Blog

  • Celia y los Reyes Magos

    Celia y los Reyes Magos


    Uno de los libros infantiles más hermosos que me he encontrado es Celia: lo que dice, de Elena Fortún. Imaginativo, inteligente y completamente actual, pese a haber sido escrito en 1928 (si quieren saber más del libro, click acá).
    Hoy, por ser seis de enero, les compartiré uno de los cuentines, uno que justo trata acerca de los Reyes Magos. vean qué joya:

    Los Reyes Magos


    Me quedé asustada, y oí como si un gato estuviera arañando las maderas del balcón. ¡Los Reyes Magos!
    Entraba la luna por las rendijas, y entraba el frío también.
    De buena gana me hubiera levantado a ver lo que ocurría, pero ¡me daba un miedo!… Me tapé la cabeza y empezé a rezar:
    Jesusito de mi vida Tú eres niño como yo…
    De repente, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, un ruido terrible de cosas que caen sobre el balcón…, y me encuentro en camisa delante de un señor negro con corona, que está sentado en la barandilla.
    —¡Dios te salve, Celia! –me dice.
    —Que Dios te salve a ti, Rey Negro, porque si no, te caerás a la calle.
    —Yo no puedo caer, porque no peso.
    —¡Qué bien! Entonces podrás volar.
    —¡Ya lo creo! Mira.
    Y cogiendo las puntas de la capa blanca que llevaba, se marchó volando por la calle arriba.
    —¡Eh! ¡Eh! ¡Rey Negro! ¡No te vayas!
    —Ya estoy aquí. ¿Qué quieres, Celia?
    —Que no te marches sin dejarme los juguetes que te he pedido en mi carta.
    —¿No los ves?
    ¡Qué tonta! Estaba el balcón lleno de cajas, y yo no había visto nada entonces.
    —¿Me has traído la cocina?
    —Sí, dos cocinas.
    —¿Y el borrego?
    —Un borrego y una cabra.
    —¿Y el “Teddy Bear”?
    —También…
    —¿Y la vajilla?
    —La vajilla, y un reloj, y cazolitas, y libros, y rompecabezas, y una raqueta…
    —¡Huy, qué bueno eres! Y ahora que me fijo en ti…, ¡cuánto te pareces al lacayo de tiita Julia!
    —¡Como que es mi hermano!
    —Anda, si lo sé antes le doy a él la carta para que te la llevase, y así me hubieras traído más cosas aún…
    —¿Te parecen pocas?
    —No, no; no son pocas. Pero te hubiera dicho que no te olvidaras de Solita, la niña del portero.
    —No me olvido nunca.
    —Pues, hijo, el año pasado, no le trajiste nada.
    —Sí le traje; pero te quedas tú con ellos…
    —¡Jesús, qué mentiroso!
    —¡Niña! ¿Cómo hablas así a un santo?
    —¡Ay Rey Negro! Perdóname; pero no sé cómo decirte que no dices la verdad…
    —Sí digo la verdad. ¿No crees que es demasiado para ti todo lo que te he traído por orden de Dios?
    —No sé…
    —Sólo dejo juguetes en los balcones de los niños ricos; pero es para que ellos los repartan con los niños pobres. Si tuviera que ir a casa de todos los niños, no acabaría en toda la noche…
    —Sí, sí; ya comprendo. Entonces, ¿debo repartir con Solita lo que me has dejado?
    —Eso es. Yo no puedo entretenerme más. Está amaneciendo y aún me queda mucho por hacer.
    No sé por dónde se fue ni cuándo me metí en la cama, porque me quedé dormida y no me desperté hasta que entró la luz del día en mi cuarto.
    Me volví a levantar (entonces sí que hace frío), me abrigué con la colcha y salí al balcón.
    —¡Solita! ¡Solita! –grité, porque ya estaba Solita barriendo la puerta–. ¡Mira lo que nos han traído los Reyes!
    Desaté todos los paquetes, y con las cuerdas hice una muy larga que llegaba a la calle.
    —Espera, que te voy a echar una cabrita –y se la mandé bien atada en la punta de la cuerda–. Y ahora, unos libros… –y se cayeron; pero todos llegaron al suelo–. Y una caja con una cocina.
    ¡Cómo bailaba Solita!
    Detrás de mí, dijo papá:
    —Pero ¿qué estás haciendo, niña?
    —Repartiendo los juguetes.
    —¡Entra dentro, criatura, que hace un frío horroroso! ¡Milagro será que no hayas cogido una pulmonía! ¡A la cama!
    —¡Qué voces daba!
    —¡Pero, papá, si me ha mandado el Rey Negro que le dé a Solita juguetes, porque también son para ella!
    —Veremos lo que dice tu madre de eso. ¡Abrígate bien!
    —Mira, papá: el Rey Negro me lo ha explicado todo…
    —¡No digas más tonterías! Todo eso lo has soñado o lo has leído en alguna parte.
    —¡Que no, papá, que no! Mira, yo te diré…
    —¡Nada, no me digas nada! ¿Qué es lo que le has dado a Solita?
    —Una cabra…
    —¡Válgame Dios! ¡Un juguete carísimo!… ¿Entras en calor?
    —Sí, sí; ya no tengo frío… Verás, papá; yo te contaré…
    —¿Te quieres callar? Las niñas no mienten ni creen que es verdad lo que sueñan…
    De pronto apareció Juan haciendo aspavientos.
    —Señor, aquí está Pedro, el portero, con unos juguetes que dice que…
    —Bueno, bueno –interrumpió papá–; dígale usted que son para su hija, que se los dé…
    —¡Ay papá qué bueno eres! ¡Ya lo sabía yo!
    —Lo que no sabes es la que nos va a armar tu madre en cuanto aparezca.
    ¡Y ya se oían los pasos de mamá!

