Lo que no se hurta, se hereda (o algo así)

revista kikis portada

Seguimos con la limpieza de la casa, ahora sacando libros, papeles que ya no sirven, revistas que ya leímos, cómics que no nos gustaron y una variopinta colección de etcéteras relacionados con lo impreso. Llena de polvo hasta las cejas y con las palmas de las manos convertidas en la inspiración para Más negro que la noche, me encontré con una bolsa en la que venían algunas cosas que pertenecieron a mi mamá y que mi tío Carlos guardó celosamente hasta su muerte (la de él, el año pasado; la de mi mamá fue en 1991). Mi prima Tatiz me hizo el favor de entregarme estas cosas y yo hice la raquelada de traspapelarlas hasta hoy. Así que, polvosa y mugrienta me puse a revisar los contenidos de la bolsa y cuál va siendo mi sorpresa al encontrar, entre otras cosas, una revistita hecha en mimeógrafo, fechada en diciembre de 1972. Juglar, revista de la especialidad de lengua y literatura de la Escuela Normal Superior, dice ser. Lo primero que me encontré es que mi mamá era «director gerente» de la revista. Luego, al ver el índice, me encuentro con que su contribución en este número fue la sección de humor, con unos chistes mensos como los que a mí me gustan y con un poemita anónimo ¡que me sé de memoria!

Ahora no sé si es coincidencia o si soy un robot programado con los gustos de mi creadora *bip, bip* **se prenden y apagan los foquitos que funcionan como ojos y se escuchan más bips**

 

revista kikis 1

En todo caso, es un descubrimiento muy grato. Y nada, que me da argumentos para seguir escribiendo cosas jocosonas: si alguien me reclama mi falta de solemnidad, simplemente le diré que es cosa de mi sistema operativo ;) –Entre tanto, les pongo acá el poemita anónimo que reprodujo mi mamá en la revista Juglar de diciembre de 1972 (¡cuatro años antes de que yo naciera!). A ver qué tanto puedo escribir de memoria y qué tanto necesito ver el acordeón:

Por fin llegaste a mí, amada mía,
entre mis manos te veré un momento
para luego sentir el cruel tormento
de que te esfumes en el mismo día.

Dos veces en el mes con tu llegada
se satura de luz el firmamento
y si retrasas tu venida siento
la espalda al estómago pegada.

Yo quisiera que fueras más gordita
y que tuvieras menos pretendientes
o que algunos tuvieran menos dientes
para así poder tenerte completita.

Y te irás… prodigando tus favores
a esa gente que muerta ver quisiera:
al árabe, al tendero, a la casera,
y a todos mis terribles acreedores.

Yo no sé por qué fantásticas razones
te pusieron por nombre LA QUINCENA
pues con tus reducidas proporciones
se puede malcomer… mas no se cena.

Nota: pues tuve que ver el acordeón una vez y en otra parte mi versión no coincide con la de mi mamá. Busqué en internet y encontré al menos tres versiones ligeramente distintas -pero eso sí: en todas dice que es un poema anónimo. *bip, bip, biiiiip*

 

revista kikis tabla

El clóset como la vida o la historia de mi skort

lo viejo sobre lo nuevo

Limpieza de clóset: para que pueda entrar la ropita nueva que sí me queda, hay que sacar la ropita menos nueva que ya no me va. Me dolió un montón tener que sacar mi skort (falda/short) de mezclilla porque era mi adoración, pero ya no podía usarlo porque corría el riesgo de que se me cayera en la calle. Así que, ahora que fui a Texas, a la misma tienda donde lo compré, me dije «si encuentro otro skort de mezclilla de mi talla, jubilo el viejito». sabía que era casi imposible encontrarlo porque cuando lo compré, en 2010, fui en verano, así que tenía en contra el paso del tiempo y la temporada adversa. Era, pues, un buen pretexto para no tirar mi querida shorlda (no, suena horrible, incluso más feo que «skort»). Como se pueden imaginar, la tienda estaba atiborrada de leggings (mallones, les decíamos antes) jeggings (pantalones embarradísimos), suéteres y chamarras, pero apenas había faldas. Luego de mucho buscar, encontré UN solo skort. Era talla 8, petit. El mío era talla 12, regular. «No me va a quedar», pensé, pero igual pasé al probador, porque no hay peor lucha y todo eso.

Sorpresa: me quedó perfecto.

Se veía rebién. Estaba cómodo pero no guango; corto, pero demasiado; perfecto, pues. Y sólo entonces le busqué la etiqueta para saber el precio. «Si cuesta más de 20 dólares no lo compro y mejor uso el viejito con cinturón», me dije, aún a sabiendas de que no uso cinturón y de que se vería como jareta de bolsa de basura. Le encuentro la etiqueta y

Sorpresa 2: la etiqueta dice que está rebajado a 49 centavos de dólar.

«Debe ser un error», me dije, y fui a la caja, sólo para encontrarme con que no era un error. El skort que me queda perfecto costó 49 centavos de dólar. Obviamente, lo compré y, obvia aunque dolorosamente, hoy puse el otro con la ropa que ya se va. Seguro encontrará una nueva dueña que lo quiera tanto como yo y a la que le quede mejor.

