1. «Me duele la cabeza, me duele el corazón; y ráscame la patita, que tengo comezón», cantaba mi hermano, una y otra vez, sin parar, cuando no podía dormir. Vencido, mi papá iba a su cuna y le rascaba el pie, le ponía alcohol y le daba un vaso de jugo. Entonces todos podíamos dormir.

2. O más bien no: porque yo estaba demasiado asustada como para dormir: la posibilidad de que ardiera espontáneamente me aterraba casi tanto como la de ser poseída por un demonio. Lo peor era pensar en ver un fantasma. Cada noche, me juraba a mí misma no volver a leer historias de seres sobrenaturales. Incluso ver el libro que las contenía («Inverosímil», del Selecciones) me causaba malos viajes después del ocaso. Claro, en la mañana se me olvidaba y volvía a mis lecturas. And so on, and so on, and so on…

3. En esos tiempos no había tele en la noche. Ni videocaseteras. Las únicas imágenes para arrullarme eran las de los fantasmas del libro aquel. Las noches eran muy interesantes, ja.

4. Rara vez me da insomnio, hoy en día. Por lo general duermo bien e incluso cuando tengo pesadillas puedo volver a dormirme velozmente (y sin más sobresaltos). Además, ahora, si llega a darme por no dormir, hay tele, video, dvd, internet… es fácil dejar de pensar en los retruécanos mentales.

5. Pero era lindo, creo. Yo con mi insomnio sufriente y mi hermano con el suyo, hedonista. Y mis padres, claro, con el suyo causado por mis suspiros de desespero y la cancioncita del mio carnale:
Me duele la cabeza, me duele el corazón…