País de maravillas: Por qué tanto odio a los monitos

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

¿Por qué tanto odio a los monitos?

Raquel Castro

 

Platicaba con una amiga que tiene hijos y ella se quejaba: a Beto no le gusta leer: nada más quiere estar con sus cómics. ¿Por qué no hablas con él? Yo pensé que Beto, a sus dieciséis años, me iba a mandar por un tubo; pero parece que soy la amiga cool de su mamá, gracias a que nos gustan las mismas películas de horror. Así que el muchacho salió de su cuarto ante los gritos de su mamá y accedió a sentarse un rato con nosotras en la mesa de la cocina.

—¿Qué andas leyendo? —le pregunté, señalando con la mirada el librote que traía en las manos.

—¿Leyendo? ¡No está leyendo nada! ¡Está viendo puros monitos! ¡Ve, ni siquiera tiene letras! —interrumpió su mamá.

No la juzguen mal: es buena gente, pero a veces le sale lo intolerante, sobre todo cuando se trata de sus hijos no-lectores. En todo caso, la mandamos a la tienda por refrescos y sólo cuando escuchamos que se cerraba el portón Beto me tendió el libro. Era Emigrantes, de Shaun Tan, un libro bellísimo que narra la historia de un hombre que se va de su lugar de origen a otro lado, donde trata de sobrevivir y adaptarse a las costumbres del nuevo sitio (no les cuento el final para que consigan el libro, realmente es una chulada). Lo mejor de todo es que, efectivamente, no tiene una sola palabra: las ilustraciones son tan elocuentes que no hacen falta. En cambio, tiene un aire de surrealismo que lo hermana con Remedios Varo y Leonora Carrington.

Beto me dijo que un amigo se lo había prestado y que ya era la tercera vez que lo releía, que estaba lo más. Le recomendé otros dos libros de Shaun Tan y algunas novelas gráficas de las que soy fan. Él me dijo de otras que yo ni idea tenía de que existían y coincidimos en que hay unas de zombis muy buenas.

Cuando mi amiga regresó con los refrescos y nos escuchó intercambiando tips torció la boca.

—Los adolescentes tienen que leer, no estar con monitos —insistió.

Beto torció la boca igualito que ella.

—Los adultos tienen que leer cosas serias, no las revistas Barbie de mi hermana — respondió imitando el tono que había usado mi amiga. Y entonces ella se descosió: que si los cómics son intrascendentes e infantiles, que si no aportan nada a la educación, ¡que muchos son resúmenes de libros serios, trampas para pasar exámenes sin leer!

Cuando se le terminó el aliento le comenté la historia aquella del conejito que nunca aprendió a lavarse los dientes, que ustedes ya conocen (o que pueden leer en esta misma columna, en su entrada del 13 de agosto) y de lo importante que es que la lectura sea placentera. Y le dije, de una vez, que desde mi punto de vista, si bien es cierto que existen cómics de poca calidad, también hay unos excelentes.

Acá entre nos, yo creo que una novela gráfica puede ser tan bella como un libro sin dibujitos. Lo que en uno se evoca con palabras, en el otro se plasma con dibujos. En ambos puede haber una historia capaz de hechizar al lector. Son artes cercanos entre sí, que dan y reciben uno del otro, pero que tienen sus características individuales. Y, sobre todo, sin jerarquías: ¿a poco podemos decir la pintura es superior a la escultura? Pues no, ¿verdad?

Con respecto a las trampas para no leer: desde mi punto de vista, siempre será mejor que se refinen, por decir algo, Los bandidos de Río Frío en la excelente versión gráfica de F. Haghenbeck y BEF a que bajen un resumen mal hecho de El Rincón del Vago. Capaz que les gusta tanto que luego se asoman al libro. O no. Pero al menos habrán estado expuestos a la belleza en otra de sus presentaciones…

Préstale a tu mamá Emigrantes, le dije a Beto cuando me di cuenta de que no me había parado la boca en cerca de una hora. O mejor: léanlo juntos. Los dos torcieron la boca pero juntaron sus cabezas frente al libro abierto. Creo que ni cuenta se dieron de cuando me fui.