Entonces me quedé pensando que  la vida misma es como un clóset: tienes que sacar no sólo lo viejo y lo que no te gusta, sino también lo que te encanta pero ya cumplió su ciclo o lo que ya no va con la persona que hoy eres, porque si dejas tu vida atiborrada de cosas, sentimientos, gente, recuerdos que sólo ocupan espacio, perderás la oportunidad de sorprenderte con nuevas cosas, sentimientos y gente. ¿O cómo vas a generar nuevos recuerdos? Además, así tienes el chance de que lleguen cosas, sentimientos y gente que podría impactarte de una u otra forma: un skort de 49 centavos, una persona invaluable, un sentimiento inédito, qué sé yo.

Post data: Tengo otro skort, uno negro, que me fascina también. Me quedaba bien, luego me quedaba pegado, luego tuve que dejarlo de usar porque ya no me quedaba y hoy me queda de nuevo de maravilla. Ése no lo voy a sacar. Y tengo, también, mi uniforme de secundaria como si mañana me tocara ir a clase: falda, chaleco, blusa y suéter, todo en un mismo gancho. Es decir, así como hay cosas que se van, también hay que saber a qué cosas, sentimientos, gente y recuerdos hay que reservarles su espacio por más tiempo, o incluso permanente, sea en el clóset o en la vida.

 

Paradoja para las cabañuelas

diluvios

 

Hace rato que parecía que iba a llover me acordé de que mi abuela decía que el primer mes del año es el mes de las cabañuelas, ese método de previsión climática que consiste en adjudicar el clima de cada día al mes correspondiente por su número:

  • 1 es enero
  • 2 es febrero
  • 3 es marzo
  • 4 es abril

y así hasta

  • 12 es diciembre

Luego, se va en reversa:

  • 13 es diciembre
  • 14 es noviembre
  • 15 es octubre

hasta

  • 24 es enero

Entonces, se dividen los siguientes seis días en mañana y tarde:

  • 25 en la mañana es enero
  • 25 en la tarde es febrero
  • 26 en la mañana es marzo

y así hasta

  • 30 en la mañana es noviembre
  • 30 en la tarde es diciembre

El 31 se divide por horas, de ida y vuelta:

  • 1 am es enero
  • 2 am es febrero
  • 3 am es marzo
  • 4 am es abril

y así hasta

  • 10 pm es marzo
  • 11 pm es febrero
  • 12 am es enero

Yo, curiosilla como era, decía entonces: Pero si todo el mes de enero es para vaticinar el resto del año, ¿qué miden de enero los tres días, dos horas que le tocan de las cabañuelas? Mi abuela, en vez de contestarme, me veía raro, no sé si orgullosa de tener una nieta inquisitiva o harta de mis preguntas.

En fin. Ahora que recuerdo el asunto me pregunto: ¿qué pasaría si el mundo estuviera destinado a acabarse, no sé, digamos que en abril? Todo va bien los primeros días, pongamos por caso:

  • 1 de enero: frío y viento (corresponde a enero)
  • 2 de enero: hielo (corresponde a febrero)
  • 3 de enero: lluvias (corresponde a marzo)
  • 4 de enero: meteoritos asesinos y granizo de fuego (corresponde a abril)

¿Y luego? Si se va a acabar el mundo por completo en abril, lo lógico sería que no hubiera ningún clima a partir del 5 de enero. Pero entonces tendría que volver a haber clima el 21 de enero, que tendría que haber de nuevo meteoritos y fuego, seguidos de lluvias (el 22), hielo (el 23) y frío y viento (el 24). ¿Y entonces? De nuevo esos climas, alternados mañana y tarde el 25 y el 26, cerrando con más meteoritos y fuego, ¿no? Y tres horas de clima frío seguidas por fuego y meteoritos el 31 en la madrugada, un día entero de no-clima, y fuego y meteoritos a las 9 de la noche para tener lluvias a las 10, hielo a las 11 y frío y viento a las 12.

Ok hasta ahí. Pero hay varios problemas:

  1. ¿»No-clima» es onda ni frío ni calor o qué?
  2. Con tantos ataques de meteoritos asesinos y granizo de fuego, ¿sobreviviría el mundo a las cabañuelas?
  3. Si no las sobrevive, ¿quiere decir que la previsión cabañuelística se equivocó?
  4. Si se equivocó, ¿para qué o por qué hubo fuego y metoros?
  5. Si, por el contrario, las cabañuelas no incluyen lluvia de fuego y meteoritos y en cambio propone un clima normal para los días correspondientes a abril en adelante, ¿cuál fue el chiste de las cabañuelas?

Imagínense si, para colmo, el fin del mundo llega como un nuevo diluvio universal o, peor todavía, si la tierra se abre en dos para dejar salir al dragón volador que empolla en su centro. Lástima que ya no vive mi abuelita para compartirle mis nuevas dudas :(

 

Propósitos de año nuevo

Mucha gente tiene la costumbre de hacer una lista con sus propósitos de año nuevo. Generalmente la escriben (o la formulan mentalmente) el 31 de diciembre en la noche, justo entre los brindis y el atragantamiento de uvas. Lo malo de hacerlo así es que pueden quedar metas rarísimas. Por ejemplo, pueden ser muy vagas («Este año voy a cuidarme»), muy ambiciosas («Voy a bajar treinta kilos y a ponerme más buena que un mango de manila»), francamente irrealizables («compraré una casa en la riviera francesa y obtendré la nacionalidad finlandesa») o de plano imposibles de controlar («Me sacaré el premio mayor de la lotería»). 

