Fui con el dentista. Me senté en el reclinable. Abrí la boca. Se asomó. Abrió bien grande la boca. Se metió a su oficina y habló por teléfono. Regresó y dijo que alguien más debía ver mi boca. A los pocos minutos llegó un tipo. Casi idéntico a Indiana Jones: fedora y botas de alpinista. Sobre la ropa traía una bata. Se presentó como etnodontólogo.
Se asomó a mi boca. Sacó de su maletín una lupa. Se asomó de nuevo.
Tam-tam, olor a piña, tam-tam. El etnodontólogo, sorprendidísimo.
«La van a sacrificar», dice. Tam-tam. Me dio un calambre en la mandíbula. Cerré la boca. El etnodontólogo me obligó a abrirla de nuevo. Mi dentista espía, boquiabierto. El etnodontólogo observa, boquiabierto.
Tam-tam. Y un gritito que sale del fondo de mi garganta, pero que no emití yo.
«Se escapó», dice el etnodentólogo.
Y me explica: una muela hizo erupción. Los hombrecitos hawaianos que viven en mi boca decidieron calmar su ira. Sacrificio minihumano. Doncella rebelde. Tam-tam.
No sabe si sacar la muela o dejarla… y estudiar los hábitos de los hombrecitos.
Yo preferiría una amalgama. ¿No es opción?