Un par de semanas después volví a ver a mi amiga. Yo no quise preguntarle de Beto y los monitos porque la verdad sí me da pena ser de pronto tan hablantina, pero ella sacó el tema. Todavía esperaba que alguna vez su hijo se decida a leer libros “de verdad”, dijo. Yo nomás suspiré. Pero justo cuando pensaba que toda mi cháchara interminable de aquella vez había sido inútil, mi amiga sonrió, traviesa, y me preguntó:

—¿Quieres ver qué libro estoy leyendo?

Antes de que le contestara sacó de su bolso un ejemplar de Los bandidos de Río Frío. En la versión de novela gráfica que yo le había mencionado.

—¡Está muy bueno! —me dijo—. Cuando lo termine se lo paso a Beto.

 

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com –También contesta preguntas en su chismógrafo, http://ask.fm/raxxie

 

 

Los bandidos de Río Frío

 

(Esta entrada apareció originalmente el 3 de septiembre de 2013 en La Jornada Aguascalientes, como pueden ver en esta liga).

País de maravillas: El extraño caso de los cuentos rusos desaparecidos

Como prometí, y como hoy es lunes, comparto acá mi entrega de la semana pasada en La Jornada Aguascalientes (pero, si prefieren, la pueden leer directo allá en esta liga).

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

El extraño caso de los cuentos rusos desaparecidos

A Erika Mergruen en su cumpleaños.

Cuando era niña –si sintieron olor a moho y polvo al leer el inicio de esta frase, no se espanten: es porque les hablo del milenio pasado–, en casa había algunos libros de Editorial Progreso. Hechos en la URSS, eran una maravilla.

Recuerdo en particular uno, La casita bonita, de pasta dura y con ilustraciones primorosas. Era un conjunto de cuentos tradicionales rusos, del que mi favorito era el que daba título a la colección: un cántaro cae de la carreta de un mujik, una mosca (la Mosquita Golosita, se llamaba) se lo encuentra y se queda a vivir en él. Luego llega a vivir con ella el Mosquito Picadorsito. Y poco a poco la casa se va llenando. Recuerdo que, entre los habitantes del cántaro estaban la Raposa de la Lengua Hermosa y el Lebrato Saltador, que Brinca Más y Mejor (temo no recordar los demás nombres, pero había un gato, un lobo, un perro y a saber qué otros individuos). Dos cosas me fascinaban: la primera, que cada que llegaba un nuevo personaje preguntaba: “¿De quién es esta casita tan bonita? ¿Quién vive en ella?”  Y todos los habitantes se presentaban, en el orden que habían llegado. Yo trataba de recitarlos también, así que era un juego de memoria. La segunda, que en cada ilustración la casita tenía alguna mejora: un escalón, una ventana, macetas, una chimenea…  era otro juego: ver las diferencias, proponer (en mi cabeza) otras: una terraza, un jardín, ¿una alberca, tal vez?

En otro de los cuentos, una grulla y una zorra (aunque ahí le decían raposa, y me gustaba pensar que era parienta de la que vivía en la casita bonita de la historia de junto) eran comadres que se hacían maldades: la zorra ponía la comida en platos extendidos y la grulla usaba floreros de cuello angosto, por lo que una u otra se quedaban sin comer. La ilustración de la raposa, vestida de muñequita rusa, era simplemente genial.

Mi tercer cuento favorito de este libro era sobre una niña que tenía que rescatar a su hermano de la casa de la bruja Baba Yaga. La cabaña se movía gracias a que estaba asentada en una pata de gallina gigante, que brincaba de un lado a otro. Y la niña tenía que pedir ayuda a un río de leche con orilla de jalea, entre otros personajes raros y deliciosos. “Te ayudaré si tomas de mi leche y comes de mi jalea”, le decía el río a la niña y ella, despectiva, respondía: “En casa ni la mermelada me hace tilín”. Y yo… ¡bueno! extática, arrobada, feliz. Porque no sólo era ese mundo extraño sino que, además, el lenguaje mismo era rarísimo: “¿Me hace tilín?, ¿raposa? ¿mujik?”, me repetía yo, descifrándolo y tratando de incorporarlo a mi vocabulario, para llevar un poquito de ese mundo a la vida real.

