Categoría: Varia invención

Todo lo que no cae en otras categorías. O bien: pura loquera.

  • Postal 3: Con calor la vida es más sabrosa

    1. Vean lo importante que es decir la verdad sin aderezarla: si yo hubiera dicho que llegué a tiempo a la terminal de autobuses, o que venía Miguel Bosé en el camión, Javier (cuyo mensaje pueden ver aún en el tagboard, aquí a la derecha, y a quien le agradezco la visita a este blog) me habría echado de cabeza ;)

    Así que pueden confiar plenamente en que todo lo que digo es apegado a la realidad. Especialmente la parte de los extraterrestres.

    2. La postal

    Córdoba es una ciudad caliente. Cierre sus ojitos mi lector defeño y recuerde el mayor calor que le haya tocado acá en la ciudad. Luego, auméntele 10 grados celcius, y podrá hacerse una idea. Claro, que en Córdoba no tuve que pasar dos horas encerrada en un coche bajo el vivo rayo del sol. Eso ayuda a que no se perciba tan grave.

    Supongo que es el calor. O el mayor respeto a la calidad de vida de la gente. Lo cierto es que en tierra andaluza casi todos los establecimientos cierran para la comida y la siesta, que coinciden con la hora de mayor calor.

    Pero yo soy medio masoquista y medio loca. Así que a la primera oportunidad me salí a cruzar a pie la ciudad. Atravesé un puente sin sombra, y luego caminé por un rumbo totalmente vacío de edificios. Cuando por fin llegué al centro comercial que tenía por destino, juro por mis hijos que sentí que me desmayaba: veía manchitas negras, tenía los brazos dormidos, algo en el pecho no me furulaba 8y recordemos que seguía llena de ronchas, ja).

    Por supuesto, no me desmayé. Nunca me ha pasado, y mejor seguir por ese camino. Así que compré mis compras (para desayunar algo distinto al café con pan, que ya me tenía harta, y eso que era martes o miércoles) y salí para enfrentarme de nuevo al sol.

    El regreso fue menos terrible, pero ¡a las nueve pe eme sigue habiendo luz de sol!

    Me encantaría enseñarles una foto de eso. Y quizá lo haga más tarde.

    —o—

    Fuera de programa: el depto

    Ya tenemos departamento. Ayer fuimos a tomar medidas, a ver qué le falta (mucho) y qué le sobra (casi nada). Está muy bonito…

    Pero sí, le falta todo.

    Así que si alguien tiene, por ejemplo, una estufa que le sobre, o lozeta vinílica que ya no le haga falta, o cerraduras para puertas interiores, le estaremos muy agradecidos :P

  • Antes de la postal 3: por qué me despierto temprano y llego tarde al trabajo

    Es jueves. En teoría, ya debería estar hecha a la rutina. El viaje es cosa del pasado, sólo falta terminar de deshacer la maleta y seguir contando una que otra postal, ligando (sin permiso, claro) una que otra foto…

    Es jueves y estos días se me han ido volando. Nada que ver con el ritmo pausado de las dos semanas anteriores. Los minutos se comprimen para viajar en metro, para caber en el periférico sin contribuir al ya de por sí horrendo tráfico de la ciudad.

    Lo peor de todo es que viví 15 días dedicando todo -o casi todo- el tiempo a mí misma. Dormir cuando tenía sueño, escribir hasta que se me diera la gana, comer en el restaurante que más se me antojara, o el que resultara más conveniente según mis propios oscuros intereses…

    Creo que por eso me levanto temprano: a las seis soy la única despierta en casa. Puedo venir a escribir sin más compañía que el ronroneo del CPU. Aquí recupero lo que mi amigo Daniel llamaba ‘mi lentitud’.

    Creo que por eso llego tarde al trabajo: me cuesta volver al mundo donde todo va de prisa.

    Y no es que no me guste la compañía. No es que no quiera a los míos, o que no me guste lo que hago, o nada por el estilo…

  • Postal 2

    Nota: No, queridos míos; la foto que veis no es mía, sino que la saqué de la Red. Ya compartiré las que yo tomé (que no están mal, creo, pero tampoco tan fantásticas como éstas) cuando termine de deshacer la maleta…

    Nota 2: Gracias por los mensajes de bienvenidez :)

    Mi llegada a Córdoba pudo haber sido accidentada, pero tengo la buena estrella de que mis viajes transcurren sin problemas, siempre. Llegué a la terminal de autobuses de Madrid a las 3.55 (mi autobús salía a las 4). Pero en lo que bajaba a los andenes, me dieron las cuatro… y yo no sabía de qué dársena salía mi camioncito. Así que corrí. Y me dijeron ‘es ese de allá’, señalando un punto no muy claro, del que tres autobuses estaban por arrancar.