Yo un tiempo intenté lo de los propósitos de año nuevo, pero mi psicoentomólogo me sugirió evitar ese tipo de metas chafas. Me dijo que pensara bien mis metas y que las escribiera, que se las enseñara en nuestra siguiente sesión. Cuando lo hice y comencé a leer en voz alta mis resoluciones, puso cara de no estar contento. Luego me dijo que me había ido al extremo contrario al tratar de  evitar las vaguedades, las imposiciones y las metas irrealizables. Mi lista decía más o menos:

  • Acariciaré a mis gatos cada que estén cerca y tenga tiempo y ganas de acariciarlos, siempre y cuando se dejen.
  • Me bañaré si me hace falta, tengo tiempo y no hace mucho frío.
  • Compraré y comeré un danonino de plátano.
  • Trataré de acordarme del lugar donde dejo las llaves del coche para no dar vueltas y vueltas como loca por toda la casa a la hora de salir a la calle.

Lo peor del caso es que no cumplí con lo del danonino de plátano (¿para qué sufrir con un nuevo sabor, me decía yo, si amo adoro idolatro los de fresa?) ni con lo de las llaves: a pesar de que la resolución era blandita como almohadón de plumas, ni siquiera traté de acordarme del lugar donde dejaba las llaves. Todo mal.

Al año siguiente lo volvimos a intentar. Ya había cambiado de psicosomatólogo y el nuevo no me propuso la tarea, pero yo traía la espinita clavada desde la vez anterior y lo hice de todos modos. Le dije en la última sesión del año que quería leerle mis propósitos de año nuevo y que  esperaba su retroalimentación. Estaba segura de que me iba a ir muy bien porque había optado por otro tipo de propósitos, más del día a día:

  • Pagaré a tiempo o casi a tiempo las tarjetas de crédito, la luz, el gas, el teléfono y esas cosas.
  • Compraré cada libretita mona que se me ponga en frente, si es que tengo dinero y la libreta está en venta.
  • Dormiré cuando tenga sueño y comeré cuando tenga hambre. O antojo.
  • Acariciaré a mis gatos siempre que pueda (lo siento, me encanta acariciar a mis gatos).

El doc me dijo que para esos propósitos no necesitaba esperar el inicio de año, que bien podían ser «propósitos de una vida medianamente sensata». Es decir, fracasé de nuevo. Todo ese año me la pasé meditando en mis posibles propósitos para el siguiente fin de año porque ya era una cuestión personal. Incluso regresé al psicoenterólogo (con uno nuevo, claro: del último deserté ignominiosamente por motivos que no vienen a cuento pero que en otro momento les puedo contar, si quieren).  Y en esta ocasión decidí intentar otro tipo de metas:

  • En caso de que se desate el apocalipsis zombi, me salvaré de la debacle y salvaré al menos a veinte escritores (hombres y mujeres, claro) mexicanos de los sencillos, amables, talentosos y trabajadores, ajenos a las ego-wars, al machismo y a las envidias para iniciar una nueva civilización basada en la cultura.
  • En caso de que los extraterrestres me abduzcan, les diré «llévenme con su líder», para que vean lo que se siente.
  • En caso de que se mude al departamento de junto al mío un conde transilvano, lo invitaré a beber… vino. Y le pondré ajo en su copa, nomás por la pura diversión en caso de que resulte vampiro.
  • En caso de que mis gatos comiencen a hablar un día cualquiera, los videograbaré y subiré sus discursos a FB, con la intención de ayudarles a conquistar el mundo.

Cuando acabé de leer mi lista, el doc estaba llorando. Primero supuse que lloraba de emoción porque pocas veces llega alguien con propósitos tan bien pensaditos. Pero luego me cayó el veinte: otra vez me había equivocado. Me había dejado arrastrar por mi propio entusiasmo y había me había despegado de la realidad tremendamente: ¿veinte escritores mexicanos sencillos, amables, talentosos, trabajadores, ajenos a las ego-wars, el machismo y las envidias? Cinco, tal vez. Diez, ya muy optimista. Pero ¿veinte? :( Bueno, no es tan grave, le dije al doctor. Nos conformamos con los escritores chidos que podamos salvar y añadimos gente de otras especialidades, siempre que sean buena onda. El doctor sollozó y me pidió que no volviera: ni a hacer propósitos de año nuevo ni a visitarlo en su consultorio. Supongo que me considera una persona más allá de la necesidad de plantearse metas y de necesitar ayuda. ¡Qué orgullosa me siento de mí misma!

Lo malo es que los 31 de diciembre se han vuelto aburridos para mí desde entonces. Pero no se puede tener todo en la vida, supongo.