Con el paso de los años dejé de releer La casita bonita. Además, cayó la URSS y, de pronto, las librerías de viejo estaban inundadas de libros de Editorial Progreso, con lo que perdieron a mis ojos un poco de su magia. Les dejé de poner atención.

Un día ya de este siglo, me acordé de la Mosquita Golosita y sus amigos. Fui a casa de mi papá y busqué entre mis libros infantiles La casita bonita. Sorpresa: no estaba. No estaban tampoco mis otros libros de Progreso. Mi papá no me supo decir si los regaló, se los robaron o se perdieron en alguna mudanza.

Sin ponerme loca todavía, comencé a visitar librerías de viejo. La sorpresa se convirtió en escalofrío: a excepción de algún libro para niños sobre astronautas o los beneficios de los planes quinquenales (bastante aburridos, en realidad) y tres o cuatro para adultos sobre la vida de Lenin o temas marxistas, ¡nada! Ninguno de los hermosos libros de cuentos tradicionales rusos que yo recordaba.

Como soy ligeramente obsesiva, ahora sé que La casita bonita es un libro con versiones de Alexei Tolstoi y que esas ilustraciones maravillosas son de un artista muy reputado, Evgeni Ráchev; que la traducción a la que le debo seguir diciendo no me hace tilín cuando algo no me entusiasma es de José Vento; que Progreso era una editorial de propaganda política y que en 1991 se reestructuró para sólo publicar en ruso y distribuir dentro de sus fronteras. Lo que no sé es qué pasó con todos los ejemplares que había en librerías de viejo, o los que estaban en mi casa.

Me gusta pensar que un día de 1991 un científico ruso apretó un botón rojo que activó un chip oculto en cada libro, haciéndolos flotar de vuelta a casa.

Ah, pero si de casualidad alguno de esos chips no se activó correctamente y usted tiene un ejemplar de cuentos rusos de Progreso en casa, cuídelo mucho y léaselo a toda la familia. Verá que a todos les hará tilín.

 

Ilustraciones de Evgenii Rachev
Ilustraciones de Evgenii Rachev

País de maravillas

El martes 13 de agosto fue mi cumpleaños. Y una de las cosas más emocionantes que ocurrieron ese día es que apareció un texto mío en La Jornada Aguascalientes. No sólo eso: este texto es la primera entrega de una columna semanal que tendré en la sección de cultura de ese diario. Ya me siento como Tongolele: ¡cada martes!  Si están en Aguascalientes, pueden comprarlo en papel; pero si no son de comprar periódicos o no están allá, pueden descargarlo o leerlo en línea (por ejemplo, acá). O bien, pueden esperar al siguiente lunes y leerlo en Imaginemos, imaginemos. Dicho de otro modo: cada lunes subiré a este blogcito el texto salido el martes anterior en la Jornada Aguascalientes, para compartir con quienes aún se asoman a este ciberfósil :D (que, como en peli de terror, es un fósil… ¡vivo! MUAJAJAJA).

Ejem… perdón.

Volviendo al tema, dejo aquí, con ustedes, la primera entrega de País de Maravillas, columna dedicada a la literatura infantil y juvenil. Espero que les guste :)

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

La historia de por qué el conejito NUNCA aprendió a lavarse los dientes

Raquel Castro

 

Soy una entusiasta absoluta de la literatura infantil y juvenil. Por supuesto, cuando digo “literatura” hablo de “buenos libros” y cuando digo “infantil y juvenil” me refiero a que son libros “que pueden ser disfrutados por niños y jóvenes, sin importar si fueron escritos específicamente para estos públicos o no”. Es importante decirlo porque, por desgracia, existen muchas publicaciones que tienen la etiqueta de “literatura infantil” o “literatura juvenil” pero que no cumplen con estas características.

