Este texto lo escribí para DF por Travesías hace ya un buen ratote. Al artículo le tuve que hacer algunas modificaciones para la revista, pero ésas no las pongo aquí. Como que viene a tono por ser Semana PostSanta, ¿no?

Vudú, o el nuevo traje de los dioses
Por Raquel Castro

Vudú. Cuando pensamos en esta palabra, lo más probable es que nos vengan a la mente imágenes de muñecos con alfileres clavados, hechizos con tierra de panteón, brujería, maleficios, zombies. ¿Quién no ha visto al menos una película donde los adeptos a este rito bailan frenéticamente para despertar a las fuerzas malignas de la tierra?
Sin embargo, pese a que esto suele ser lo más conocido del vudú, sus orígenes son antiguos y mezclan muchos elementos, más allá de los hechizos para hacer daño o las posesiones demoniacas, aunque la cultura occidental, blanca y católica opine lo contrario.
De hecho, el vudú es sólo una de las muchas ramas o expresiones que tomó la religiosidad africana al cruzar el océano y mezclarse con las creencias occidentales. Para explicarlo, es indispensable que retrocedamos en el tiempo: la explotación de esclavos africanos comenzó desde 1442, y para mediados del siglo siguiente, era ya un negocio excelente, pues la inversión era mínima: muchos de los que serían vendidos para el trabajo forzado en América eran raptados de su lugar de origen, sin importar si en él eran solteros, casados, ignorantes o sabios. No pertenecían todos a una sola raza, ni a una sola tribu, aunque para los negreros daba exactamente igual: para ellos, todos los esclavos eran primitivos, carentes de alma, y sus ritos y costumbres parecían más cosa de brujería que de religión.
Así, sacerdotes de diferentes credos, dependiendo de su geografía de origen, llegaron a América y se dieron a la tarea doble de preservar sus antiguos ritos y evitar que fueran descubiertos por los blancos, quienes sin duda los considerarían una herejía. De esta forma, y bajo un muy ligero barniz de cristianismo, surgieron creencias como el Candombe en Argentina, la Santería cubana, la Macumba en Brasil y, la más famosa de todas, el Vudú haitiano.

Gran parte de estas manifestaciones religiosas se transformó en lo que los blancos llamaron prácticas de brujería, pero su origen estaba más relacionado con el culto a la naturaleza o con la medicina. Es muy posible que el aura amenazante con la que hoy relacionamos estas creencias haya surgido como un mecanismo de defensa, un intento de hacer parecer al vulnerable e indefenso esclavo menos frágil a los ojos de sus amos, quienes probablemente se preocuparon al darse cuenta de que su San Juan se había convertido en Ogún, dios de la guerra; que Santa Bárbara era el sobrenombre de Shangó y Yansán, partes masculina y femenina de un dios hermafrodita; o de que un Padrenuestro al revés sirve para atraer al mandingo (voz que se refiere tanto a una tribu africana, como al esclavo insurrecto, como al diablo. Parece que los negreros no tenían mucho vocabulario).
Pero el miedo del hombre blanco a los poderes de la religión negra no llegó solo: apareció acompañado de una intensa fascinación. Al poco tiempo, nobles damas y valientes caballeros acudían a sus esclavos en busca de consejo: un hechizo para retener al amor esquivo, un amuleto para pelear con más tesón y valentía, una respuesta a un miedo, a una enfermedad, a un misterio. El catolicismo, con su ética férrea, no daba la opción de devolver mal por mal, y poner la otra mejilla no siempre es lo más atractivo.
De esta forma, poco a poco, el vudú y sus religiones hermanas se fueron incrustando en las sociedades de las Américas latina y francófona, hasta ser consideradas como la cara oscura del cristianismo, el lado B de un long play del que, en realidad, nunca fueron parte.
Shangó se vistió de santo. O mejor dicho, de santa. Pero ¿qué pensaríamos si la situación hubiese sido al revés, si Santa Bárbara hubiera debido vestirse de diosa de la tierra…? En todo caso, mucho cuidado: sea ritual ajeno, táctica para espantar blancos, medicina africana o cualquier otra cosa, lo cierto es que un amuleto, un amarre o un hechizo puede tener mucho poder si quien lo usa cree en él. Esto ya lo sabían los esclavistas del pasado, que podían despreciar a los practicantes del vudú pero a la vez los temían, porque no eran capaces de entenderlos. Así que piénsalo bien antes de clavarle un alfiler a la foto de tu jefe…