 

 

tic tac tic tac
tic tac tic tac

Lo que sigue

VizcaínasMientras escribo esta entrada, Alberto revisa el borrador de una nueva historia que empecé a escribir en agosto. Cuando la empecé estaba muy triste y enojada porque sentía que una amistad muy importante para mí me había cambiado por alguien más. Me enojaba la situación y me enojaba sentirme como en la primaria. Empecé la historia como una venganza, un intento de catarsis o algo así, pero pronto se convirtió en un ejercicio de imaginación muy divertido. Hoy en la mañana ensamblé las dos partes de la novela, que había trabajado por separado, y me emociona mucho decir que, contra lo que yo esperaba, quedaron como si hubieran sido escritas de corridito. Creo. Así que, una vez más, una frustración termina convirtiéndose en germen para algo creativo. Y, lo mejor de todo, aprendí que no importa cuánto tiempo pase, en algunas cosas siempre estaremos como en la primaria. Y que eso no tiene que ser algo malo. Ahora cruzo los dedos, esperando que además de terapéutico y divertido, lo que escribí esté bien hecho y digno de ser publicado :D

 

 

 

 

 

Recuento de días frenéticos (pero felices)

Ibero-Monterrey-Acapulco
Ibero-Monterrey-Acapulco

Benedetti decía que de vez en cuando hay que hacer una pausa, no para llorarnos las mentiras sino para cantarnos las verdades. Me late. Pero también conviene de repente hacer una pausa para poner en orden las ideas y los recuerdos, para evitar que el tiempo deslave lo que ahorita se siente tan nítido. Sobre todo cuando es una temporada ajetreada, como la que estoy viviendo.

Y es que, en las dos últimas semanas, el itinerario estuvo rudo, pero altamente satisfactorio:

  • El lunes 7 de octubre tuve el honor (neto es un honor) de dar la primera charla de la semana de letras de la Ibero, y platicar acerca de mi trabajo como guionista con alumnos de, sobre todo, tercer trimestre. Les conté de lo divertido, sabrosón, satisfactorio y reconfortante que puede ser el trabajo del guionista, pero también de lo frustrante y molesto que puede volverse en ocasiones. De lo que he estado dispuesta a hacer (aprender economía, no dormir, leer el tvynovelas) y de lo que de plano he dicho «eso no lo hago aunque paguen bien». De cosas que he aprendido y de errores que he cometido. Mientras más hablaba yo, me di cuenta más y más de lo mucho que amo esta loca profesión (parafraseando a Orson Welles). Hablar de lo que uno hace sirve para que otros se enteren, pero también para que uno mismo recupere certezas que andaban extraviadas o que no había querido ver. Y bueno, lo cierto es que la bandita Iberoletrosa se portó genial, como acostumbra.
  • El martes salió, en la Jornada Aguascalientes, una entrevista que me hizo Javier Moro. La pueden leer aquí
  • El martes volé a Monterrey, donde tuve la experiencia genial de impartir un taller de guión en la Universidad de Nuevo León, participar en una charla sobre Literatura Infantil y Juvenil en la Feria del Libro y presentar mi novela. Fue una semana intensa, muy, muy bonita, en la que conocí gente maravillosa, atenta, entusiasta y cálida. Todo se lo debo al grupo Biblionautas, encabezado por Dalina Flores. El taller estuvo intenso: teníamos poco tiempo y yo, recién inspirada por la charla en la Ibero, iba más enamorada del guión que nunca; pero el grupo estuvo súper pilas y creo que la cosa salió bastante bien. (Voy a confesar algo: aunque llevo más de diez años dando cursos de guionismo, cada que va a empezar uno reviso todos mis apuntes, reacomodo temas y materiales, me pongo nerviosa y reevalúo qué ejemplos incluir y qué ejemplos dejar fuera. Y creo que eso es algo bueno).
  • La charla sobre LIJ fue cortita pero sustanciosa. La presentación de Ojos llenos de sombra, simplemente perfecta. Nos trataron excelente en el Gargantúa, la lectura de Susana Ruiz-Vicentello de primer nivel, las participaciones de Dalina Flores y Manu Gómez… ¡bueno! Me tuvieron con el ojito remi toda la noche. Qué bueno que no fui maquillada (mentira: debí ponerme el disfraz completo, bua).
  • El regreso a DF nos trajo otra sorpresa: compartimos avión con Celso Piña. Señorón super simpático y muy, muy amable. No se enojó de que le pedimos foto y hasta sugirió el mejor encuadre, je. Y, claro, eso nos da una lección: subirse a un ladrillo y marearse es de aficionados. Los grandes de verdad no dejan de ser sencillos. Habría que tatuárnoslo en el brazo pa verlo cada que nos abrochamos las agujetas de los zapatos :P
  • Por cierto, el sábado 12 salió en el suplemento Laberinto una reseña que hice de la novela Loba, de Vero Murguía. Se lee acá (está en la página 8)
  • Estuvimos en el DF todo el lunes, yupi. El martes, camioncito a Acapulco, a la Primera Feria Internacional del Libro de allá. Un gustazo formar parte de esa primera camada. Mar y libros es una buena combinación. Entrevisté a Alberto con respecto a su nuevo libro, Manda fuego, presenté Ojos llenos de sombra (con la participación super mega wow de Luis Téllez Tejeda, que dijo cosas rebonitas) y di una charla sobre literatura de horror. También tuve ocasión de conocer a Julio M. Llanes, apasionado promotor cubano de la literatura infantil y juvenil. Me recomendó algunos libros, así que traje cargamento para la columna en La Jornada Aguascalientes ;)
  • Por supuesto que algo lindo de estar en Acapulco fue coincidir con amigos queridos y conocer nuevos. Y comer sabroso. Y tomar el sol.
  • Me quedan pendientes de contar: la niña que no sabía lo que es un buffet (que ya conté someramente en Facebook, por si les llama la atención), el hombre de negocios que me invitó a dar un taller gratuito porque a él no le interesa la literatura (?), la demostración de Krav Magá a la orilla del mar…

Anoche regresé de Acapulco. Hoy presento a Alberto en la Feria del Libro del Zócalo y el lunes voy a la Feria del Libro de San Luis Potosí. Al mismo tiempo, avanzo en un nuevo proyecto de escritura inspirado por un «caso de la vida real». Estoy contenta y agradecida con la gente que ha confiado en mí.

