Cortar la hebrita

El tío Melquia (hermano del papá de mi papá) solía decir que hay relaciones (por ejemplo, lazos familiares o amistosos) que se mantienen vivas porque hay una hebrita que mantiene unidas a las personas. 
«Pues cortemos la hebrita», dicen que decía el tío Melquia cuando la relación con alguien ya era muy tortuosa para uno u otro o ambos.

Ahora que lo pienso, no es mala idea la de cortar la hebrita, no porque alguien sea malo y el otro bueno, sino porque la relación ya no funciona. Claro, muchas veces no nos atrevemos a hacerlo: porque pensamos que las cosas se pueden arreglar, porque nos da culpa terminar definitivamente con un lazo, o porque no sabíamos que podemos cauterizar nuestro lado de la hebrita cuando la otra persona ya hizo el tajo desde su orilla.

Por otra parte, no se trata de preguntarnos una y otra vez qué hicimos mal como para que la otra persona nos saque la vuelta / nos bloquee en fb / nos deje de invitar a sus reuniones / hable mal de nosotros /ya no se ría de nuestros chistes cuando nos ve. Por el contrario, se trata nomás de reconocer que algo ya se terminó o que ya debe terminarse. 

Hoy acabo de cortar una hebrita. Pensaba que el asunto era un malentendido y que tarde que temprano podríamos solucionarlo, sobre todo porque el lazo era de los chonchos, esos que se supone que son más fuertes y blablablá. Pero de pronto me di cuenta de que la otra persona ya no encontraba modos de insinuarme que no le interesa mi cercanía (ni geográfica ni emocional ni de ninguna) y que imponerle mi presencia era tan desgastante para ambas como inútil.

Así que me inventé un ritual psicomágico que les comparto. Entré a al perfil de facebook de la susodicha persona (y descubrí que me había restringido el acceso a sus publicaciones a pesar de que seguíamos «amiguis» en la plataforma) y dije, en voz alta, pa que amarrara en mi cabeza: «Gracias por los buenos momentos y lo que nos tocó compartir. Te deseo puras cosas buenas y corto la hebrita sin rencor ni amargura». Luego di clic en «eliminar de mis amigos» y en «bloquear».  Hasta visualicé cómo se trozaba un cordelito rojo y blanco como caramelo navideño.

Debo confesar que me sentí muy bien y hasta me arrepentí (pero poquito) de no haberlo hecho antes. Ese tío Melquia era un berrinchudo, pero también un sabio.

Compartir esta publicación
Entrada anterior
En otra dimensión

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
Tienes que aprobar los términos para continuar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.