    Corrí y paré al primero. Abrió el compartimento de equipajes, y entonces pregunté si era el de Córdoba. No. Era el de Sevilla, je.

    Lo dejé y corrí a parar el segundo. Era el de Málaga.

    Al fin paré el tercero, que sí era el mío, y fui -claro- la última persona en trepar.

    En el asiento que me corresponde (en España numeran hasta los asientos del cine, jo) estaba una guitarra. Le pedí que verificara si era su asiento, pero no respondió nada. Quien sí lo hizo, y muy amablemente, fue el joven que iba junto a la guitarra. La quitó, me senté, y despegó el bus.

    -o-

    Las dos priemras horas de carretera fueron horribles. Llegué corriendo al autobús, sin aliento, y así me quedé, porque no se me ocurrió llevar ni qué comer ni qué beber. Temperatura: 38ºC. El AC del bus no furulaba. Yo cerraba los ojos y veía cocacolas heladas bailando a mi alrededor. Me pregunté cuánto tarda en morir de sed una persona, pero gracias al cielo llegamos a un paradero: 15 minutos para ir al baño, para beber, para comprar comida.

    Regresé al bus más viva, y supongo que mi compañero de asiento también, porque empezamos a platicar animadamente. Se llama Javier. Iba a un seminario del conservatorio de música de Córdoba. Tiene un grupo de música folk/antigua que se llama Balbarda (y pueden ver su página web aquí). Me regaló un disco de Balbarda, que pretendo reseñar en algún lado y, al bajar del bus, me guió a tomar el camioncito que va al centro de Córdoba, me regaló su mapa y, por supuesto, hizo de lo más sencillo mi arribo a mi hotel.

    Yo creo que los ángeles sí existen :)

    o-o-o-o-o-o-o

    La mezquita de Córdoba

  • Postal 1

    Madrid está más cerca de la ciudad de México que de Berlín. Lo juro. Tiene un aire más ‘nuestro’. Y no sólo por la comida, que se parece mucho a la que hacía mi abuelita, sino en general. Es ese ‘aire latino’, supongo…

    Madrid de noche está mucho más cerca de Guanajuato en tiempo de Cervantino que de la ciudad de México. La gente se sale a comprar chelas o calimochos (en unos vasos inmensos que se llaman minis) a la tiendita de la esquina, y luego se van a beberlos en la plaza más cercana.

    No puedo negarlo (hay testigos): todo el asunto de beber en la calle me frikeó un poco. No me la creía del todo, aunque veía a todo mundo sentado en la banqueta con sus vasotes. Me temía que en cualquier momento llegara la Guardia Civil y me llevaran a la mazmorra más cercana, para luego juzgarme sumariamente y fusilarme, o bien, mandarme de retache a México. Y eso habría sido terrible, no habría podido tomar mis cursitos de guión :)

    Después de Córdoba, un poco más conocedora de la cultura local, me fue menos difícil (casi nada, la verdad) sumergirme en la cultura del botellón, por lo menos un rato.

    La última noche en España la pasé en una plaza, tomando un mini de cerveza, platicando con Ernesto de la vez que me dejó abandonada en la peor fiesta del mundo (y cuando estaba reclamándole lo que siempre le reclamo, que se haya ido a pasar un mejor rato en su casita de Atlixco, mientras yo tenía que quedarme a aburrirme hasta la mañana, porque estábamos en Puebla) nos interrumpió un mexicano que lleva cuatro años y medio en Madrid, con el que platicamos largo rato acerca de la comida que más extraña.

    Fue una linda forma de despedirme de la ciudad…

  • Yo también estoy de vuelta

    1. Es una obra de teatro de Mario Benedetti. Juan se va de vacaciones a Europa y, cuando vuelve, se siente tan de vuelta de todo que su mujer, María, lo ve perdido.

    Cuando el autor aparece en escena e intenta conquistar a María (?), ella se da cuenta de que, sin haber viajado, también está de vuelta.

    Y corre a buscar a Juan.

    -o-o-o-o-o-o-o-

    2. Ayer, a eso de las once de la noche, llegué por fin. El viaje de regreso fue largo y cansado. Cuatro, casi cinco horas en Nueva York, un retraso porque el avión no tenía aire acondicionado, dolor de espalda y muchas ganas de estar de vuelta. Un buen sueño, aunque no sé si reparador. Estoy cansada.

    Y me siento triste.

    Cruda de emociones, creo.

    Estuve en un lugar tan antiguo que se podía respirar la edad. Córdoba, qué sitio, ¿eh?

    Va la foto.