Dieta octubre
Dieta octubre

Y bueno, les dejo la liga al primer capítulo de Ojos llenos de sombra, leído por Susana Ruiz-Vicentello: 

País de Maravillas: Sobre la inutilidad de prohibir libros

Voy más despacio de lo que quisiera en esto de subir las entradas de País de Maravillas al blog. Lo siento mucho. Pero de a poquito vamos yendo.

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

Sobre la inutilidad de prohibir libros

Raquel Castro

1.

Como contaba aquí mismo la semana pasada, mi tía Estela trabajaba en una escuela donde había una sección prohibida en la biblioteca. Lo que no dije es que esta sección era bastante amplia, y que los libros censurados incluían muchos que las propias editoriales y hasta la SEP habían catalogado como “adecuados para niños”. Sin embargo, se trataba de una escuela religiosa, sólo para mujeres, donde la enseñanza de las materias curriculares era bastante menos que una prioridad y los libros prohibidos incluían aquellos que incluían escenas sexuales y groserías, claro (¡Adiós, Mil y una noches en su versión original! ¡Adiós, José Agustín!); pero también estaban vedados los hablaban de religiones distintas a la de la escuela (¡Adiós, Mahabharatha! ¡Adiós, Mil y una noches en versiones expurgadas!), los que presentaban mujeres en roles no tradicionales o francamente rebeldes (¡Adiós, Mujercitas! ¡Adiós, Alicia en el país de las maravillas!) e incluso aquellos en los que las parejas se enamoran: era una escuela que promovía los matrimonios arreglados y meterles ideas de romance, amor y libre elección a las alumnas era ilegal ahí (o sea que ¡Adiós, Cenicienta y Blanca Nieves y Bella Durmiente! ¡Adiós, todo tipo de literatura rosa!). Años después de mi primer encuentro con los libros prohibidos (los que mi tía me prestó con la condición de que devolviera cuando alguna autoridad de su escuela los pidiera de vuelta, cosa que jamás sucedió) tuve la oportunidad de trabajar como maestra suplente en ese mismo colegio. Me veía divina vestida de manga larga y falda a los tobillos, la verdad. Pero me salgo de tema: a lo que quiero llegar es a que tuve ocasión de convivir con niñas de quinto de primaria y segundo de secundaria. Niñas que habían crecido alejadas de toda esa “literatura perniciosa”. Y ¿qué creen? Que las niñas de quinto, una vez que me tuvieron confianza, me contaron algunos de los chistes colorados más léperos que he escuchado en la vida. Tratando de ocultar mi sonrojo (la verdad, me agarraron en curva) les pregunté dónde los habían aprendido. La respuesta fue la misma con variantes: la muchacha, dijo una. Mi nana, dijo otra. La hija de la cocinera, agregó una más. Así me fui enterando de que estas niñas eran criadas no por sus padres, sino por el personal doméstico de sus casas… y a que a ese personal no le importaban ni tantito las prohibiciones que tenían tantos y tan buenos libros bajo llave en la escuela. Lo peor del caso, pensaba yo, era que junto con las otras religiones y la rebeldía femenina y las palabrotas, las niñas de esa escuela se estaban perdiendo también de historias interesantes y, sobre todo, bellas.

 

2.

Yo me pregunto si tiene algún caso prohibirle libros a los niños, niñas y adolescentes. Generalmente concluyo que no. Pienso que si algún libro es demasiado complicado para su nivel lector o su historia de vida, lo dejarán a un lado o pasarán a través de sus páginas de noche. Eso en el peor de los casos: en el mejor, algo se les quedará: una inquietud, una pregunta, un sueño. Algo que quizá más adelante encuentre respuesta o embone en el rompecabezas que es la vida de cada persona. Así me pasó a mí con al menos un libro: El gato y otros cuentos, de Juan García Ponce. Lo compré cuando tenía como nueve años con unos vales que le habían dado a mi mamá el día del maestro. Me gustó porque empezaba hablando de un gato, precisamente: había aparecido en el edificio sin decir ni miau y el protagonista y su esposa lo habían adoptado. Cuando llegué a casa con mi libro y me senté a leerlo, me pareció rarísimo y muy emocionante. Aparte del gato tenía relaciones muy complicadas, con pleitos y engaños y locura; y también tenía cuerpos desnudos y sexo. Ahí leí por primera vez la palabra masturbación, y recuerdo haberla buscado en el diccionario y no haber entendido mucho de todos modos. No me convertí en una ninfómana ni me embaracé a los trece años, así que supongo que, en realidad, la lectura no fue tan perniciosa. Con todo, como lo llevaba a la escuela, mi maestra me lo pidió para hojearlo y ese mismo día, a la hora de la salida, me dijo que no me lo iba a devolver porque no estaba bien para mi edad; que se lo iba a dar a mi mamá en la siguiente junta de padres y maestros. No tuve corazón para decirle que ya lo había acabado. Lo peor fue que, curiosamente, la maestra no pudo entregarle el libro a mi mamá: esa misma semana se lo robaron de su estante. Juro que no fui yo. Pero eso llega a pasar cuando se prohíben libros.

