-Oiga, el cerebro que traje a lavar el otro día se encogió.
-Noooo, no puede ser. ¿Está segura?
-Mírelo. Parece llaverito.
-¿Segura que fue aquí? Porque nosotros hacemos un trabajo muy cuidadoso y rara vez nos pasan cosas así…
-¡Claro que fue aquí! ¡Es la única tintorería a la que traigo el cerebro de mi patrona!
-¿Y qué cuando vino por él no se dio cuenta de que estaba un poquito más chico?
-No lo revisé. (En tono melodramático) Confié en ustedes. (Al tope del chantaje) ¡Y ahora me van a correr por su culpa!
-Oiga, no exagere… si no está tan chiquito.
-¿No?
(Los dos miran con atención la albondiguita que es ahora el cerebro)
-Bueno, ¿por qué no nos avisó que podía encoger?
-¡Porque yo no lo sabía!
(Los dos se miran a los ojos. Una chispa surge. Un ángel pasa. Una rosa florece)
-Puedo tratar de agrandarlo…
– (Ilusionada) ¿De verdad? Sería tan… ¡lo máximo!
-Déjemelo y venga mañana a esta hora… o mejor no: dígame en qué café puedo verla a eso de las siete con su cerebro arreglado.
(Miradas intensas)