  • Horóscopos bibliománticos: primera semana del año

    Descubre lo que te deparan los asssstrosssss
    Desde hace algún rato tengo una diversión en twitter: cada lunes publico una tanda de horóscopos bibliománticos. Esto no quiere decir que sea yo Madame Zazú, no. Quiere decir que escojo un libro, lo abro doce veces al azar y lo que va saliendo se convierte en la recomendación semanal para el signo correspondiente.
     
    Según yo, lo más, más importante es la recomendación literaria. Pero un consejito venido del azar y el subconsciente nunca está de más.
     
    Y bueno, luego de mucho pensar en lo efímero del twitter, concluí que sería buena onda poner acá también los horóscopos de la semana. Por si alguien no los vio, o no le gusta tuiter… y para que el pobre blog se sacuda la modorra. En una de ésas, hasta me da por escribir más cosas, más.
     
    Dicho lo cual, pasemos a los horóscopos bibliománticos de la primera semana de enero, cortesía de Un hombre sin cabeza, de Etgar Keret.
     
    Horóscopos para la semana del 3 al 9 de enero
     
    Aries: Déjalo, es un buen tipo.
     
    Tauro: Como si ella no lo supiera.
     
    Géminis: No te hagas el cabroncito.
     
    Cáncer: ¡ya lo creo!
     
    Leo: ¿No ves que estás en medio?
     
    Virgo: vamos, anímate, anímate ya de una vez.
     
    Libra: porque es mucho más simpático que seamos agradables.
     
    Escorpión: vete a saber lo que le puede pasar a alguien por la cabeza
     
    Sagitario: Es muchísimo menos guapa que usted.
     
    Capricornio: Me da miedo que no nos vaya a dar tiempo de nada.
     
    Acuario: No te creas.
     
    Piscis: Echa un ojo a los libros
     
    Ahí me cuentan cómo les fue con ellos ;)

  • ¡¡¡Día de zombis!!!

    Mañana, amigos y amigas, compatriotos y compatriotas, es día de zombis. Y los quiero invitar.

    Mañana jueves 11, a las 7:30 PM, estaré en una charla: «Literatura, comics y zombis», en Guadalajara, en la Casa Vallarta (Av. Vallarta 1668, colonia Americana). Hablaremos del tema, supongo que sin gemir ni comerle el cerebro a nadie, Rafael Villegas, Cecilia Eudave y yo. Inmediatamente después de que termine la charla empezará una gran película gran, de las mejores de muertos vivientes y caníbales: Fido (también conocida como Mi mascota es un zombi) de Andrew Currie.

