les platico acerca de los Microbusorum Terrificum. Lo importante ahora es que una gallina entró por mi ventana con ruidosos aleteos, lo que me sacó de mi concentrada meditación (y esto redundó en que mi Madonna Monroe se hiciera más vaga y borrosa).

    La gallina se posó en el sillón de enfrente a mí y me observó fijamente. Yo le sostuve la mirada.

    —Clo, clo, clo —dijo.

    Yo no respondí. Descarté la posibilidad de que se tratara de un Enviado de los Microbuses. Tampoco se parecía a un ángel bíblico, aunque tenía alas. Sólo me quedaba una posibilidad: que fuera una broma de la casera, quien lleva siete u ocho años poniendo mala cara cuando le insisto en que no tengo por qué pagar renta por vivir en semejante gallinero. Y qué bueno que digo ‘gallinero’ y no ‘muladar’: probablemente no habría sobrevivido al ataque de una mula voladora que entrara por mi ventana.

    Sí, esto parecía una muestra del humor negro y enfermizo de esa mujer.

    —Clo, cló—volvió a decir la gallina, ¿con sarcasmo? Eso me pareció.

    —¿Qué quieres? ¿Quién te mandó? —le pregunté, repentinamente enojado. No soporto el sarcasmo, ni el helado de tapioca.

    Ella respondió retadora: —Clo, clocló.

    —¿Qué haces en mi casa? ¿Eres enviada de los Microbusorum? —(valía la pena asegurarse).

    No contestó mi pregunta. Estaría confundida, o asustada. Me miró un momento y luego escondió la cabeza bajo el ala. Tenía razón: ya eran las ocho de la noche, hora de dormir. Y como ella no se había mostrado abiertamente agresiva, no tenía razón para atacarla: la dejé en el sillón y me fui a mi cama.

    (continuará)

  • Santos pollos sincrónicos

    Ayer, un vecino de Alberto me torturó por horas (o bueno, por minutos) con el canto chirridesco y monótono de un plumáceo no identificado (o avni, por ser animal volador no identificado). Hoy veo que Erika Mergruen también anda en un mood pollesco. Y a la hora de darle una limpiadita a mi carpeta de ‘Cuentos Inconclusos que Jamás Llegarán a Ningún Lado’ (cijlnl, por sus siglas), me topé con uno que habla -misterio- de gallinas.

    Así que, supongo, tengo la obligación de ponerlo aquí. Y por orden del Pollo que Rige el Universo, ustedes tienen la obligación de leerlo y Alabar al Pollo que Todo lo Es. (?)

    Y Rasabadú debería publicar su cuento de la gallina, y el mundo debería convertirse en un gran pollo rostizado

    Firma:

    Rax, al borde del colapso cerebral (creo que a mi cerebelo le salieron plumas).