auxiliooooo! Un zombiiiiii!

auxiliooooo! Un zombiiiiii!


 
Encontré una hermosa fábula hasídica en el libro Sapiencia y artimañas de la tradición judía (de Muriel Bloch y Sophie Dutertre, Ediciones Tecolote). Tan linda está, que la quiero compartir con todo mundo, pero voy a aprovechar para hacerle un par de cambios y volverla pertinente en el mundo de hoy. O al menos, en el blog en el que estamos. ;)
 
 

El leñador sin sesos
Dos leñadores caminan por el bosque; de repente, descubren en el sendero las huellas de un león zombie.
–¿Qué vamos a hacer? –pregunta uno de ellos.
–Continuar como si nada –responde el otro.
Y los dos prosiguen con su trabajo, cortando las ramas que encuentran a su paso. En el momento de volver, el primer leñador dice:
–Cambiemos de camino para regresar.
–¿Qué no piensas? Éste es, con mucho, el más corto.
–Yo no me siento tranquilo con las huellas del león zombi.
Y el primer leñador se va, tomando la senda escarpada de la montaña, mientras que su amigo sigue por el camino.

Cuando éste llega al lugar donde se encuentran las huellas del león zombi, el animal no-muerto está ahí, en persona, esperando plácidamente, sentado en su trasero babeando y gruñendo con los brazos extendidos y la mirada perdida.
–Buenas tardes, León Zombi –dice estremecido el leñador
–Buenas tardes, Hombre –responde sereno el león zombi.
–¿Qué haces ahí?
–Estoy enfermo famélico–responde el rey de los animales zombi–. Y para sanar estar contento, necesito comerme unos sesos humanos.
–Entiendo –dice el leñador–. Pero debo confesarte una cosa: yo soy un hombre sin sesos, pues para haber regresado por este camino, después de que yo había visto tus huellas, se necesita que le falten a uno los sesos, ¿no es así? Pero mi compañero, quien escogió la senda escarpada de la montaña, está bien provisto de sesos, ¡él por lo menos sí tiene!
–¡Gracias por tu información confidencial! —rugió gimió el león zombi, quien se apresuró para llegar a la montaña.

 
 
(Pero por más que le pienso, no encuentro la moraleja…)