    Una escena de Fido

    Y además, mañana jueves 11 estaré también en el programa de radio Carpe Noctem, hablando justamente de… zombis. Este programa se transmitirá a las 11:00 PM por Radio UNAM (96.1 FM en la ciudad de México) y se puede escuchar por internet desde la dirección http://www.radiounam.unam.mx/site/wmpfm.html

    (En este programa tampoco creo que nadie se coma a nadie. Y si pasa, será sólo un poquito.)

    Así que si se animan me gustaría mucho poder verlos por allá en la tardecita o que nos escucharan por la noche. ¡Hasta entonces!

  • Más de un mes sin bloguear: mi verdad.


    Les juro por la Santa Chambrita de Santa Salmonella de Siena con Magenta que si no he venido por acá no es por falta de cariño: los quiero con el alma (aunque suene a canción) y casi diario abro el blog con la firme intención de escribir alguna cosa simpática e ingeniosilla. Incluso se ha convertido en un ritual: abro el blog, entro al wordpress, me siento frente a la plantilla, me quedo viendo la pantalla en silencio, con la boca ligeramente entreabierta, babeo un poco (sólo un poco, sólo por el efecto dramático), digo «adau, adau!» con voz de mensa mientras me pego en la cabeza y cierro el blog.
     
     

    Y miren que hago esto dos o tres veces cada hora, pero ¡nada!
    Cada una de esas ocasiones termino por cerrar el wordpress y golpearme contra el teclado hasta que me queda cara de waffle, a la vez que me inundan amargos recuerdos de mi infancia en el internado en el que estuve tantos años en Guanajuato.
    .
    .
    .
    .
    .
    De acuerdo, exagero un poco:
     
    Fui varios años al internado en Guanajuato, pero sólo una semana cada vez, y sólo para acompañar a mis papás y a sus alumnos al Festival Cervantino.
     
    También exagero al decir que intento bloguear varias veces cada hora.
     
    Y también exagero cuando digo que golpeo mi cabeza contra el teclado.
     
    Y hace mucho que no grito «¡adau, adau!»
    .
    .
    .
    De acuerdo: también he mentido un poco:
     
    Santa Salmonella de Siena con Magenta no tuvo nunca una chambrita, y menos una chambrita santa. Y todo por el pequeño detalle de que Santa Salmonella de Siena con Magenta nunca existió.
     
    De hecho, la combinación «siena + magenta» me parece horrible, y nadie que la use puede dárselas de santo. O santa.
     
    Mentí también cuando dije que babeo sobre el teclado.
     
    No, no es cierto:
     
    Mentí hace dos renglones, cuando dije que mentí cuando dije que babeo sobre el teclado. es decir, sí babeo sobre el teclado.
     
    Y también mentí cuando dije que todo esto se haya convertido en un ritual.
    .
    .
    .
    También mentí cuando dije que mis prácticas de dibujo de imitación se habían mojado porque un jardinero distraído las había regado en la prepa: la verdad es que me fui de pinta con mis compañeros al lago de Chapultepec.
    .
    .
    .
    Y mentí cuando dije que sí había estudiado toda la geografía económica de América del Sur para aquel examen de tercero de secundaria en el que, pese a todo, saqué diez.
    .
    .
    .
    (Y también mentí al decir que saqué diez en ese examen, ay).
    .
    .
    .
    Bueno, sí: soy una mientirosa que miente constantemente. Pero les juro por el Milagroso Suspensorio de Santo Toribito de la Nueva Neo-jerusalén de Abajo que sí los quiero con el alma. Y que sí he tratado de bloguear.
     
    El problema es que ando escribiendo mi autobiografía no autorizada, y no saben lo complicado que es: tuve que mandarme seguir para poder descubrir todos mis oscuros secretitos (como el de que soy una mientirosa que miente); y, al mismo tiempo, tuve que contratar a un buen abogado, porque ya me enteré de que ando escribiendo esa biografía sin mi permiso, así que pretendo demandarme tan pronto salga la publicación. Temo que la batalla legal será más fría y amarga que la mirada de los elfos cuando piensan en los orcos.
    .
    .
    .
    De acuerdo, no es por eso que no he blogueado.es porque mi celebro está congelado, adentro de un frasco de salmuera, adentro del refri. Incluso mi papá me regañó por eso:
     
    –¡Si dios existiera y quisiera que tuviéramos el cerebro en un frasco, naceríamos con frascos en vez de cabeza!
     
