Leía yo Salón de belleza (pueden ver la entrada correspondiente en notas previas) cuando mi gato llegó al sillón, muy dispuestito a exigir atención. Como no le hice caso, aplicó su típico plan b: saltar a mi regazo para quedar justo entre mis ojos y el libro.
Y entonces, pasó: el gato olisqueó el libro… lo volvió a olisquear… se le restregó encima, ronroneando como loco. Y comenzó a lamerlo con fruición. Como si el libro fuera de papel-whiska o algo así.
Cuando acabó el rapto pasional, la página que yo leía estaba reblandecida de tanto lengüetazo. El gato trató de arrebatarme el libro, pero como no me dejé, se marchó, ofendido.
Qué cosa más rara: Primo jamás se había interesado tanto en la literatura…