Ejemplos terroríficos hay muchos, pero mi favorito es El conejito que aprendió a lavarse los dientes. Se lo habían regalado a Anameli, mi sobrina de seis años, y sus papás no entendían por qué no le había gustado, si era un libro grande, de pasta dura y con dibujos vistosos y coloridos. Como la niña no le hacía el menor caso, su mamá le dijo: “Si no pasas media hora diaria con tu libro del conejito se lo voy a regalar a tu tía Raquel”. A Anameli no le hizo la menor mella la amenaza y así, la siguiente vez que los vi, mamá y papá me dieron el libro, enfrente de ella, haciendo grandes aspavientos, supongo que con la esperanza de que la niña reflexionara o se le activara el egoísmo, o algo así. Mi sobrina se me acercó y me dijo al oído: “Pobre de ti, tía. Está aburridísimo y es muy ñoño”. Y se fue a jugar con un vecinito.

Ya a solas con sus papás, me puse a hojear el libro. Trataba de un conejito que no quería lavarse los dientes. Entonces se le empiezan a podrir, se le afloja uno y, justo cuando se le va a caer, la Abuela Coneja le dice “eso te pasa por no lavarte los dientes”. El conejito, profundamente impactado, corre al baño, se lava sus dientotes y le quedan firmes y brillantes (sabemos que están firmes porque al final lo vemos mordiendo una zanahoria). En la última página, el conejito dice: “¡Qué insensato fui! ¡Cuánta razón tenía Abuela Coneja! Lo bueno es que aprendí la lección y nunca volveré a ser desaseado”. Tantán.

Tengo que insistir: las ilustraciones eran muy atractivas, llenas de colores brillantes y detalles conejiles muy simpáticos. Pero eso no fue suficiente para Anameli, obviamente. Así que salí al patio a platicar con ella y su amigo Pablo. Les pregunté por qué no les había gustado la historia del conejito y ella me respondió: “Es que no hay historia, tía, es un regaño disfrazado de cuento”. Me contó que a ella le da mucha flojera lavarse los dientes y que por eso le dieron el libro: “Mira lo que pasa cuando uno no se lava los dientes”, le dijeron al regalárselo. Y, por lo visto, la estrategia no funcionó.

No es una sorpresa: imaginemos, lectores adultos que somos, que nos dan un libro que se supone que es una novela de, pongamos por caso, agentes secretos a la James Bond. Y que al abrirla nos topamos con un espía al que le da mucha tos por fumar, por lo que su jefe le dice que debe dejar el cigarro. El espía lo deja, se le corta la tos y… se acaba la historia. Sin una persecución, un secreto de importancia internacional, un romance con una agente rusa.

O bien, supongamos que nos regalan un libro de poesía donde hay un soneto sobre la obesidad y la hipertensión, un nocturno dedicado a la prevención de infecciones de transmisión sexual, una décima acerca del pago oportuno de impuestos… y todo con rimas forzadas o flojas, sin ritmo ni métrica. ¿No nos enojaríamos, o al menos nos sentiríamos decepcionados?

Si como adultos esperamos que nuestras lecturas sean de calidad y que nos permitan divertirnos, ¿qué nos hace pensar que los niños y las niñas son distintos? ¿Por qué asumimos que ellos deben leer cosas “constructivas” y con moraleja? Más todavía: ¿por qué pensamos que algo que los divierta no puede ser constructivo, o que no pueden sacar ellos sus propias moralejas?

Esa tarde, cuando me despedí de Anameli, me dijo: “¿Sabes qué decidí, tía? Que no me voy a lavar nunca los dientes, para ver si es cierto que se ponen verdes. ¡Estaría padrísimo tener los dientes verdes!”. Su amigo Pablo le dijo: “No sería tan padrísimo, porque te olería la boca a toda la comida revuelta y ya pasada y vieja y guácala. Yo no me iba a sentar contigo, ¿eh?”

Anameli se quedó callada en ese momento y yo me fui. Pero su mamá me llamó esa noche para contarme que la niña se había lavado los dientes por decisión propia. “No sé qué le dijiste, pero muchas gracias”, me dijo. “No me lo agradezcas”, respondí (y en verdad no era a mí a quien tenía que agradecer, sino a Pablo, aunque eso no se lo dije). “Pero mañana temprano ve y cómprale un libro divertido. Y sin moralejas, por favor”.