 

libros prohibidos

País de maravillas: Gianni Rodari

Los días se ponen pesados y se me olvida subir acá las entregas de País de Maravillas.

Pero en estos días subiré las que están atrasadas. La de ahorita es la 5, mañana subiré la 6 y espero subir el domingo la 7. En el periódico van 8, así que con eso quedaríamos al corriente. :)

 

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

Una recomendación: Gianni Rodari

Raquel Castro

 

Conocí la obra de Gianni Rodari un poco tarde, cuando tenía yo alrededor de 13 años. Quizá había leído antes cuentos suyos, aislados, pero nunca me había fijado en el nombre, y fue hasta que mi tía Estela dejó caer en mis manos el libro Cuentos para jugar que reparé realmente en el autor. Me llamó la atención porque cada uno de los cuentos tenía tres finales posibles, para que cada lector eligiera su favorito. Pero, sobre todo, porque en la introducción el autor decía: “y si ninguno de los finales te gusta, inventa el tuyo”.

Pasé semanas pegada al libro, leyendo cada cuento en diferente orden: primero, el planteamiento y los tres finales de corrido; luego, el planteamiento con uno de los finales, de nuevo el planteamiento con el segundo final y de nuevo el planteamiento con el tercer final. Luego, el planteamiento de cada cuento con mis propios finales… Luego mi mamá me preguntó que de dónde había sacado el libro y, cuando le dije que de la biblioteca de la escuela donde mi tía estela era directora, me sugirió que lo devolviera ya (sugirió es un eufemismo). Cuando se lo quise entregar a mi tía, me dijo que me lo quedara en préstamo indefinido: que en su escuela estaban prohibidos esos libros (ya les contaré al respecto más adelante, es una historia un poco macabra) y que si en algún momento alguien lo pedía de vuelta ella me avisaría de inmediato. Todavía está en mi librero.

Desde entonces soy entusiasta admiradora de Gianni Rodari. Los siguientes libros que conseguí de él ya no jugaban a contar varios finales, pero cada uno es especial a su modo: Cuentos por teléfono es una colección de historias cortas, dirigida a los más pequeños, pero que también podrán disfrutar los papás, hermanos o tías que hagan el favor de leérselas en voz alta a los enanos. Hablando de enanos, está Los enanos de Mantua, que es para niños chiquitos también, y que me gusta porque tiene partes en rima y partes en verso. Como Los negocios del Señor Gato, que empieza con un cuento en prosa y sigue con varios poemillas un poco en el estilo de T. S. Eliot y su Libro de los gatos habilidosos del viejo Possum (en el que se basa la obra musical Cats y que también vale mucho la pena).

 

Debo confesar que fue un golpe muy duro para mí enterarme de la muerte de Rodari. No importa que me enteré tardísimo, cuando tenía ya unos veinte años. Tampoco  importa que todo mundo me diga que seguro desde mi primer libro de Rodari venía ya su ficha con año de nacimiento y muerte: sus cuentos me parecen tan actuales, tan míos, que aún me cuesta creer que murió cerca de diez años antes de que me encontrara yo con sus letras por primera vez (ahora que lo pienso: me ocurrió lo mismo con John Lennon, que murió el mismo año).

En cualquier caso, el consuelo llega en forma de libro: nos quedan sus cuentos, que no son pocos. Entre ellos, hay uno en particular que recomiendo siempre que me piden que proponga un libro:

—¿Me recomiendas un libro para una niña a la que le encanta leer?

—Claro —les digo–, prueba Cuentos escritos a máquina, de Gianni Rodari.

—¿Qué libro sugieres para un niño al que no le gusta leer?

Cuentos escritos a máquina. Déjaselo en su buró o en el baño, deja que lo descubra solito.

—¿Qué libro le regalo a mi mamá, que tiene sesenta años, anda medio depre y tiene la vista cansada?

Cuentos escritos a máquina, de Gianni Rodari. Dile que empiece por “Me marcho con los gatos”.

—Mi abuelo apenas aprendió a leer y se siente muy orgulloso. ¿Qué libro le puedo dar?

—Dale Cuentos escritos a máquina, de Rodari, y no olvides ponerle una dedicatoria linda con letra bien hecha.

Les juro que no hago trampa: realmente es un libro que puede encantarle a todo mundo (y hasta ahora no encontrado a una sola persona que no le guste, lo juro).

Además de sus cuentos, Rodari nos dejó un libro simplemente maravilloso y genial: Gramática de la fantasía, un ensayo o un manual (o ambas cosas a la vez) en el que no sólo comparte ejercicios para aprender a contar historias para niños; sino que, además, comparte estrategias para impulsar a los niños y niñas (y padres y madres y maestros y adultos en general) a inventar sus propias historias. Como dice al final de su introducción: “No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. Y lo dice en serio.

 

Gianni Rodari

 

País de maravillas: Por qué tanto odio a los monitos

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

País de Maravillas

¿Por qué tanto odio a los monitos?

