Las mañanas suelen ser aburridas. Llego al trabajo, prendo la compu, y me quedo así, nada más, mirando la pantalla. Luego llega la hora de salir, apago la compu y me voy. En medio, trabajo, pero eso no es lo importante.

En todo caso, eso no tiene nada que ver con lo que voy a contar. Resulta que ho en la mañana estaba pensando eso, que las mañanas son aburridas, cuando escuché golpeteos en mi ventana. Que me asomo. Y que me encontro no un pajarito sino… ¡un pez alado! Traía un tanque como de oxígeno amarradito al espinazo y un casco como de astronauta, nomás que lleno de agua.
Nomás abrir, y el pez me aventó un papel. Lo leí. Estaba escrito con esa tan hermosa siempre ortografía de D., pero no lo voy a transcribir. Decía, más o menos, que le avisara de una vez si iba por él a Nueva York o al Polo. Así, como si fuera mi obligación.

Que agarro un papel y que escribo: ¿Y si mejor nos vemos en Los Angeles? Se lo di al pez, que salió disparado: zzzzzum!

No había pasado ni media hora cuando el pez estaba de regreso: «Horales. Ehl donimgoh» decía el nuevo papel. Así que iré a por Deíctico este finde.

Mientras me pregunto qué clase de pez era ése, y si sería posible comercializarlo, no sólo como mensajero, sino como medio de transporte. ¿Y no que Deíctico comía pescados? ¿Ya muy cuate con el lunch?