 

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com

 

Aparecida originalmente en La Jornada Aguascalientes el 13 de agosto de 2013

 

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¡Vámonos a Querétaro!

Damas y caballeros, niños y niñas:

Si están ustedes en la ciudad de Querétaro y/o sus alrededores, o tienen ganas de ir a conocer el acueducto, aprovechen esta bonita oportunidad: me encantará verlos en Twitteratura y tonos barrocos, actividad que organiza el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, los días 26 y 27 de abril del presente (o sea, 2013). Estaremos José Luis Zárate, Alberto Chimal, Ruy Feben y quien esto escribe. Habrá presentaciones de libros, algún taller, charlas y más (por cierto: entre las presentaciones editoriales estará la de Ojos llenos de sombra, emoción y alegría). Aprovecho para agradecer a Ileana Cruz su interés (si fuera un crimen, diríamos que ella es la autora intelectual).

Y bueno, sin más parloteo, les dejo el cartel para que se les antoje muchísimo y se decidan a asistir:

 

CARTEL

Nueva etapa

Fue hasta 2005, después de seis años de trabajar en Canal Once, que supe por primera vez lo que se siente que te corran. No era mi primer trabajo, sino el segundo; pero el anterior, haciendo guiones para la SEP y la BBC de Londres, era un proyecto con principio y fin, por lo que cuando acabé, simplemente di las gracias, recibí mi cheque y fui feliz.

En Canal Once, en cambio, trabajé durante años, sintiéndome parte de la barra para la que escribía, haciendo míos sus principios de equidad, perspectiva de género y cultura de la prevención. Me clavé, pues. Así que fue muy intenso el golpe emocional cuando me citaron un día para decirme que al día siguiente ya no era parte de Diálogos en Confianza, y que ni me molestara en entregar los guiones que estaba desarrollando en esos momentos. Así: No, mañana ya no vienes, ésta fue la última quincena que se te paga, no hace falta que entregues esos guiones que te tocaría mandar el lunes. Así.
Y yo, confusa y dolida me fui sin hacer ningún pancho ni exigir nada ni sacar mis cosas del estantito que compartía con otro guionista.

No es que me agarrara realmente de sorpresa el cortón gacho: hacía casi un año, desde que corrieron a mi primera jefa en Diálogos, Maru Tamés, que yo pensaba seriamente en renunciar. En vez de Maru habían puesto a dos jefas de las que, como no tengo nada bueno que decir, mejor no hablaré. Sólo he de decir que una de ellas, la que me decía «bizcochito» y se quejaba de que en programas de contenido social se discrimine a la gente bonita y rubia, había agotado mi paciencia un poco más que la otra, la que creía que estábamos en un kinder a su cargo y nos trataba con una dulce y siniestra condescendencia estilo Dolores Umbridge. Y eso lo digo sólo para tener contexto: alrededor de un mes antes de que me despidieran había tenido una discusión con Bizcochito y le había levantado la voz. Así que en cuanto ella consiguió que echaran a Umbridge y tomó el control total, me dio cuello. Era de entenderse. De esperarse.

Creo que lo que más me molestó fue que yo llevaba meses pensando en renunciar y no lo hacía por mi lealtad a Diálogos. Es como cuando no cortas a un novio por tratar de salvar la relación y de pronto te enteras que hace rato que te pone el cuerno, y te bota.
Pero esa experiencia (que fue fea y triste, y que tardé mucho en superar) me dejó algo muy valioso: ya había aprendido que un trabajo puede ser genial y que es grandioso cuando tus jefes confían en tu talento, y creces; lo siguiente fue aprender que hay una vida más allá del trabajo y que la vida no se acaba cuando te botan.

