En el cuento de Las Doce Princesas Danzarinas, éstas chamaquitas esperan a que todos duerman en palacio para salir por debajo de la cama de la mayor a un bosque donde los árboles son de plata y las frutas de joyas preciosas; atraviesan un río hermosísimo y llegan a un salón de baile impactante donde bailan y bailan y bailan y bailan. Y bailan y bailan.
A la mañana, no se quieren levantar, todo les duele, el rey está asustado (más que por la salud de sus hijas, por lo poco que les duran los zapatos) y de ahí parte la historia, en la que un joven pobre, pero guapo y honrado, y de buen corazón, se convierte en una especie de Sherlock Holmes y desenreda el misterio. Y se casa con la princesita más joven (y las otras once, chivos brincados, se quedan pa siempre solteras, y sin bailar, pero eso no parece importarle a nadie). (Ni a mí).
Lo que cuenta es el hecho de despertar en el Ouch total.
Y así estoy yo.
Lo extraño es que yo no fui a ningún baile, ni hay pasadizo debajo de mi cama, ni se me gastaron los zapatos.
Y si a esas vamos, lo que me duele no son los pies, sino una línea no tan imaginaria entre la nuca y el omóplato derecho. ¿Será que por las noches me convierto en luchadora sonámbula? ¿Acaso fue Martha Villalobos quien me dejó para el arrastre? Me gustaría saber cómo es mi máscara -seguro que no soy de las que apuestan la cabellera-…
Y mientras, me duele. Ouch.