    (No, no fue eso lo que me dijo mi papá. Es lo que yo me hubiera dicho de ser yo mi padre).
    .
    .
    .
    Uff. Creo que sería más fácil bloguear que buscar explicaciones de por qué no lo hago. Les juro por la Teta Sagrada de Santa Gudena Mártir que a partir de este post bloguearé más seguido. ¿Verdad que sí me creen?
     
     
     
    (Por cierto, la imagen que ilustra esta entrada sí es de santa Gudena Mártir, a la que sí le dieron su pellizco de Teta Sagrada… les comento nomás como prueba de mi honestidad. -y si no me creen, lean aquí

  • El día que vivimos sin celebro


    Todo comenzó cuando Agan me recomendó a un dentista capaz de hacer cualquier cosa por dinero. Mi intención inicial era pedirle que me cambiara los dientes por cuchillos ginsu, pero ya que estaba en su consultorio, al verlo tan tranquilo acerca de lo que me iba a hacer, decidí tantear un poco más allá:
     
    -Oiga, ¿y si en vez de ginsus quisiera unos colmillos de elefante?
    -Ah, pus sube un poco el precio, porque es más fácil conseguir cuchillos ginsu que colmillos de elefante, pero te los ponemos.
    -Hmm… ¿y si mejor quiero cuernos de toro en vez de dientes?
    -Ah, pues baja un poco el precio, porque son fáciles de conseguir. pero luego sube, porque implica una práctica más delicada.
    -¿Y gatos vivos? ¿Me puede poner gatos vivos en vez de dientes?
    -Claro, pero te cobraría más por las whiskas.
     
    Así me di cuenta de dos cosas: uno, que, efectivamente, el dentista estaría dispuesto a hacer cualquier cosa; y dos, que le pidiera lo que le pidiera, el precio sube. Siempre sube.
     
    Me sentía un poco dudosa: los gatos vivos en vez de dientes sonaba a la pura onda, pero me costaría un poco de trabajo comer; en cambio, los cuchillos ginsu eran algo sobrio, elegante y funcional. De tanto pensar me empezó a doler la cabeza, y entonces me retumbó en la mente el comentario de Agan: «si le pagas, te saca hasta el cerebro».
     
    ¡Excelente idea! ¿Qué tal sacarme un rato el celebro para poder descansar de mis indecisiones y dolores de cabeza? ¡Era como ir de vacaciones, pero sin pagar avión, hotel y alimentos!
     
    Se lo propuse al dentista y ni parpadeó:
    -Muy bien, pero te saldrá un poco más caro, sobre todo si quieres que adecuemos tu cerebro para que sea quitapón.
    -Oiga, pero no tengo mucho dinero: puedo pagar tres pesos y seis whiskas (que le robé a Primo, mi gato).
    -Bueno, por ser tú, acepto.
     
    La operación fue relativamente fácil, aunque las inyecciones de anestesia (puestas con la misma jeringa con que pone la anestesia en las encías) fueron un poco molestas. Sin embargo, me veía bien con todos esos puntitos (las perforaciones de la aguja, como marcas de una corona de espinas).
     
    Luego, con un serrucho me abrió el cráneo. Muy amable él, cortó justo en la línea del cuero cabelludo, pa disimular luego la cicatriz. Y sacó mi celebro. ¡Tan bonito! Azul y rosa con manchitas anaranjadas aquí y allá, era de un tamaño quizá ligeramente inferior al promedio. Olía muy bien, como a vel rosita. Claro, por la higiene mental que practico un mes sí y uno no (sí saben, ¿no? se mete el vel rosita por la oreja, se ponen corchos en todos los bújeros, se agita y luego se enjuaga…).
     
    Lo puso en un frasco de gerber y me lo dio. Me costó un poco de trabajo cerrar el frasco, pero lo conseguí. Lo que no conseguí fue poner atención a las recomendaciones del dentista con respecto al cuidado de mi nueva mascota. Pero bueno, es comprensible, no?
     
    (Nota: me puse el celebro tantito, nomás para escribir esta nota. Pero ya me lo voy a quitar para guardarlo en el refri, creo que el dentista me dijo que es el lugar indicado. Cuando no lo tengo puesto me siento super bien, como si flotara. yuju! Babeo mucho, pero, por suerte, los ginsu son inoxidables…)