Contaba mi abuela que, de niña, cuando vivía en Real del Monte y afuera de su casa (en todo el país) había batallas y fusilamientos y todo eso, apenas oscurecía y su mamá cerraba con candado y toda la cosa. Era una mujer sola, su marido andaba peleando a saber dónde, y de las tres hijas le quedaban nomás dos: la chiquita se la habían perdido las monjas el día que tuvieron que cerrar la escuela por la entrada de la bola. Para colmo, aunque era pobre como la chingada (aún antes de que el marido se fuera a pelear), no podía esconder el acento gachupa ni los ojos verdes, suyos y de las hijas: crímenes suficientes para que un general resentido o un soldado borracho les hiciera juicio sumario y combo pack: violación y fusilamiento al mismo precio.
Así que mi bisabuela cerraba bien cerrado en cuanto se hacía de noche.
Y una de esas veces, cuando las tres ya estaban dormidas, alguien se puso a aporrear el portón, fuerte, con prisa. Mi bisabuela escondió a las niñas (no sé dónde) y fue a la puerta.
–Abra, señito, vengo de parte de don Luis.
(Luis era el nombre de mi bisabuelo).
Ella dudó: la última noticia era que don Luis andaba por Torreón, pero el hombre insistió.
–Soy Everardo, seño. ¿Sí se acuerda de mí?
Mi bisabuela se acordaba de Everardo, claro que sí. Era muy amigo de su marido, se habían ido juntos (eran federales, oh tristeza).
Mi bisabuela abrió una rendija y vio que de veras se trataba de Everardo, nomás que se veía viejo, acabado, muy cansado y sucio.
–Le traigo mensaje de Luisito, niña–dijo Everardo. Mi bisabuela luego luego se olió malas noticias y llamó a las hijas.
–No me diga nada con la panza vacía–le contestó mi bisabuela, altiva y brusca como era–. Deje le hago un taco.
Everardo negó con la cabeza. Que no tenía hambre y sí prisa. Eso le preció muy raro a mi bisabuela porque Everardo era, según recordaba, de muy buen comer y bastante gorrón. Así que las noticias no podían ser malas, sino peores.
El hombre ni siquiera se quiso sentar. Sacó de dentro de su camisa un paquetito envuelto en tela sucia y manchas como de sangre, y se lo dio a mi bisabuela.
–Luisito dice que las quiere mucho, que no hay día que no piense en ustedes–le dijo a las niñas y luego miró a mi bisabuela– y que usté, niña, vea lo de poner su restorán.
Luego se disculpó y se fue.
Mi bisabuela abrió el paquetito y se encontró en él las condecoraciones de su marido, su reloj y una llave, que luego resultó ser de un veliz viejo por el que no habría dado un cinco, embutido como estaba en un ropero, pero en el que, al abrirlo, encontró oro suficiente para poner el dichoso restaurante.
Lo importante es que mi bisabuela no entendía nada y siguió sin entender hasta que llegó la carta avisándole de la muerte de su marido junto con una disculpa por no mandarle sus efectos personales ‘penosamente robados en medio del caos reinante la noche aquella de la batalla en Torreón’, o algo así.
Y menos entendió mi bisabuela cuando supo que Everardo no estaba escondido por desertor, como imaginaba, sino que su señora también había recibido la cartita y todo eso.
Dice mi abuela que lo último que dijo su mamá sobre el asunto fue: «Ah, qué Luis; ni en la muerte se corrige: mandó a Everardo a que me dijera que quería casarse conmigo, y lo mandó a despedirse. ¿Qué no podía por una vez amarrarse los pantalones y hacer las cosas en vez de mandar a su pilmama?», y que nunca volvió a hablar de su primer marido (sí, se volvió a casar, y puso el restorán, y le fue más o menos bien).
Por su parte, luego mi abuela se casó con uno que estuvo también en Torreón con el bando contrario al de mi bisabuelo, que le contó que vio cómo un moribundo se quitaba su reloj y se lo daba a otro moribundo; y que él nomás pensó «ah, qué tonto este pelón, buscó guía y le salió calabaza».
Pero luego meneaba la cabeza -mi abuela- y nos decía que ella no creía ni en aparecidos ni en coincidencias, y que seguro todo había sido un mal sueño.