Después del Once estuve en un proyecto en la SEP, de esos que tienen principio y fin, y a la semana de que terminó entré a trabajar al INBA, a la Coordinación Nacional de Literatura.
Amé mi trabajo desde el primer día, en buena parte porque eso de la promoción cultural me apasiona desde chavilla, pero también porque me tocó trabajar con un jefe generoso, inteligente y con mucha experiencia en ese ámbito. Además, mi perfeccionismo y su neurosis hicieron un enganche excelente :)

Con el paso del tiempo, cambié dos veces de puesto, tuve gente bajo mi responsabilidad, pude inventar y crear ciclos literarios y charlas de temas que a mí me parecen importantes. Hubo sinsabores, claro, porque si no, no le pagarían a uno por trabajar; pero hubo muchísimas experiencias gratas, conocí personas maravillosas, aprendí montones de cosas.

Pero…

Ayer fue mi último día en ese trabajo.

Esta vez sí renuncié.

Después de muchísimo pensarlo (y de platicarlo un montonal con Alberto, mi papá y amigos de gran confianza) concluí de que era hora de entrarle de lleno a mi otro gran interés, la escribidera, y que necesito dedicarle tiempo en serio, al menos por un rato. Así que será una especie de año sabático para ponerme a darle duro a las historias que traigo en la cabeza. A ver qué tal me va. Peeeero por mal que me fuera, el hecho de tomar la decisión y moverme y enfrentar con seriedad y respeto lo que me gusta hacer es algo bueno, ¿no? Y es bueno, muy bueno, tener esta sensación novísima de que salgo de una chamba por decisión propia y no porque se acaba el proyecto o porque dejo de ser requerida en un trabajo.

(Como he dicho antes acá mismo, este blog ha sido muchas veces mi acicate para no olvidar que me gusta escribir. Por eso creo que tenía la obligación moral de venir a contar acá todo esto).

Yo, hoy
(Esta de acá es una instantánea que me tomó Alberto precisamente hoy, durante una sesión de fotos con mi hermano Fa en el Parque Ecológico de Xochimilco. Sirva para inmortalizar en la memoria el primer día de la nueva etapa).

La siguiente gran cosa (The next big thing)

la foto (4)

[read in English]

Estoy muy emocionada, como siempre que hay algún juego interesante en los blogs, Facebook o twitter (o myspace, hi5 o lo que sea). Resulta que la escritora Judy Goldman me pasó la estafeta para participar en The next big thing, un acontecimiento bloguero de esos bonitos, old school, surgido en Australia pero que se expande por el mundo…
Así que, primero que nada, agradezco a Judy la invitación (vayan y conozcan su sitio en este link o allá arriba donde está su nombre; anden, yo acá los espero) y a continuación contesto las preguntas de The next big thing, primero en español (ya que este blog es básicamente en español) y luego en inglés (para no romper la cadena). Además, para que realmente sea una cadena, hay que invitar hasta cinco escritores/ilustradores a que tomen la estafeta y contesten las preguntas el próximo viernes en sus respectivos blogs. Mis invitados son tres escritores y una ilustradora de los que soy fan entusiasta (además de que son blogs que me encantaría ver más activos):
Alberto Chimal
Erika Mergruen
Arturo Vallejo
y
Margarita Nava
Espero que el próximo viernes tengamos ocasión de leer las respuestas de los cuatro :D

Y, ahora sí, el chismógrafo:

1. ¿Cuál es el título provisional de tu próximo libro?
Kriptonita en la primera pregunta: soy pésima con los títulos y si me detuviera a escoger uno que me guste, nunca llegaría al punto de ponerme a escribir la historia. Pero ya que hay que decirle de alguna manera al coso, pues de momento se llama La abuela malvada.

2. ¿De dónde te llegó la idea para el libro?
Soy fan absoluta del horror desde que era niña y tenía, desde hace años, el deseo de escribir una novela de horror para esa niña que fui.

3. ¿En qué género cae tu libro?
Novela de horror para chavos.

4. ¿Qué actores elegirías para hacer una versión cinematográfica de tu libro?
Me gusta Judy Dench para la abuela. Para el protagonista, Gael Bernal cuando tenía 12 años.

5. ¿Cuál sería la sinopsis de una línea de tu libro?
Un niño es aprisionado por un fantasma en una casa en la que se confunde la realidad con las pesadillas.

