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Varia invención

memoria esquiva, recuerdos deformes

Platico con mi papá sobre nuestra vida en el centro histórico. Y me dice que doña Esther no era la abuela de Lupita. Doña Esther vivía del otro lado de la reja siempre cerrada, enfrente del Loco.
Ni él ni yo nos acordamos del nombre de la abuela de Lupita; pero sí de que la niña tenía un hermano, Nicolás.
Él se acordaba de que Gabriela era hija de Rubén (?), pero no se acordaba de la hermana de Gaby, Bertha. Yo sí recordaba a las dos. Él se acordó de que doña Esther nos envenenó un perro al que queríamos muchísimo, yo lo tenía sepultado en la memoria.
¿Cómo funcionan los recuerdos? ¿Cómo elige la cabeza qué queda cerca de la superficie y qué se esconde, se pierde, se borra?
Misterio.

A Cin:

No se me ocurre una respuesta sencilla a lo que planteas. Se me ocurre una multitud de posibilidades. Por ejemplo, que a mí me daba angustia la posibilidad de que alguna de mis amiguitas fuera a la casa y no esquivara correctamente una caca de gallina, tropezara, cayera, y quedara batida en lodo y excrementos de cabeza a pies. No tenía nada que ver con querer algo mejor para mí: no sé otros niños, pero a mí no me parecía que hubiera algo mejor que una mamá como la mía, unos juguetes como los míos, un hermanito como el mío (no nos llevábamos bien, pero me sentía muy orgullosa de sus habilidades sociales y su simpatía). Era la angustia del anfitrión. Y era, creo, que uno de niño no elige esas cosas: vives donde tus papás pueden darte un techo, ¿no? En cambio, tu amigo eligió vivir en una vecindad y le parecía pintoresco o cool, pero siempre es más fácil todo cuando son decisiones propias. Creo.
Y bueno, imagina un vecino borracho gritándole a tu mamá que es una puta porque no le quiso prestar dinero para más alcohol. Imagina una vecina desangrándose en la coladera, entre la caca de las gallinas. Imagina una mujer que envenena a tu perro porque le molestan sus ladridos (cuando ella es la que lo azuza aventándole piedritas). Imagina que sales para ser abanderada en la escolta y calculas mal un paso, pisas un charco y al llegar al portón de salida ya tienes las calcetas blancas llenas de lodo. Bien pensado, no era pena lo que me daba: era miedo de que llevara a una amiga y le gritaran puta, la envenenaran, se le ensuciara la ropa o algo así.

Sin embargo, tenía su parte mona: era el infierno de Dante: subías la escalera (¿purgatorio?) y llegabas al paraíso de plantas y trinos que había creado mi abuelita. Creo que vivir ahí fue mi primera relación amor-odio. :)

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