Pues todavía no regresamos de Italia (pero seguramente no tardamos) aunque al mismo tiempo sigo aquí, trabajando y tomando un curso-taller de creación de revistas (super cool) . No hay contradicción en ello: lo que pasa es que en una caja de cereal me salió un don de la ubicuidad, y ni modo de no usarlo.
En Roma, Deíctico disfruta su lado pío (es que un pingüino, a fin de cuentas, se parece mucho a un pollo), mientras organizamos el regreso. De pronto me da la impresión de que se quedará en el Vaticano (sobre todo desde que comenzó el runrun de que Mary O’Reilly hace milagros, por ejemplo, que hace sonreir a Benny 16), y entonces tendré que retornar sin él (no sería la prima volta).
Entretanto, acá en el Mex, ando pensando seriamente en cambiarme la edad y cumplir 32 años este año (será el 13 de agosto). Ésto, para saltarme la crisis de los 30. ¿Funcionará? Le tengo fe al experimento. Es cosa de empezar ya ya ya a mentalizarme: tengo 31 años, tengo 31 años, tengo 31 años…
Será un fiestón loco, porque quiero que oficialmente se enteren todos de mi nueva edad. Chance e invite incluso al Papa. Sería una fiesta única.