6. ¿Quién publica tu libro? / ¿Será un libro autopublicado o representado por una agencia?
Aquí comienzan las discrepancias culturales, me temo, pero no es el momento de ponernos a hablar de las agencias en este lado del río Bravo. Yendo al grano, diré que aún no sé quién lo vaya a publicar, pero que me empezaré a preocupar de eso cuando sienta que ya está perfectamente terminado.

7. ¿Cuánto te tomó escribir el primer borrador del manuscrito?
Todavía no lo termino, pero calculo que me tomará unos dos meses trabajando de corridito.

8. ¿Con qué libros del mismo género compararías tu historia?
Me encantaría pensar que tiene cierta hermandad con los cuentos de Jean Ray (en cuanto al género “horror”) y con las narraciones para niños de Ana María Shua en La fábrica del terror.

9. ¿Quién o qué te inspiró a escribir este libro?
Un viejo álbum fotográfico que encontré en casa. Al hojearlo, me di cuenta de que no sabía nada de la mayoría de la gente retratada, y eso que son mi familia. Pensé que podría ser interesante inventar aquello que no sabía, y a la vez plantear la idea de que damos por hecho un montón de cosas sobre las personas sin saber realmente nada.

10. ¿Qué más del libro podría picar la curiosidad de los lectores?
Que, además, de la historia de miedo, hay un enigma por resolver, por lo que se trata también de una historia de suspenso.

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Y ahora, en inglés:

The Next Big Thing

I’m very excited, as I always am when there’s an interesting meme or game on blogs, Facebook or Twitter (or MySpace, Hi5 or whatever). Turns out writer Judy Goldman gave me the baton for participating in The Next Big Thing: a nice, old school blog event, of Australian origin but rapidly traveling the world…
So, first of all, I thank Judy for the invitation (you should go and visit her site; go now, I’ll wait right here), and next I’ll answer the questions of the Next Big Thing game. I did it so first in Spanish (because that is this blog’s primary language) and then (now) in English.
Besides, in order to make the game continue as a chain (as it is expected), I must invite up to five writers or illustrators to take the baton from me and answer the questions in their respective blogs or sites. My invitation goes to the following people:

Alberto Chimal
Erika Mergruen
Arturo Vallejo
and
Margarita Nava

Here, the Q&A,

1. What is the working title of your next book?
This first question is kryptonite! I’m really bad at choosing titles and if I had to stop and pick one I am absolutely sure I really like I’d never get to the point of beginning to write the story! However, since I have to somehow identify the thing, a working title can be Evil Grandma.

2. Where did the idea come from for the book?
I’m a huge horror fan since I was little and for many years I had wanted to write a horror novel for the little girl I was.

3. What genre does your book fall under?
Horror novel for young readers.

4. What actors would you choose to play the part of your characters in a movie rendition?
I’d like Judy Dench for the role of the Grandma. For my protagonist, I’d like Gael García Bernal (the Mexican actor)… when he was twelve.

5. What is the one-sentence synopsis of your book?
A boy is imprisoned by a ghost in a house where reality gets mixed with nightmares.

6. Who is publishing your book? Will your book be self-published or represented by an agency?
Here begin the cultural differences between Mexico and other countries, I’m afraid, but this is not the time to talk about how agencies “work” south of the Rio Grande. More to the point, I’ll say I don’t know yet who will be publishing it, but I’ll start worrying about that when I finish the story.

7. How long did it take you to write the first draft of the manuscript?
It isn’t finished yet, but I guess it will take two solid months to complete.

8. What other books would you compare this story to within your genre?
I’d love to think it’s in some way similar to the horror stories of Jean Ray (a Belgian writer I admire enormously) and at the same time to Argentinian writer Ana María Shua’s stories for children in her book The Horror Factory.

9. Who or what inspired you to write this book?
It was an old photo album I found in my house. Leafing through it, I realized I knew nothing about most of the people who appeared in the pictures, and I was astonished because they were my own family. I thought it could be interesting to invent that which I didn’t know, and at the same time write something about how we assume a lot of things about people without actually knowing anything for sure.

10. What else about the book might pique the reader’s interest?
Maybe that, aside from being a horror story, there is an enigma to be solved, so it is also a mystery story.