Raquel Castro

 

Platicaba con una amiga que tiene hijos y ella se quejaba: a Beto no le gusta leer: nada más quiere estar con sus cómics. ¿Por qué no hablas con él? Yo pensé que Beto, a sus dieciséis años, me iba a mandar por un tubo; pero parece que soy la amiga cool de su mamá, gracias a que nos gustan las mismas películas de horror. Así que el muchacho salió de su cuarto ante los gritos de su mamá y accedió a sentarse un rato con nosotras en la mesa de la cocina.

—¿Qué andas leyendo? —le pregunté, señalando con la mirada el librote que traía en las manos.

—¿Leyendo? ¡No está leyendo nada! ¡Está viendo puros monitos! ¡Ve, ni siquiera tiene letras! —interrumpió su mamá.

No la juzguen mal: es buena gente, pero a veces le sale lo intolerante, sobre todo cuando se trata de sus hijos no-lectores. En todo caso, la mandamos a la tienda por refrescos y sólo cuando escuchamos que se cerraba el portón Beto me tendió el libro. Era Emigrantes, de Shaun Tan, un libro bellísimo que narra la historia de un hombre que se va de su lugar de origen a otro lado, donde trata de sobrevivir y adaptarse a las costumbres del nuevo sitio (no les cuento el final para que consigan el libro, realmente es una chulada). Lo mejor de todo es que, efectivamente, no tiene una sola palabra: las ilustraciones son tan elocuentes que no hacen falta. En cambio, tiene un aire de surrealismo que lo hermana con Remedios Varo y Leonora Carrington.

Beto me dijo que un amigo se lo había prestado y que ya era la tercera vez que lo releía, que estaba lo más. Le recomendé otros dos libros de Shaun Tan y algunas novelas gráficas de las que soy fan. Él me dijo de otras que yo ni idea tenía de que existían y coincidimos en que hay unas de zombis muy buenas.

Cuando mi amiga regresó con los refrescos y nos escuchó intercambiando tips torció la boca.

—Los adolescentes tienen que leer, no estar con monitos —insistió.

Beto torció la boca igualito que ella.

—Los adultos tienen que leer cosas serias, no las revistas Barbie de mi hermana — respondió imitando el tono que había usado mi amiga. Y entonces ella se descosió: que si los cómics son intrascendentes e infantiles, que si no aportan nada a la educación, ¡que muchos son resúmenes de libros serios, trampas para pasar exámenes sin leer!

Cuando se le terminó el aliento le comenté la historia aquella del conejito que nunca aprendió a lavarse los dientes, que ustedes ya conocen (o que pueden leer en esta misma columna, en su entrada del 13 de agosto) y de lo importante que es que la lectura sea placentera. Y le dije, de una vez, que desde mi punto de vista, si bien es cierto que existen cómics de poca calidad, también hay unos excelentes.

Acá entre nos, yo creo que una novela gráfica puede ser tan bella como un libro sin dibujitos. Lo que en uno se evoca con palabras, en el otro se plasma con dibujos. En ambos puede haber una historia capaz de hechizar al lector. Son artes cercanos entre sí, que dan y reciben uno del otro, pero que tienen sus características individuales. Y, sobre todo, sin jerarquías: ¿a poco podemos decir la pintura es superior a la escultura? Pues no, ¿verdad?

Con respecto a las trampas para no leer: desde mi punto de vista, siempre será mejor que se refinen, por decir algo, Los bandidos de Río Frío en la excelente versión gráfica de F. Haghenbeck y BEF a que bajen un resumen mal hecho de El Rincón del Vago. Capaz que les gusta tanto que luego se asoman al libro. O no. Pero al menos habrán estado expuestos a la belleza en otra de sus presentaciones…

Préstale a tu mamá Emigrantes, le dije a Beto cuando me di cuenta de que no me había parado la boca en cerca de una hora. O mejor: léanlo juntos. Los dos torcieron la boca pero juntaron sus cabezas frente al libro abierto. Creo que ni cuenta se dieron de cuando me fui.

Un par de semanas después volví a ver a mi amiga. Yo no quise preguntarle de Beto y los monitos porque la verdad sí me da pena ser de pronto tan hablantina, pero ella sacó el tema. Todavía esperaba que alguna vez su hijo se decida a leer libros “de verdad”, dijo. Yo nomás suspiré. Pero justo cuando pensaba que toda mi cháchara interminable de aquella vez había sido inútil, mi amiga sonrió, traviesa, y me preguntó:

—¿Quieres ver qué libro estoy leyendo?

Antes de que le contestara sacó de su bolso un ejemplar de Los bandidos de Río Frío. En la versión de novela gráfica que yo le había mencionado.

—¡Está muy bueno! —me dijo—. Cuando lo termine se lo paso a Beto.

 

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com –También contesta preguntas en su chismógrafo, http://ask.fm/raxxie

 

 

Los bandidos de Río Frío

 

(Esta entrada apareció originalmente el 3 de septiembre de 2013 en La Jornada Aguascalientes, como pueden ver en esta liga).

