{"id":602,"date":"2009-05-02T20:38:00","date_gmt":"2009-05-02T20:38:00","guid":{"rendered":"http:\/\/raxxie.com\/?p=602"},"modified":"2009-05-02T20:38:00","modified_gmt":"2009-05-02T20:38:00","slug":"ecos-congelados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/raxxie.com\/index.php\/archivo\/ecos-congelados\/","title":{"rendered":"Ecos congelados"},"content":{"rendered":"<p>Vivimos con los ruidos extra\u00f1os toda la infancia. Mi mam\u00e1 dec\u00eda que eran ecos congelados: sonidos que se guardaban en las paredes, luego de tantas y tantas repeticiones, y que cuando las condiciones clim\u00e1ticas eran adecuadas, se reproduc\u00edan. Y si no hab\u00eda encima otros ruidos cotidianos, incluso se escuchaban.<\/p>\n<p>La casa era muy vieja y los muros, gros\u00edsimos. Siempre estaban fr\u00edos (yo me recargaba en ellos para refrescarme y mi abuela me rega\u00f1aba por hacerlo: \u00abte vas a enfriar\u00bb, amenazaba; como si no fuera precisamente esa mi intenci\u00f3n). Seg\u00fan mi mam\u00e1, esa combinaci\u00f3n (casa vieja, muros gruesos) era la culpable de que pas\u00e1ramos interminables noches en vela. Para colmo, mi hermano hablaba dormido; a veces hasta se sentaba (ojos entreabiertos en blanco, rostro inexpresivo), soltaba su frase de la noche y volv\u00eda a caer sobre la almoahada. As\u00ed que compart\u00edamos rec\u00e1mara, pero no el insomnio. Por lo menos, a veces \u00e9l tambi\u00e9n escuchaba los ruidos.<\/p>\n<p>Uno de los que m\u00e1s nos inquietaban se repiti\u00f3 varias veces, las suficientes como para convertirse en estampa del d\u00eda a d\u00eda (aunque no pasaba a diario). Suced\u00eda a eso de las cinco de la tarde, generalmente, entre quince minutos y media hora antes de que llegara mi mam\u00e1 del trabajo. El ensamble de ruidos -pues no era un simple tictac o un aullido o el estr\u00e9pito de un vidrio roto, como otros de nuestros ecos congelados menos frecuentes- comenzaba con el sonido clar\u00edsimo del port\u00f3n abri\u00e9ndose. Luego, el estr\u00e9pito del mismo port\u00f3n, cerr\u00e1ndose un poco de golpe. A eso segu\u00edan las pisadas: pies de mujer en\u00e9rgica, en tacones, atravesando el patio a paso vivo. Luego, los mismos tacones en la escalera, pero m\u00e1s despacio, como si su due\u00f1a no tuviera buena condici\u00f3n f\u00edsica. Y al final, la reja que daba a nuestro piso, abri\u00e9ndose&#8230;<\/p>\n<p>M\u00e1s de una vez ca\u00edmos en el espejismo y corrimos a saludar, pensando que era mi mam\u00e1. Cada una de esas veces nos encontramos con el patio de abajo vac\u00edo, el port\u00f3n cerrado, la reja intacta. Regres\u00e1bamos a nuestros juegos y entonces s\u00ed, poco despu\u00e9s, llegaba mi mam\u00e1. <\/p>\n<p>Fue justo cuando le contamos de esos sonidos que nos explic\u00f3 la teor\u00eda de los ecos congelados. Fingimos tranquilizarnos, y guardamos como un secreto lo que omitimos al describirle el fen\u00f3meno: que el ensamble siempre variaba ligeramente (a veces el port\u00f3n sonaba m\u00e1s fuerte, a veces los pasos eran m\u00e1s lentos) pero que siempre coincid\u00eda, fielmente hasta el escalofr\u00edo, con su llegada verdadera, quince minutos o media hora despu\u00e9s.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Vivimos con los ruidos extra\u00f1os toda la infancia. Mi mam\u00e1 dec\u00eda que eran ecos congelados: sonidos que se guardaban en las paredes, luego de tantas y tantas repeticiones, y que cuando las condiciones clim\u00e1ticas eran adecuadas, se reproduc\u00edan. Y si no hab\u00eda encima otros ruidos cotidianos, incluso se escuchaban. 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