País de maravillas: La culpa es de La niña de los fósforos

Ilustración de Nell Fallcard
Ilustración de Nell Fallcard

Sé que había dicho que sería los lunes cuando pondría aquí, en diferido, las entradas de País de Maravillas, mi columna en La Jornada Aguascalientes. El problema es que los lunes pongo también los horóscopos bibliománticos en twitter, y siento que se encima un poco. A reserva de que encuentre el mejor día para poner cada cosa (¿miércoles la columna en diferido, dado que sale los martes en LJA? ¿Domingo quizá?), va hoy el texto que apareció en La Jornada el martes 27 de agosto:

 

País de Maravillas

La culpa es de la niña de los fósforos

Raquel Castro

 

1

Hubo un tiempo en que mi papá y mi mamá trabajaban en la tarde. Generalmente no era un problema, pero cierta vez rompí en llanto atroz: “Llévame contigo, mami, no me dejes sola”, le decía entre berridos, a pesar de que en casa estaban mi abuela y mi hermano y mi primo Ricardo. Mi mamá tomó el libro que estaba tirado junto a mí: eso siempre le daba una pista sobre mis estados de ánimo. Era un ejemplar de los cuentos de Andersen y, efectivamente, acababa de leer un cuento que me había dejado emotiva, por decirlo de alguna manera.

Mamá me preguntó cuál era el cuento que me había puesto chípil y le dije: era el de esa niña huérfana que vende cerillos y que extraña a su mamá y se muere de frío y no te vayas, mami, no me dejes sola. Ella suspiró y accedió a que la acompañara a su trabajo. Me llevé el libro de Andersen y lloré esa tarde con “La sirenita” y con “La pelota y el trompo”; pero eso sí: sentada junto al escritorio de mi mamá. Cuando su jefe me saludó y le preguntó a ella a qué se debía el honor de mi visita, la respuesta fue: “La culpa es de la niña de los fósforos”, y le contó nuestro drama previo. “Pero así se hacen sensibles”, concluyó mi mamá.

Sensible o chillona, lo cierto es que yo era muy fan de esos cuentos desgarradores: además de los personajes suicidas de Andersen me gustaban los atormentados de Wilde (“El ruiseñor y la rosa” y “El príncipe feliz” eran mis favoritos) y los cuentos desgarradores de un libro muy viejo que atesoraban en casa, Alma latina. Pura tragedia que hacía que la serie animada Remi pareciera comedia musical.

 

2

Hasta hace muy poco trabajé en una oficina de gobierno. Un día, una compañera llevó a su hijo y, luego de dejarlo correr frenéticamente por los pasillos durante unas horas, misteriosamente decidió que era tiempo de que el niño dejara de torturarnos. “¡Te me sientas aquí y te estás quieto! ¡Ten y ponte a leer!”, rugió la doña y le puso en las manos un libro del que alcancé a leer el título: Andersen para niños. Metiche que es una, le pedí al pequeño que me dejara ver su libro. Para calarlo, pues.

Lo que más me sorprendió no fue que pretendiera antologar a Andersen en un puñadito de páginas (no eran ni cien) ni que cada una de esas páginas sólo tuviera un par de renglones de texto. Tampoco fue que el resto del libro eran ilustraciones que parecían clones de las de Disney, muy similares a los dibujos que adornan puestos callejeros de tortas y tacos, en los que uno sabe que tal personaje en el cazo es Porky o La Sirenita (según si es puesto de carnitas o mariscos), pero si los mira de cerca descubre que tienen deformidades que van de lo vago a lo monstruoso, de acuerdo con la pericia del rotulista.

No: lo más sorprendente era que todos los cuentos estaban “retrabajados”: Sirenita no se disuelve en espuma de mar; Trompo perdona y rescata a Pelota; SoldaditoDePlomo y Bailarina se casan y son felices… ¡La niña de los fósforos logra meterse a la realidad alterna de los cerillos y se queda ahí a disfrutar de una cena deliciosa con su mamá y su abuela!

Yo me quedé con mil dudas: ¿Por qué ese miedo a que los niños conozcan historias desgarradoras? ¿Qué puede tener de malo que se nos ablande un poco el corazón, que conozcamos personajes capaces de dar la vida por otros o que viven en un mundo injusto? Más todavía: ¿Cómo entiende el concepto de “infancia” el editor que cree que estos cuentos son demasiado sórdidos y necesita hacer una versión “para niños” de algo que ya era disfrutado por la chamacada?

Al final sólo pude concluir una cosa: con razón el hijo de mi excompañera de trabajo prefiere correr como cabraloca que sentarse en un rincón con esos libros. Yo habría hecho lo mismo, supongo, aunque se habría visto muy mal una Raquel de traje sastre galopando entre las computadoras.

 

3

Hace poco una mamá me dijo que ella le evitaba a sus hijos “esos cuentos lacrimógenos” porque los ponía “demasiado sensibles” y yo pensé de inmediato en mi propia mamá y su paciencia ante mis brotes melodramáticos.  No sé qué tan sensible me habré hecho, pero sí creo que el daño colateral de esas lecturas, en mí y en otros, fue ejercitar la empatía, la capacidad de indignarnos ante las injusticias y hasta la tolerancia a situaciones frustrantes. La vida no siempre es fácil, parecían murmurar esas historias, pero no tiene por qué dejar de ser bella. Ya sé, soy una cursi. Pero la culpa es de la niña de los fósforos.

 

 

Ilustración de ArtBIT
Ilustración de ArtBIT

La ilustración es de ArtBIT y pueden ver su trabajo aquí.